Portada de la novela LA HIJA DEL EMBAJADOR

LA HIJA DEL EMBAJADOR

9.5 / 10.0
Alisa Kolin, hija del embajador ruso en París, abandona su vida protegida tras el encuentro Euroyoung. Un error de vestuario evita su secuestro, pero la vincula a Axel Ott, un agente suizo envuelto en una misión fallida. Obligados por el azar a un matrimonio falso, ambos intentan sanar sus heridas internas. Pese a que los traumas y los celos constantes ponen en riesgo su unión, el destino les brindará una opción para redimirse y salvar su amor.

LA HIJA DEL EMBAJADOR Capítulo 1

NOTA DE PRENSA

2 de junio 2021

Tras un año de parón debido a la pandemia vuelve a celebrarse el fascinante evento Euroyoung. La ciudad elegida para la ocasión será Paris. El glamuroso encuentro es una de las citas más esperadas para los herederos de las grandes fortunas de Europa. Por razones de seguridad se desconoce el lugar escogido para la celebración del evento pero los rumores apuntan al emblemático hotel Ritz, situado a un km del Museo del Louvre y de las tiendas de los Campos Elíseos. Se espera una gran participación, siendo un evento muy esperado tanto por los jóvenes como por sus respectivos padres. Como debutantes, cabe destacar a Daniel Turn, heredero de la Casa Real Noruega, Alisa Kolin, la joven primogénita de Nicolai Kolin, cónsul ruso en Paris, y Cristine Keller, la única hija del magnate farmacéutico Kelmed.

1

—Uno, dos, tres... ¿preparada? —Cristine Keller agarró los pliegues de su impresionante vestido fingiendo una pose de modelo profesional. Alzó la barbilla para verse más alta y estilizada y contenta con el resultado exclamó impaciente—: ¡Abre los ojos!

Los párpados de Alisa no tardaron ni medio segundo en despegarse. Parpadeó un par de veces deslumbrada ante la majestuosidad del compuesto de su amiga. Brillaba como la nieve, la tela en tono blanco plateado era amplia y vaporosa y los bordados de fina pedrería atrapaban la vista como un imán. Aquello no era un vestido, sino una auténtica joya.

—¡Es precioso! —exclamó con una buena dosis de admiración en la voz—. Nunca he visto algo tan… hermoso. ¿Y qué digo hermoso? Es fastuoso, faltan palabras en el diccionario para describirlo.

Las dos amigas se cogieron de la mano y comenzaron a dar vueltas encantadas por la estancia.

—¡Sabía que te encantaría! Es un modelo único, de Valentino —aclaró Cristine cuando se detuvo en medio de una cabriola—. Mi madre lo vistió en su propia presentación Euroyoung, veinticinco años atrás. ¿Te lo puedes creer? Y fue su deseo que lo luciera cuando llegara mi turno. Que lastima que no pueda verme.

—A lo mejor, sí que lo hace. Desde donde sea que esté, se sentirá orgullosa. —Alisa acarició con los dedos los volantes que brotaban de la cintura de su amiga, parecían olas silenciosas de un mar en calma—. No me canso de admirarlo, la tela es tan suave y delicada como la primera capa de nieve que se asienta sobre las coronas de los pinos en octubre. Y los relieves de pedrería parecen copitos esponjosos que bailan perezosos en el gélido aire de enero formando una espiral de ensueño.

—Posees madera de diplomática, como tu padre. Utilizas las palabras adecuadas en cada ocasión. Mi madre lleva ocho años desaparecida. —Los ojos de Cristine se llenaron de tristeza—. No tengo duda con respeto a donde pueda estar.

—No te pongas triste. Los secretos de la vida son infinitos.

—Tu lema favorito.

—¡Exacto!

Cristine abrazó a su mejor amiga soltando un suspiro de alivio.

—¿Qué haría yo sin ti? Eres la hermana que nunca tuve —declaró con los ojos anegados en lágrimas.

—Lo sé. Y tú la mejor amiga que se puede desear —le correspondió Alisa el cumplido con sinceridad, pero al observar cierta melancolía en los ojos de su amiga, cambió con destreza el foco de la conversación—. ¿Qué opinas si dejamos el drama? —le pidió en tono alegre al tiempo que le secaba una lágrima que comenzaba a deslizarse por su mejilla—. Se me ocurre que podríamos hablar… ¿del baile? Acuérdate de que solo faltan veinte días.

—¡¿Solo?! Veinte días me parecen una eternidad. ¡Me muero de emoción! —exclamó Cristine con la mirada efervescente. De pronto, hizo una mueca de malestar y se tocó la cintura—. Si te soy sincera el vestido me aprieta un poco las costillas. Y estoy tan ansiosa por que llegue el día que no hago otra cosa que consumir carbohidratos y toneladas de azúcar. No sé cómo consigues ser tan comedida con la comida. Ojala fuera como tú. No es justo, tú nunca tienes hambre y yo constantemente.

—Eres perfecta tal y como eres, solo cuida un poco las calorías y no habrá problema —le aconsejó Alisa con prudencia.

—Acabas de hablar como tu madre. Desconozco cómo la aguantas. Solo aprueba los alimentos de color verde.

Alisa se tapó el rostro con las manos asintiendo con la cabeza y una risita alegre se escapó de sus labios.

