Estaba sentado en la baranda del enorme palacio imperial, en el reino de los dragones. Su padre, el emperador dragón Kendrick, le había prohibido salir debido a los nuevos disturbios que se habían producido en las tierras bajas. Su enemigo y tío el dragón Baduf, estaba decidido de nuevo a hacer a su hijo Torsten el heredero al trono. Alegaba que Erick no tenía madera para ser el sucesor, ya que le interesaba más el mundo de las criaturas inferiores humanas que los dragones.
Y es que al príncipe le fascinaba convertirse en humano y pasar tiempo entre ellos en la tierra. Sin embargo, las cosas con las artes prohibidas, y el error que cometió al enseñar a un humano hacía ochocientos años, de como hacerse inmortal, había hecho que su padre le prohibiera estar entre los hombres.
—Mi príncipe, ¿en qué piensa? —preguntó su mejor y único amigo Oryun. —¿Qué te hace tener esa cara de aburrimiento?
—Me pasé toda la mañana escuchando los sermones del gran consejero, tu padre. Papá lo puso ahora a enseñarme todas las leyes del reino y mis obligaciones de príncipe.
—¿No me digas? Ahora entiendo porque se la pasó haciéndome preguntas sobre lo que hacíamos cuando visitamos a los humanos.
—¿Qué le dijiste?
—La verdad, que solo vamos a comer, bailamos, bebemos y regresamos. ¿Qué otra cosa le podía decir?
—No se te ocurra decir que vamos a la frontera a ver como luchan y que nos convertimos en humanos para ayudarlos.
—¿Me crees tonto? Si papá se entera me mata y me encierra en la torre. Ahora ya que terminaste, ¿por qué no bajamos al bosque y nos quedamos en la cabaña? Allá no hay humanos y nuestros padres no dirán nada. ¡Estoy aburrido!
—¿Crees que me dará permiso? No quiero que me vuelvan a castigar por años.
—Vamos a preguntarle, mira a la emperatriz. ¿Por qué no le pides permiso a ella?
Erick gira la cabeza para ver como una enorme dragona de color plateado desciende lentamente, para luego acercarse en lo que recoge las alas. Él se levanta, su dragón es mucho más grande que el de su mamá, va a su encuentro y se inclina delante con respeto. Ella lo observa interrogante, hasta que le dice.
—Está bien, ve, pero nada de contacto con humanos.
—¡Mamá, deja de leer mi mente!
—¿Por qué no? Eres mi único hijo, tenemos una conexión especial, escucho tus pensamientos, como siento todas tus emociones. Cuando aprendas a desconectarte de mí, dejaré de hacerlo.
—¿Y por qué no lo haces tú?
—Porque me gusta estar conectada a mi único hijo. Así, si te pasa algo lo sabré al momento. Veo que estás aburrido y deseas ir a ese mundo humano. Ve, pero solo a nuestro bosque, los humanos le temen y no lo visitan. Él último que lo hizo, tu abuelo se encargó de él hace mucho. Pónganse a practicar a convertirse en diferentes animales, acérquense.
—¿Qué piensas, hacer?
Pregunta preocupado el príncipe Erick, sabe que su madre es la dragón más poderosa que existe en el reinado, poseedora de grandes poderes. Por sus ojos salen dos grandes rayos que se introducen por su frente y la de su amigo, y de a poco los convierte en invisibles.
—¿Y esto por qué?
—Quiero asegurarme de que ningún humano los vaya a ver. A partir de ahora cada vez que bajen, se convertirán en invisibles. Te levanto el castigo que te puso tu padre, pero esa es mi condición, si no te gusta, no te quitaré el castigo.
—¡Esto no tiene gracia mamá!
—Está bien, entonces sigue castigado.
—¡No, no he dicho eso! —se apresuró a decir Erick, le gustaba que lo vieran, pero entre permanecer aburrido y ser invisible, prefirió lo segundo. —Está bien, gracias mamá, creo que es muy buena idea.
Roza su cuello contra el de su madre, que lo envuelve en sus alas y se quedan un rato así, hasta que ella de apoco las abre liberándolo.
—Erick hijo, cuídate mucho. Esos humanos ya sabes que son adictos a cazarnos, si te ven no descansaran hasta asesinarte, y créeme aunque eres muy poderoso, ellos tienen armas que pueden acabar con nosotros.
