Capítulo 2

Isabella se muerde los labios. No, no puede decir que en realidad fue obligada por su tío a tomar el lugar de Alessia para salvarla, ya que ella se negaba a casarse con Benedict. Ella no quería, pero no tuvo opción. 

—Por favor, yo… te juro…

Ella tartamudea, incapaz de controlar sus nervios y sus sollozos. 

Benedict da unos pasos atrás, sin perder esa sonrisa macabra de su rostro. La observa con tanto asco que Isabella se siente insignificante frente a él. Desde que Pamela, su esposa, falleció en un accidente estando embarazada, él se convirtió en un ser ruin, incapaz de sentir simpatía o amor por alguien. Nada lo conmueve.

—Nunca serás igual a ella. 

Isabella no logra entender el comentario de Benedict. ¿Ella quién? ¿Acaso está hablando de su prima? ¿O se refiere a su esposa fallecida? 

—Yo soy una Murano. Lo juro. Nadie quiso estafarlo, soy hija de sangre de la familia.

Isabella tiembla, se levanta como puede de la cama para poder enfrentarlo. Su cabeza da vueltas y vueltas procurando pensar en alguna solución, pero no encuentra ninguna en estos momentos. No sabe exactamente qué hacer o decir, pero no puede ser devuelta a la casa Murano o su destino, y el de todos, será terrible. Todos saben del poder y alcance del clan Arrabal, si es repudiada por el jefe, será despreciada de por vida.

—¿Pretendes que te crea? ¿A una mujerzuela como tú? ¿Qué valor podría tener tu palabra cuando toda tu vida es una absoluta miseria? Una mujer como tú que ha sido tocada por otros hombres, no es digna de ser la esposa del heredero de uno de los clanes más grandes del mundo. 

Benedict camina hacia la puerta, pero antes de abrirla, la mira sobre los hombros y dice.

—Cuando regrese, no te quiero encontrar aquí. Más te vale que desaparezcas, tú y todo lo que tenga que ver con tu ridícula existencia, o yo mismo te haré desaparecer para siempre.

Isabella boquea, desesperada. Es incapaz de controlar su respiración. No puede irse de aquí, él no puede echarla o su familia entera sufrirá las consecuencias. Su tío fue tajante cuando le dijo que no podía darse el lujo de perder esta oportunidad. Su empresa familiar está en bancarrota, si ella es rechazada, lo perderán todo.

Corre hasta él y en su angustia por encontrar alguna solución, se arrodilla a sus pies. Nunca fue una mujer orgullosa ni pretenciosa como él afirma, pero si tiene que suplicar, lo hará.

—Por favor, no puedes echarme —ruega con el rostro lleno de lágrimas—. Sé que no soy la novia que esperabas, pero puedo ser tan buena esposa para ti como lo desees. Haré exactamente lo que me pidas y no me meteré en tus asuntos nunca, al menos que me lo ordenes. De todos modos, este es un matrimonio arreglado, ¿qué más da quién es la novia? Tú tampoco querías esto, al igual que yo solo te impusieron el casamiento, no tenemos que despreciarnos, solo seguir la corriente frente a los demás. 

El pronunciado ceño fruncido de Benedict indica que no le gusta lo que está viendo. Aunque está acostumbrado a que la gente le suplique por su vida o por otra oportunidad, no soporta la idea de que ella esté haciendo lo mismo. Tiene muy poco carácter, su actuar le repugna. Por un momento pensó que ella tendría un poco más de dignidad y se iría, pero ahora no le cabe la menor duda que es capaz de cualquier cosa por un poco de dinero y estatus. 

Con un movimiento brusco, la agarra de la muñeca y la levanta. La espalda de Isabella choca con fuerza contra la puerta de madera. Un dolor agudo, aunque soportable, se expande por esa parte de su anatomía. Se muerde los labios fuertemente para no emitir un gemido de incomodidad. No debería, pero levanta la vista para mirarlo a los ojos, esos que la escudriñan con ferocidad. Los ojos azules del que ahora es su esposo no se apartan de los suyos, tal vez buscando algún atisbo de conveniencia en sus palabras.

Benedict la acorrala, su cuerpo enorme y alto, cubre totalmente el suyo. Su perfume, su aura, su presencia, la asfixian a tal grado que ella cree que va a desfallecer en cualquier momento. ¿Cómo alguien a quien acabas de conocer hace diez minutos puede provocar en ti ese tipo de comportamiento?  

Sus fuerzas se reducen a nada. Ambos brazos de Isabella caen a sus costados cuando él lleva una de sus manos a su cuello y ejerce cierta presión.  

—¿Qué tanto estás dispuesta a hacer para quedarte? —pregunta muy cerca de su rostro, su aliento a whisky aturde a Isabella—. ¿Qué tienes para ofrecerme que otra mujer no me pueda dar? 

—Haré… lo que… sea 

La voz de la joven es apenas audible debido a la incomodidad que siente en la garganta. Los dedos de Benedict se aprietan un poco más hasta que su rostro se vuelve rojo como un tomate maduro. El aire es escaso y ella lucha por inhalar un poco. 

En el segundo siguiente, él la arrastra hasta la cama y de un empuje certero, está tumbada allí y él encima de ella. 

—¿Así que estás dispuesta a hacer lo que sea? —Isabella asiente levemente—. Entonces serás mi esclava. Harás todo lo que te diga y estarás a mi disposición siempre. No se permite negarte a nada.

Benedict repasa los labios de ella con los dedos. Isabella cierra los ojos esperando lo peor, pero pronto el peso que tenía encima de ella desaparece y su esposo sale de la habitación sin decir nada más. 

