Pero antes de tener la oportunidad de abrir la boca, me interrumpen.
–Violet… ¿qué…? –Ginger me mira, boquiabierta. Es la más adulta de las tres chicas nuevas, tiene el cabello color zanahoria y hombros
anchos–. ¿Qué haces aquí?–direcciona la mirada hacia Amber–. ¿Qué hace ella aquí? ¡Te dije que no quería
meterme en líos!
–Deja de quejarte –dice Amber–. Te elegimos por una razón. ¿No quieres saber por qué?
Amber es un poco matona, pero fue una perfecta primera opción. Ninguna de las
chicas quiere discutirle nunca y ella tiene bien claro cómo convencerlas.
–¿No se supone que estás en la Joya? –pregunta Tawny. Tiene quince años, y unos
ojos de liebre que están tan grandes en este momento que es como si le ocuparan la
mitad del rostro.
–Estaba –respondo–. Pero ahora estoy aquí para ayudarlas.
–¿Ayudarnos? –pregunta Henna. Es una cosita de piel rojiza y cabello negro rizado.
Hay algo en ella que me recuerda a Hazel, y siento un pellizco en el corazón. No parece asustada ni confundida, sino curiosa–. ¿Cómo?
–Ya lo verán –dice una linda pelirroja llamada Scarlet mientras la abraza–. Es increíble.
–Estuvimos practicando –comenta Amber–. Scarlet hizo un remolino en una de las
bañeras la otra noche. Yo hice un tornado pequeñito en la palma de mi mano, como el
que me mostraste la primera vez que viniste.
–Estupendo –respondo, al mismo tiempo que Ginger interrumpe.
–¿Scarlet hizo qué cosa?
–Más vale que nadie las descubra –dice Raven.
Amber le lanza una mirada engreída.
–Somos cuidadosas.
Hubiera pensado que hacer que tantas chicas se abrieran a los elementos en un
mismo lugar sería peligroso, volátil. Pero hasta ahora resultó al revés. Me di cuenta
por primera vez gracias a Indi y Olive. No tuvieron ese sueño irregular, destructivo
que tuve yo cuando pasé de ser sustituta a algo más, porque Sienna, Sil y yo
estábamos ahí. Pareciera que cuántas más de nosotras estamos juntas, más fácil
resulta mantener los elementos bajo control. Como si nos sostuviéramos unas a otras.
Tenemos suerte. De otra forma, alguna pobre chica habría destruido la habitación sin
quererlo mientras dormía. Sería difícil de explicar a las cuidadoras.
–Bueno, ¿qué está pasando? –pregunta Ginger mientras se cruza de brazos–. ¿Cómo llegaste aquí? ¿Por qué no estás en la Joya? ¿Por qué nos sacaste a rastras de la cama
en medio de la noche?
–Sabía que ella sería la peor –me dice Amber entre dientes. Raven ríe por lo bajo.
Tomo un respiro profundo y empiezo a explicar. Es una historia que conté muchas
veces y la relato de forma bastante concisa. Les cuento sobre lo que significa ser
sustituta, sobre las cadenas, la pistola estimulante, las humillaciones de verse forzada a actuar frente a la realeza. Cómo nos tratan como objetos, como mascotas. Les cuento
sobre Dahlia, a quien la Duquesa del Lago asesinó por ninguna otra razón que rencor.
Les cuento sobre Raven, cómo la Condesa de la Piedra le hacía cortes en el cerebro.
Raven se adelanta en ese punto.
–Todavía se sienten –dice mientras se acerca a Ginger para que le toque la cabeza.
–¿Qué cosas se sienten? –pregunta ella.
–Las cicatrices.
El cráneo de Raven está tan lleno de cicatrices que apenas la chica lo toca, retrocede.
–Violet me salvó la vida –dice con un tono monótono. Mete la mano en el bolsillo de
la camisa y toma las fotos. Esta es mi parte menos preferida–. De otra forma, habría
terminado así. Y así van a terminar ustedes si las venden el Día de la Subasta.
Mantengo la mirada en un rizo solitario a un costado de la frente de Henna. Odio
esas fotos. Agradecí cuando Raven se ofreció a estar a cargo de mostrarlas. Creo que
ella sabía cuánto me dolería verlas.
