Capítulo 2

Nicola

Estaba de pie frente al espejo, ajustando el nudo de mi corbata con movimientos lentos y precisos.  

Mis manos, entrenadas para el control y la fuerza, se movían con una calma que no se reflejaba en mi cabeza. 

Miraba mi propio reflejo, el traje perfecto, el cabello peinado hacia atrás, la expresión impasible. 

No sentía nada especial, solo una ligera presión en el pecho que ya me era familiar. Una sensación de resignación, de inevitabilidad. 

Esta noche era mi fiesta de compromiso, y aunque debería haber algo de emoción, lo cierto es que todo me daba igual. 

Este era mi deber, mi responsabilidad. Vivía por y para la familia, y eso significaba hacer lo que se esperaba de mí sin preguntas.

La puerta de la habitación se abrió, y sin necesidad de girarme, supe que era mi padre. 

Su presencia era inconfundible, llena de autoridad, el tipo de autoridad que hacía que el aire en la habitación se volviera más denso. 

-Nicola -dijo, su voz profunda rompiendo el silencio mientras cerraba la puerta detrás de él. -Esta noche es importante para nuestra familia.

No respondí de inmediato, seguí ajustando la corbata, asegurándome de que estuviera perfectamente alineada. 

No era la primera vez que escuchaba esas palabras, y probablemente no sería la última. Giré un poco la cabeza para mirarlo a través del espejo. 

Su rostro, tan severo y lleno de expectativas, no mostraba ninguna emoción. Solo determinación. 

Ese era Don Vittorio Moretti, mi padre, un hombre que vivía y respiraba por el poder y el control. 

-Lo sé -respondí con la voz tranquila. 

Mi padre se acercó, deteniéndose justo detrás de mí, y vi cómo su reflejo se imponía junto al mío.  

Nos parecíamos mucho, en el porte, en la mirada fría, pero mientras él siempre había tenido claro su propósito, yo solo sentía un vacío donde debería estar algo más.

-Este compromiso es importante -continuó, y noté un tono más serio en su voz. -La familia de tu prometida es influyente, sus lazos en el norte nos serán útiles. Su matrimonio fortalecerá nuestra posición, nos asegurará más control. No es solo una cuestión de alianzas, es una cuestión de poder.

Poder. 

Esa palabra lo resumía todo. Para él, el mundo giraba en torno a eso, y yo, como su primogénito, había sido criado para entenderlo, para aceptarlo y un día, para ocupar su lugar.

No esperaba menos de mí que la obediencia absoluta. 

Y eso era lo que iba a darle. 

Asentí, girándome para enfrentarlo. Podía ver el peso del mundo en sus ojos, un peso que algún día recaería completamente sobre mis hombros.

-Entiendo, padre -dije, con una firmeza que no sentía por dentro, pero que sabía debía mostrar. -Sé lo que significa y estoy listo para hacerlo.

Mi padre me observó en silencio durante unos segundos, evaluándome, como siempre lo hacía. Quería asegurarse de que no solo cumplía, sino que lo hacía con la convicción necesaria para mantener el legado de nuestra familia.

-Bien. No puedes permitirte fallar, -asintió, una pequeña señal de aprobación en su mirada.

Fallarle a la familia era impensable, un concepto que ni siquiera consideraba. Fallar no era una opción, nunca lo había sido. La familia era lo único que importaba, lo único que había conocido.

-No fallaré -repliqué, con la convicción que él esperaba.

Mi padre dio un paso atrás, alejándose, pero no sin antes colocar una mano en mi hombro, un gesto raro en él, casi... humano. 

-Eres un buen hijo, Nicola -dijo, su voz bajó un poco antes de continuar... -Tu madre estaría muy orgullosa de tí. 

Esas palabras me golpearon más fuerte de lo que esperaba. 

Mi madre, la mujer que siempre había tenido una forma de suavizar la dureza de la vida en esta familia, había sido la única que podía hacerme sentir algo más que frío. 

Sentí una punzada en el pecho, algo que rápidamente reprimí, porque no había espacio para sentimientos ahora. 

La vida era lo que era, y yo tenía que seguir adelante, por la familia.

-Gracias, padre -le respondí con la voz controlada. 

Él asintió, retirando su mano y girándose para salir de la habitación, dejándome solo de nuevo.  

Me volví hacia el espejo una vez más, mirando a ese hombre que me devolvía la mirada. 