Capítulo 3

El dolor de cabeza que ataca a Isabella cuando abre los ojos a la mañana es de terror. Apenas consigue enfocar la mirada hacia la ventana de dónde por dónde se filtran los rayos del sol en medio de las cortinas mal cerradas.

Durmió muy poco tiempo y la prueba de ello son sus enormes ojeras, sin mencionar que tiene los ojos completamente hinchados de tanto llorar. Todo lo que le está pasando en los últimos días son demasiado para ella. 

Agarra su celular de la mesita de noche y suspira al ver la hora en la pantalla. Son más de las seis de la mañana y no hay rastros de Benedict. Seguramente no quería verla, por eso prefirió pasar la noche afuera.

Luego de un suspiro ahogado, se espabila y se levanta. Debe bajar para enfrentarse con su destino. 

Camina hasta su pequeña y vieja maleta que está en una de las esquinas y la abre. Sus opciones no son demasiadas. Un par de vestidos simples y cuatro faldas con sus blusas, es todo lo que tiene. Toma uno de los vestidos y va hasta el sanitario para darse una ducha.

Cuando baja las escaleras, un hombre canoso, pero igualmente intimidante que su esposo la observa de pies a cabeza.

—Hola, tú debes ser Alessia. —El hombre, enfundado en un traje de marca azul, se levanta y le ofrece su mano. Isabella asiente levemente, todavía no está acostumbrada a que la llamen así—. Mi nombre es Antony. Soy el marido de la madre de tu esposo. Ayer no nos pudimos conocer como es debido, pero espero que seamos buenos amigos en el futuro. 

—Hola —Isabella toma su mano por un breve tiempo, pero en ese instante, la puerta principal se abre y Benedict entra. 

—Veo que ya conociste a mi padrastro. No pierdes el tiempo, ¿no es así? —dice él en su oído, pero por el tono y la sonrisa que le dedica, son claras señales de que está pensando lo peor de ella.

—Sí, nos estábamos presentando. Estoy en un lugar que no conozco a nadie, lo ideal es presentarme.

—O buscar otras salidas monetarias —replica él antes de dirigirse a las escaleras.

Isabella se siente chiquita ante la mirada intimidante de su esposo al subir. Sus comentarios siempre la lastiman, ya le quedó claro que cree que es una mujerzuela y él se encarga de recordárselo todo el tiempo.

Benedict sube la escalera a grandes zancadas, mientras que su mano derecha, Blas, se queda en la sala.

—Buenos días. —Una mujer mayor, pero exquisitamente elegante, sale de una de las habitaciones y se dirige a Isabella. Nora tiene un aura tan imponente como Benedict, por lo que ella se siente intimidada al instante. Su porte grita arrogancia y poder—. Alessia, acompáñame al despacho, necesito conversar contigo de algunas cosas. 

Isabella sabe que ella es la madre de Benedict. Escuchó muchas cosas de ella anteriormente, por supuesto, nada buenas. Sabe que es una mujer capaz de hacer cualquier cosa por mantener al clan Arrabal en la cima del poder. Todos sospechan que ella tuvo que ver con la muerte del hermano de Benedict, Egil; también de la esposa y los hijos de este. Aunque no hay pruebas que la acusen, los rumores sobre ella son tajantes. Es una mujer con la que debe ir con cuidado para no ser descubierta.

Isabella la sigue hasta el despacho tal como Nora le ordenó. 

—Eres la esposa de mi hijo —dice Nora sentándose en la silla detrás del escritorio. Su porte es el de una reina todopoderosa. Mira a Isabella de pies a cabeza, tal como lo hizo Antony—. Te escogí para él porque creo que eres la única que puede cumplir ese papel a la perfección. Como seguramente sabrás, hace dos años, su esposa embarazada falleció en un accidente de auto mientras se dirigía al aeropuerto para volver a casa. Una gran pena. —La forma en que Nora sonríe al decir aquello da muy mala espina a Isabella, pero finge no darse cuenta—. Dado que el jefe del clan no puede estar sin esposa y sin heredero, hicimos el trato con tu familia para este matrimonio. Desde hoy, tu responsabilidad será estar con mi hijo todo el tiempo, atenderlo en todo lo que él disponga. No solo dentro de la casa, sino que también en la empresa. Irás con él y serás su asistente. 

Isabella abre la boca para decir algo, pero no dice nada. No vale la pena, desde que llegó a esta casa lo único que han hecho es ordenarle. No tiene idea de cómo conseguirá estar cerca de Benedict sin que él intente matarla, pero algo se le debe ocurrir.

Asiente. 

—Así lo haré, señora.

—Perfecto, ahora puedes retirarte. —Nora le hace una seña con la mano para que salga. Isabella vuelve a hacer un corto asentimiento antes de salir.  

Benedict se da una corta ducha antes de vestirse para ir a trabajar. 

—Señor… —Norma, una de las sirvientas, abre la puerta sin siquiera tocar. Él frunce el ceño hacia ella. Sobre todo porque está medio desnudo. 

—¿Qué quieres? ¿No ves que me estoy vistiendo?

—Disculpa. Como su esposa ya está desayunando, pensé que usted ya estaba listo también. La señora Nora pide que vaya al despacho antes de ir a la oficina —comunica la mujer, todavía con la vista fija en el torso desnudo de Benedict.

Él le hace una seña con la mano para que se retire. Norma lo hace.

Benedict puede adivinar lo que su madre quiere decirle. No le fue suficiente con imponerle esta boda, también quiere manipular toda su vida a su antojo. Ya verá si puede lograrlo o no.

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