Capítulo 2

Matilde POV:

El eco de mi promesa resonó en mi pecho, un tambor fúnebre para una relación moribunda. Si Eduardo me dejaba plantada una vez más, mi paciencia, mi amor, mi dignidad, todo se iría con él. Juro que me iría de este lugar para siempre, de esta casa, de esta ciudad, de esta vida. No permitiría que un solo paso más pisoteara mi honor. No más.

Justo en ese momento, como si mis pensamientos lo hubieran convocado, Eduardo apareció en la entrada del salón. Su cabello lacio, el traje algo arrugado, y una expresión de... ¿disculpa? ¿o fastidio? en su rostro. Hizo un saludo apresurado a la multitud, un gesto de "ya llegué, no es para tanto" , que apenas disimulaba su desinterés.

El anciano chamán, con su voz grave y pausada, comenzó el sagrado rito. El incienso flotaba en el aire, mezclándose con el olor a rosas y la tensión palpable.

Eduardo se acercó a mí, susurrando, "¿Estás bien, amor? Siento la tardanza… Bella tuvo un pequeño accidente" .

Mi mandíbula se tensó. "Ocúpate de la ceremonia, Eduardo" , respondí, la fatiga de cinco años de humillación impregnando cada sílaba. "No deshonres a los Antiguos de nuevo" .

Él me tomó la mano, un toque que se sentía ajeno. "Lo juro, Matilde. Esta vez lo haremos. Lo juro por los Antiguos" . Su pulgar acarició mi piel con una familiaridad que ya no sentía. Una vez, ese gesto me habría llenado de esperanza. Ahora, solo me producía una extraña náusea.

El chamán continuó, rociando agua bendita sobre nosotros, las palabras ancestrales llenando el espacio. Eduardo se posicionó para realizar el gesto de unión, ese momento crucial en el que las almas se entrelazan para siempre. Cerré los ojos, con la esperanza y el escepticismo luchando dentro de mí. Quería creer, sabía que no debía.

Sentí su aliento cerca, su mano extendiéndose. Era el momento.

Un jadeo colectivo. Una exclamación. Mis ojos se abrieron de golpe.

La expresión de Eduardo había cambiado. Su mirada estaba fija en algo detrás de mí, sus ojos abiertos de par en par. Seguí la dirección de su mirada.

Allí, en la parte posterior de la multitud, semioculta, estaba Bella. Se tambaleaba ligeramente, su rostro pálido y contorsionado en una mueca de dolor exagerado. Mis labios se curvaron en una sonrisa amarga. La misma obra de teatro, la misma actriz, el mismo público.

Eduardo soltó mi mano bruscamente, el sonido de mi piel separándose de la suya resonando como un látigo en el silencio. Ya no había rastro de la promesa en sus ojos. "Matilde, yo... no puedo. Bella me necesita. Se ha herido de verdad esta vez. Debo ir con ella. La ceremonia tendrá que esperar" .

El dolor en mi pecho no fue una sorpresa. Era un viejo conocido, un compañero constante. Pero esta vez, vino acompañado de algo nuevo: una calma fría, un desprendimiento casi etéreo.

Miré a Eduardo, luego a Bella, y una sonrisa extraña, casi de alivio, se dibujó en mi rostro. "Por supuesto, Eduardo. Tu prioridad debe ser la salud de Bella. Ella es quien realmente te necesita" , dije, mi voz suave, carente de cualquier emoción.

Él me miró con una mezcla de sorpresa y gratitud. "¡Matilde, lo entiendes! ¡Gracias, gracias! Sabía que comprenderías. Eres tan...comprensiva" .

"Es la única solución, ¿verdad?", añadí, mi voz teñida de un sarcasmo que, al parecer, solo yo entendí. "Después de todo, ella es la más importante aquí".

Eduardo asintió, su rostro ya aliviado, sin captar la ironía. "Volveré, lo prometo. Te traeré una flor blanca del jardín, tu favorita, para compensarte" .

Lo observé alejarse, tropezando en su prisa por llegar hasta Bella. Se olvidó de mis gustos. Yo era alérgica a las flores blancas. Me había olvidado por completo de mí.

Los cinco años de dolor, de espera, de humillación, cristalizaron en ese instante. Él no me conocía. Nunca lo hizo. O si lo hizo, se le olvidó.

"Se acabó" , susurré. No a nadie más que a mí misma. "Se acabó" .

Mis manos, que antes temblaban, ahora estaban firmes. Metí la mano en mi bolso y saqué un dispositivo de comunicación, un objeto antiguo que no había usado en años.

Lo encendí. La pantalla se iluminó con un emblema olvidado.