—No te preocupes mamá, solo iremos al bosque y practicaremos a convertirnos en diferentes animales.
—Cuídense, que la invisibilidad es solo cuando son dragones.
—¿Qué quieres decir?
—Si te conviertes en otra cosa serás visible. Ahora deja entrar a ver qué hace tu padre. Hasta luego hijo y no te pases mucho tiempo en el mundo humano.
La ven adentrarse en el enorme palacio, hecho de piedras preciosas que lo hacen resplandecer y al mismo tiempo confundirse con las nubes en el cielo. El imperio de los dragones es uno de los más antiguos dentro de los dioses. Su padre hace miles de años que ascendió al trono, luego que su abuelo le cediera el puesto. Pero Erick no tiene intención de hacerlo por el momento.
Su dragón mide casi seis metros, es rojo y negro como el de su padre, el de su amigo es más pequeño, de color anaranjado y amarillo. Abren las alas y se dejan caer, descienden y según lo hacen, se percatan que es de noche en la tierra. Algo que no les preocupa porque ven perfecto en la oscuridad. Están por llegar al bosque cuando unos fuertes ladridos y gritos les llaman la atención.
—¿Esos son humanos adentrándose en nuestro bosque?
Pregunta al ver a unos chicos a caballo, que corren a todo lo que pueden se adentran por el único sendero que posee el bosque. Un poco más lejos aparece la comitiva de más de veinte humanos, también en caballos acompañados de una jauría, que van persiguiendo a los primeros.
—¿Qué opinas?
—Tenemos dos opciones. O los volvemos de piedra, pero eso sería contraproducente, debido a que los demás humanos los encontrarían o nos los comemos.
—¡No comemos humanos! —Grita Oryun.
—¿Por qué no? Mi primo Trosten dice que son deliciosos.
—Erick, si tu padre el emperador nos escucha, ahí si nos va a castigar una eternidad.
—Ja, ja, ja…, bromeaba tonto, ellos solo tienen huesos y tendones, no son nada buenos. Oh, observa, los de adelante dejaron una carnada y ellos se escaparon, si que son cobardes.
—No hicieron tal cosa. Observa bien, ellos están tratando de hacer que los perseguidores los sigan, aunque no creo que lo logren. Quieren proteger a la fémina.
—Ve a ver tú que hacen, y yo voy a ver a quien quieren salvar. Hoy me siento benévolo, puede que lo haga.
Oryun se va a hacer lo que le ordenara en príncipe. Cuando llega a un claro, lo que ve lo llena de horror. Han amarrado y amordazado a tres humanos los tienen colgados y los torturan salvajemente, mientras insisten en que les digan dónde está la fémina, pero ninguno habla. Eso lo llena de admiración por los jóvenes. Enfurecido, arremete contra todos los asesinos que salen aterrados al no ver quien los ataca. Los tres jóvenes están realmente en mal estado. Se dedica a cubrirlos con su baba, en su intento de regenerar su cuerpo. Al parecer no funciona con los humanos, piensa decepcionado.
Los toma y los lleva para una cueva dónde los deja, protegiendo la entrada con un conjuro, de seguro mueren, al menos no se lo comerán los animales, se dice. Luego busca al príncipe, al cual siente muy agitado. Se apresura a ir a su encuentro.
—¿Qué sucede, mi príncipe? ¿Por qué se encuentra así? ¿Quién era la criatura que trataban de salvar?
—Es la humana más hermosa que he visto en mil años, y creo que me vio.
—¿Cómo? ¡Somos invisibles!
—Cierto, lo había olvidado. Entonces vamos, tenemos que cuidarla, no podemos dejar que ningún monstruo se adueñe de ella.
Y sin esperar a la respuesta de su amigo, levantó el vuelo dando alcance enseguida a Esthela que corría girando la cabeza a cada rato, la cual llevaba descubierta y su largo cabello negro volaba al aire. Oryun tuvo que darle la razón a su príncipe. Esa humana realmente era muy bella. Se pasaron toda la noche volando a su alrededor, ahuyentaron a los lobos, a las hienas, a los leones, y todo tipo de animales que al escucharla, se acercaban para devorarla, pero al sentirlos, se alejaban raudos.
