Capítulo 2

Valeria no había podido dormir. La rabia la mantenía despierta, pero más que eso, la sensación de traición, la sensación de que todo lo que había creído sobre su padre y su legado se había desmoronado. En su mente no paraban de girar las palabras del abogado. "Tu padre fue traicionado. Ricardo Varela se hizo con el control de la empresa."

Decidida a entender más, Valeria se levantó temprano. No podía quedarse con las manos vacías, tenía que saber qué había sucedido realmente. Se sentó frente a la computadora, y comenzó a revisar los archivos de la empresa. Sabía que su padre tenía una contabilidad impecable, todo estaba registrado, pero nunca pensó que encontraría algo tan oscuro.

El sonido del teclado llenaba la habitación mientras revisaba los correos electrónicos de su padre. Algo en su interior le decía que debía buscar en los detalles más pequeños, esos que nadie normalmente miraría. Fue entonces cuando encontró algo.

Una serie de correos fechados hacía dos años, enviados entre su padre y Ricardo Varela. Eran intercambios aparentemente normales al principio, pero conforme avanzaba, los mensajes comenzaron a ser más tensos. Valeria leyó uno en particular, enviado por Ricardo:

"La situación con la compañía se está complicando. Si no tomamos decisiones rápidas, podríamos perderlo todo. No estoy dispuesto a esperar mucho más."

Las palabras le dieron un escalofrío. ¿Qué estaba pasando entre ellos?

Al leer más, Valeria encontró el correo de su padre:

"Entiendo tu preocupación, Ricardo. Pero estoy seguro de que con paciencia, podemos resolver los problemas. No todo está perdido."

Pero Ricardo había respondido poco después con una amenaza velada:

"La paciencia tiene un límite, y tú lo sabes bien. No me hagas tomar decisiones que no quiero tomar."

Valeria sintió una presión en el pecho. Algo estaba muy mal, y su padre había intentado mantenerlo en secreto. Había confiado en el hombre que ahora controlaba su imperio, el hombre que le había robado todo.

Tomó una decisión. Tenía que enfrentarse a Ricardo directamente. Pero no solo quería confrontarlo; necesitaba saber más, necesitaba respuestas.

Al día siguiente, Valeria llegó a la oficina de Ricardo antes que nadie. Cuando entró en el edificio, su corazón latía rápido, pero se obligó a mantener la calma. Sabía que la batalla que iba a librar no sería fácil. No podía permitirse dudar.

Ricardo estaba en su oficina, como siempre, rodeado de documentos y pantallas. No levantó la vista cuando Valeria entró.

-¿Qué quieres, Valeria? -preguntó con su tono despreocupado, pero con una mirada que no escondía cierto interés.

-Sé lo que hiciste. -La voz de Valeria sonó firme, más fuerte de lo que pensaba que podía ser. -Mi padre confiaba en ti. Tú... tú lo traicionaste.

Ricardo levantó la mirada, sus ojos se estrecharon, pero no se mostró sorprendido. Más bien, parecía que lo esperaba.

-Valeria, no tienes ni idea de lo que hablas. Lo que tu padre y yo hicimos fue parte de la dinámica de los negocios. Nada más. -Dijo, su voz tranquila, casi como si estuviera explicando algo obvio.

-¿Negocios? -Valeria no pudo evitar reír con amargura. -Mi padre te dio todo, Ricardo. Y tú le pagaste con traición. ¿Cómo puedes llamarlo un negocio?

Ricardo dejó escapar un suspiro y se levantó de su silla. Caminó hacia la ventana y miró hacia afuera antes de responder.

-Tu padre nunca vio la realidad. Estaba atrapado en su mundo. Creía que podía controlar todo. Pero el mercado cambió, Valeria. Y los negocios no se hacen solo con buenas intenciones. A veces, se hace lo que se tiene que hacer. -Se giró hacia ella, sus ojos fijos en los de Valeria. -Y lo que hice, lo hice porque tenía que salvar la empresa. No por mí, sino por el legado que dejaste.

Valeria sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Las palabras de Ricardo la golpearon, pero no la quebraron. Su determinación solo aumentó.

-¿Salvar la empresa? ¿Despojar a mi padre de su legado? -dijo, su voz cargada de incredulidad. -Todo esto no tiene sentido. Mi padre te confiaba. ¿Y tú lo traicionaste?

Ricardo suspiró, como si finalmente estuviera cansado de la conversación.

-¿De verdad crees que fue así? -Su tono era más bajo, casi filosófico. -Tu padre estaba perdiendo el control. La empresa ya no era lo que solía ser. Los números no cuadraban. Si no hubiera tomado el control, habría ido a la quiebra. Y no solo eso, Valeria...

Valeria se acercó, mirándolo con furia.

