Portada de la novela La Luna equivocada

La Luna equivocada

8.6 / 10.0
Convertida en una paria tras perder a su familia y su voz, Kate Brennan sobrevive en las sombras de la manada Silvercrest. Su existencia da un vuelco cuando Dylan, el futuro Alfa, la rescata y reconoce en ella a su verdadera compañera. Pese a su compromiso y posición, él está decidido a dejarlo todo por esta omega muda. Kate deberá decidir si su vínculo es suficiente para enfrentar el odio social y la inminente guerra que amenaza su mundo.

La Luna equivocada Capítulo 1

POV Kate:

El candado de la puerta trasera de Luna's Brew se atascó otra vez, como cada maldita mañana. Tuve que sacudir la llave tres veces, no, cuatro, antes de que cediera con un clic que se escuchó demasiado fuerte en el silencio de las cinco de la madrugada. El aire aún estaba muy frío, así que me froté las manos antes de empujar la puerta y entrar al olor rancio de café viejo y trapos húmedos que siempre quedaba de la noche anterior.

Encendí las luces, que parpadearon y zumbaron antes de iluminar las mesas vacías y el piso que necesitaba ser trapeado mejor de lo que lo habían dejado la noche anterior.

Bueno, eso podía esperar. Primero, café.

La máquina de espresso era lo único en ese lugar que valía la pena. Diez años tenía ya y seguía funcionando mejor que mi auto. La prendí, esperé a que calentara, moví los granos del contenedor hacia el moledor. El ruido era horrible, agudo y estridente, pero a esa hora no había nadie que se quejara. Y yo no podía quejarme aunque quisiera, porque para eso tenía que empezar por poder hablar.

Ja. Qué graciosa.

Mientras el espresso caía en la taza blanca con una grieta en el borde que nadie más usaba porque era mía, comencé la rutina: sacar las sillas de las mesas, limpiar la barra con el trapo que olía a vinagre porque el desinfectante se había acabado la semana anterior y yo seguía olvidando comprarlo, revisar que hubiera suficientes vasos limpios, suficientes tapas para los vasos de papel y suficiente leche en el refrigerador.

La leche estaba bien. Las tapas, no tanto. Tendría que pedir más.

El proveedor de pasteles llegaría a las seis y media con las donas glaseadas que nadie compraba pero que yo tenía que ordenar igual porque el dueño, el señor Harris que solo aparecía los viernes para recoger la ganancia, insistía en que los clientes querían variedad. Lo que los clientes querían era café y las galletas de avena con chips de chocolate que horneaba la señora Martínez y que yo recogía de su casa cada lunes y jueves.

Tomé mi café. Estaba muy caliente y me quemó la lengua. Perfecto.

A las seis en punto, giré el cartel de la puerta de «Cerrado» a «Abierto» aunque sabía que nadie vendría hasta las seis y media como mínimo. Era parte de la rutina. Todo tenía que ser parte de la rutina o mi cabeza comenzaba a ir a lugares donde no quería que fuera.

Me senté en el taburete detrás de la barra y saqué la libreta negra que Maya, mi mejor y única amiga, me había regalado para Navidad porque la anterior se me había acabado. Esta tenía como cincuenta páginas llenas ya de órdenes, comentarios, observaciones random que escribía cuando me aburría. En la página de hoy anoté: «Pedir tapas. Desinfectante. Revisar por qué el baño hace ese ruido».

El señor Thompson entró a las seis y cuarenta y dos, como siempre, con su periódico bajo el brazo. Nunca a las seis y media, nunca a las seis y cuarenta y cinco. Seis cuarenta y dos.

Me vio y asintió. Yo asentí de vuelta. No necesitábamos más. Fui a la máquina, preparé su café negro en la taza grande para llevar, sin azúcar, sin crema, sin nada, y lo puse en la barra. Él dejó dos dólares y veinticinco centavos, el precio exacto, y se fue sin mirar atrás.

Esa era toda nuestra conversación. Todos los días desde hacía tres años.

Los siguientes clientes fueron la pareja de maestros que trabajaba en la primaria y que siempre pedía dos capuchinos con leche de almendras y un muffin de arándanos para compartir. Señalé el menú aunque ya sabía qué querían, ellos señalaron de vuelta, yo preparé todo y ellos se sentaron en la mesa junto a la ventana donde se quedaban media hora antes de irse.

A las siete y cuarto, la señora Chen entró como un tornado. Esa mujer tenía como setenta años pero se movía como si tuviera treinta y nunca, NUNCA, se callaba. Lo cual estaba bien. Yo no tenía que escribir nada en la libreta, solo escuchar.

—Kate, mi niña, ¿cómo estás? —me preguntó aunque sabía que no le respondería—. Te ves cansada, ¿estás durmiendo bien? Deberías tomar esas vitaminas que te recomendé, las que venden en la farmacia de la calle Oak, ¿te acuerdas? Te las anoté la semana pasada.

Asentí aunque no había comprado ninguna vitamina. Preparé su té verde con miel mientras ella seguía hablando.

—Mi nieto, el pequeño Connor, ganó el concurso de deletreo en su escuela. Imagínate, solo tiene siete años y ya deletrea palabras como «pterodáctilo» y «bibliografía». Es un genio, Kate, un genio. Su madre dice que soy exagerada pero no, no lo soy. Ese niño va a ser doctor o abogado o algo importante, ya lo verás.

Le di su té. Ella me dio tres dólares aunque solo costaba dos cincuenta. Le devolví el cambio. Ella lo dejó en el frasco de propinas que estaba junto a la caja registradora.

—Quédate con eso, mi niña. Cómprate algo bonito.

Sonreí un poco. No podía evitarlo. La señora Chen era... en fin, era de las buenas.

