Capítulo 2

Gwyneviere, ya en su casa, dejó las compras que había hecho, y escondió su paga en uno de los varios rincones donde guardaba sus ahorros y se preparó para salir. No llevaba una vida de lujos. Solo necesitaba dinero para comer, y ocasionalmente para alguna prenda. Su casa la había heredado de su familia y era bastante modesta, pero pulcra y ordenada. Tomó un cuenco y lo llenó de agua para la gatita que solía visitarla y lo dejó en la puerta, junto con los restos de la comida del día anterior, y se dirigió a abrir un portal para ir a Vaahldar.

Vaahldar era una ciudad pequeña, donde todo el mundo conocía a sus vecinos. Era muy distinta a la Ciudadela, principalmente porque no poseía edificaciones lujosas y muros altos encerrándolo todo.

En el aire se podía respirar los frutos que cultivaban los lugareños y de repente sintió mucha hambre. Se dio cuenta de que no había comido nada en muchas horas y maldijo por ello al Consejo, que la había acaparado para esta tarea indeseable.

Caminó los metros que restaban hasta el Templo. No le gustaba abrir portales muy cercanos de la ubicación a donde iba para no sobresaltar a la gente cercana y por una cuestión de respeto. Además, corría el riesgo de tropezarse con alguien.

Se acercó a la puerta del Templo, tomó el pergamino que le había dado la Decana, y entró.

El Templo tenía unos corredores sin techo, que formaban una medialuna, y en medio una gran fuente, a donde las personas iban a pedir todo tipo de deseos a la Luna, pero principalmente las mujeres le pedían fertilidad. Más allá de la gran fuente, estaba la morada de las sacerdotisas, que se encargaban de cuidar el templo, y detrás de su hogar, mantenían un huerto fresco, y grandes árboles frutales, con el que colaboraban con la comunidad. Nunca descansaban.

La sacerdotisa que más tiempo llevaba en el Templo, la recibió con una sonrisa y Gwyneviere le extendió el brazo, ofreciéndole el pergamino.

—Hola, estoy aquí en nombre del Alto Consejo de Hechiceras de la Ciudadela. Mi nombre es Gwyneviere.

La sacerdotisa extendió su mano a modo de saludo y Gwyneviere la apretó. Leyó el pergamino e hizo un ademán para que pasara.

—Hola Gwyneviere, mi nombre es Tara. Hemos sido informadas de tu llegada al Templo. Pasa. Nimh está esperándote.

Siguió a la sacerdotisa hasta los dormitorios y golpeó una puerta, que una joven abrió. Gwyneviere quedó deslumbrada ante la belleza de Nimh. Nimh era una joven de cabellos castaños con destellos dorados y ojos verdes oscuros. Vestía las mismas túnicas celestes que las sacerdotisas y le ofreció una sonrisa cuando la vio.

—Nimh, ella es Gwyneviere y está aquí para enseñarte magia.

—Hola.

—Si lo desean podemos comenzar ahora mismo.

—Ya es casi la hora de la cena. ¿Por qué no te pones cómoda y cenas con nosotras? —sugirió Tara.

—Puedo volver mañana…

De verdad no deseaba perder tiempo en estas cosas y anhelaba la tranquilidad de su casa.

—Por favor, no seas modesta. Toma uno de los dormitorios del fondo del pasillo, que están desocupados, y deja tus cosas allí. Aséate y nos encontraremos para cenar en quince minutos. Nimh puede mostrarte el lugar.

—¡Claro! —dijo entusiasmada Nimh, y la miró sonriendo.

La sacerdotisa se marchó y Gwyneviere suspiró. Nimh la acompañó a la habitación que le habían ofrecido para dejar sus cosas allí. Luego le mostró el lugar y fueron a cenar. Gwyneviere estaba muerta de hambre y la comida estaba deliciosa. Todo lo de la cena estaba cultivado en su huerto.

Ni bien terminaron de cenar, las sacerdotisas se levantaron y no dejaron que Gwyneviere colaborara con la mesa. “Eres nuestra invitada”, dijeron. En un santiamén lavaron y limpiaron todo, como si estuvieran sincronizadas.

—Bueno, Gwyneviere —dijo Tara, a quien todas respondían con respeto, no por un título ganado sino por ser la que más tiempo llevaba allí y la que más edad tenía—ahora ya es momento de dormir. Podrán estudiar por la mañana.