El amanecer los cogió volando a su alrededor sin que Esthela, que se veía visiblemente extenuada, se percatara. Hasta guiaron el caballo de regreso al sendero que daba a su cabaña. Porque era de él, la había construido su abuelo hacía miles de años. Era el lugar que más le gustaba de la tierra. Por fin luego de asegurarse de que el río estuviera con poca profundidad, respiró al ver como ella se introducía en ella.
—¿Y ahora qué hacemos? Estoy cansado de volar toda la noche tan despacio, pudimos traerla en un segundo—protestó Oryun al llegar volando ante el desasosiego del príncipe, que vio como ella se asustaba con la sombra de su amigo en el piso. —Además, estos humanos son tan crueles que me hicieron gastar demasiada energía, porque traté de revivir a los acompañantes de ella, pero no pude, sus cuerpos estaban demasiado destruidos y nuestra baba no regenera su piel.
—¿Qué quieres decir?
—Los perseguidores atraparon a los que la dejaron sola y los torturaron queriendo que les dijeran dónde estaba ella y no lo hicieron, ¡resistieron todo! Por eso traté de salvarlos, pero no dio resultado.
—¿Estás seguro?
—Sí, seguían inconscientes. No creo que sobrevivan, los dejé protegidos en una cueva, ellos son unos humanos diferentes. ¡Los otros son realmente muy malos, debí matarlos a todos!
—Sí, son los mismos que se dedican a perseguirnos para matarnos. Si quieres, regresa al palacio, yo me quedaré cuidando de mi humana.
—¿Tú humana?
La familia Cruz, era reconocida por ser los únicos mercaderes textiles de Bisuldun, una población que quedaba en las cercanías de la fortaleza del Conde Wilfrido Cantanés, entre dos ríos. Y más allá se extendía los grandes bosques vírgenes al que le llamaban las tierras de nadie, por ser desoladas. De este lugar se decía que era el nido y guarida de dragones y de todo tipo de criaturas mitológicas. Lo cierto era que los cazadores preferían ir de cacería a otros bosques ubicados a la redonda del condado, que adentrarse en las tierras de nadie, pues el que se atrevía a hacerlo jamás regresaba.
Bisuldun era un condado como otro cualquiera. Con la gran fortaleza en forma de castillo ubicada en lo más alto de la colina, y descendiendo se agrupaban las casas de los servidores del señor. Con el tiempo fue recuperando importancia, principalmente debido a su ubicación. Estaba rodeada por dos ríos, lo que hacía difícil a los asaltantes atacar la ciudad. Por esa seguridad, las familias de pequeños poblados fueron viniendo a vivir al lugar, haciendo de a poco el condado más grande y enriquecido por toda la redonda. Que fue el caso de la familia Cruz, que al salir escapando de la capital, fueron a dar allí y se convirtieron en grandes mercaderes.
Eran de una familia muy noble que no se atrevieron nunca a mencionar, pero habían caído en desgracia después de la muerte del señor por los invasores. Por lo que su único hijo Dominico Cruz, se refugió en este condado muy lejos de la capital y donde nadie nunca había sospechado quién era en realidad, y le iba muy bien. En espera de un día volver a ocupar el lugar que le pertenecía por herencia, o al menos que su hijo Lotha lo hiciera.
La ciudad y sus habitantes no eran malos. Solo que todos estaban al servicio del conde Wilfrido Cantanés, que aunque hacía todo lo posible por que su condado fuera próspero económicamente, le daba la libertad a sus caballeros de hacer lo que querían. Muchos rumores lo acataban a que su consejero era un gran brujo. Y una de esas costumbres que habían adquirido los soldados cuando regresaban de sus campañas en los campos de batalla contra el feudo vecino, que constantemente lo atacaba en su frontera, era la de escoger damas en edad casadera, para que fueran sus amantes.
Ellos tenían sus esposas principales, pero les estaba permitido tener cuantas queridas quisieran, las cuales ejercían el papel de damas de compañía de la esposa principal. Por lo general las chicas eran tomadas y arrebatadas a la fuerza a sus familiares. Eran muchos los padres que casaban a sus hijas apenas si cumplían doce años, para evitar tal cosa. Edad en que los caballeros por lo general las robaban.
Muchos habían sido los reclamos que levantaban los habitantes a su Conde, pero este seguía haciendo caso omiso a tal barbaridad. Lo cual le dio fuerza a los hijos de los caballeros para ejercer dicha costumbre, que era solo de los que regresaban de los campos de batalla como un premio a su valor. Uno de ellos era Florian, hijo del consejero del Conde.