Se quedó otros veinte minutos contándome sobre su otro nieto y sobre su hija que estaba embarazada otra vez. Yo asentía por momentos, fruncía el ceño cuando era apropiado, y así.

Cuando se fue, limpié su mesa y vi que había dejado una servilleta con un corazón dibujado y las palabras «Eres especial» escritas con su letra temblorosa.

Diablos. Iba a llorar si seguía mirándola. Tiré la servilleta a la basura, no podía permitirme ser sentimental.

Maya llegó a las ocho de la mañana en punto, con su cabello negro recogido en una cola de caballo descuidada y su chaqueta de mezclilla que tenía un parche de una luna sonriente en la espalda. Se dejó caer en el taburete al otro lado de la barra con un suspiro dramático.

—Necesito cafeína o voy a asesinar a alguien —declaró—. Preferiblemente a mi jefe, que decidió que reorganizar TODA la sección de no-ficción era una idea brillante que teníamos que empezar hoy.

Le preparé su latte con dos shots de espresso y canela encima, como le gustaba. Ella lo agarró con las dos manos como si fuera lo único que la mantenía viva.

—Eres una santa —me dijo después del primer sorbo—. Una diosa. Te amo.

Saqué mi libreta y escribí: «Dime algo que no sepa».

Maya se rio. Luego se inclinó sobre la barra con esa mirada que significaba que tenía chisme.

—Entonces... Ezra me llevó a cenar anoche.

Levanté las cejas y escribí: «¿Y?».

—Y fue... perfecto. Tipo, demasiado perfecto —me dijo ella, emocionada—. Me abrió la puerta del auto, Kate. ¿Quién hace eso todavía? Y me llevó a ese restaurante italiano, ya sabes, el caro que está en el centro, y pagó la cuenta sin siquiera parpadear. Y luego caminamos por el parque y solo... hablamos. Por horas.

Escribí: «¿Te besó?».

Las mejillas de Maya se pusieron rojas.

—Sí. Bueno. En la mejilla. Cuando me dejó en casa. Fue... tierno.

Escribí: «Patético».

—¡Kate! —Maya me golpeó el brazo pero estaba sonriendo—. No es patético, es romántico. No todos somos amargadas como tú.

Me encogí de hombros. Escribí: «Solo digo que un beso en la mejilla después de casi un mes saliendo es... lento. Muy lento».

—Él es un caballero —lo defendió Maya—. Y además, no tenemos prisa. Las cosas buenas toman tiempo, ¿sabes?

No respondí a eso. Las cosas buenas. Sí, claro. No es que yo supiera mucho sobre eso.

Maya se quedó otros veinte minutos, terminó su latte, me hizo reír con una historia sobre un tipo en la biblioteca que había intentado devolver un libro que había sacado en 1987, y luego se fue corriendo porque iba tarde. Antes de irse me abrazó fuerte, como siempre.

—Nos vemos mañana, ¿sí? Y piensa en venir a la reunión este fin de semana. Sé que no te gusta, pero... sería bueno verte por ahí.

Asentí aunque ambas sabíamos que no iría. No iba a las reuniones de la manada. No iba a ningún lado relacionado con la manada si podía evitarlo.

El resto del día fue normal, los clientes entraban, yo preparaba café, ellos pagaban y luego se iban. A las dos de la tarde terminé mi turno, limpié un poco, conté el dinero de la caja registradora y lo guardé en la bolsa del banco para el señor Harris. Doscientos dieciocho dólares, no estaba mal para la mañana de un martes.

Cuando llegó mi relevo, Sarah, y le entregué todo, conduje a casa en mi viejo auto que hacía un ruido extraño cada vez que doblaba a la izquierda, como si algo estuviera suelto debajo. Probablemente lo estaba, tendría que llevarlo al mecánico pero eso significaba gastar dinero que no tenía.

Pasé por el límite del territorio Silvercrest sin mirar demasiado hacia el bosque. No necesitaba mirar. Sabía que estaba ahí, esa línea invisible que separaba su mundo del mío. Yo vivía en el margen, técnicamente era parte de la manada pero no realmente. No cuando no podía cambiar. No cuando mi loba estaba... rota.

La casa que compartía con mi tía Meredith era pequeña, tenía dos habitaciones y un baño que tenía azulejos naranjas de los años setenta.

Meredith estaba en turno doble en el hospital. Su nota estaba pegada en el refrigerador con un imán de un gato: «Llegaré tarde. Hay sobras de lasaña. No te quedes despierta hasta tarde. Te quiero».

Calenté la lasaña en el microondas, tres minutos, aunque quedó hirviendo por fuera y fría en el medio. Me la comí de todas formas, parada junto al fregadero, mirando por la ventana hacia el jardín trasero donde la hierba estaba muriendo en parches.

Puse la tele, había una película vieja en blanco y negro. No necesitaba el sonido. Nunca lo necesitaba. Podía leer los labios o simplemente... no me importaba seguir la trama. Era solo ruido de fondo, algo que llenara el silencio durante la tarde.

Luego preparé la cena mientras leía por ratos un libro. Comí sola como casi siempre y a las diez me fui a la cama. Me lavé los dientes y me puse el pijama que tenía un agujero en el dobladillo, mi favorito.

Y luego, como cada noche, puse la mano en mi pecho. Justo en el centro, donde se suponía que debía sentir a mi loba. Cerré los ojos y busqué.

Nada.

Solo silencio.

Solo vacío.

Siete años y todavía esperaba que una noche fuera diferente. Que una noche ella estaría ahí, esperándome, lista para volver.

Pero no. Nunca lo hacía, yo seguía siendo una omega sin loba.

Quité la mano, me giré hacia un lado y cerré los ojos.

Al día siguiente sería igual. Y al otro más arriba también. Así de patética e insignificante era mi vida.

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