"Papá" , dije, mi voz clara y fuerte. "Soy yo. Vuelvo a casa" .

Capítulo 3

Matilde POV:

Con un tirón brutal, arranqué el velo de mi cabello, la fina tela de encaje rasgándose con un sonido seco. No solo era un velo; era el sudario de cinco años de esperanzas, de sacrificios, de una vida que nunca fue. Lo que una vez significó la pureza y la promesa, ahora solo representaba la humillación y el desengaño. Mis dedos se tensaron, destrozando la delicada tela con una furia silenciosa. No era solo el velo lo que deshacía, sino la imagen de la Matilde ingenua y esperanzada que lo había llevado.

Mis ojos ardían, pero no derramaron lágrimas. Esa fuente se había secado hace mucho tiempo. Los fragmentos del velo cayeron a mis pies, como pétalos muertos. Tomé uno de los trozos más grandes y, con una resolución implacable, lo lancé a la chimenea encendida. Las llamas lo devoraron con un crepitar voraz, convirtiéndolo en cenizas en cuestión de segundos. Observé cómo se consumía, y con cada chispa que se elevaba, sentí una libertad que nunca antes había conocido. Una ligereza aterradora pero embriagadora.

Los invitados, que se habían quedado en un silencio atónito, comenzaron a murmurar. Sus miradas de lástima se convirtieron en confusión y asombro genuino. No sabían lo que veían. Ni siquiera yo lo sabía del todo.

No dormí esa noche. No pude. La mente de Eduardo, débilmente perceptible a través del vínculo, estaba ocupada con Bella, sus pensamientos, sus necesidades. Él no pensaba en mí. Nunca fue una sorpresa. El dolor ahora era un zumbido distante, molesto, pero ya no me destrozaba. Me había acostumbrado a la amputación.

Al amanecer, me puse de pie. El sol apenas asomaba por el horizonte, tiñendo el cielo de tonos rosados y naranjas, un nuevo día que prometía un nuevo comienzo para mí.

"Las cadenas de amor son las más difíciles de romper, Matilde" , la voz de mi padre resonó en mis recuerdos. "Pero las que te atan a la indignidad son las más venenosas" .

Yo había creído en un amor puro, en la idea de que mi verdadero yo, sin el peso de mi apellido, sería suficiente. Que mi amor por Eduardo sería lo único que importara. Qué ingenua fui.

Recordé el día en que conocí a Eduardo. Fue en una gala benéfica, un evento al que asistí de incógnito. Nuestros ojos se cruzaron al otro lado del salón, y una chispa se encendió, una conexión instantánea, poderosa, innegable. Sentí su vínculo en mi mente, un llamado profundo que me prometía un futuro juntos. Él era el heredero del imperio Calvet, yo, una "Matilde Méndez" sin más historia que la que yo le conté. Nos enamoramos en un torbellino, o al menos, yo me enamoré. Él se enamoró de la idea de mí, de la mujer sencilla que no buscaba su fortuna.

Al principio, él recordaba mis pequeñas manías, mis comidas favoritas, mis sueños fugaces. Pero con el tiempo, todo se desvaneció, eclipsado por los caprichos calculados de Bella. Su mente ahora solo conocía el brillo falso de ella.

Tomé el anillo de compromiso que me había dado, un diamante deslumbrante que ahora solo me parecía una piedra pesada. Lo dejé caer en la basura, sin una pizca de remordimiento. Era hora de anular el compromiso. De forma oficial.

Mientras caminaba hacia la sala de reuniones, un grupo de jóvenes se agolpaba alrededor de una antigua pantalla de comunicaciones. Sus risas y exclamaciones atrajeron mi atención.

"¡Miren!" , gritó una chica, señalando la pantalla. "¡Bella Poza acaba de publicar algo nuevo!"

La imagen de Bella apareció en la pantalla, sonriendo angelicalmente junto a Eduardo, quien la sostenía en brazos. Su pie, supuestamente lesionado, estaba vendado de forma teatral.

"¡Mi héroe!" , decía el texto que acompañaba la imagen. "Eduardo me cuidó toda la noche. ¡Gracias por sacrificarlo todo por mí! Algunos entienden la verdadera lealtad" .

Los jóvenes, al verme, se dispersaron como pájaros asustados. La bilis volvió a subir por mi garganta, pero esta vez, mi determinación era de hierro. La confirmación de su traición, de su desprecio, ya no me quebraba. Solo fortalecía la decisión que ya había tomado.

Saqué un pequeño medallón de mi bolsillo, un antiguo símbolo familiar. El emblema brilló, como si respondiera a mi voluntad. Mis pasos me llevaron directamente al gran salón de asambleas. Era el momento de romper no solo un compromiso, sino una ilusión.

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