Pasaron días, lentos, agónicos.
Carmen esperaba noticias, cualquier cosa.
Las enfermeras la miraban con lástima, otras con miedo.
El director del sanatorio evitaba su mirada.
Un día, sus padres vinieron.
Sus rostros estaban grises, devastados.
Su madre lloraba sin consuelo, su padre apenas podía hablar.
"Lucía..." empezó el padre, la voz rota. "...está muerta."
Carmen sintió como si el suelo desapareciera bajo sus pies.
Muerta.
Su Lucía.
"En la finca," continuó su padre, con un hilo de voz. "Dijeron... un accidente."
Pero su madre sollozó.
"¡Torturada! ¡Tenía costillas rotas, los dedos quebrados! ¡Golpes por todas partes!"
Carmen no dijo nada.
El hielo en su interior se expandió, congelando cada emoción excepto una: la rabia.
Una rabia pura, fría, asesina.
"Fui a ver a Ricardo," dijo su padre, la voz temblando. "A pedir explicaciones."
Levantó la manta que cubría sus piernas.
Estaban destrozadas, envueltas en yesos sucios.
"Me golpearon. Sus matones. Me rompieron las piernas."
Carmen miró las piernas de su padre, luego el rostro lloroso de su madre.
Lucía muerta. Su padre lisiado.
Todo por Ricardo. Y por Valeria, seguro.
Esa noche, Carmen no durmió.
La fuerza la recorría, una corriente eléctrica.
Al amanecer, fue a la oficina del director.
El hombre, pequeño y cobarde, intentó sonreír.
Carmen no sonrió.
Puso sus manos sobre el escritorio de caoba.
La madera crujió.
"Quiero mi alta," dijo Carmen, su voz baja, sin inflexiones.
"Pero Carmen, tu condición..."
Carmen apretó. El escritorio se partió en dos con un ruido seco.
El director la miró, pálido, los ojos desorbitados.
"Firme," ordenó Carmen.
Él tartamudeó, buscando una pluma con manos temblorosas.
Firmó el papel.
Carmen lo tomó.
"Gracias," dijo, casi un susurro.
Salió del sanatorio, dejando atrás los muros que la habían contenido.
Su única meta: vengar a Lucía.
La bestia en su interior estaba despierta. Y tenía hambre.