Decían que era un gran brujo y que sabía utilizar la magia negra, al igual que su padre. Al cual todas las doncellas le tenían terror, pues las raptaba y después que se saciaba de ellas, las ponía en un burdel, y otras eran vendidas a las familias para que fueran sus esclavos, sin que sus padres pudieran hacer nada. Las únicas que se salvaban, eran aquellas casadas con caballeros, la ley decía que no podían ser tocadas por nadie más, pues era considerado traidor y condenado a muerte.
Esthela, apenas si salía de su casa, y cuando lo hacía, era con su rostro cubierto por un chal y siempre en compañía de su madre o hermanos. Habían logrado mantenerla alejada de las miradas de los depredadores hasta sus dieciocho años. En que todo el mundo a su alrededor, creía la historia de que tenía su rostro desfigurado y era por ello que se lo cubría. Lo que no sabían era que no podía ser entregada a cualquiera, porque desde su nacimiento ya tenía dueño por su origen, el cual mantenían oculto de todos.
Por desgracia ese día, en la iglesia el pastor la obligó a descubrir su rostro, alegando que no debía sentir vergüenza de cómo la había hecho el señor, arrebatándole el chal que la cubría. Una gran exclamación salió de la boca de todos los presentes al momento que tal acción dejó a la vista de todos a Esthela.
¡Era extremadamente bella y perfecta!
Tenía un copioso pelo negro como la noche que brillaba al contacto con la luz. Sus ojos inusualmente para la región eran verdes, debajo de unas largas y copiosas pestañas, y sus labios fueron la mayor sorpresa al ser muy voluptuosos, rojos y sensuales. Hasta el propio pastor se detuvo a admirar la exuberante belleza de la joven, mandándola a cubrirse, arrepentido de haberla expuesto a los ojos de nada menos que Florian.
Éste se había quedado observándola incrédulo, decidiendo en ese mismo instante que la haría suya. Al terminar la misa ya estaba listo para arrebatársela a sus padres, pero la enorme figura de Lotha el hermano mayor de Esthela, que la cubrió con su cuerpo, hizo que se detuviera, pues andaba solo con su esposa. Ya había comenzado a avanzar hacía la chica, que se apretaba asustada ante su mirada de su madre Anora y su viejo padre Dominico, que miró al pastor con rabia y salió presuroso del recinto decidido a salvar a su preciosa hija.
—Eso no fue nada bueno, te dije que no la trajéramos —decía Anora asustada mientras cubría todo lo que podía a Esthela— tenemos que mandarla lejos de aquí ahora mismo.
—Lo haremos, se irá a vivir con tus padres. Florian de seguro no se atreverá a venir por ella hasta que regresen sus caballeros.
—¿Estás seguro? —preguntó Lothan. — No lo creo, ese salvaje irá por los hombres de su padre y vendrá. Además, en casa de los abuelos, ¿quién la va a defender? Sin contar que estará a expensas de que la encuentren nuestros enemigos. Debemos casarla hoy mismo, ya está en edad.
—Lo sé —contestó el padre— saben muy bien que no puedo darla a nadie. ¡Está prometida!
—¡Querido, sé que quieres honrar la palabra de tu padre! Pero eso no es una opción, ¡nadie ha venido a reclamar a Esthela! Debemos de casarla con un caballero o decir a todos quienes somos en realidad, y de seguro el Conde la tomará por esposa cuando lo sepa —dijo muy seria la señora Anora.
—¿Por qué no buscarle un esposo nosotros sin decir quién es? —preguntó el hermano del medio Maurin.
—Podemos casarla con Leoric, el hijo de Aldus que regresa hoy de la frontera, la cuidará y amará —dijo Anora, abrazando con más fuerza a su hija Esthela que solo los escuchaba. —Ya debíamos haberlo hecho, te lo dije que era absurdo esperar. Y si vienen por ella, ya sería muy tarde, no podrán hacernos nada. Ellos fueron los que incumplieron, se supone que mandaran a buscarla al cumplir dieciséis años como lo prometieron y nadie vino.
—Querida, sabes muy bien lo que sucederá cuando ella se case —dijo acongojado el señor Dominico— no puede casarse con cualquiera, lo sabes.
