Media hora antes, Catalina bajó a buscar un vaso de agua cuando un grito repentino y desgarrador rompió la quietud de la casa. Era la voz de Lilia: aguda, aterrorizada, pidiendo ayuda sin lugar a dudas.
En cuestión de segundos, toda la familia Warren se sumió en el caos.
Nadie le hizo preguntas a Catalina. Nadie buscó pruebas. Sin dudarlo, todos la acusaron, le lanzaron palabras e insultos cada vez más intensos e hirientes.
La acusada permaneció callada, pero curvó ligeramente los dedos a su lado. Si estaba destinada a abandonar esa casa, lo haría, pero no permitiría que arrastraran su nombre por el lodo.
Roger frunció el ceño, irritado.
"Ya basta. ¿Eres tan desvergonzada como para retorcer la verdad? ¿En serio insinúas que Lilia se tiraría por las escaleras solo para incriminarte?", intervino Ariela, en un tono frío e indignado, antes de que su esposo pudiera hablar.
La aludida enterró más la cabeza en el abrazo de su madre, y le comenzaron a temblar los hombros por lo fuerte que sollozaba.
"Puede que no haya crecido con la mejor educación como tú", comenzó la mentirosa, con voz débil y temblorosa. "Pero sigo teniendo mi dignidad... y mis límites. Por favor, deja de humillarme, Catalina".
Mientras decía eso, lloraba. Le lanzó una mirada de reojo a su enemiga, pero en sus pupilas no había dolor, sino una provocación inconfundible. En su mente, la suerte ya estaba de su lado. Ahora, ya nadie le creería a Catalina.
Sin embargo, esta última mantenía una expresión extrañamente tranquila. No había pánico ni ira en su rostro. La única emoción en ella era un destello burlón en sus ojos, como si cada paso de esta farsa se hubiera desarrollado exactamente como ella había previsto.
Esa sutil compostura provocó una oleada de inquietud en el corazón de Lilia.
En ese momento, percibió un sonido. El inconfundible ruido sordo de alguien bajando las escaleras. Y luego, oyó su propia voz resonando en la habitación.
"¡Papá, mamá, ayúdenme! ¡Mi pierna…!".
Al instante, se le cortó la respiración, y levantó la cabeza de golpe.
En algún momento, sin que nadie se diera cuenta, el proyector del salón se había encendido. La enorme pantalla de la pared cobró vida, mostrando imágenes de la cámara de seguridad del pasillo.
Lilia aparecía en las escaleras, caminando con normalidad. Luego se detenía, antes de tirarse al piso y agarrarse la pierna, gritando con exagerada agonía.
La farsante se puso pálida.
Se quedó paralizada, con las pupilas encogidas por la incredulidad. ¿Había cámaras de vigilancia dentro de la casa? ¿Y nadie se lo había dicho?
Roger y Ariela se quedaron mirando la pantalla, estupefactos. La verdad era innegable. La caída de su hija biológica no fue más que una actuación meticulosamente preparada.
Desde el momento en que sonó el grito de Lilia, Catalina ya había previsto cómo se desarrollaría todo. Por eso se preparó de antemano. Sabía muy bien qué clase de persona era su hermana: alguien que nunca se detendría hasta acorralar a los demás sin escapatoria.
Así que decidió atacarla... y de forma decisiva.
Ante las pruebas irrefutables, Lilia se tragó la oleada de pánico que le arañaba el pecho. Apretó los dedos y forzó la voz, para que sus palabras salieran temblorosas.
"Lo siento, mamá... papá...", susurró. "Solo tenía miedo. Miedo de que solo quisieran a Catalina porque ha estado con ustedes durante tantos años. Solo quería... ponerlos a prueba".
Roger suavizó su expresión severa. Cuando pensó en todas las penurias que su hija biológica había soportado a lo largo de los años, un rastro de lástima se instaló en sus pupilas.
"¿Por qué harías algo así?", suspiró. "Por suerte, Catalina es lo bastante generosa como para no reprochártelo".
"No lo soy", lo interrumpió la aludida, con un tono frío e inflexible.
La leve sonrisa de sus labios no transmitía calidez alguna. Cualquier paciencia que hubiera tenido se había agotado hacía tiempo.
El resentimiento brilló en los ojos de Lilia. Se enderezó, saliendo de los brazos de Ariela, y su expresión cambió sin problemas a una de herida determinación.
