Capítulo 3

Un año después del incidente de la subasta, justo en el aniversario de nuestro matrimonio, recibí una invitación.

Era para una subasta privada, un evento exclusivo solo para hombres, en una de las mansiones de Alejandro en las Lomas. El sobre era de un papel grueso y caro, mi nombre estaba caligrafiado en tinta dorada.

Una extraña sensación de inquietud me invadió, pero una parte de mí, la que todavía anhelaba al Alejandro del que me enamoré, pensó que quizás era una sorpresa, una forma de reconciliación.

Qué ingenua fui.

Cuando llegué, la atmósfera era pesada, cargada de humo de puros y del olor a coñac caro. Los hombres más poderosos de México estaban allí, todos amigos y socios de Alejandro. Me miraban con sonrisas torcidas, con una complicidad que me heló la sangre.

Alejandro me recibió con un beso frío en la mejilla.

"Bienvenida, mi amor. El espectáculo está a punto de comenzar."

Me guio hacia el centro de la sala, donde se había instalado una enorme pantalla.

Y entonces, la vi.

Una foto mía.

No era una foto cualquiera. Estaba en nuestra cama, con el rostro cubierto de lágrimas silenciosas, los ojos vidriosos, perdidos en la nada. La recordaba perfectamente, fue tomada en una noche en la que Alejandro, después de una discusión, me había sometido a una de sus humillaciones verbales, recordándome lo poco que valía sin él.

Mi aliento se quedó atascado en mi pecho. El mundo se detuvo.

Sentí las miradas de todos esos hombres sobre mí, desnudándome, devorándome. La vergüenza fue tan abrumadora que casi me caigo.

Alejandro se paró junto a la pantalla, con Sofía a su lado.

Ella ya no era la muchacha asustada de la primera subasta. Ahora llevaba un vestido rojo carísimo y joyas que yo sabía que costaban una fortuna. Se aferraba a su brazo, mirándome con un triunfo mal disimulado en sus ojos.

Alejandro tomó un micrófono. Su voz resonó en la sala, suave pero letal.

"Señores, bienvenidos. Esta noche tenemos una colección muy especial."

Hizo una pausa dramática, su mirada fija en mí.

"A mi esposa, mi Leona, le gusta el fuego de protesta, ¿verdad? Bueno, durante nuestro primer año de matrimonio, he decidido documentar su... pasión."

Señaló la foto en la pantalla.

"Tengo 365 fotos tuyas, Elena. Una por cada día que me has desafiado. Y esta noche, vamos a subastarlas. Si no quieres que caigan en manos de otros, ya sabes qué hacer. Sigue prendiendo fuegos. Usa tu dinero para comprar tu dignidad."

La risa estalló en la sala. Una risa cruel, masculina, que rebotaba en las paredes y me golpeaba como piedras.

"¡Buena idea, Alejandro! ¡Siempre tan creativo!" , gritó uno de los hombres.

"¿Cuánto por la primera pieza de la colección 'La Leona Domada' ?" , se burló otro.

Me quedé paralizada, mirando a Alejandro. No podía ser real. El hombre que había prometido amarme y protegerme estaba vendiendo mis lágrimas, mi dolor, mi intimidad al mejor postor.

La traición era un sabor amargo en mi boca, un veneno que se extendía por todo mi cuerpo.

Vi en sus ojos una frialdad que nunca antes había conocido, un placer sádico en mi sufrimiento.

Había desatado a un monstruo, y ahora, ese monstruo estaba a punto de devorarme frente a todo el mundo.

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