Punto de vista de Narine
El pesado ruido de las botas se extendió por el pasillo estrecho y podrido como un sonido hueco que hizo temblar hasta los cimientos de este lugar olvidado de Dios. Un fino rayo de luz se coló por las grietas de mi calabozo, atravesando el suelo cubierto de suciedad. Al ruido de las llaves le siguió el chirrido quejumbroso de las bisagras oxidadas. La puerta de la celda se abrió con un quejido como en señal de protesta.
No me molesté en girar la cabeza. No importaba quién hubiera venido por mí; a esas alturas, todos se confundían en mi mente. No había ventanas ni relojes; así como tampoco había manera de distinguir el día de la noche.
"Oye, tú, ¿aún no te has muerto?", espetó Tobias. Su voz resonó en las paredes de piedra como si fuera vidrio roto. Luego escuché el golpe sordo de una bandeja al caer a mi lado.
"Eres una perra fuerte, te lo reconozco", murmuró, casi con un tono de admiración, antes de escupir en el suelo. "Han pasado tres años, ¿puedes creerlo? Este puto hoyo huele peor que una alcantarilla en descomposición. Es la última vez que bajo aquí, recuérdalo".
Tres años. Las palabras se deslizaron en mi mente como una daga envenenada, pero no sentí nada. ¿De verdad había pasado tanto? ¿Acaso el tiempo me había olvidado, del mismo modo que lo había hecho el mundo?
Tobias negó con la cabeza y se alejó hasta que el sonido fue engullido por la oscuridad. Sola otra vez, miré el techo agrietado, trazando una y otra vez la telaraña de fisuras con mis ojos cansados y vacíos.
Hacía mucho tiempo que había memorizado cada grieta, todas las vetas dentadas que estaban sobre mi cabeza, como si fuera un mapa que solo yo podía leer. Me sabía a la perfección todas las abolladura y los parches donde el moho florecía como llagas ennegrecidas. De hecho, podría reproducirlo en un lienzo de memoria.
Llevaba tanto tiempo pudriéndome en este calabozo... El tiempo suficiente para que el techo se volviera más familiar que los rostros de esos a quienes amé una vez. Y ahora sabía que ya habían pasado tres años.
¡Qué ironía! Mi situación actual era mejor que la de ese primer día, cuando desperté aquí, desnuda y temblando sobre el suelo helado. Esa noche, el frío me devoraba la piel como un ser hambriento. Mi cuerpo se encogió instintivamente sobre sí mismo en un patético intento de conservar algo de calor y dignidad. Pese a todo, tenía esperanza.
Eso fue antes de que me la arrancaran por capas y destrozaran mi alma en una lenta agonía. Interrogatorio no era la palabra adecuada, ya que un procedimiento así sugería preguntas y respuestas. Lo que ellos hacían no era para obtener información, sino para quebrarme.
Me golpearon hasta que los gritos me desgarraron la garganta, incluso cuando mi orgullo me suplicaba que guardara silencio. Me pincharon y ultrajaron de todas las formas imaginables. Me arrastraron una y otra vez al borde de la muerte, solo para traerme de vuelta con manos crueles, sin piedad. Y entre más tiempo sobrevivía, más creativos se volvían.
Algunos días, el dolor era tan insoportable que mi mente se desconectaba y me sumía en una bendita oscuridad. Pero cada vez que volvía a abrir los ojos, la pesadilla continuaba. Hay que reconocer que intentaron deshacerse de mí, varias veces, pero mi cuerpo, esa cosa maldita, los traicionó. Mi capacidad de curación era implacable; de hecho, cerraba las heridas rápido de lo que ellos podían infligirlas. En su desesperación, recurrieron a la plata y la grabaron a fuego en mi carne para evitar que sanara tan rápido. Funcionó, en parte. Sí hizo más lento el proceso y dejó un mapa de cicatrices grabadas en mi piel.
Joe. Lo recordaba con más claridad. No era como los demás, sino peor. Me trataba como un rompecabezas. Me arrancaba la piel, por capas, como la cáscara de una fruta, buscando el "monstruo" que juraba que se escondía debajo. Me dejaba marchitar, que la deshidratación me ennegreciera los labios, me agrietara la lengua y me retorciera el estómago, solo para sostenerme una sola gota de agua delante de los labios.
"Cambia", decía entre dientes, apartando la taza de mi alcance. "Muéstrame lo que realmente eres".
Pero yo estaba demasiado débil incluso para invocar a la bestia que tanto temían. Supliqué morir a gritos, rogué entre sollozos roncos y ásperos hasta que mi voz se apagó, pero incluso la muerte, al parecer, me consideraba repulsiva, tanto que me dio la espalda, dejándome atrapada en ese caparazón en descomposición.
Cuando se dieron cuenta de que no les servía de nada y que todo lo que quedaba era una cosa hueca y temblorosa, simplemente... me abandonaron como una reliquia rota del pasado, dejándome pudrir donde nadie me encontraría jamás.
