Los días que siguieron al funeral fueron un infierno de susurros.
No los de mi madre, sino los de los vecinos, los de la familia lejana. En la tienda, en la calle, podía sentir sus miradas y escuchar los fragmentos de sus conversaciones.
"La pobre Sofía… quedarse sin padre tan joven."
"Dicen que fue un accidente, pero es muy raro."
"La esposa, María… siempre fue extraña. Ni una lágrima derramó."
"Escuché que ella tiene una maldición. La muda, le dicen."
Cada palabra era un golpe, una acusación silenciosa que me hacía sentir sucia. Me encerré en casa, pero el silencio allí era aún peor, porque estaba ocupado por la presencia de mi madre.
Unas semanas después, llegó el informe final de la policía. Lo leí una y otra vez, buscando algo, cualquier cosa que le diera sentido.
"Muerte accidental. Causa: caída de gran altura. No se encontraron indicios de intervención de terceros ni de intenciones suicidas. El caso se cierra por falta de pruebas concluyentes de delito."
Oficialmente, mi padre se había caído. Fin de la historia.
Pero para mí, no era el final. Era el principio de una obsesión.
Esa noche, no pude más. Entré a la sala donde mi madre tejía, como si nada en el mundo hubiera cambiado. La rabia que había estado guardando explotó.
"¡Fue tu culpa!" , le grité, mi voz rompiéndose.
Ella levantó la vista de su tejido, sus ojos vacíos encontrando los míos.
"¡Tú lo mataste! ¡Le dijiste algo! ¡Lo sé! ¿Qué fue? ¡Dime qué le dijiste!"
Mi cuerpo temblaba de ira y dolor. Me arrodillé frente a ella, la sujeté por los brazos. Sus huesos se sentían frágiles bajo mis dedos.
"¡Habla, por favor! ¡Solo una vez! ¡Necesito saber!"
Por un momento, pensé que vería algo en su rostro: culpa, tristeza, miedo. Pero no había nada. Era un lienzo en blanco.
Lentamente, dejó el tejido a un lado. Tomó una pequeña libreta y un lápiz que siempre tenía cerca. Escribió algo y me lo mostró.
Era su destino.
Leí las palabras y sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies. La respuesta era tan vacía, tan cruel en su simpleza.
"¿Destino?" , susurré, la voz ahogada. "No fue el destino. Fue una maldición. ¡Tú eres la maldición!"
Perdí el control. Arranqué la libreta de sus manos y la arrojé contra la pared. Las hojas se esparcieron por el suelo como cenizas de nuestra vida rota.
"¡Te odio! ¡Ojalá nunca hubieras existido!"
Grité hasta que mi garganta dolió, hasta que las lágrimas me impidieron ver. Cuando finalmente me detuve, agotada y vacía, levanté la vista.
Mi madre se había levantado y caminaba hacia la puerta de la sala. No me miró. No dijo nada. Simplemente se fue.
Pero justo antes de desaparecer por el pasillo, giró la cabeza ligeramente.
Y en su rostro, por una fracción de segundo, vi algo que nunca había visto antes.
Una sonrisa.
No era una sonrisa de felicidad o de cariño. Era una sonrisa pequeña, torcida, casi imperceptible. Una sonrisa que no encajaba con la tragedia, que no encajaba con su silencio.
Era la sonrisa más aterradora que había visto en mi vida.
Y en ese instante, el miedo reemplazó al odio. Comprendí que no estaba lidiando con una mujer enferma o triste.
Estaba lidiando con algo mucho, mucho más oscuro.