Como no quiso abusar de su hospitalidad, asintió con la cabeza, agradeció por la comida y se dirigió a la habitación, con Nimh pisándole los talones.

Miró hacia atrás y la vio abriendo la puerta de su habitación, y cuando hicieron contacto visual Nimh le dedicó una amplia sonrisa y cerró la puerta.

El sol de la mañana entró por la ventana despertándola. Se levantó de inmediato, tendiendo su cama y poniendo en orden sus cosas. Salió de la habitación, para encontrarse con que las sacerdotisas ya estaban activas desde temprano. Se dirigió al salón donde habían cenado la noche anterior y Tara le ofreció el desayuno.

—Buen día, Gwyneviere. Por favor, desayuna antes de comenzar tus enseñanzas con Nimh.

—Buen día. Gracias. ¿Dónde está Nimh?

—Recogiendo algunas hortalizas para el almuerzo. Ya ha desayunado. Estará aquí para cuando termines de comer.

El desayuno era abundante y lleno de frutas frescas. Gwyneviere nunca había comido tanto y tan bien en su vida. Había pan recién horneado e infusiones calientes. No sabía qué tomar primero. Tomó algunas frutas y luego se llenó la boca de pan caliente. Para cuando se levantó con una taza de una infusión que olía especialmente deliciosa y especiada, Nimh entró, radiante y sonriente, y la saludó.

—Buen día, Gwyn. ¿Puedo llamarte así?

—Le debes respeto, es más grande que tú, y será tu instructora de aquí en más, o hasta que el Consejo lo determine, Nimh —Tara le llamó la atención—, Gwyneviere proviene de una familia de respetadas hechiceras y ella misma se ha ganado cierta reputación. Dile Maestra, en todo caso.

—Está bien, Tara —contestó Gwyneviere—Puedes llamarme como quieras, me incomodan ciertas formalidades, siendo que no nos llevamos tantos años de edad —siguió, dirigiéndose a Nimh.

Nimh le sonrió.

—Bueno, si así lo prefieres —continuó Tara—. Pueden usar cualquier parte del Templo para estudiar, mientras no dañen nada —sonrió.

—Perfecto, muchas gracias Tara. El desayuno estaba delicioso.

Ambas salieron del salón y se dirigieron a un espacio detrás del huerto, a la sombra de los árboles frutales.

—¿Qué aprenderemos primero? —preguntó Nimh, deseosa de comenzar.

—No te anticipes, que no creo que vaya a gustarte mucho la primera lección. No va a ser muy entretenida ni llena de encantamientos. Pero es necesario que sepas algunas cosas esenciales para comenzar. Y de verdad, no voy a forzarte a que me digas Maestra o algo por el estilo, tengo veinticuatro años y tú diecisiete. No hay tanta diferencia —Nimh sonrió—. Siéntate aquí, debajo de los árboles, este lugar es perfecto en medio de la naturaleza. Puedes cerrar los ojos, si quieres —Nimh hacía caso a todas las indicaciones de Gwyneviere—Debes empezar a conocer tu cuerpo y comenzar con la respiración. Domina primero la respiración y controla tus emociones. Aquieta tu mente e intenta sentir cómo fluye tu energía a través de todo tu cuerpo. Siente ahora lo que te rodea. Hasta el momento has usado tu propia energía para canalizar tu magia, pero eso te agota. Tienes que aprender a usar el entorno. Siente los árboles, el césped, el huerto que tenemos detrás… respira… —Nimh respiró profundamente, con el semblante tranquilo —siente como su energía fluye a través de ti, y toma esa energía para canalizarla como si fueras un conducto. Si no lo haces, y usas tu propio cuerpo, usarás la magia igual, pero te cansarás más rápido y consecuentemente te debilitarás. Logra dominar tu caos interno, controlar tu respiración, aprovechar tu entorno y así, dominarás la magia a tu favor.

Gwyneviere dejó que hiciera un par de respiraciones más y unos minutos después, Nimh abrió los ojos, maravillada.

—¿Lo sientes?

—¡Sí! —contestó ella, admirada—gracias.

—Es mi trabajo —replicó Gwyneviere, seria, aunque ya le estaba empezando a caer bien la niña.