Apenas podía recordar el mundo que existía más allá de estos cuatro muros desmoronados, la luz del sol besando mi piel, las estrellas brillando en el cielo nocturno como diamantes esparcidos, el calor del verano empapando mis huesos, el frío del invierno, el florecimiento de la primavera y la explosión de colores en otoño.
Anhelaba tanto esos momentos que a veces me dolía más que el dolor físico; sin embargo, esos recuerdos se desvanecían ahora, se volvían quebradizos, grises, y se desmoronaban como cenizas en mi mente.
Apenas podía moverme. Mis extremidades estaban rígidas e insensibles, consumidas hasta los huesos. Mi piel se aferraba desesperadamente a mis huesos y se agrietaba como un pergamino viejo. No me había bañado ni cepillado los dientes. Y, por supuesto, seguía sin vestirme.
Para colmo, ni siquiera había un baño en este miserable lugar. Durante tres años, dormí sobre mi propia suciedad, marinándome en orina, mierda, sudor y sangre. Mi pelo se había convertido hacía tiempo en una masa enmarañada y apelmazada que se arrastraba detrás de mí, con nudos que llegaban más allá de mi cintura, como enredaderas muertas.
Pero el hambre era el verdadero demonio. La agonía, el lento roer, la forma en que mi estómago se revolvía sobre sí mismo, comiéndome viva, me volvía loca. Me comí mi propia mierda para evitar las alucinaciones del hambre y me tomé mi orina para no morir de sed. Cada vez que lo hacía, otra parte de mi humanidad se marchitaba y moría dentro de mí, hasta que casi no quedó nada que pudiera llamarse humano.
Solía preguntarme si estaba maldita, y ahora sabía la respuesta. Si ni siquiera la muerte me tocaba, entonces sin duda estaba condenada. Nada bueno me había pasado desde el momento en que respiré por primera vez. Y odiaba, Dios mío, cómo detestaba todo eso.
Le guardaba rencor a mi madre por traerme a esta maldita vida cuando debería haberme abortado antes de que tuviera la oportunidad de desarrollarme. Odiaba a mi padre por abandonarme sin siquiera una segunda mirada. Aborrecía a todos en esa manada por darme la espalda y no intentar concederme el beneficio de la duda antes.
La soledad y el sufrimiento interminables me enseñaron una cosa: soy invisible e insignificante, un grano de arena en el engranaje del mundo, destinada a ser olvidada. Moriría en este asqueroso lugar y nadie me lloraría, ni siquiera recordarían mi existencia.
Giré la cabeza, despacio, para mirar lo que Tobias había tirado a mi lado. Probablemente el pedazo de pizza mohoso y tal vez un sorbo o dos de agua estancada, si se sentía generoso.
Pero entonces lo vi. Me recorrió los nervios medio muertos como un rayo. La puerta de la celda estaba entreabierta; apenas, pero claramente sin el cerrojo.
Por un momento, solo me quedé mirando, demasiado aturdida como para respirar. Parpadeé varias veces, preguntándome si mi mente finalmente me estaba jugando su jugarreta más cruel, pero no, la realidad se imponía obstinadamente ante mí. El perezoso y descuidado de Tobias no la había cerrado.
En ese instante, una extraña y desconocida sensación se agitó en lo más profundo de mi pecho vacío. Esperanza. Intentó florecer, estirando sus débiles zarcillos hacia la luz; sin embargo, la aplasté con fuerza, sin piedad.
Podía intentar escapar o, al menos, morir en el intento. La probabilidad de éxito era ridículamente pequeña. Incluso si por algún milagro lograba pasar desapercibida, ¿a dónde iría en ese estado? No era más que piel, hueso, y ni siquiera recordaba cómo era mi propio rostro, pero sabía que no era un espectáculo agradable de ver.
Apreté la mandíbula, triturando el pensamiento como si fuera vidrio entre mis dientes. Iba a morir, eso era inevitable; pero, si iba a fallecer, no permitiría que fuera pudriéndome, anónima, en esa miserable tumba, sino afuera, bajo el cielo abierto, con el viento frío en la piel y las estrellas como testigos silenciosos, o bajo los rayos del sol acariciando mi cuerpo.
Con una resolución tan frágil que podía romperse en cualquier momento, obligué a mi esquelético cuerpo a moverse. Mis piernas temblaban violentamente, incapaces de soportar ni el más mínimo peso, aunque no me importó.
Apoyé una mano contra los fríos barrotes, y los huesos crujieron en respuesta. Me arrastré hacia adelante, agarrándome al hierro. Mi respiración salía en jadeos entrecortados, como la de un hombre que se ahoga y alcanza la superficie por primera vez. Un pie delante del otro, una respiración agitada a la vez, hasta que, por fin, crucé el umbral.