-No sigas. No tienes derecho a justificar lo que hiciste. Tú... simplemente lo despojaste de todo lo que le pertenecía.

Ricardo la miró fijamente durante unos segundos antes de dar un paso hacia ella.

-Tienes razón, Valeria. Lo que hice fue una traición. Y me arrepiento de haberlo hecho. Pero lo hice por el bien de la empresa. Porque si no lo hacía, todo habría fracasado. -Hizo una pausa, como si esperara que ella lo entendiera. -No te estoy pidiendo que me perdones, solo te estoy diciendo la verdad.

Valeria no podía creer lo que escuchaba. ¿Ricardo Varela, el hombre que había arrasado con todo lo que su padre había construido, ahora venía con excusas?

-Tu verdad no me interesa. Lo único que quiero saber es por qué. ¿Por qué destruir a un hombre que te dio todo? -El odio en su voz era palpable.

Ricardo no se movió. Sus ojos, fríos como el hielo, se encontraron con los de Valeria. Había algo en él que no podía entender, una mezcla entre arrogancia y algo más profundo.

-Porque los negocios no son personales, Valeria. A veces, las decisiones difíciles deben tomarse. Y si no las tomas tú, alguien más lo hará.

Valeria lo miró, sintiendo cómo sus entrañas ardían de ira. ¿Cómo podía este hombre ser tan frío, tan calculador? Pero lo peor de todo era que tenía razón en algo. Los negocios eran implacables, y su padre había sido demasiado confiado.

A pesar de todo, Valeria no iba a rendirse. No podía. Su padre había sido engañado, y ella iba a hacer pagar a Ricardo por lo que le había hecho.

-Voy a recuperar lo que es mío, Ricardo. -Dijo, su voz baja pero llena de determinación. -No me importa cómo lo hagas. Pero yo tomaré lo que me pertenece.

Ricardo la miró por un momento, como evaluándola. Luego, sonrió de manera cínica.

-Veremos si eres capaz, Valeria. -Y con esas palabras, giró sobre sus talones y salió de la oficina, dejando a Valeria sola, llena de furia y con la convicción de que la batalla apenas comenzaba.

Lo que había comenzado como una simple traición, ahora se había convertido en una guerra. Y Valeria estaba decidida a ganar.

Capítulo 3

Valeria había preparado todo con meticulosidad. Sabía que la reunión con Ricardo Varela no sería fácil. Desde que su padre había muerto, la idea de enfrentarse al hombre que le había arrebatado el control de la empresa la consumía. Sin embargo, ahora era el momento de dar el siguiente paso, un paso decisivo.

El taxi la dejó frente al edificio, que se alzaba imponente en el centro de la ciudad. Valeria sintió un nudo en el estómago mientras lo miraba. Su padre había construido todo eso. Había trabajado toda su vida para llegar a ese punto, para ofrecerle a ella un futuro de lujo y seguridad. Ahora, todo eso estaba en manos de un desconocido que, según el abogado, había jugado con su padre como si fuera una simple pieza en un tablero de ajedrez.

Entró al edificio, se dirigió a la recepción y solicitó su pase para el piso 30, donde Ricardo Varela tenía su oficina. La asistente, una mujer de cabello rubio y elegante, la miró de arriba a abajo antes de ofrecerle una sonrisa forzada.

-Valeria Méndez, ¿verdad? -dijo, mientras tecleaba en su computadora. -El señor Varela la está esperando.

Valeria asintió, sin decir palabra. Su mente estaba en otra parte, pensaba en todo lo que iba a decirle a Ricardo. Cuando la puerta se abrió, vio que Ricardo estaba de pie, esperando en la entrada de su oficina.

La primera impresión de Ricardo fue inconfundible. Alto, con una presencia que inmediatamente llenaba el espacio. Su traje perfectamente ajustado y su postura erguida lo hacían parecer imponente, incluso si se quedaba quieto. Sus ojos, oscuros como la noche, la miraron sin sorpresa, pero con una ligera curva en los labios.

-Valeria, por fin nos encontramos. -Su voz era profunda, pero no condescendiente. Un tono calculador, como si estuviera midiendo cada palabra.

Valeria le devolvió la mirada sin vacilar.

-Lo siento por la espera. ¿Podemos hablar? -preguntó con firmeza.

Ricardo hizo un gesto hacia su escritorio y la invitó a entrar. Valeria se sentó sin decir nada, pero sus ojos nunca se apartaron de él. Sabía que este enfrentamiento marcaría el curso de los siguientes días, semanas, meses.

-Claro, siéntate. -Ricardo se acomodó detrás de su escritorio, aún observándola. -Sé lo que estás pensando, Valeria. Piensas que soy el villano de esta historia, ¿verdad?