—Dejemos la comida de lado —propuso Cristine—. Vamos a hablar de chicos. Alguno se fijará en nosotras, al fin y al cabo somos las flamantes debutantes de este año. Imagínate, la única hija del magnate farmacéutico Kelmed y la hermosa primogénita del embajador ruso en Paris. Todas las miradas de los asistentes estarán puestas en nosotras.

El ceño de Alisa se frunció y una cierta melancolía impregnó su rostro ovalado, de un suave color melocotón.

—Mis padres son...muy estrictos. No sé si me dejarán salir con alguien.

—Pues claro que lo harán —defendió Cristine con vehemencia su postura—. Entiendo que se preocupen, pertenecemos a un grupo social selecto, y no podemos juntarnos con cualquiera. Sin embargo, en este baile —hizo una pausa significativa para dar más valor a su discurso—, no habrá ningún cualquiera. Solo calidad superior.

—No me gusta clasificar a la gente en categorías sociales. Y si lo que dijiste fue una insinuación a Ian, quiero que sepas que no era ningún cualquiera. Era inteligente, guapo y divertido.

—Sin duda lo era, pero no pudo ser. Venga, no pongas cara de tristeza. Acuérdate, las sorpresas de la vida son infinitas.

Ambas amigas comenzaron a reír.

—¿Y tu vestido? —cambió Cristine el rumbo de la conversación al advertir que su amiga había perdido la buena disposición de segundos atrás—. ¿Cuándo me lo enseñarás?

—En unos días. No es tan espectacular como el tuyo, sabes que mi madre aprecia lo clásico tirando a insulso. Es negro, simple, con un detalle dorado en la cintura y poco más.

—Tú eres hermosa te pongas lo que te pongas. ¿Pero negro? ¿En un día tan señalado? Sé que no podemos repetir colores, sin embargo…

—Mi madre dijo negro y no quise discutir.

—La señora Kolin es un verdadero encanto —ironizó Cristine poniendo los ojos en blanco—. No sé cómo lo haces. Apartas tus deseos para complacer a la gente y encima, lo haces con elegancia y saber estar, parece que no te afecta en absoluto. Es un gran día para ti, ¡haberle llevado la contraria a tu madre! Comidas verdes, vestidos negros, por el amor de Dios, acabas de cumplir diecinueve años, no cuarenta.

Alisa sonrió con su dulzura característica.

—Sabes que no me gusta discutir.

—Defender tus derechos no es lo mismo que discutir. A veces, pienso que la vida te asusta y haces todo lo posible por rehuirla.

—No lo hago —se defendió con debilidad, al menos, no de forma consciente.

—Si todo el mundo fuera como tú no existirían guerras ni conflictos. Bah, ¡que aburrido! Porque amiga mía —enfatizó la joven Keller—, gritar como un poseso, defender los ideales a muerte, ponerse verde de envidia, son emociones que hay que experimentar. ¿Qué es la vida sino una sucesión de emociones? Hay que llorar con toda el alma, reír a carcajadas, amar con pasión…

—Sabías palabras, sin duda, aunque en mi caso…no puedan aplicarse. Ojala tuviera una pizca de tu vehemencia —suspiró Alisa con un fulgor de tristeza en los ojos—, pero me falta valor y arrojo para vivir la vida de una forma tan apasionada.

—Bueno…tengo que reconocer que un poco de serenidad y calma viene bien, de vez en cuando. No te creas, bajo este terremoto de carácter —Cristine se señaló con el índice—, escondo anhelos importantes. Me gustaría ser una persona diferente. Más comedida, más prudente.

—Ya…ojalá hubiera forma de meter nuestros temperamentos en una copa —deseó la joven rusa—, y agitarla hasta obtener dos personalidades perfectas, en ocasiones contenidas y en otras, impetuosas. Seríamos perfectas.

—En mi opinión… la perfección no existe. Cada ser humano se empeña a anhelar aquello que carece enfrentándose al eterno dilema de siempre. Creo firmemente que el propósito de la humanidad debería apuntar hacía aquello que poseemos y no a lo que está por venir. Yo soy feliz con las cartas que el destino me ha repartido.

—Te ha repartido buenas cartas —le hizo ver Alisa con dulzura.

—Se ha llevado a mi madre….demasiado pronto…aunque no me quejo, la siento muy cerca, siempre. Regresemos al tema del baile —pidió emocionada—. Yo quiero enamorarme. Y vivir un cuento de hadas. Ay, Alisa, seguro que en este baile encontraré un príncipe azul. ¿Y tú, qué sueños tienes?

—Yo quiero conocer a alguien…interesante. No sé, un hombre culto, divertido, atractivo. No atractivo a nivel físico, sino algo más profundo —titubeó un instante—. Ya sé, deseo conocer a un hombre con carisma.

—Eres comedida hasta para pedir deseos —se escandalizó Cristine—. Por el amor de Dios, pide carisma si es lo que te pone, pero pídela unida a algo más. Un físico de infarto, unos músculos duros como el acero, una boca deliciosa, manos expertas, un paquete generoso... Exígelo todo al universo, luego veremos lo que nos envía. El carisma está de muerte pero para que una tenga un orgasmo se necesita algo más.

—Habla la entendida —se burló Alisa—. ¿Qué sabrás tú de orgasmos?

Ambas amigas se echaron a reír.

—Más de lo que tú te crees, amiga —se pavoneó Cristine con una enigmática expresión dibujada en el rostro—. Mucho más de lo que tú crees.

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