Estaba listo, o al menos eso era lo que me había convencido de creer.

Alisé una última vez el frente de mi chaqueta y respiré hondo. Esta noche no era para mí, no se trataba de lo que yo quería. Se trataba de lo que la familia necesitaba. 

Y yo, Nicola Moretti, haría lo que fuera necesario para asegurar nuestro poder.

Llegué al restaurante puntual, como siempre.

Afuera, la noche era oscura y fría, pero el interior del lugar estaba cálido y lleno de luz. 

Las paredes decoradas con elegancia, las mesas cubiertas de manteles blancos y el suave murmullo de las conversaciones formaban un ambiente que debería haberme tranquilizado. 

Pero no lo hizo. 

Cada paso que daba hacia el salón privado donde se realizaría el compromiso sentía una presión invisible apretándome el pecho. No era nerviosismo, sino una sensación extraña, como si fuera un mal augurio.

Al entrar, lo primero que vi fue a mi futuro suegro, el jefe de una familia influyente del norte. 

Era un hombre robusto, de cabello canoso y ojos oscuros que parecían medirlo todo en cuestión de segundos.  

Junto a él, una chica mucho más joven que yo. Me detuve un segundo al verla, sintiendo una ligera inquietud. 

No era lo que esperaba. 

Claro que sabía que sería joven, pero verla, de pie junto a su padre, con un rostro que apenas había empezado a perder la niñez, hizo que me invadiera una sensación incómoda. 

No podía negar que era hermosa, pero la diferencia de edad y lo que representaba este compromiso me hacían pensar en todas las diferencias que tendríamos.

Aun así, dejé que mi expresión se mantuviera neutral. Esto era lo que tenía que hacer, lo que debía hacerse.

-Nicola -dijo mi padre al acercarse a nosotros. -Te presento a Pietro Ricci, nuestro nuevo aliado. Pietro, este es mi hijo, Nicola.

Él asintió, su mirada recorriéndome de arriba abajo antes de extender la mano. Se notaba que también me evaluaba, tratando de ver si era digno de casarme con su hija. 

Apreté su mano con firmeza, devolviendo la misma mirada evaluadora. Si él buscaba debilidades, no encontraría ninguna en mí.

-Pietro -dije con un tono respetuoso. -Es un honor.

-Nicola -respondió él, con una voz grave. -Estoy seguro de que esta unión traerá grandes cosas para ambas familias.

Mis ojos se desviaron hacia la chica que estaba a su lado. Ella me miraba con una mezcla de curiosidad y algo de timidez. 

Era bella, en eso no había duda, con un rostro delicado enmarcado por un cabello castaño que caía en suaves ondas sobre sus hombros. Me recordaba a una muñeca de porcelana, frágil y hermosa.

-Nicola, -dijo Pietro, rompiendo el breve silencio, -te presento a mi hija, Claudia.

Claudia. Un nombre suave para una chica que parecía igual de suave. Me acerqué a ella, intentando apartar cualquier duda de mi mente. Esto no era una cuestión de sentimientos, sino de deber. 

Aun así, mientras tomaba su mano, noté que era pequeña y fría en comparación con la mía, lo que me produjo una punzada de algo que no supe identificar.

-Claudia, -dije con una suavidad que no sabía que podía tener, -es un placer conocerte.

Levanté su mano hacia mis labios, besando suavemente el dorso, tal como dictaban las formalidades. Pude ver que ella me daba una pequeña sonrisa, pero también noté una leve tensión en sus ojos. Esto era algo nuevo para los dos, y nos incomodaba a ambos por igual.

-El placer es mío, Nicola -respondió con su voz tan suave como su apariencia. -Mi padre me ha hablado mucho de ti.

Antes de que pudiera responder, mi padre intervino, dirigiéndose a Pietro mientras nos observaba.

-Nuestros hijos construirán un futuro sólido juntos -dijo con la convicción de quien está acostumbrado a hacer planes y verlos realizados.

Tal vez por esa razón, no se esperaba lo que la noche nos deparaba.

Mi mente estaba dividida entre el deber que representaba este compromiso y la sensación constante de incomodidad que me recorría el cuerpo. 

Justo cuando Claudia se disponía a tomar su asiento, la puerta del restaurante se abrió de golpe. El sonido de pasos apresurados, pesados, llenó el lugar. 

Al girarme, vi a varios hombres vestidos de negro, con máscaras que ocultaban sus rostros. Mi estómago se hundió de inmediato. No tuve tiempo de pensar, solo de reaccionar. 