Son cuatro chicas, todas muertas, los labios azules, la piel amarillenta. Tienen los
ojos cerrados, pero tienen unas cicatrices con forma de V en el pecho. Lucien me dijo
que había veces que, si un doctor estaba particularmente interesado, se hacía una
autopsia. No para determinar la causa de muerte… ya la conocen, sino para saber cómo somos por dentro. Solo porque somos diferentes.
Henna da un grito ahogado. Tawny mira hacia otra parte. Ginger se adelanta.
–¿Son…? ¿Son reales? –pregunta.
–¿Esa es Verdant? –Henna vuelve a quedarse sin aire. Todas las fotos son de chicas
de los centros de retención–. A Verdant la vendieron en la Subasta anterior a la mía.
No necesita otra respuesta más que la expresión que Raven y yo tenemos en el
rostro. Ginger da un paso atrás, el rostro lleno de horror.
–Nos dijeron que la realeza nos cuidaría –dice–. Ellos… Patience dijo…
–Patience mintió –repongo.
–Este es el destino de todas las sustitutas que fueron a la Subasta –explica Raven–. El parto nos mata, si no nos encuentra primero otra Casa real. Pero por primera vez
en nuestra historia, las sustitutas tienen una oportunidad de hacer algo al respecto.
Extiendo la mano y le toco el hombro a Raven.
–Guárdalas –digo–. Lo entienden.
Tawny pestañea para sacarse las lágrimas.
–Pero ¿por qué? Nosotras los ayudamos. Les damos bebés. ¿Por qué… por qué nos matan?
–Nuestras muertes no son más que una consecuencia secundaria –explico–. El
resultado de un embarazo antinatural. No sabemos bien por qué llevar un niño real en
el vientre causa la muerte. Quizá son los Augurios. Quizá sucede porque no fuimos
hechas para llevar niños que no son nuestros. Sea cual sea la causa, para ellos, somos
solamente un medio para un fin. Ni siquiera nos consideran personas. No tenemos
nombres en la Joya. Nuestras opiniones no importan.
»Pero –continúo– hay personas en esta ciudad que quieren el cambio. Personas que
ponen en riesgo la vida para terminar con el control que tiene la realeza sobre
nosotras. ¿Por qué nos mantienen separados por muros? ¿Por qué establecen lo que
hacemos con nuestras vidas, el lugar donde trabajamos, el dinero que ganamos? ¿Por
qué no tenemos ni voz ni voto en la manera en que vivimos?
–Y las sustitutas no son las únicas a las que tratan como si fueran descartables – agrega Raven–. Ahí fuera hay toda una ciudad oprimida.
–Imaginen lo que lograríamos si trabajáramos todos juntos –digo.
–Perdón –interviene Henna levantando la mano como si estuviera en clase–. Dijiste
que por fin tenemos la oportunidad de hacer algo al respecto. Pero… estamos
encerradas aquí y nos vigilan las cuidadoras. El único poder que tenemos son los Augurios. No veo cómo cambiarle el color a una cosa pueda ser algo útil.
–Llevémoslas al acantilado –dice una morena llamada Sorrel mientras tira de la
manga de Raven. Es la más pequeña de todas las chicas del grupo.
–Sí, el acantilado –asiente Scarlet, entusiasmada.
–No puedo creer que sepas sobre esto y no me lo hayas contado –dice Ginger.
Scarlet parece avergonzada.
–No podía. Me pidieron que lo prometiera. Una vez que vayas al acantilado, lo
verás… es algo muy peligroso y no hay que hablar de eso. Si alguien se enterara…
–Está bien, basta de charla –digo–. Es hora de mostrarles.
Amber, Scarlet y las otras chicas a las que ya les mostramos los elementos forman
un círculo de prisa. Scarlet toma a Ginger de la mano y le pide disculpas con la
mirada.
–No te enojes mucho –dice–. Te encantará cuando lo veas.
Raven me aprieta los dedos. Sonrío y cierro los ojos. Me encanta ir al acantilado.
Es un lugar extraño, en alguna parte nebulosa entre el mundo real y una antigua
fortaleza paladina. Las Paladinas eran una raza de guerreras que tenían el don de
conectarse con los elementos y estaban encargadas de proteger esta isla. La realeza
vino en barcos, proclamó que la isla le pertenecía y mató a todas las Paladinas.
