Capítulo 2

“Siendo natural y sincero, uno puede crear revoluciones sin haberlas buscado”.

Christian Dior

Al día siguiente, en la tarde, Alana se presentó en el estudio del fotógrafo, situado en un edificio cercano al Central Park. Kerry Anne le aconsejó que llevara maquillaje y distintos atuendos. Antes de tocar el timbre, se abrió la puerta de golpe. Frente a ella apareció una chica alta, de piel blanca, melena rubia, senos prominentes, y no mayor de veinticuatro años. Su rostro, de rasgos nórdicos, era hermoso, aún sin afeites.

-¡Shannon Summers, la supermodelo! -exclamó Alana, tal cual si hubiera visto a una estrella de Hollywood.

Shannon permaneció inmutable. Ni siquiera le sonrió por cortesía. Su porte de modelo no se empañaba, pese a vestir jean y franela. Había sido descubierta por Kerry Anne en una discoteca de Boston, en Massachusetts, la ciudad donde la chica nació. Después de varias semanas, su foto era publicada en la revista, Vogue. De seguida, su imagen invadió los espacios publicitarios, primero como modelo de una emblemática bebida gaseosa light, y luego de otros productos. Su resonante éxito en el mundo publicitario y en el de la moda, la convirtieron en una supermodelo.

Alana no le quitaba los ojos de encima.

-¡Me van a hacer una prueba! ¡Unas fotos! -continuó, entusiasmada-. ¡Quizás Tayler’s Model Management me contrate, y seamos muy buenas compañeras! ¡Me encantaría que llegáramos a ser grandes amigas!

Shannon le dirigió una mirada escrutadora e imprudente, como si fuera un bicho raro. Después miró a una joven de mediana estatura, regordeta y de gafas de pasta, quien la seguía con una inmensa y pesada maleta con rueditas. Se trataba de Viveca Powell, su asistente, maquilladora y estilista.

-Apresúrate, Viveca –dijo Shannon, malhumorada-. Derek casi me borra la cara con tantas fotos. Me dejó estresada. ¡Parece que el calor del verano lo aceleró! ¡Estuvo tiránico!

-¡Sí, sí, señorita Summers! –respondió con timidez la chica-. ¡Estoy muy de acuerdo con usted!

Viveca se convirtió en asistente, maquilladora y estilista de Shannon, ya que siempre le manifestó su incondicional admiración, a través de sus redes sociales. Gracias a éstas, sabía de sus gustos, viajes, trabajos, éxitos, y hasta forma de pensar.

La modelo decidió darle una oportunidad, y no la defraudó. Viveca era un paquete nada despreciable, por cuanto estaba muy preparada en materia de maquillaje y estilismo. Con el tiempo, llegó a demostrarle eficiencia, talento, fidelidad y mucha discreción.

La jovencita siempre quiso ser como Shannon, pero su físico no le brindaba las condiciones para siquiera parecérsele. Ella se conformaba con estar muy pendiente de su arreglo físico, y de supervisar sus numerosos trabajos y presentaciones. Al mismo tiempo, debía soportar sus frecuentes arranques de malhumor, y era en esos momentos cuando ponía de manifiesto otro de sus valiosos talentos: paciencia de sobra.

La modelo y la asistente salieron, presurosas. Alana las vio alejarse por el pasillo.

-Suerte -soltó Shannon, gélidamente, sin siquiera dirigirle la mirada.

La chica sintió que hizo el ridículo al tratar a la supermodelo tan efusivamente. No le quedaron dudas de la fama que tenía de difícil, de caprichosa y altanera.

-¡Hola! ¿Eres la enviada de Kerry Anne?

Alana vio en la entrada a un joven de veintiséis años. Era el asistente y mejor amigo del fotógrafo, que le tomaría las fotos. Su rostro salpicado de pecas y el cuerpo desgarbado, envuelto en ropas de gran talla, lo hacían reflejar una simpática estampa de adolescente.

-La misma –contestó ella.

-Entra -la invitó, sonriente-. Soy Justin Perkins, el asistente de Derek-. Eres muy puntual.

-Kerry Anne me exigió que fuese muy puntual.

-Y acataste la orden al pie de la letra –bromeó él-. ¡Te felicito!

Alana pasó. Era como estar en uno de esos estudios cinematográficos, donde se producían películas. Varias zonas para fotografiar, equipos sofisticados, luces… Derek Adam Tucker se le acercó, y le alargó su mano para saludarla. Contaba con la misma edad de Justin. Tenía el cuerpo delgado, pero fibroso. Su cara le recordó los bustos griegos de la época más noble: encuadrado de abundantes rizos color miel oscura, boca fina y una expresión de deliciosa serenidad. Siempre le gustaba vestir sport. A primera vista, todo él le agradó.

