Capítulo 2

El vampiro trotó tras ella como una mascota obediente. Cómo le gustaban los collarines... A su mejor amiga, Rainelys, le encantaba disparar a sus víctimas con flechas cuyas puntas contenían el mismo chip de control que hacía que los collarines fueran tan efectivos. En el instante en que tocaban la piel, el chip emitía una especie de campo electromagnético que provocaba un cortocircuito temporal en los procesos neuronales del vampiro, lo que convertía al objetivo en un sujeto fácil de sugestionar.

Francelys no sabía cómo funcionaba a nivel científico, pero conocía las limitaciones y las ventajas de su método de captura favorito.

Sí, debía acercarse más a sus presas que Rainelys, pero no tenía tantas probabilidades de fallar y darle a un transeúnte inocente. Algo que a Rainelys le había pasado una vez. Le había costado medio año de sueldo resolver el pleito. Los labios de Francelys se curvaron en una sonrisa al recordar lo mucho que le había cabreado a su amiga fallar aquel disparo. Abrió la puerta del acompañante del coche que había aparcado cerca.

-Entra.

Al vampiro bebé le costó un verdadero esfuerzo meter su obeso cuerpo dentro del coche.

Tras cerciorarse de que se había abrochado el cinturón, Francelys llamó al jefe de seguridad del señor Humberto.

-Lo tengo.

La voz al otro lado de la línea le dio instrucciones de dejar el paquete en una pista de aterrizaje privada.

Sin sorprenderse lo más mínimo por el lugar escogido, colgó el teléfono y empezó a conducir. En silencio. Habría sido una estupidez intentar entablar una conversación, ya que el vampiro había perdido su capacidad de hablar en cuanto le puso el collarín. La mudez era uno de los efectos colaterales del control neural creado por el instrumento. Antes de que se inventaran los aparatos con chip, la profesión de cazador de vampiros era bastante suicida, ya que incluso los vampiros novatos podían hacer trizas a un humano. Por supuesto, según las últimas investigaciones, los cazadores de vampiros no eran del todo humanos, pero aun así lo parecían bastante.

Cuando llegó al aeropuerto, atravesó la zona de seguridad y se dirigió a la pista de asfalto. El equipo encargado de escoltar al vampiro de vuelta a Sidney la esperaba junto a un lustroso jet privado. Francelys les llevó el tipo que había capturado, pero ellos le indicaron con un gesto de la cabeza que lo metiera dentro. Debía depositar el paquete personalmente, ya que ellos no tenían licencia para manejarlo en aquel punto del viaje.

Como era de esperar, el señor Humberto contaba con buenos abogados. No pensaba correr ningún riesgo que pudiera acarrearle acusaciones de la Sociedad Protectora de Vampiros.

Aunque en realidad la SPV jamás había conseguido llevar adelante ninguna de sus acusaciones de crueldad contra los vampiros. Lo único que los ángeles tenían que hacer era mostrar fotos de humanos con la garganta destrozada para que el jurado no solo estuviera dispuesto a absolverlos, sino también a darles una medalla.

Francelys subió la escalerilla con el vampiro y lo guió hasta el enorme cajón de madera que había al fondo de la cabina de pasajeros.

-Adentro.

El tipo se metió en el cajón y después se volvió hacia ella. El terror que manaba de su cuerpo ya le había empapado la camisa de sudor.

-Lo siento, colega. Mataste a tres mujeres y a un anciano. Eso inclina la balanza de la compasión hacia el lado contrario. -Cerró la tapa con fuerza y le puso el candado. Llevaría puesto el collarín hasta Sidney, donde, de acuerdo con el protocolo establecido para los aparatos con chip, el artefacto sería devuelto directamente al Gremio-. Ya está listo, chicos.

El jefe de los guardas (los cuatro la habían acompañado al interior del avión) la recorrió de arriba abajo con unos peculiares ojos azul turquesa.

-Ninguna herida. Impresionante... -Le entregó un sobre-. Ya se ha hecho la transferencia a su cuenta del Gremio, tal como se acordó.

Francelys comprobó el formulario de confirmación y enarcó las cejas.

-El señor Humberto ha sido de lo más generoso.

-Es un extra por haber capturado al objetivo ileso antes de tiempo. El señor Humberto tiene algunos planes para él. El viejo Jerry era su secretario favorito.

Francelys se estremeció. El problema de ser casi inmortal era que podían hacerte un montón de cosas sin que murieras. En una ocasión había visto a un vampiro al que le habían amputado todas las extremidades... sin anestesia. Cuando la unidad de rescate del Gremio lo liberó de las garras del grupo racista que lo había secuestrado, el tipo ya había perdido la razón y la cordura. Pero había un vídeo. Así fue como supieron que el hombre torturado había permanecido consciente todo el tiempo.

Francelys tenía la certeza de que los ángeles no se lo habían enseñado a los montones de solicitantes que querían Convertirse.

Aunque bien pensado, quizá sí que lo hicieran.

Los ángeles solo Convertían a unos mil vampiros al año. Y por lo que ella sabía, los aspirantes ascendían a centenares de miles. No entendía por qué. En su opinión, la inmortalidad tenía un precio demasiado alto. Era mejor vivir libre y convertirse en polvo cuando llegara la hora que acabar dentro de un cajón de madera a la espera de que tu amo decidiera tu destino.

Con un sabor amargo en la boca, se guardó el formulario de confirmación y el sobre en un bolsillo del pantalón.

-Por favor, agradézcale al señor Humberto su generosidad.

El guardaespaldas inclinó la cabeza, y Francelys entrevió el borde de lo que supuso que sería un cuervo tatuado en su cráneo afeitado. El tipo era demasiado alto como para estar segura, pero los demás eran más bajos, y todos llevaban aquella misma marca.