"Le hice daño a Catalina", declaró con firmeza. "Haré las maletas y me iré de la mansión Warren de inmediato. Mamá, papá, no tendrán que volver a preocuparse por mí. Solo espero que Catalina pueda perdonarme. Eso es lo único que importa".
Esas palabras encendieron la furia de Ariela, quien se volvió bruscamente a Catalina y, con la furia brillando en sus pupilas, escupió: "¿De verdad tienes que ser tan implacable solo porque tienes razón? Si no le hubieras robado el lugar a Lilia en esta familia, ¿alguna vez habría estado tan ansiosa como para llegar a tales extremos?".
Catalina solo sintió cansancio, pues ya había visto esa obra demasiadas veces.
"Dije que me iba, y hablaba en serio. No hace falta que sigas con esta actuación ni que pongas a todos en mi contra. No me interesa la herencia de la familia Warren... ni pelearme por las reliquias sin valor que llaman legado", declaró con una sonrisa fría.
Con eso, se dio la vuelta y subió las escaleras.
En la sala se instaló un silencio sofocante. Las expresiones de Lilia, Ariela y Roger se ensombrecieron al mismo tiempo.
La mentirosa apretó los dientes, mientras en sus ojos centelleaba la furia.
No podía creerlo. Catalina se atrevía a actuar con tanta indiferencia, con tanta superioridad, precisamente aquí. En su mente, esta hija falsa debería haber estado arrodillada, llorando, suplicando perdón... rogando que la dejaran quedarse.
Momentos después, Catalina regresó, sosteniendo en la mano una pequeña y sencilla bolsa de lona. Nada más.
Roger y Ariela se quedaron visiblemente sorprendidos.
¿Eso era todo lo que tenía? ¿Tan poco? Intercambiaron miradas, convencidos de que solo estaba montando un espectáculo, con la esperanza de que la detuvieran y le pidieran que se quedara. Pero nunca tolerarían tanta arrogancia de alguien que ni siquiera era su hija biológica. Así que observaron en frío silencio.
Mientras Catalina caminaba hacia la puerta, Lilia sintió que una oleada de indescriptible satisfacción florecía en su pecho. Sin embargo, no creyó ni por un segundo que su enemiga se iría tan fácilmente. No tenía dudas de que... debía haber algo importante escondido en esa bolsa.
"¿De verdad te vas solo con eso?", preguntó Lilia, curvando lentamente los labios en una sonrisa. "¿O esperas que mamá y papá se apiaden de ti si pareces lo bastante miserable, Catalina?".
Antes de que la aludida pudiera reaccionar, su instigadora extendió la mano y le arrebató la bolsa de lona. La correa se rompió, y su contenido se derramó por el suelo de mármol: simples necesidades, nada extravagante.
Sin embargo, había algo entre todo eso que brillaba. Un pequeño joyero rodó a un lado, su tapa se abrió, revelando una pulsera llena de diamantes de color azul intenso que captaron la luz en un repentino y deslumbrante destello.
Todas las miradas se posaron en ella. A Lilia se le cortó la respiración, pues la reconoció al instante. Era la pieza de debut de Katherine, la legendaria diseñadora de joyas, una creación que en su día se valoró en cinco millones de dólares y que ahora se rumoreaba que valía el doble.
Lilia la había admirado innumerables veces en revistas de lujo, sin imaginar que la vería aquí, y mucho menos en posesión de Catalina.
"Catalina, esta es una pieza original de Katherine", exclamó Lilia, con la voz cargada de acusación y los ojos llenos de un deseo que no se molestó en ocultar. "¡Vale diez millones de dólares! ¿Cómo pudiste llevártela así sin más?".
Catalina se agachó con calma y recogió la pulsera.
Ahora que descansaba sobre su palma, los diamantes brillaban con suavidad, y su luz cambiaba con cada ligero movimiento.
La codicia parpadeaba de forma inconfundible en los ojos de los Warren. El matrimonio sabía que esa pulsera había pertenecido a Hazel Warren, la madre de Roger, quien se la dio a Catalina poco antes de morir. Pero ninguno de ellos había sabido nunca su verdadero valor.
