"¿De verdad te vas solo con eso?", preguntó Lilia, curvando lentamente los labios en una sonrisa. "¿O esperas que mamá y papá se apiaden de ti si pareces lo bastante miserable, Catalina?".
Antes de que la aludida pudiera reaccionar, su instigadora extendió la mano y le arrebató la bolsa de lona. La correa se rompió, y su contenido se derramó por el suelo de mármol: simples necesidades, nada extravagante.
Sin embargo, había algo entre todo eso que brillaba. Un pequeño joyero rodó a un lado, su tapa se abrió, revelando una pulsera llena de diamantes de color azul intenso que captaron la luz en un repentino y deslumbrante destello.
Todas las miradas se posaron en ella. A Lilia se le cortó la respiración, pues la reconoció al instante. Era la pieza de debut de Katherine, la legendaria diseñadora de joyas, una creación que en su día se valoró en cinco millones de dólares y que ahora se rumoreaba que valía el doble.
Lilia la había admirado innumerables veces en revistas de lujo, sin imaginar que la vería aquí, y mucho menos en posesión de Catalina.
"Catalina, esta es una pieza original de Katherine", exclamó Lilia, con la voz cargada de acusación y los ojos llenos de un deseo que no se molestó en ocultar. "¡Vale diez millones de dólares! ¿Cómo pudiste llevártela así sin más?".
Catalina se agachó con calma y recogió la pulsera.
Ahora que descansaba sobre su palma, los diamantes brillaban con suavidad, y su luz cambiaba con cada ligero movimiento.
La codicia parpadeaba de forma inconfundible en los ojos de los Warren. El matrimonio sabía que esa pulsera había pertenecido a Hazel Warren, la madre de Roger, quien se la dio a Catalina poco antes de morir. Pero ninguno de ellos había sabido nunca su verdadero valor.
"Exacto. ¿Qué derecho crees que tienes para llevártela? Ni siquiera eres nuestra hija biológica. Esa pulsera pertenece a la verdadera nieta de Hazel. Dásela a Lilia, ahora mismo", exigió Ariela, cuya expresión se ensombreció de inmediato.
Roger también endureció su expresión. No tenía intención de dejar que una fortuna saliera por la puerta con alguien a quien ya no reconocía como familia.
"Catalina, no deberías llevarte esa pulsera", dijo con severidad.
Por primera vez, la muchacha sintió una auténtica incredulidad, no por su codicia, sino por la profundidad de su desvergüenza. Levantó la vista y dijo con voz gélida: "¿Y qué te hace pensar que fue la abuela quien me dio la pulsera?".
Esa pieza nunca fue una compra, sino una creación.
Hazel era la única persona de la familia Warren que había tratado a Catalina con verdadera amabilidad. Fue su refugio, su calor, su remanso de paz en un hogar frío. Inspirada por ese vínculo, Catalina diseñó ella misma la pulsera, bautizándola como "Guardián de las Estrellas".
Tras el fallecimiento de Hazel, volvió de forma natural a su creadora.
Mientras Catalina hablaba, Lilia endureció su expresión. Sin embargo, bajó rápidamente la vista y suavizó su tono, diciendo: "Si de verdad no quieres devolverla, no te obligaré. Solo... lamento haber vuelto demasiado tarde. Ni siquiera pude ver a la abuela".
"¿Cuándo falleció la abuela?", le preguntó Catalina, tras una pausa, mirándola fijamente.
La interrogante cayó como una cuchilla sobre la otra, quien se quedó paralizada y con la mente en blanco. La verdad era que no lo sabía.
Roger y Ariela también se pusieron rígidos, pues ellos sí lo recordaban. Hazel había muerto hacía cinco años, mucho después de que Katrine ya hubiera alcanzado la fama.
Por aquel entonces, el negocio de los Warren apenas sobrevivía. Incluso poseer un millón de dólares habría sido impensable, y mucho menos cinco.
Eso significaba una cosa: Hazel nunca podría haber comprado esa pulsera.
Aun así, Lilia se negó a ceder, y elevó su voz con fuerza, en lo que fue casi un chillido de desesperación.
"Aunque no fuera la abuela quien compró la pulsera, ¡la pagó la familia Warren!".
En cuanto las palabras salieron de su boca, notó las extrañas expresiones en los rostros de sus padres y de su enemiga.
"No puedo creer que haya perdido el tiempo discutiendo con alguien tan tonto", comentó Catalina, soltando una risita tranquila y sin humor.
Sin mirar atrás, se dio la vuelta y salió de la casa.
Lilia se movió por instinto para seguirla, pero Roger la detuvo con una mano.
"No tiene sentido", dijo. "Esa pulsera no puede ser real".
Estaban convencidos de que la pieza tenía que ser falsa. ¿O de qué otra forma podría Catalina poseer algo tan valioso?
"Seguro que compró una imitación barata para presumir. No te preocupes, cariño. Te compraré muchas joyas de verdad", se sumó Ariela, curvando los labios con desdén.
Lilia asintió, aunque la decepción persistía en sus ojos. La pulsera parecía real, demasiado real. Aun así, se tranquilizó. Ahora era la única hija de los Warren, y todo lo que quisiera acabaría siendo suyo.
En ese momento, un estruendo atronador sacudió el aire. Los tres corrieron hacia la ventana mientras una hilera de helicópteros cruzaba el cielo con sus motores ensordecedores.
"¿Quién podría estar detrás de este despliegue tan extravagante?", murmuró Ariela incrédula.
Fuera, Catalina ya bajaba la ladera, con su pequeña bolsa colgada de un hombro, cuando el rugido la hizo detenerse.
Los helicópteros se dirigían directamente hacia ella. Poderosas ráfagas de viento azotaron la hierba mientras descendían, aterrizando sin problemas cerca.
La joven cerró los ojos por instinto. Cuando volvió a abrirlos, un hombre había salido de uno de los helicópteros. Iba vestido con un traje perfectamente confeccionado, y su presencia era imponente, inconfundiblemente llamativa. Con largas zancadas, se acercó a ella, con una leve sonrisa en los labios.
"Debes de ser mi hermanita", dijo con suavidad. "Me estabas esperando, ¿verdad?".