Capítulo 3

Gwyneviere volvió la mañana siguiente al Templo a continuar con las clases, y así durante algunos días, hasta que un día, caminando por los terrenos del Templo, le preguntó a Tara qué le parecía la idea de llevar a Nimh a vivir con ella a su casa, a las afueras de la Ciudadela.

—Si no lo consideras una molestia con tu estilo de vida, y ella está de acuerdo, no me opondría. Nosotras la acogemos porque Nimh no tiene a nadie más. Cuando llegue a la mayoría de edad, es libre de hacer lo que desee.

—Avanzaremos mucho más rápido con las clases, y en caso de que se presente alguna urgencia, a los mensajeros les será más fácil ubicarme. Además, en casa, tengo mucho material de lectura al que me gustaría introducir a Nimh.

—Está decidido entonces. Si Nimh está de acuerdo, irá contigo. Iré a buscarla para preguntarle.

Esa misma tarde después de su clase, y después de almorzar con las sacerdotisas, a modo de despedida, Gwyneviere y Nimh, atravesaron el portal juntas para ir a las afueras de la Ciudadela y acomodarse en la casa de Gwyneviere.

—Tu casa es bellísima.

—No has estado en muchas casas, ¿verdad?

La casa de Gwyneviere constaba de una sola habitación con una estufa para calentar la comida, una cama y un baúl, una mesa y sillas. En una de las paredes, repisas llenas de libros, en otra, hierbas colgando y la otra repisa estaba llena de pociones y aceites. Además, contaba con dos ventanas pequeñas. 

—¿Dónde puedo dejar mis cosas?

—Donde quieras, acomodaremos todo luego. Primero quiero enseñarte el grimorio de mi familia.

Gwyneviere tomó de la repisa un viejo y gordo libro, con las páginas gastadas de tanto uso. Le indicó a Nimh que se sentara en una de las cuatro sillas que había alrededor de la mesa.

—Con este libro comenzaremos a estudiar mañana. Mi madre me enseñó magia con él, y su madre a ella. Aquí hay conjuros muy valiosos, algunos incluso los he inventado yo misma. Cada familia tiene el suyo, no has heredado uno, ¿verdad?

—No. No tengo pertenencias de los que fueron mis padres. Todo lo que tengo me lo dieron las sacerdotisas.

—Bueno, podemos comenzar con el mío y luego irás armando uno tú misma. Podemos ir mañana al mercado a comprar un libro. Por hoy, no seguiremos estudiando, pero quiero mostrarte un lugar que me gusta visitar, además de que fluye mucha magia por él. Vamos, está cerca de aquí.

Caminaron por unos veinticinco minutos, hasta el Bosque de Druwyddrerm. El bosque estaba delimitado por una línea de frondosos árboles, que atravesaron, y se internaron en la frescura de su sombra.

—Aquí viven los druidas. ¿Conociste alguno alguna vez?

—No —contestó Nimh, curiosa, mirando a su alrededor la belleza del bosque, repleto de aves de todos los colores, anidando en las copas de los árboles.

Pudieron ver liebres correteando, familias de mapaches jugando, pequeños ciervos, y todo tipo de insectos y aves cantando unas melodías que parecían ensayadas.

Eiry las recibió con su sonrisa pacífica y su silencio característicos. Era la reina druida, si se la podía categorizar de alguna forma, ya que a los druidas les disgustaban los títulos de la nobleza. Los druidas eran gente pequeña, más pequeña y menuda que los humanos convencionales al menos, de piel de una tonalidad verdosa, que vivían en el bosque, en armonía con él y con todos sus habitantes. Podían percibir los sentimientos y emociones de todos los seres y por eso eran de pocas palabras. Se entendían sin tener que decir mucho.

Con una leve inclinación de cabeza, Eiry y Gwyneviere se saludaron, y Nimh hizo lo mismo, imitándolas.

—Eiry, ella es Nimh, mi aprendiz.

Eiry volvió a inclinar la cabeza en dirección a Nimh y sonrió.

—Aquí tengo tu ración de hierbas de este mes, y déjame ver tus nuevas heridas.

—No es nada, Eiry, en serio. Puedo curarlas yo sola.

Eiry no le hizo caso y se agachó para levantar la capa de Gwyneviere y revisar su pierna. Quitó un vendaje que tenía en el tobillo y rodeó con sus manos la herida abierta de Gwyneviere. Al cabo de unos instantes, la herida comenzó a cerrar. Nimh pudo ver que otras cicatrices más viejas asomaban debajo de la capa.