—¡Se lo explicaremos a Leoric, le enseñaremos que debe hacer en ese caso, aunque sea de menor categoría quizás pueda resistir! —Dijo desesperada la señora Anora ante la mira de su esposo. —O mejor, que solo se case de nombre y jamás la toque. ¡Tenemos que hacer algo querido o Florian y su padre nos descubrirán después de tantos años!
Esthela los escuchaba apenas sin entender a qué se referían. Era verdad que Leoric podía ser su esposo, no era muy apuesto, pero si buena persona, quizás podría llegar a amarlo. Pensó sintiendo que era una maldición haber nacido mujer y encima de eso bella. Además, siempre le dijeron que ella tenía dueño, aunque no quien era, lo guardaban como un gran secreto. Tampoco sabía exactamente quienes eran, su padre no le dijo nunca. Debieron venir por ella al cumplir esa edad, recuerda lo asustada que estaba de tener que irse, pero nadie vino y ahora Florian la había visto. ¿Cómo era que había ido a la misa vespertina? Su padre iba a esa hora precisamente porque los personajes importantes van en la mañana. ¡Que mala suerte ese padre empeñado en que enseñara su rostro mal formado!
Desde que se acordaba, no había podido vivir como las demás niñas, pues sus padres la mantuvieron escondida dentro de la casa como si fuera un gran tesoro por el que debían de velar. Fue una de las primeras en el condado en estrenar uno de aquellos sombreros que llevaban las damas de la alta sociedad, con velo para ocultar su rostro. Por lo que casi nadie sabía cómo era ella en realidad. Pasaba sus días cosiendo junto a su madre, o ayudando en el interior de la tienda cuando estaban trabajando. Solo Leoric y su familia sabían cómo era, él le traía libros cada vez que venía de sus batallas, lo quería casi como a sus hermanos.
También era hijo de un caballero que por suerte, era el mejor amigo de su padre, de menor categoría social, que sabía que ella estaba prometida a no sé quién importante. La trataba con cariño y respeto, como a una hermana. Sí, pensó Esthela, es mejor que sea él a que ese Florian se apoderara de ella. A sus propios hermanos había escuchado contar las horribles cosas que decían que les hacía, a las pobres doncellas que caían en sus manos.
En cuanto llegaron a la casa, se pusieron a preparar todo para escapar en cuanto llegara Leoric hacía el reinado, al cual le habían enviado un mensaje para que se apresurara. Cuando apareció Aldus, avisando que venían por ella y que a Leoric aún le faltaban unas horas para llegar. ¡Debían esconderla hasta que llegara, era su única salvación! Florian no podía arrebatarle la esposa a otro caballero aunque fuera de menor rango.
—¿Por qué no se la llevamos mejor a su prometido? —preguntó Lotha. —¡Florian no puede ir en su contra! Es capaz de asesinar a Leoric por tal de tenerla.
—¡Está bien! —Dijo el padre y corrió a la habitación saliendo con un cofre. —Toma, entrégale eso, sabrán enseguida quien es. Esthela hija, ponte este anillo, que hará que reconozcan quién eres y estarás a salvo. Perdóname hija, debí hacerlo antes para que no corrieras peligro.
—No te preocupes papá, escóndanse ustedes o Florian los matará.
—¡Vete Lotha, vete! ¡No dejen que la atrapen, primero muertos a que su hermana pierda su honra! Sabes muy bien el camino, llévasela y entrégala al guardián, ellos sabrán qué hacer con ella y si es posible quédense allá también hijo. Nosotros iremos después. No olvides el nombre de su prometido, dilo tres veces y la puerta se abrirá. ¡Sálvense hijos y perdón por no haberlo hecho antes!
—¡Le juro que no pasará nada padre! En cuanto puedan, vayan a reunirse con nosotros los estaremos esperando, o vendremos por ustedes luego que mi hermana esté segura.
—De acuerdo, pero ahora váyanse.
Y aunque lograron escapar, ahora estaba aquí, sola, acurrucada al lado de la chimenea, sin ver aparecer a sus hermanos, con miedo de esa enorme sombra que había visto. Sin saber a dónde debería ir a buscar a ese desconocido prometido que la salvaría.
Casi pasó todo el día en la misma posición, atenta a cualquier ruido o señal que le dijera que estaba en peligro. Al llegar la noche su miedo aumentó mucho más. ¡Era la primera vez en su vida que estaba completamente sola! ¿Qué debía hacer ahora, esperar por sus hermanos o ir a buscarlos?