Y en un instante, todo se volvió un infierno.

Capítulo 3

Nicola

El primer disparo resonó como un trueno, y vi a Pietro, mi ex futuro suegro, tambalearse hacia atrás, su cuerpo rígido mientras caía sobre la mesa, llevándose todo en su camino al suelo. 

Claudia, que estaba justo a su lado, gritó, un sonido agudo que se mezcló con el estallido de más disparos. Pietro había caído tratando de protegerla, empujándola hacia un lado en un intento desesperado de salvarla.

Mi cuerpo se movió por instinto, lanzándome hacia ella antes de que fuera demasiado tarde, pero el caos alrededor me ralentizaba. 

Las balas volaban por todas partes, perforando paredes, mesas y cuerpos. La sangre salpicaba por todos lados, manchando de rojo el blanco inmaculado de los manteles.

-¡Claudia! -grité, intentando alcanzar su mano, que estaba extendida hacia mí mientras ella caía al suelo. 

Pero no fui lo suficientemente rápido. 

Una bala atravesó su pecho, y vi cómo sus ojos se apagaban, su cuerpo se desplomaba al suelo, sus manos cayendo sin fuerza. La sangre brotaba de la herida, manchando su vestido.

El caos era absoluto. 

No había orden, no había control, solo el sonido ensordecedor de los disparos y los gritos de dolor de los heridos. Mi visión se nubló mientras corría hacia Claudia, deslizándome sobre el suelo ensangrentado, mi corazón latiendo tan rápido que sentía que explotaría.

La tomé en mis brazos, sintiendo el calor de su sangre empapando mis manos, mi traje, todo. Su cuerpo estaba aún tibio, sus ojos abiertos pero vacíos, y supe en ese instante que se había ido. 

Una vida arrebatada antes de que hubiera siquiera comenzado.

Escuché más disparos y giré la cabeza para ver a mi padre, agazapado detrás de una mesa, disparando con precisión fría a los hombres enmascarados. 

Su rostro era una máscara de concentración, los labios apretados y los ojos llenos de una ira feroz. 

No por nada él era el Don, un hombre hecho para la guerra, para la muerte. Y en ese momento, no había duda de que haría lo necesario para sobrevivir.

Pero mientras él disparaba, otra ráfaga de balas atravesó la habitación, destrozando las sillas y la vajilla, arrancando pedazos de las paredes y del mobiliario. 

Los gritos seguían llenando el aire, mezclándose con el sonido de los disparos, el olor acre de la pólvora y el hierro de la sangre que empapaba todo a mi alrededor.

-¡Nicola! -la voz de mi padre me alcanzó a través del caos. -¡Aquí, ahora!

Lo vi haciendo señas para que me moviera hacia él, sus ojos fijos en mí, llenos de urgencia. 

No era una petición, era una orden, una que mi cuerpo obedeció sin dudar. Solté el cuerpo sin vida de Claudia, y me lancé hacia donde estaba mi padre, deslizándome detrás de la mesa justo cuando otra bala pasó zumbando por encima de mi cabeza.

Saqué mi arma mientras intentaba hacer lo mismo, pero cada vez que apretaba el gatillo, sentía que faltaba algo, como si todo se estuviera desmoronando en mis manos.

Había fallado a mi familia, a nuestra misión, a todo por lo que había trabajado. Sentía un peso en el pecho que casi me impedía respirar, una mezcla de culpa, rabia y desesperación que me carcomía por dentro.

Estaba perdido en esos pensamientos oscuros cuando, de repente, algo me golpeó por el costado con una fuerza brutal. 

No vi de dónde venía, solo sentí el impacto y luego el suelo bajo mi cuerpo mientras rodaba, luchando por mantener el equilibrio. Intenté reaccionar, pero era demasiado tarde. 

La figura oscura, vestida de negro, me empujó con una velocidad y fuerza que no esperaba, y antes de darme cuenta, estábamos girando en el suelo, enredados en una lucha desesperada.

Rodamos hasta llegar al pasillo que llevaba a los baños, lejos del caos principal. 

Mi espalda golpeó contra la pared, el dolor recorrió mi columna, pero lo ignoré. Intenté apuntar con mi arma, pero una mano rápida me la arrebató antes de que pudiera hacer algo. 

