En Medellín, el nombre de Sofía era una leyenda.
La llamaban "La Patrona".
Controlaba el imperio de esmeraldas más grande de Colombia con una mano de hierro. Era temida, respetada y absolutamente implacable. Pero todo su poder, toda su crueldad, tenía un único propósito: proteger a su hermano menor, Mateo.
Años atrás, una bala destinada a ella en una disputa por tierras había alcanzado a Mateo. Él la había empujado para salvarla. La bala le destrozó la pierna y le dejó una cicatriz horrible en la cara.
Ese día, Sofía cambió.
Se convirtió en La Patrona.
Envió a Mateo a España con una identidad falsa, "David Rojas", para una cirugía reconstructiva y para que estudiara arquitectura, lejos de sus enemigos.
Él era su único punto débil. Su tesoro.
Cualquiera que se atreviera a tocar a Mateo, lo pagaba. Un socio de negocios una vez se burló de la cojera de Mateo sin saber de quién hablaba. A la semana siguiente, su empresa estaba en la ruina. Un político hizo un comentario despectivo sobre la cicatriz. Su carrera terminó en un escándalo fabricado.
El amor de Sofía por su hermano era una obsesión. Y ahora, ella estaba a punto de casarse.
Mateo aterrizó en el aeropuerto José María Córdova. El aire de Medellín era familiar, cálido. Habían pasado años. Cojeaba ligeramente al caminar, un recuerdo constante de la bala. Su rostro era nuevo, obra de los mejores cirujanos de Madrid, pero aún conservaba sus ojos, los mismos ojos que su hermana adoraba.
Venía a la fiesta de compromiso de Sofía.
Era una sorpresa. Le había dicho que llegaría mañana.
Un coche enviado por su hermana lo esperaba. No lo llevó a la finca familiar, sino a un lujoso penthouse en El Poblado, el barrio más exclusivo de la ciudad.
"La Patrona quería que tuviera su propio espacio, señor Rojas", dijo el conductor.
Mateo sonrió. Típico de Sofía. El apartamento era espectacular, con vistas a toda la ciudad. Dejó su pequeña maleta en la entrada y caminó hacia el enorme ventanal. Sacó su teléfono para llamar a su hermana, para decirle que ya estaba aquí.
Pero no tuvo tiempo.
La puerta principal se abrió de golpe.
Ricardo, el prometido de Sofía, entró como una tormenta. Detrás de él, dos de sus hombres, con caras de pocos amigos.
Ricardo era atractivo, alto, vestido con un traje caro. Pero sus ojos estaban inyectados en sangre por la rabia y los celos.
Miró a Mateo con un desprecio absoluto.
"Así que tú eres el mantenido", dijo Ricardo, su voz goteando veneno.
Mateo frunció el ceño, confundido.
"Disculpa, creo que hay un error".
"No hay ningún error", escupió Ricardo. "Sé exactamente quién eres. Eres el amante de Sofía".