El sol de México pegaba fuerte, pero no tanto como el éxito del trato que acababa de cerrar. Un acuerdo millonario para "Vinos de Ultramar S.A.", mi distribuidora secreta, la joya de mi corona que nadie en España conocía.
Me senté en la terraza de mi suite, con una copa de mi propio reserva, "Bodegas del Sol". El sabor me recordaba a casa, a La Rioja, a mi hija Sofía.
Llevaba meses fuera, consolidando mi imperio, el verdadero poder detrás de mi legado. Pensaba en volver para la vendimia, sorprender a Sofía, quizá por fin contarle todo.
Mi asistente, Elena, se acercó con mi tableta.
"Señora Isabel, todo está firmado. Un éxito rotundo."
Asentí, satisfecha. Deslicé el dedo por la pantalla, mirando las redes sociales, una costumbre rara en mí, pero quería ver fotos de la pre-vendimia en La Rioja.
Y entonces lo vi.
Una publicación. Una invitación digital con flores y letras doradas.
"Nos complace invitarles a la boda de Sofía de la Torre y Ricardo Vargas".
La copa se me resbaló de los dedos y se hizo añicos contra el suelo de mármol. El vino tinto se esparció como una mancha de sangre.
¿Ricardo Vargas? ¿Ese empresario hotelero de sesenta años, de reputación sucia y casi en la quiebra? ¿Mi Sofía, mi única hija, casándose con él?
Sentí un frío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado.
"Elena", mi voz sonó cortante.
"Prepara el jet. Nos vamos a España. Ahora".
Aterrizamos en Logroño y el coche voló por las carreteras que serpenteaban entre los viñedos. El aire de La Rioja me golpeó al bajar, un olor a tierra húmeda y uva madura que siempre me había dado paz.
Pero hoy no.
Entré en la casa principal, la casona de "Bodegas del Sol", y el silencio era antinatural. No había risas, no había música.
Encontré a mis tres protegidos en el gran salón. Mateo, el financiero; Javier, el viticultor; Adrián, el relaciones públicas. Los tres chicos que saqué de un orfanato, a los que crié y formé para que un día ayudaran a Sofía.
Pero no estaban solos.
Lucía, la hija de Ramiro, mi capataz de toda la vida, estaba sentada en mi sillón, el que daba a los viñedos. Llevaba un vestido caro y reía, mientras mis tres "hijos" la miraban como si fuera una reina.
"Isabel, qué sorpresa", dijo Mateo, levantándose sin prisa. Su tono no era de respeto, sino de fastidio.
"¿Qué haces aquí? Creíamos que estabas en México".
"Vi la invitación", dije, mi voz helada. "¿Dónde está Sofía?".
Adrián, el que siempre fue el favorito de Sofía, se encogió de hombros.
"Por ahí. Ya sabes cómo es. Tiene gustos extraños, le van los hombres mayores. Ricardo Vargas es un buen partido para ella".
"Un buen partido", repitió Javier, sin mirarme a los ojos. "Así nosotros podremos centrarnos en lo importante. La bodega necesita un heredero fuerte. Lucía nos lo dará".
Lucía sonrió desde mi sillón, una sonrisa de triunfo.
"Así es, Isabel. Alguien tiene que tomar las riendas. Y Sofía... bueno, ella no está capacitada".
Sentí una furia que me subió por la garganta. ¿Mis protegidos, los chicos a los que di todo, me hablaban de herederos con la hija de mi empleado mientras mi propia hija era entregada a un buitre?
La traición era tan clara, tan descarada, que me dejó sin aire.