O eso creyeron. Pero las Paladinas sobrevivieron. Las sustitutas somos sus
descendientes. Lucien cree que la genética hace que algunas mujeres (como yo)
tengan la habilidad de conectarse con los elementos mientras que otras (como mi
madre) no la tengan. Cree que es un rasgo recesivo, como tener ojos azules. Sil le dijo
que eso es una tontería y que no todo puede explicarse de forma tan sencilla.
Sea como sea, no importa. Estas chicas frente a mí son Paladinas, y es momento de
mostrarles qué significa eso.
El acantilado apareció por primera vez cuando le salvé la vida a Raven, después de
que perdiera el embarazo. No sé qué me hizo ir a ese lugar, si fue el destino, el azar o
puro amor, pero una vez que fui ahí, sentí una conexión instantánea con los
elementos, con mi herencia. Me entendí a mí misma y el mundo como nunca antes.
Eso es lo que hicimos con Sienna, Olive e Indi. Eso es lo que hicimos con todas las
chicas de los centros. Les llevamos a Raven. Las llevamos al acantilado.
Un segundo después, cierro los ojos. Estoy cayendo. Oigo un chillido débil que
parece de Tawny, pero no hay problema; ya estamos en un sitio donde los habitantes
dormidos de la Puerta Sur no pueden oírnos.
Es de noche en el acantilado, y llueve. El clima aquí suele reflejar el clima en el
mundo real. O, a veces, refleja el deseo de la sustituta, como cuando llevamos a
Sienna y nevaba, porque a ella le encanta la nieve.
Las gotas de lluvia están tibias y, cuando levanto el rostro hacia el cielo, forman
pequeños ríos que recorren mis mejillas. El océano se extiende abajo, y aunque casi
no lo veo en la oscuridad, oigo cómo las olas rompen contra las rocas. Los árboles que
se extienden detrás de mí susurran con el viento. Y en el centro del acantilado hay una
estatua, un monumento de piedra gris azulada que sube en espiral, una ola congelada
que llega al cielo.
Extrañaba este lugar, murmuro mentalmente.
Yo también, responde Raven sin palabras.
Y yo, agrega Amber. Algunas de las chicas que ya vinieron corren a hacer sus cosas
favoritas. Azure baila bajo los árboles. Sorrel contempla la vista desde el acantilado y
escucha el rugido del océano. Ginger está de pie en un estado de shock; Scarlet está a
su lado, tomándole la mano. Tawny no sabe si estar asustada o entusiasmada.
Los ojos de Henna son enormes mientras rodea la estatua y extiende la mano para
tocarla. Sé lo que está sintiendo: una piedra lisa de una forma imposible, como el agua
vuelta sólida.
Luego, comienza a reír. Levanta las manos para atrapar las gotas de lluvia y yo
sonrío, porque ya es nuestra ahora. Ve quién estaba destinada a ser.
Algo en su risa hace que Tawny se ría y, luego, las dos están corriendo al borde del
acantilado con Sorrel, tan cerca que creo que podrían caer.
Pero eso no va a ocurrir. Las Paladinas hicieron este lugar y lo protegen. Nos
protegen a nosotras, aquí.
Scarlet hace que la lluvia baile y de vueltas alrededor de la cabeza de Ginger, lo que
divierte a la niña más grande. Me sigue sorprendiendo cada vez lo felices que somos
aquí, tan libres, tan salvajes y tan nosotras mismas, sin reparos. Cada vez que veo que
una chica nueva siente eso, esa conexión con las demás y con el mundo que nos
rodea, tengo esperanzas.
Hora de irnos, dice Raven, y nos saca de ahí, nos succiona hacia arriba hasta que
volvemos a estar dentro del invernadero en la Puerta Sur. Tawny no esconde el llanto
y los ojos de Ginger están vidriosos. Henna está despeinada por el viento, y contenta.
–¿Qué…? Yo… –Ginger no puede armar lo que quiere decir. Recuerdo bien esa sensación.
–¿Qué era ese lugar? –pregunta Henna, entusiasmada.
–Miren abajo –digo. Las tres miran y quedan boquiabiertas.
Hay flores color violeta oscuro bajo los pies de Ginger y rosa pálido bajo los de
Tawny. Las de Henna son de un naranja brillante. Por unos instantes miran con
atención, embelesadas, mientras la lluvia golpetea el vidrio sobre nosotras.
–Cuéntales sobre las Paladinas, Violet –dice Scarlet.
–Cuéntales sobre la Sociedad de la Llave Negra –añade Amber.
