Durante seis años, sacrifiqué todo por Javier.
Mi nombre, mi familia, mi futuro.
Oculté que era Sofía Montenegro, la única heredera de una de las familias más ricas de México, para vivir como una simple restauradora de arte.
Todo para que él, un hombre de origen humilde, no se sintiera opacado por mi estatus.
Con mi ayuda anónima, usando los recursos de mi familia en secreto, lo impulsé hasta convertirlo en el curador jefe de la galería más prestigiosa de la Ciudad de México.
Hoy era mi cumpleaños, y por la mañana, mientras buscaba un pañuelo en su saco, mis dedos rozaron una pequeña caja de terciopelo.
Mi corazón se detuvo.
Era una caja de anillo de compromiso.
La ilusión me inundó, una calidez que no sentía en mucho tiempo. Seis años de sacrificio, de espera, finalmente iban a valer la pena.
Javier me había dicho que tenía una cena de trabajo importante, una reunión con un patrocinador. Me pidió que lo esperara en casa para celebrar mi cumpleaños juntos después.
"Te tengo una sorpresa, mi amor", me dijo con un beso rápido antes de salir.
Esperé con paciencia, como siempre.
Las horas pasaban. La cena que preparé se enfriaba sobre la mesa.
Cansada de esperar, abrí mis redes sociales para matar el tiempo.
Y entonces lo vi.
Una foto.
La amiga de una amiga había publicado una historia desde uno de los bares más exclusivos de Polanco, un lugar con una vista espectacular de la ciudad.
En la foto, en una mesa al fondo, estaba Javier.
Pero no estaba solo.
Frente a él, sonriendo, estaba Valeria, su amiga de la infancia. Una mujer que él siempre describía como un ángel, pura y frágil.
Mi estómago se revolvió.
No podía ser.
Sin pensar, tomé las llaves de mi auto y conduje hasta Polanco. El valet parking me miró con desdén, mi auto modesto desentonaba con los vehículos de lujo de la entrada.
Subí en el elevador, sintiendo un nudo de hielo en la garganta.
Al salir a la terraza, la música y las risas me golpearon.
Y los vi.
Estaban en el centro de la terraza, bajo un arco de luces.
Javier estaba arrodillado.
En su mano, sostenía la misma caja de terciopelo que yo había encontrado en su saco.
Le estaba proponiendo matrimonio a Valeria.
El mundo a mi alrededor se silenció. Solo podía escuchar el latido sordo en mis oídos.
No grité. No lloré.
Con una calma que me asustó, saqué mi teléfono.
No llamé a Javier.
Llamé a mi padre.
Cuando contestó, mi voz fue un susurro frío y firme.
"Papá".
"Hija, ¿qué pasa? ¿Estás bien?".
"Acepto la alianza con la familia Vega. Empiecen con los preparativos de la boda".
Hubo un silencio al otro lado de la línea, seguido de un suspiro de alivio de mi padre.
"Sofía, hija mía. Es la mejor decisión. La familia Vega es de nuestro nivel, Mateo es un hombre excepcional. Tu madre y yo estamos muy contentos".
"Sí, papá".
"¡Ahora mismo le hablo a Alberto Vega! ¡Esto hay que celebrarlo!".
Escuché la alegría en su voz, la emoción genuina de un hombre que recuperaba a su hija. Colgué el teléfono y me quedé inmóvil, observando la escena.
Valeria lloraba de felicidad, Javier le ponía el anillo y la besaba entre los aplausos de los curiosos.
Se veían perfectos juntos.
Me di la vuelta y me fui.
Cuando llegué a nuestro departamento, el que yo pagaba, todo estaba oscuro y silencioso. Me senté en el sofá, en la penumbra, sin encender ninguna luz.
No sé cuántas horas pasaron.
La puerta se abrió y Javier entró, tarareando una melodía alegre.
Encendió la luz y se sobresaltó al verme.
"¡Sofía! Me asustaste. ¿Por qué estás a oscuras?".
En sus manos traía un ramo de dalias, mis flores favoritas.
Se acercó y me lo tendió con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
"Feliz cumpleaños, mi amor. Perdona la tardanza, la reunión se alargó".
No tomé las flores.
Su sonrisa vaciló. Dejó las flores sobre la mesa de centro y se sentó a mi lado, demasiado cerca.
"Sofía, tengo que contarte algo".
Su tono se volvió serio, casi ensayado.
"Le propuse matrimonio a Valeria".
Lo dijo sin rodeos, sin una pizca de culpa.
Lo miré, esperando.
"Ella... ella tiene una afección cardíaca muy rara y grave. Los médicos le han dado muy poco tiempo de vida. Su último deseo era casarse conmigo. Siempre he sido el amor de su vida, ¿sabes?".
Tomó mis manos entre las suyas. Estaban frías.
"Sé que eres la mujer más comprensiva del mundo. Siempre lo has sido. Entenderás que no podía negarle esto. Es solo un acto de caridad, un matrimonio en papel para hacerla feliz en sus últimos días. No significa nada para nosotros".
Me quedé mirándolo, estudiando su rostro, el rostro del hombre al que había amado durante seis años.
Y no sentí nada.
Ni dolor, ni rabia.
Solo un vacío inmenso y helado.
"Entiendo", dije, y mi voz sonó extraña, lejana.
Javier suspiró aliviado, como si le hubieran quitado un peso de encima.
"Sabía que lo harías. Eres la mejor, Sofía. Por eso te amo".
Se inclinó para besarme, pero giré la cabeza.
Su beso aterrizó en mi mejilla.
"Estoy cansada", dije. "Quiero dormir".
Me levanté y caminé hacia nuestra habitación. Detrás de mí, lo escuché decir: "Claro, mi amor. Descansa. Mañana hablaremos".
Cerré la puerta y me apoyé en ella.
Escuché cómo abría una botella de vino, cómo se servía una copa y encendía la televisión.
Estaba celebrando su compromiso.
En el departamento que yo pagaba, después de destruir mi vida, estaba celebrando.
Saqué una maleta del armario y empecé a empacar.