"Exacto. ¿Qué derecho crees que tienes para llevártela? Ni siquiera eres nuestra hija biológica. Esa pulsera pertenece a la verdadera nieta de Hazel. Dásela a Lilia, ahora mismo", exigió Ariela, cuya expresión se ensombreció de inmediato.
Roger también endureció su expresión. No tenía intención de dejar que una fortuna saliera por la puerta con alguien a quien ya no reconocía como familia.
"Catalina, no deberías llevarte esa pulsera", dijo con severidad.
Por primera vez, la muchacha sintió una auténtica incredulidad, no por su codicia, sino por la profundidad de su desvergüenza. Levantó la vista y dijo con voz gélida: "¿Y qué te hace pensar que fue la abuela quien me dio la pulsera?".
Esa pieza nunca fue una compra, sino una creación.
Hazel era la única persona de la familia Warren que había tratado a Catalina con verdadera amabilidad. Fue su refugio, su calor, su remanso de paz en un hogar frío. Inspirada por ese vínculo, Catalina diseñó ella misma la pulsera, bautizándola como "Guardián de las Estrellas".
Tras el fallecimiento de Hazel, volvió de forma natural a su creadora.
Mientras Catalina hablaba, Lilia endureció su expresión. Sin embargo, bajó rápidamente la vista y suavizó su tono, diciendo: "Si de verdad no quieres devolverla, no te obligaré. Solo... lamento haber vuelto demasiado tarde. Ni siquiera pude ver a la abuela".
"¿Cuándo falleció la abuela?", le preguntó Catalina, tras una pausa, mirándola fijamente.
La interrogante cayó como una cuchilla sobre la otra, quien se quedó paralizada y con la mente en blanco. La verdad era que no lo sabía.
Roger y Ariela también se pusieron rígidos, pues ellos sí lo recordaban. Hazel había muerto hacía cinco años, mucho después de que Katrine ya hubiera alcanzado la fama.
Por aquel entonces, el negocio de los Warren apenas sobrevivía. Incluso poseer un millón de dólares habría sido impensable, y mucho menos cinco.
Eso significaba una cosa: Hazel nunca podría haber comprado esa pulsera.
Aun así, Lilia se negó a ceder, y elevó su voz con fuerza, en lo que fue casi un chillido de desesperación.
"Aunque no fuera la abuela quien compró la pulsera, ¡la pagó la familia Warren!".
En cuanto las palabras salieron de su boca, notó las extrañas expresiones en los rostros de sus padres y de su enemiga.
"No puedo creer que haya perdido el tiempo discutiendo con alguien tan tonto", comentó Catalina, soltando una risita tranquila y sin humor.
Sin mirar atrás, se dio la vuelta y salió de la casa.
Lilia se movió por instinto para seguirla, pero Roger la detuvo con una mano.
"No tiene sentido", dijo. "Esa pulsera no puede ser real".
Estaban convencidos de que la pieza tenía que ser falsa. ¿O de qué otra forma podría Catalina poseer algo tan valioso?
"Seguro que compró una imitación barata para presumir. No te preocupes, cariño. Te compraré muchas joyas de verdad", se sumó Ariela, curvando los labios con desdén.
Lilia asintió, aunque la decepción persistía en sus ojos. La pulsera parecía real, demasiado real. Aun así, se tranquilizó. Ahora era la única hija de los Warren, y todo lo que quisiera acabaría siendo suyo.
En ese momento, un estruendo atronador sacudió el aire. Los tres corrieron hacia la ventana mientras una hilera de helicópteros cruzaba el cielo con sus motores ensordecedores.
"¿Quién podría estar detrás de este despliegue tan extravagante?", murmuró Ariela incrédula.
Fuera, Catalina ya bajaba la ladera, con su pequeña bolsa colgada de un hombro, cuando el rugido la hizo detenerse.
Los helicópteros se dirigían directamente hacia ella. Poderosas ráfagas de viento azotaron la hierba mientras descendían, aterrizando sin problemas cerca.
La joven cerró los ojos por instinto. Cuando volvió a abrirlos, un hombre había salido de uno de los helicópteros. Iba vestido con un traje perfectamente confeccionado, y su presencia era imponente, inconfundiblemente llamativa. Con largas zancadas, se acercó a ella, con una leve sonrisa en los labios.
"Debes de ser mi hermanita", dijo con suavidad. "Me estabas esperando, ¿verdad?".