–¡Y tienes que contarnos más historias, Violet! –insiste Azure–. Queremos saber lo
que está pasando allá fuera.
–Una cosa a la vez –digo. Tomo un respiro hondo y empiezo a hablar.
Bueno, ahora sigue la Puerta Oeste –digo, y apenas contengo un bostezo.
Estuvimos toda la noche en la Puerta Sur, casi hasta el amanecer–. Nos vamos
en dos días.
–No veo la hora de dormir en mi propia cama esta noche –Raven se mueve
incómoda con el abrigo húmedo.
El vagón del tren está repleto de trabajadores, a pesar de que el sol está sobre el
horizonte hace apenas menos de una hora. Lucien nos hizo a todas documentos falsos
y nos designó trabajadoras rurales. La mejor manera de moverse entre los círculos de
la ciudad, dijo, es esconderse a la vista de todos. De todas formas, nadie piensa
mucho acerca de los trabajadores del Pantano.
En nuestro primer viaje en tren hasta aquí, tenía terror de que un soldado nos
identificara, que desconfiara de nuestro papelito y gritara “¡Arréstenlas!”. Pero todos
en la Joya piensan que Raven está muerta y nadie me busca a mí, porque todos
piensan que soy mi hermana. El soldado que nos controló los papeles casi ni nos miró.
Lo mismo ocurrió en los otros centros de retención. Nadie les prestó atención a un
par de trabajadoras rurales adolescentes.
Observo cómo el sol sube sobre las casas de adobe que pasan deprisa por la ventana
del tren. Este viaje es tan diferente al que me llevó a la Subasta. En ese momento,
comenzaba una vida nueva en un lugar extraño, estaba llena de miedos y expectativas.
Esta vez, sé con exactitud hacia dónde voy: de regreso a la Rosa Blanca. Y no veo la
hora de llegar.
Me pregunto cómo será el día hoy para Ginger, Tawny y Henna. Deben sentirse tan
extrañas, tan vivas; todo radiante y nuevo, los colores más nítidos, los aromas más
intensos. Estoy contenta de que Amber y las otras chicas estén ahí para ayudarlas,
para guiarlas. Henna se conectó con el Aire enseguida: el asombro se le vio en los ojos cuando el viento empezó a dar vueltas alrededor de ella y a reaccionar a lo que estaba
pensando. Scarlet le mostró a Ginger cómo hacer grietas en la tierra y Tawny hizo que
las gotas de lluvia subieran, en lugar de caer. Nunca es aburrido ver a las chicas
asombradas de sus propias habilidades. Y cuantas más chicas reunimos Raven y yo,
más fuertes son mis esperanzas.
Mi estómago hace un rugido. Espero que Sil haya hecho bizcochos para el desayuno.
Un bizcocho hojaldrado con dulce de fresa sería perfecto en este momento. Y un beso
de Ash, y tal vez un abrazo de Indi. A Indi le encanta abrazar.
No me doy cuenta de que me quedo dormida hasta que Raven me sacude para
despertarme.
–Llegamos –dice.
Bajamos con dificultad del tren en la estación Barlett y el corazón casi se me sale
cuando veo a Sil entre el montón de carros y carruajes; su yegua, Turnip, se sacude la
crin color arena. Ella está vestida con el enterito de siempre y una camisa de franela.
El cabello, negro y ondulado, gris cerca de la frente, le rodea el rostro como un halo salvaje.
–Bueno –dice una vez que nos trepamos al asiento del carro y ella sacude las riendas
de Turnip–. ¿Cómo les fue?
–Como siempre. Asustadas y tercas al principio, pero cuando ven las fotos y van al
acantilado, todo cambia –responde Raven.
–“Su Llavedad” va a estar feliz de oír eso. Estoy segura –afirma Sil. Ella y Lucien
tienen una especie de amistad a regañadientes. Pero sospecho que se quieren más de
lo que admitirían.
–¿Cómo está todo en la Rosa Blanca? –pregunto. Ella suelta una risa.
–Se fueron por una noche. ¿Qué…? ¿Piensas que Sienna quemó la casa?
–No me extrañaría –murmura Raven.
–No creas que tu novio durmió mucho, pero todo lo demás está igual. Sienna estuvo
insolente e Indi se la pasó tratando de darme un maldito abrazo. Olive empezó a coser
otro vestido. Un vestido de fiesta, dice. Me preguntó si había forma de que le
consiguiera un poco de seda.