Se había iniciado como fotógrafo en su natal Palm Beach, en Florida. Poco a poco demostró su notable talento. Compartía su excelente reputación de talentoso profesional con la de audaz picaflor. Tuvo aventuras con muchas modelos, a quienes descubrió o con las que trabajó con frecuencia. Shannon nunca cayó en sus brazos, pese a los numerosos intentos. Sus ínfulas de supermodelo no le permitían enredarse con él. Entre ambos existía sólo una magnífica relación de trabajo.

Justin y Derek Adam se hicieron amigos en la infancia, cuando ambos vivían en Palm Beach. Al concluir la secundaria, cada uno tomó rumbos distintos, aunque no perdieron la comunicación. Cuando ya eran adultos jóvenes, se reencontraron en New York.

Para ese momento, el fotógrafo ya tenía un camino recorrido en su profesión. Al comprobar que Justin tenía talento para la fotografía, lo convenció para que estudiara en el mismo instituto, donde se graduó, ubicado en Nueva York. El joven prometía destacar en ese mundo, y se esmeraba por aprender esa pasión, que recién había descubierto.

Justin vivía en una habitación rentada en el apartamento de Erik Adam, que éste poseía en la zona de Greenwich village, considerado el barrio bohemio de Nueva York. Convivir y trabajar con el fotógrafo le permitía aprender aún más de fotografía, que en el mismo instituto.

-Un placer conocerte -le dijo, muy sonreído, recorriéndola con una mirada que la hizo sentirse desnuda. Era evidente que también ella le agradó-. Kerry Anne me comentó lo bonita que eres, pero la realidad supera sus palabras.

-Encantada. Gracias -repuso con una tímida sonrisa.

Tras intercambiar algunas palabras, Derek Adam la llevó al cuarto de baño, y le explicó cómo manejar las luces del espejo de maquillaje. De seguida, se colocó un jean ceñido y un suéter azul cielo. Trató de maquillarse lo más rápido posible.

Minutos luego, ella estaba de pie en un set, cuidadosamente iluminado por Justin. Mientras preparaba la cámara, Derek Adam le preguntó:

-¿Por qué quieres ser modelo?

Una sonrisa soñadora se asomó a su rostro.

-Las supermodelos ganan mucho dinero. Quiero ser como ellas. ¡Deseo ser rica y famosa en todo el mundo! ¡Quiero brillar!

-¿Y cuándo nació ese deseo por ser supermodelo?

-En mi infancia, que no fue muy feliz.

-¿Por qué lo dices?

Una expresión de tristeza apareció en el rostro de Alana.

-Vengo de una familia muy pobre. Mi padre abandonó a mi madre cuando yo era una bebé. Ella murió cuando yo tenía ocho años. Luego supe que mi padre falleció también.

-Lo siento mucho –dijo Derek Adam con cierto pesar.

-Mi única tía se hizo cargo de mí, hasta que murió, tiempo después de que terminé la secundaria. Fueron muy tristes sus pérdidas. Además, no tuve hermanos. Crecí entre mucha estrechez. No quiero ser pobre toda la vida. Detesto la pobreza.

-No ha sido fácil tu vida -admitió él.

-Tú lo has dicho.

-¿Y de amores qué? –preguntó con cierto interés.

Ella sonrió levemente.

-Tuve algunos novios, pero no fueron romances muy serios. Uno de ellos, me animó a que participara en el concurso, La Chica Encantadora, en mi pueblo. Después de eso terminamos. Fue cuando decidí venirme a Nueva York, para convertirme en supermodelo –reanimada, añadió-: ¡Ése es mi gran sueño!

-No creas que el mundo del modelaje es tan color de rosa -dijo, un tanto serio.

-¿Por qué? –inquirió, muy interesada.

-Para mí tiene una portada y una contraportada.

-¿Cómo es eso?

-En la portada hay glamour, satisfacciones, dinero… glorias… éxitos… halagos.

-Eso es bonito.

-Opino lo mismo -con un dejo de gravedad en la voz, añadió-: Pero en la contraportada, entre otros aspectos, hay privaciones de ciertos placeres… la envidia entre las modelos… las intrigas… la competencia entre ellas… las drogas. Hay que andar con cuidado en esa contraportada -terminó con un sincero tono de advertencia.

Seguidamente, comenzó la sesión. “Mira a la izquierda… a la derecha… más sonrisa… Bien… Bien… Une los dedos… Saca la cadera. ¡No tanto! Eso es… Basta de esto, cámbiate y vuelve pronto”. Click-click, click-click… Así estuvieron unas horas sin parar.

