A la mañana siguiente, el día del anuncio de los resultados, la tensión en la casa era palpable. Catalina estaba insoportable, paseándose por la casa como si ya hubiera ganado. Yo me preparaba en mi habitación, eligiendo con cuidado un vestido blanco, sencillo pero elegante. Era el vestido que mi verdadera madre, Alma Reyes, me había enviado a través de Miguel, diciéndome que era el color de los nuevos comienzos.
Cuando bajé a la cocina, Catalina estaba sirviéndose café. Al verme, sus ojos se entrecerraron. Caminó hacia mí y, con un movimiento "accidental", tropezó y derramó toda la taza de café caliente sobre mi vestido.
"¡Ay, perdón!" exclamó con una sonrisa maliciosa. "Qué torpe soy."
El líquido oscuro manchó la tela blanca al instante, pero el ardor en mi piel fue lo que me hizo dar un respingo.
"¡Catalina!"
Elena y Ricardo entraron en la cocina, atraídos por mi grito.
"¿Qué pasa aquí? ¿Por qué tanto escándalo tan temprano?" preguntó Ricardo con fastidio.
"Sofía me asustó y se me cayó el café encima de ella. Fue un accidente," dijo Catalina, poniendo cara de inocente.
Elena ni siquiera me miró. Se acercó a Catalina y le arregló el cabello.
"No te preocupes, cariño. Sube a cambiarte, que se nos hace tarde. Y tú, Sofía, deja de hacer dramas por un vestido viejo. Cámbiate y vámonos."
Miré mi vestido arruinado y luego a Catalina. Noté que llevaba puesta mi pulsera de tobillo, una fina cadena de plata con un pequeño dije de luna, el único objeto que conservaba de mi infancia antes de llegar a esta casa. Un regalo de mi madre biológica, aunque yo no lo sabía hasta hace poco.
"Esa es mi tobillera," dije, mi voz sonando más fría de lo que pretendía.
Catalina se miró el tobillo y sonrió con descaro.
"¿Esta? Me la encontré tirada. Como a ti ya no te sirve de nada estar bonita, decidí usarla yo. Me da suerte."
Sentí una oleada de rabia. No era solo una joya, era un símbolo. Era lo último que me quedaba de mi identidad robada.
"No te preocupes por la suerte, Catalina," le dije, mirándola fijamente a los ojos. "Hoy no la vas a necesitar."
Mi respuesta pareció desconcertarla por un segundo. Ricardo frunció el ceño.
"Ya basta de tus insolencias, Sofía. Apúrate o te quedas."
Subí a mi habitación y me cambié. No importaba el vestido, no importaba la tobillera. Lo que importaba era el plan. Al bajar, los escuché hablar en voz baja.
"Esa niña cada día está más rara," decía Elena. "Pero no importa. Después de hoy, cuando Catalina gane la beca, su utilidad habrá terminado."
Al llegar a la academia, el lugar estaba abarrotado. Periodistas, fotógrafos, otros estudiantes y sus familias. Catalina, del brazo de sus padres, caminaba con la cabeza en alto, saludando a todos como si fuera una celebridad.
Me vio sola en un rincón y se acercó, seguida de su séquito de amigas.
"Miren, ahí está la que se ahogó en un vaso de agua," dijo Catalina en voz alta, para que todos la oyeran. "Pobrecita, Sofía. Escuché que tu audición fue un desastre. No te preocupes, yo le diré al director que te dé un puesto de conserje. Así al menos podrás seguir cerca de un escenario."
Sus amigas se rieron a carcajadas.
"Sí, es verdad," añadió una de ellas. "Mi primo estaba en la audición y dijo que parecías un pato mareado."
Me rodearon, sus palabras eran como piedras. "Fracasada". "Sobrevalorada". "Qué vergüenza para los Méndez".
Yo permanecí en silencio, dejándolos hablar. Recordé todos los años que pasé en esta misma academia, esforzándome el doble que los demás para obtener la mitad del reconocimiento. Practicando hasta que mis pies sangraban, estudiando cada movimiento, todo para escuchar a Ricardo decir: "¿Por qué no puedes ser más como Catalina?". O a Elena: "Tu talento es una carga, Sofía. Aprende a ser discreta".
Todo ese esfuerzo, todo ese dolor, para que ellos pudieran robarlo y dárselo a su hija perfecta. La rabia que había reprimido durante años se convirtió en un hielo afilado en mis venas. Ya no sentía la necesidad de su aprobación. Solo sentía la necesidad de justicia.
De repente, un grupo de reporteros se acercó, atraídos por el alboroto. Las cámaras se giraron hacia nosotros.
"Catalina, ¿es cierto que tu hermana Sofía tuvo un colapso nervioso en la audición?", preguntó un periodista con un micrófono.
Catalina adoptó una expresión de falsa compasión.
"Mi hermana está pasando por un momento difícil. La presión es mucha. Pero nuestra familia la está apoyando incondicionalmente. Ahora, si me disculpan, estamos esperando los resultados."
Se alejó, dejándome sola frente a los flashes y las preguntas. El escenario para el acto final estaba perfectamente montado. Y yo estaba lista para mi entrada triunfal.