Raven y Sil ríen con ganas, pero el apego que siente Olive por todo lo de la realeza
me pone nerviosa; no me divierte. A Sil le encanta quejarse de las chicas nuevas, pero
creo que en secreto disfruta de la compañía. Estuvo sola durante tanto tiempo antes de
que Azalea, la hermana de Lucien, la encontrara.
Empiezo a quedarme dormida otra vez cuando entramos al bosque. Será un día
caluroso. Las gotas de lluvia de anoche caen de las hojas que están sobre nosotras y
Raven se pone la capucha. Yo no me pongo la mía. Me encanta la sensación del agua
en el cabello.
El bosque se vuelve más denso a medida que nos adentramos en él. La Rosa Blanca
está escondida en su interior, protegida por una magia paladina antigua, sospecha Sil.
Cree que las Paladinas la guiaron hasta ahí, hasta un claro donde no quedaba más que
una casa de granja hecha pedazos. Los árboles crecen en formas raras en este bosque:
los troncos se curvan en ángulos extraños, las ramas se meten en la tierra.
Siento el tirón, el tirón ligero en el estómago que significa que estamos cerca.
Y así es, unos minutos después entramos en el claro, la casa de ladrillos rojos, una
imagen de bienvenida. Y una imagen mejor, una figura familiar de pie en el porche.
Ash ya bajó de la casa y empezó a correr hacia nosotras antes de que llegáramos a la
mitad del claro. Salto del asiento y corro hacia él. Me alza en brazos y yo entierro mi
rostro en su cuello.
–Volviste –susurra. Le beso la oreja.
–Espero que no te hayas preocupado mucho.
Me baja al piso.
–Debo haber dormido una o dos horas. Voy mejorando.
Le recorro el cabello con los dedos –le ha crecido durante estos dos últimos meses– y luego toco las sombras bajo sus ojos. Me toma de la mano y caminamos a la casa.
Sil y Raven ya entraron. Le cuento sobre las últimas tres chicas.
–Entonces, todas las sustitutas de la Puerta Sur que van a la Subasta saben que son
Paladinas –digo–. ¿Se sabe algo de los otros círculos?
A pesar de que al Pantano no lo tocan de cerca los conflictos crecientes de la ciudad,
todo empeora en el Banco y el Humo. Y aunque entiendo que esto es lo que trae
consigo una revolución, odio ver los informes en los periódicos, los bombardeos, los
daños, la muerte. Todos los días oímos sobre más arrestos, más violencia. La
Sociedad apunta a las fortalezas reales: las barracas de los soldados y las oficinas de
los jueces y los banqueros. Tratan de calcular el tiempo de reacción y mantener
confundida a la realeza. Nunca el mismo cuartel o círculo dos veces seguidas. Dibujan
llaves negras en los muros y las puertas. Oímos más y más informes sobre violencia
espontánea, sobre personas que atacan a la realeza por su cuenta.
Ash estuvo entrenando a una franja de los miembros de la Sociedad en este cuartel, pero su alcance es limitado, porque todavía hay una orden para arrestarlo y ejecutarlo.
No puede ir a los otros cuarteles, o a los otros círculos, como yo.
–Lo mismo de siempre, más que nada –el ceño fruncido de Ash es pronunciado–. No puedo dejar de pensar en los acompañantes. Si pudiera acceder a ellos, nos ayudarían tanto…
–Ya lo sé –digo con paciencia. Ya tuvimos esta discusión–. Lucien dice que hace
todo lo que está a su alcance por ellos. Pero tú eres un fugitivo aún.
–Lucien no hace todo lo que está a su alcance porque no hay nada que pueda hacer
por ellos. No confían en él –responde–. Es un hecho.
No quiero volver a tener esta discusión. Durante los últimos meses, Ash se ha
impacientado más y más; aumenta la preocupación que siente por los acompañantes
cada vez que hay un nuevo ataque al Banco.
–Pero estás ayudando tanto aquí… –afirmo–. Mira lo que hiciste por Raven, por el
Silbador y su equipo, por todos los miembros de la Sociedad en la Puerta Sur.
El Silbador, uno de los agentes más importantes de Lucien, tiene un salón de tatuajes
donde se reúne en secreto la Sociedad. Mi hermano, Ochre, trabaja con él ahora. Ash
estuvo entrenando a otros hombres y mujeres jóvenes para luchar, para que les
enseñen a las personas de los cuarteles y círculos vecinos, ya que no puede salir del
cuartel él mismo.