La rabia me inundó, caliente y explosiva. No podía fallar otra vez, no podía dejar que esto terminara así.

Grité, más por frustración que por miedo, mientras lanzaba un puñetazo directo al rostro de mi atacante. 

Sentí el impacto en mis nudillos, un breve momento de victoria, pero se fue tan pronto llegó. La figura esquivó mi siguiente ataque con una gracia peligrosa, su puño me golpeó en el estómago, robándome el aliento. Mi cuerpo se dobló por el dolor, y otro golpe me derribó por completo.

Caí de espaldas, el aire escapando de mis pulmones, y en un parpadeo, estaba sobre mí. 

Sentí el peso de su cuerpo apretándome contra el suelo, sus rodillas clavándose a ambos lados de mis costillas, inmovilizándome. Intenté luchar, pero mis fuerzas se agotaban, y me di cuenta de que estaba atrapado.

Se subió un poco la máscara, y lo noté. Sus labios... eran carnosos, parecían suaves, un contraste sorprendente con la violencia de sus acciones. 

Fue entonces cuando todo en mí se detuvo al darme cuenta de que era una mujer, una mujer demasiado fuerte y peligrosa... 

-Eres fuerte, -dijo, su voz baja, teñida de una ironía que me hizo hervir la sangre, pero en dos sentidos completamente opuestos, -es un desperdicio que tenga que matarte.

En ese instante, algo se movió dentro de mí, algo que no esperaba sentir en medio de una situación tan desesperada. Era una emoción que no podía identificar del todo, y que no tenía sentido en este momento.

Su aliento cálido rozó mi rostro y la tensión en el aire se hizo casi insoportable, no sabía si era por el hecho de estar a su merced o por algo más profundo, más visceral.

Vi sus labios curvarse en una sonrisa... una sonrisa que me desarmó más que cualquier golpe que hubiera recibido en toda mi vida.

Antes de que mi mente pudiera registrar lo que estaba sucediendo, ella se inclinó hacia mí y presionó sus labios contra los míos. 

El beso no fue suave ni dulce, y pronto me encontré correspondiendo el movimiento de sus labios.

Fue ardiente, desesperado, lleno de una intensidad que me atravesó como una descarga eléctrica. Sentí su aliento mezclarse con el mío, el calor de su lengua encendiendo algo en mi interior que no había sentido jamás. 

Era un caos, como todo lo demás en esa noche, pero este caos... este caos era... diferente.

Mi cuerpo que había estado tenso, listo para luchar hasta el final, se rindió por un instante. Mi mano había estado tratando de empujarla, se quedó inmóvil, atrapada entre la necesidad de seguir luchando y el impulso primario de atraer su cuerpo al mío.

Y algo en mí, algo oscuro y profundo, se despertó con un rugido animal. Ess parte que ni siquiera sabía que existía se encendió, haciendo que mi corazón latiera aún más rápido, no por el miedo... sino por algo mucho más peligroso.

El beso duró solo unos segundos, pero fueron suficientes para dejarme aturdido, con una necesidad desesperada por más de sus labios, más de ella.

Cuando se apartó, su mirada se clavó en la mía, como si estuviera leyéndome, como si fuera consciente de lo que acababa de desatar dentro de mí. 

Su sonrisa no se desvaneció mientras se levantaba, dejándome allí, tirado en el suelo, respirando con dificultad, tratando de entender qué demonios acababa de pasar.

-Recuerda esto, querido Nicola, -susurró, y su voz tenía una mezcla de promesa y amenaza. -No es el final.

Sentí un dolor agudo en la cabeza, un golpe seco que resonó en mi cráneo como el eco de una campana. 

Todo se volvió borroso de inmediato, la realidad desmoronándose en un caleidoscopio de colores y sombras. 

La oscuridad se cerraba a mi alrededor, mis párpados se volvían pesados, y sentí cómo me deslizaba hacia un abismo profundo, incapaz de luchar, incapaz de resistir. 

Su silueta, oscura y borrosa, fue lo último que vi antes de que todo se apagara, su figura desapareciendo en la penumbra, dejándome solo con el eco de su voz y el dulce sabor de sus labios en mi boca.

El mundo se fue desvaneciendo, y lo último que sentí fue el frío del suelo bajo mi mejilla, el calor de la sangre corriendo lentamente por mi cabeza y la certeza de que, cuando despertara, nada volvería a ser igual.

Y luego, nada. Solo el silencio. Solo la oscuridad.

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