Valeria no lo pensó ni un segundo.

-No sé qué eres. Pero te aseguro que lo que hiciste no tiene excusa. Mi padre confió en ti, y tú le diste la espalda.

Ricardo sonrió, pero fue una sonrisa que no llegó a sus ojos.

-Confió en mí, lo sé. Pero confundir confianza con ingenuidad es un error. Los negocios no son como las historias de hadas. -Se cruzó de brazos, su mirada nunca dejando la de ella. -Tu padre tenía visión, sin duda. Pero se le pasó por alto algo fundamental: las cosas cambian. Y las decisiones que tomamos hoy repercuten en el futuro.

Valeria frunció el ceño.

-Mi padre te dio todo. Y tú le quitaste todo lo que construyó, Ricardo. ¿Cómo lo justificas?

Ricardo inclinó ligeramente la cabeza, como si pensara cuidadosamente antes de responder.

-Mi única intención fue salvar lo que ambos habíamos creado. -Dijo con un tono más serio ahora. -Cuando el mercado cambió, tu padre se quedó atrás. Lo vi. Lo vi en sus ojos, en sus decisiones. Y lo hice por la empresa. No por mí. No por ti. Lo hice porque era necesario.

Valeria apretó los dientes, sintiendo el fuego de la furia quemarla por dentro. ¿Cómo podía ser tan frío? ¿Cómo podía hablar de su padre como si fuera solo una pieza más en el tablero?

-No me importa lo que digas. No quiero escuchar más excusas. -Se levantó de la silla, incapaz de quedarse quieta. -Tú destruiste lo que mi padre construyó. Y ahora yo voy a recuperarlo. Así que, ¿dónde está la verdadera razón detrás de todo esto? ¿Qué quieres realmente, Ricardo?

Ricardo la miró fijamente, sin moverse, sin cambiar su postura. Durante un largo silencio, sus ojos permanecieron clavados en los de Valeria. Finalmente, habló.

-Lo que quiero es lo mismo que tú, Valeria. Recuperar el control. -Se recostó en su silla, y su voz se suavizó, pero su mirada se endureció. -Pero tienes que entender que no será fácil. No voy a ceder sin luchar.

Valeria lo desafió con la mirada. No podía dejar que su ira nublara su juicio.

-No estoy pidiendo que cedas. Estoy exigiendo que me devuelvas lo que es mío.

Ricardo soltó una risa baja, casi divertida.

-Eres más parecida a tu padre de lo que creía. No entiendes que esto no es personal, Valeria. Esto es sobre el futuro de la empresa. Y si la recuperas, tendrás que ganarla. Nadie te la regalará.

La tensión en el aire aumentó. Valeria lo miraba fijamente, buscando una grieta, una debilidad, algo en lo que pudiera agarrarse. Pero lo único que encontró fue un hombre seguro de sí mismo, calculador y peligroso.

-¿Y qué más quieres, Ricardo? -dijo, su voz firme. -¿Te basta con controlarla todo, o tienes algún otro interés en esto?

Él levantó una ceja, claramente intrigado.

-¿Qué más podría querer? -preguntó con tono suave. -¿Qué más podría interesarme en este momento? Todo lo que quiero es que la empresa funcione. Y si eso te involucra, Valeria, entonces, hagámoslo. Pero en mis términos.

Valeria sentía que algo dentro de ella se tensaba aún más. ¿Estaba hablando de la empresa, o había algo más detrás de esas palabras? No podía evitar la sensación de que Ricardo no era solo un hombre calculador, sino que tenía algo más en mente. Pero aún no sabía qué era.

-Mis términos, Ricardo, son simples. Si no me devuelves lo que es mío, esta batalla será mucho más dura de lo que imaginas. No estoy dispuesta a ceder.

Ricardo se levantó lentamente y caminó hacia la ventana. Desde allí, observaba la ciudad, como si pensara en algo lejano, algo más allá de la conversación.

-Lo que tú no entiendes, Valeria, es que nadie va a rendirse tan fácilmente. Esto no es un juego. Y el hecho de que tu padre no pudo verlo, no significa que debas seguir su misma ruta. Las reglas han cambiado. Y tú también tendrás que cambiar.

Valeria se acercó a la mesa, mirándolo con fiereza. Sabía que la lucha sería larga, pero algo dentro de ella le decía que Ricardo Varela no era un hombre fácil de vencer.

-Lo que yo entienda no es lo que importa. -dijo con firmeza. -Lo que importa es que, al final, yo ganaré. No me subestimes.

Ricardo giró lentamente, con una sonrisa apenas visible.

-Veremos, Valeria. Veremos.

El silencio llenó la sala. Ambos se quedaron mirando al otro, sabiendo que la batalla acababa de comenzar.

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