–Sí, solamente en este cuartel, solamente de noche, cuando nadie me ve, y
solamente cuando viene Sil –Ash se detiene y se sienta en los escalones de la entrada,
se frota la frente con la palma de la mano–. ¡Rye está en la Joya, ni más ni menos que en la propia casa de la Duquesa! Si pudiera… contactarlo de alguna forma. Y no
vuelvas a nombrar a Lucien. Es un genio, pero los acompañantes desconfían
abiertamente de las damas de compañía. Si quieren, pueden meterte en grandes líos.
Siempre me sorprende cuando Ash habla sobre el detrás de escena de la Joya. Los
chismes entre los sirvientes o los romances prohibidos. Las jerarquías que existen en la
clase que subyace tras la realeza.
–Haces todo lo que puedes –digo–. Tu nombre alcanza para que las personas se
unan a nuestra causa.
Ash se ha convertido en una leyenda en la Ciudad Solitaria. Su situación de prófugo
de la justicia funciona a nuestro favor. El acompañante revoltoso, acusado por un
crimen que no cometió, que escapó de la Joya y de las garras de la realeza: el fugitivo
que evadió la captura. Es un héroe en los círculos de la Sociedad.
–Entonces, me pongo cómodo y dejo que mi nombre haga todo el trabajo mientras
los acompañantes siguen muriendo y sufriendo el abuso –replica Ash.
La vida de un acompañante es dura. Me horroricé cuando él por fin me contó sobre
eso. Suelen volverse suicidas, se cortan o se drogan con una versión líquida del opio
llamada azul. Rye, el compañero de cuarto de Ash que nos ayudó a escapar del Banco, lo consumía cuando lo conocí meses atrás.
Pongo la mano en el cuello de Ash y trato de sacarle la tensión con un masaje.
–Sé que es difícil –digo–. Pero es la única forma. El Banco es muy peligroso para ti.
La Rosa Blanca es el único lugar donde estarás a salvo.
–Pero ¿está bien que tú corras peligro? –pregunta–. Tú, Raven y las chicas… Ustedes viajan a los centros de retención. Eso no es para nada seguro.
Antes de que pueda responder, la puerta de entrada se abre con fuerza.
–¡Ah, Violet, estás de vuelta!
Indi tira de mí y me envuelve en un abrazo. Es tan alta… Le llego apenas a los
hombros.
–¿Cómo salió? ¿Encontraste a las chicas que buscabas?
–Sí –respondo mientras le doy una palmada en la espalda–. Salió bien. Ya te contaré
todo, pero primero necesito comida, o voy a caer.
–Claro, seguro estás muriendo de hambre. Deja que te sirva un plato –el rostro se le pone un poco rosado cuando mira a Ash–. ¿Quieres uno también?
A pesar de que Indi ya lo conoce desde hace meses, aún se sonroja cuando está
cerca de él. Para darle crédito a Ash, él siempre hace como si no lo notara.
–Entro en un momento –dice–. Primero, tengo que llevar a Turnip al establo.
Me aprieta la mano, para que sepa que la discusión terminó por ahora. Turnip está
mascando un poco de pasto, todavía atada al carro. Él la guía al establo que está en el
límite del círculo de árboles, y yo miro y deseo que hubiera algo que pudiera hacer por él.
Pero no dejaré que vuelva al Banco. Eso es, sin dudas, una sentencia de muerte.
–Bueno, vamos, Violet –dice Indi con los ojos, como los míos, enfocados en la
figura de Ash, que se aleja–. Quiero oír todo sobre anoche, y sabes cómo lo va a
contar Raven. Ella va a dejar fuera todos los detalles interesantes y no va a hacer más
que responderme de forma cortante cuando le haga preguntas.
–¡Indi! –la voz de Sil resuena detrás de la puerta mosquitero–. Tus malditos muffins se queman.
Indi suelta un grito ahogado, da media vuelta y desaparece dentro de la casa.
Me quedo de pie en el porche durante un segundo y dejo que el sol me caliente el
rostro. Quiero aferrarme con fuerza a esta mañana, copiarla en el cerebro; un talismán
contra cualquier oscuridad que me depare el futuro.
En este momento, estoy segura y viva, y rodeada de amigos.