Capítulo 2

Beth Randall miró hacia arriba cuando su editor apoyó la cadera sobre el escritorio. Sus ojos estaban clavados en el escote de Beth.

—¿Trabajando hasta tarde otra vez? —murmuró.

—Hola, Dick.

¿No deberías estar ya en casa con tu mujer y tus dos hijos?, agregó mentalmente.

—¿Qué estás haciendo?

—Redactando un artículo para Tony.

—¿Sabes? Hay otras formas de impresionarme. Sí, ya se lo imaginaba.

—¿Has leído mi e-mail, Dick? Fui a la comisaría de policía esta tarde y hablé con José y Ricky. Me han asegurado que un traficante de armas se ha trasladado a esta ciudad. Han encontrado dos Mágnum manipuladas en manos de unos traficantes de drogas.

Dick estiró el brazo para darle una palmadita en el hombro, acariciándolo antes de retirar la mano.

—Tú sigue trabajando en las pequeñeces. Deja que los chicos grandes se preocupen de los crímenes violentos. No quisiéramos que le sucediera algo a esa cara tan bonita.

Sonrió, entrecerrando los ojos mientras su mirada se detenía en los labios de la chica.

Esa rutina de mirarla fijamente duraba ya tres años, pensó ella, desde que había empezado a trabajar para él.

Una bolsa de papel. Lo que necesitaba era una bolsa de papel para ponérsela sobre la cabeza cada vez que hablaba con él. Tal vez con la fotografía de la señora Dick pegada a ella.

—¿Quieres que te lleve a tu casa? —preguntó.

Solo si cayera una lluvia de agujas y clavos, pedazo de sátiro.

—No, gracias. —Beth se giró hacia la pantalla de su ordenador con la esperanza de que él entendiera la indirecta.

Al fin, se alejó, probablemente en dirección al bar del otro lado de la calle, en donde se reunían la mayoría de los reporteros antes de irse a su casa. Caldwell, Nueva York, no era precisamente un semillero de oportunidades para un periodista, pero a los «chicos grandes» de Dick les gustaba aparentar que llevaban una vida social muy agitada. Disfrutaban reuniéndose en el bar de Charlie a soñar con los días en que trabajaran en periódicos más grandes e importantes. La mayor parte de ellos eran como Dick: hombres de mediana edad, del montón, competentes, pero lo que hacían estaba lejos de ser extraordinario. Caldwell era lo suficientemente grande y estaba muy próxima a la ciudad de Nueva York para contar con suficientes crímenes violentos, redadas por drogas y prostitución que los mantuvieran ocupados. Pero el Caldwell Courier Journal no era el Times, y ninguno de ellos ganaría jamás un Pulitzer.

Era algo deprimente.

Sí, bueno, mírate al espejo, pensó Beth. Ella era solo una reportera de base. Ni siquiera había trabajado nunca en un periódico de tirada nacional. Así que, cuando tuviera cincuenta y tantos, o las cosas cambiaban mucho o tendría que trabajar para un periódico independiente redactando anuncios por palabras y vanagloriándose de sus días en el Caldwell Courier Journal.

Estiró la mano para alcanzar la bolsa de M&M que había estado guardando. Aquella maldita estaba vacía. De nuevo. Tal vez debiera irse a casa y comprar algo de comida china para llevar.

Mientras se dirigía a la salida de la redacción, que era un espacio abierto dividido en cubículos por endebles tabiques grises, se encontró con el alijo de chocolatinas de su amigo Tony. Tony comía todo el tiempo. Para él no existía desayuno, comida y cena. Consumir era una proposición binaria. Si estaba despierto, tenía que llevarse algo a la boca, y para mantenerse aprovisionado, su mesa era un cofre del tesoro de perversiones con alto contenido en calorías. Sacó el papel y saboreó con fruición la chocolatina mientras apagaba las luces y bajaba la escalera que conducía a la calle Trade. En el exterior, el calor de julio parecía comportarse como una barrera física entre ella y su apartamento. Doce manzanas completas de calor y humedad. Por fortuna, el restaurante chino estaba a medio camino de su casa y contaba con un excelente aire acondicionado. Con algo de suerte, estarían muy ocupados esa noche, y ella tendría oportunidad de esperar un rato en aquel ambiente fresco.