-Supongo que no está comprometida. -El hombre echó un vistazo deliberado a los sencillos pendientes de aro que llevaba en las orejas.

Nada de oro de matrimonio. Nada de ámbar de compromiso. Sin embargo, no cometió el error de creer que él quería una cita. Los miembros de la Hermandad del Ala practicaban el celibato mientras estaban de servicio. Puesto que el castigo por la desobediencia era la pérdida de una parte corporal (Francelys nunca había llegado a descubrir cuál), imaginó que ella no era tentación suficiente.

Capítulo 3

-No. Y también se han terminado mis compromisos laborales. -Prefería completar un trabajo antes de aceptar el siguiente. Siempre había vampiros a los que perseguir-. ¿Desea el señor Humberto que atrape a algún otro desertor?

-No. Es un amigo suyo quien requiere sus servicios. -El guarda le entregó un segundo sobre, esta vez sellado-. La cita es a las ocho en punto de mañana. Por favor, asegúrese de aparecer; el asunto ya ha sido arreglado con su Gremio y se ha hecho el depósito.

Si el Gremio lo había aprobado significaba que era una caza legítima.

-Claro. ¿Dónde será el encuentro?

-Manhattan.

Francelys se quedó helada. Solo había un ángel para quien bastaba esa única palabra como dirección. Incluso los ángeles tenían una jerarquía, y ella sabía muy bien quién estaba en la cima. No obstante, el miedo desapareció tan rápido como había llegado. Era improbable que el señor Humberto, por poderoso que fuera, conociese a un arcángel, a un miembro del Grupo de los Diez que decidía quién era Convertido y quién efectuaba la Conversión.

-¿Hay algún problema?

Francelys levantó la cabeza de inmediato al oír la pregunta del guarda.

-No, por supuesto que no. -Fingió consultar su reloj-. Será mejor que me vaya. Por favor, salude de mi parte al señor Humberto.

Y tras eso, abandonó los lujosos confines del jet y el hedor del miedo de su carga. Jamás llegaría a comprender por qué Convertían a tantísimos imbéciles. Quizá, pensó, estuvieran bien al principio y solo se convirtiesen en capullos después de unos cuantos años bebiendo sangre. A saber lo que aquello le hacía al cerebro...

Sin embargo, aquella teoría no explicaba lo de su última captura: el tipo tenía dos años como mucho.

Se encogió de hombros y se metió en el coche. Aunque se moría de ganas de abrir el sobre sellado, esperó a llegar a casa, a su bonito apartamento situado en el Lower Manhattan. Dado que se pasaban la mayoría del tiempo persiguiendo a escoria, muchos de los cazadores solían convertir sus hogares en refugios. Y Francelys no era una excepción.

Al entrar, se quitó las botas de una sacudida y se dirigió a la fastuosa bañera con ducha. Por lo general, seguía el ritual de librarse de la mugre y aplicarse las cremas y los perfumes que coleccionaba. Raimon pensaba que esas manías femeninas suyas eran de lo más graciosas y no dejaba de tomarle el pelo, pero la última vez que abrió su bocaza, ella se la devolvió comentándole lo brillante y suave que se veía su largo cabello negro; ¿tal vez por el uso de acondicionador?

Sin embargo, aquella noche no tenía ni paciencia ni ganas para mimarse. Se desnudó, se frotó con rapidez para librarse del hedor a vampiro cagado de miedo, se puso un pijama de algodón y se cepilló el pelo mientras preparaba café.

En cuanto estuvo hecho, llevó la taza hasta la mesita de café, la depositó con cuidado sobre un posavasos... y cedió a las imperiosas exigencias de su curiosidad: rasgó el sobre en un segundo.

El papel era grueso; la filigrana, elegante... y el nombre que había al final de la página resultaba lo bastante aterrador para hacerle desear empaquetar todas sus cosas y salir de allí pitando. Hacia el agujero más diminuto y lejano que pudiera encontrar.

Sin poder creérselo, recorrió la página con la mirada una vez más. Las palabras no habían cambiado.

"Sería un honor para mí que se reuniera conmigo para desayunar, a las ocho en punto de la mañana"

ANTONIO

No había ninguna dirección, pero no era necesaria. Alzó la vista para contemplar la columna iluminada de la Torre del Arcángel a través del gigantesco ventanal que había hecho que aquel apartamento fuera ridículamente caro... y atractivo. Uno de sus placeres secretos era sentarse allí y ver a los ángeles alzar el vuelo desde las terrazas más elevadas de la Torre.

Por la noche, parecían sombras suaves y oscuras. Durante el día, sin embargo, sus alas brillaban bajo el sol y sus movimientos resultaban increíblemente elegantes. Iban y venían a lo largo de toda la jornada, pero a veces los veía sentados en aquellos altísimos balcones, con las piernas colgando en el vacío. Suponía que éstos eran los ángeles más jóvenes, aunque «juventud» fuese un término relativo.

Aunque sabía que la mayoría de ellos eran muchas décadas mayores que ella, aquella imagen siempre le arrancaba una sonrisa. Era la única vez que los veía comportarse de una forma que podría considerarse normal. Por lo general, eran fríos y distantes, tan por encima de los insulsos humanos que no podían comprenderlos.

Al día siguiente ella también estaría allí arriba, en aquella torre de luces y cristal. Aunque no iba a reunirse con uno de aquellos ángeles jóvenes y accesibles. No, al día siguiente se sentaría frente al arcángel en persona.

«Antonio.»

Francelys se inclinó hacia delante con el estómago revuelto.

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