-Tenemos un buen material -le dijo Derek Adam, muy sincero-. Dentro de dos días ve a la oficina de Kerry Anne. Ahí tendrás una respuesta.

Capítulo 3

“El entusiasmo por la vida es el secreto de toda belleza. No existe belleza sin entusiasmo”.

. Christian Dior

Pasado el mediodía, en su oficina, Kerry Anne una a una revisaba las fotos, sentada detrás de su escritorio de vidrio ahumado. Todas reposaban en desorden sobre el mueble. Derek Adam, de pie a su lado, agarraba algunas y las estudiaba.

-No me equivoqué. Alana tiene porte de modelo -dijo, convencida, mientras analizaba una imagen-. Buena estatura… Rostro interesante… Impacta cuando se lo propone.

-Tiene mucho talento… Proyecta pureza… -siguió él, con embeleso y sin apartar la vista de una fotografía, que sujetaba- …candidez… ganas de triunfar… Es una belleza que gusta desde el primer momento…

Sus palabras despertaron la curiosidad de Kerry Anne.

-¿A ti te gusta?

Derek Adam soltó la foto, y mostró una sonrisa tunante.

-Recuerda que soy un adorador de la belleza femenina –muy docto, añadió-: La belleza es un elemento importantísimo en una fotografía.

La agente se recostó en el respaldo de su asiento, y levantó una ceja. Con una cómica mueca, le indicó que no le creía.

-No dejas de ser terrible con las faldas. Tu fama es indetenible -agarró las fotografías para ordenarlas encima del escritorio.

-Hay bellezas fotogénicas y bellezas que… -completó Derek Adam, travieso-: Me seducen.

-¿La recomiendas?

-Del uno al diez, ¡veinte! -contestó firmemente.

-Muy categórico. Hazla entrar –y se puso de pie para plantarse delante del escritorio.

Entusiasmado, Derek Adam llegó hasta la puerta y la abrió.

-Entra, Alana -la invitó amablemente.

La muchacha caminó hacia Kerry Anne, con una mirada asustadiza. Se estrujaba sus manos. Derek Adam cerró la puerta, y se reunió con ellas.

-Diga lo que sea, señora Kerry Anne, por favor. No soporto más este suspenso –y cerró los ojos.

Los dos intercambiaron miradas. Les hacía gracia la actitud de Alana. Parecía una niña que esperaba un severo regaño. Con una grata sonrisa, Kerry Anne le anunció:

-Acabas de entrar a prueba en Tayler’s Model Management, con muchas posibilidades de ser contratada.

La chica abrió los ojos. Aquellas palabras le sonaron a amanecer de trompetas. Al fin tenía chance de entrar en una importante agencia y, por lo tanto, llegar a ser una supermodelo.

-¡Lo logré, lo logré! -se abalanzó sobre la agente para estrecharla fuertemente-. ¡Gracias, señora Kerry Anne, gracias!

Era tanta la simpatía que le generaba, que Kerry Anne toleró su efusiva demostración de dicha. Luego la chica recuperó la compostura.

-Alana, Derek te ayudó con sus comentarios.

La chica lo abrazó vigorosamente.

-¡Gracias, Derek, un millón de gracias!

-Me gustó haber podido ayudarte -dijo, mientras una de sus manos descendía por la espalda de ella. Cuando iba a llegar al final, Kerry Anne le hizo un gesto de desaprobación. Él sonrió, muy pícaro.

Alana se separó de él.

-Bien, si durante el período de prueba surgen buenas ofertas –expresó Kerry Anne-, y si te aprueba la junta examinadora, entrarás definitivamente en Tayler’s Model Management. Yo seré tu agente. Espero que Shannon no se disguste por eso.

-¿Por qué? –preguntó Alana.

-Hasta ahora yo me he encargado exclusivamente de su carrera. Ella tiene un carácter difícil.

-Y vaya que lo tiene –intervino Derek Adam con sutil sorna-. Es toda una diva.

-Ya veremos cómo reaccionará. De todos modos, te ayudaré en lo posible. No me defraudes, Alana.

-¡Nunca, nunca! ¡Usted se sentirá muy orgullosa de mí, señora Kerry Anne! ¡Haré todo lo que esté en mis manos para ser una supermodelo, rica y famosa! -soltó con abundante alegría.

-Me puedes tutear sin ningún problema. Eso de “usted” y “señora Kerry Anne”, me hace sentir como si tuviera ochenta años. ¡Y nada más lejos de la realidad! –dijo con mucha simpatía.

-Así será… Kerry Anne.

Ambas intercambiaron sonrisas amistosas.

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