Cuando terminó el chocolate, abrió la tapa de su teléfono, pulsó la marcación rápida e hizo un pedido de carne con brécol. A medida que avanzaba, los lúgubres y conocidos lugares iban apareciendo ante ella. A lo largo de ese tramo de la calle Trade, solo había bares, clubs de strip-tease y negocios de tatuajes. Los dos únicos restaurantes eran el chino y uno mexicano. El resto de los edificios, que habían sido utilizados como oficinas en los años veinte cuando el centro de la ciudad era una zona próspera, estaban vacíos. Conocía cada grieta de la acera, sabía de memoria la duración de los semáforos. Y los sonidos entremezclados que se oían a través de las puertas y ventanas abiertas tampoco le resultaban sorprendentes. En el bar de McGrider sonaba música de blues, de la puerta de cristal del ZeroSum salían gemidos de tecno, y las máquinas de karaoke estaban a todo volumen en Ruben’s. La mayoría eran sitios dignos de confianza, pero había un par de ellos de los que prefería mantenerse alejada, sobre todo Screamer’s, que tenía una clientela verdaderamente tenebrosa. Aquella era una puerta que nunca cruzaría a menos que tuviera una escolta policial.

Capítulo 3

Mientras calculaba la distancia hasta el restaurante chino, sintió una oleada de agotamiento. Dios, qué humedad. El aire estaba tan denso que le dio la impresión de que estaba respirando a través de agua. Tuvo la sensación de que aquel cansancio no era debido únicamente al tiempo. Durante las últimas semanas no había dormido muy bien, y sospechaba que se hallaba al borde de una depresión. Su empleo no la llevaba a ninguna parte, vivía en un lugar que le importaba un comino, tenía pocos amigos, no tenía amante y ninguna perspectiva romántica. Si pensaba en su futuro, se imaginaba diez años más tarde estancada en Caldwell con Dick y los chicos grandes, siempre inmersa en la misma rutina: levantarse, ir al trabajo, intentar hacer algo novedoso, fracasar y regresar a casa sola.

Tal vez necesitase un cambio. Irse de Caldwell y del Caldwell Courier Journal. Alejarse de aquella especie de familia electrónica conformada por su despertador, el teléfono de su escritorio y el televisor que mantenía alejados sus sueños mientras dormía. No había nada que la retuviese en la ciudad salvo la costumbre. No había hablado con ninguno de sus padres adoptivos durante varios años, así que no la echarían de menos. Y los nuevos amigos que tenía estaban ocupados con sus propias familias. Al escuchar un silbido lascivo detrás de ella, entornó los ojos. Ese era el problema de trabajar cerca de una zona como aquella. A veces, se encontraba con algún que otro acosador.

Luego llegaron los requiebros, y a continuación, como era de esperar, dos sujetos cruzaron la calle para colocarse detrás de ella. Miró a su alrededor. Estaba alejándose de los bares en dirección al largo tramo de edificios vacíos que había antes de los restaurantes. La noche era nublada y oscura, pero por lo menos había farolas y, de vez en cuando, pasaba algún coche.

—Me gusta tu cabello negro —dijo el más grande mientras adaptaba su paso al de ella—. ¿Te importa si lo toco?

Beth sabía que no podía detenerse. Parecían chicos de alguna fraternidad universitaria en vacaciones de verano, pero no quería correr ningún riesgo. Además, el restaurante chino estaba a solo cinco manzanas.

De todos modos, buscó en su bolso su spray de pimienta.

—¿Quieres que te lleve a alguna parte? —preguntó de nuevo el mismo muchacho—. Mi coche no está lejos. En serio, ¿por qué no vienes con nosotros? Podemos montar todos.

Sonrió abiertamente e hizo un guiño a su amigo, como si con aquella charla melosa fuera a llevarla a la cama instantáneamente. El compinche se rio y la rodeó, su ralo cabello rubio saltaba a cada paso que daba.

—¡Sí, montémosla! —dijo el rubio. Maldición, ¿dónde estaba el spray?

El grande estiró la mano, tocándole el cabello, y ella lo miró detenidamente. Con su polo y sus pantalones cortos de color caqui, era realmente bien parecido. Un verdadero producto americano. Cuando él le sonrió, ella aceleró el paso, concentrándose en el tenue brillo de neón del cartel del restaurante chino. Rezó para que pasara algún transeúnte, pero el calor había ahuyentado a los peatones hacia los locales con aire acondicionado. No había nadie alrededor.

—¿Quieres decirme tu nombre? —preguntó el producto americano.

Su corazón empezó a latir con fuerza. Había olvidado el spray en el otro bolso.

—Voy a escoger un nombre para ti. Déjame pensar… ¿Qué te parece «gatita»?

El rubio soltó una risita.

Ella tragó saliva y sacó su móvil, por si necesitaba llamar al 911.

Conserva la calma. Mantén el control.

Imaginó lo bien que se sentiría cuando entrara en el restaurante chino y se viera rodeada por la ráfaga de aire acondicionado. Quizá debía esperar y llamar un taxi, solo para estar segura de llegar a casa sin que la molestaran.

—Vamos, gatita —susurró el producto americano—. Sé que te va a gustar.

Solo tres manzanas más…

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