—Gracias.

Gwyneviere guardó las hierbas en los bolsillos de su capa y se dispusieron a recorrer el bosque. Nimh estaba fascinada.

Salieron de allí, acompañadas de Eiry, que las saludó de nuevo con una inclinación de cabeza y una sonrisa.

Ya estaba cayendo la noche, por lo que se dirigieron directo a cenar y dormir.

***

Gwyneviere había dormido poco, ya que no acostumbraba a tener compañía, por lo que se levantó al alba, le dio las sobras a la gatita que la visitaba siempre y se puso a deambular por ahí.

Luego fue a la Ciudadela, visitó a Vandrell, que como siempre la recibió con su mejor humor, y, por último, consiguió un buen libro para que Nimh comenzara con su grimorio. Hizo algunas compras para el almuerzo y compró pan recién horneado.

Cuando cruzó el umbral de su puerta, pudo ver sobre la mesa, un desayuno similar al que preparaban las sacerdotisas.

—Solo falta el pan —dijo Gwyneviere, alzando la bolsa que llevaba en la mano.

Nimh sonrió, lo tomó de sus manos y lo cortó en rebanadas. Lo sirvió en un plato sobre la mesa y, además, tomó un frasco y lo abrió.

—Todavía está caliente, pero como no sabía a qué hora ibas a volver, hice jalea con las moras que recolectamos ayer en el bosque.

Olía delicioso. Gwyneviere se sentó con rapidez a la mesa, animada.

—Oh, qué delicia. Podría acostumbrarme a esto.

—También podrías asearte antes de comer —le dijo Nimh, regañandola, divertida.

Gwyneviere le ofreció una mirada desafiante, pero ella también se estaba divirtiendo. Luego de asearse, volvió a la mesa y devoró el desayuno.

—No te alimentas muy bien, ¿no? —preguntó Nimh.

Gwyneviere se encogió de hombros. Comía cuando podía. Siempre estaba en movimiento y realizando algún que otro trabajo.

—Esta tarde hablaremos de la metafísica —Nimh frunció el ceño—. Toma —dijo Gwyneviere, entregándole el libro que le había comprado para que comenzara su grimorio.

—¡Gracias!

—Luego podrás llenarlo de tus propios hechizos.

Gwyneviere se llenó la panza, así que fue un alivio que la clase fuera teórica, no podía moverse.

—Presta mucha atención a las bases de la hechicería, por más que sean temas aburridos, no quiere decir que no sean importantes. No nacimos elfos, por lo que es necesario aprender ciertas cosas antes de dominar el arte de la magia. A diferencia nuestra, la magia corre por la sangre élfica. Y eso nos lleva a la siguiente lección, que estudiaremos mañana: nociones básicas de élfico antiguo. Pero te digo una cosa, hoy recolectaremos más frutas para que hagas más jaleas. Eso será parte de tu entrenamiento. Es definitivo; desayunaremos así más seguido.

Nimh se echó a reír y guardó su nuevo grimorio.

—Mira, te mostraré algo —dijo Gwyneviere, levantándose con una rodaja de pan en la mano.

Aprovechó que Nimh había estado cocinando y había dejado la estufa encendida.

—Haré mi propia tostada —dijo riendo—. Puedes dominar los elementos, pero no puedes crear el fuego. Debes tener especial respeto por el fuego. Es el elemento prohibido debido a su naturaleza destructiva. Si quieres usar el fuego debes tener un gran dominio sobre este tipo de magia y extremar los cuidados. El fuego puede consumir y destruir, a ti, además de a las cosas que te rodean, consume tu energía cuando lo usas. Cuando canalizas la energía para usarlo debes concentrarte y practicar.

Gwyneviere hizo la demostración. Dejó la tostada sobre la estufa y llevó el fuego hacia ella con un dominio perfecto de la técnica. Le pasó la tostada a Nimh.

—Perfecta —dijo Nimh, sonriendo.

Esa noche, salieron a caminar bajo la luz de la luna, por los bosquecillos que circundaban la Ciudadela, y Gwyneviere aprovechó para hablarle de los elementos y su energía, pero la conversación fluyó por otro lado y terminaron hablando de los animales que veían, de la Ciudadela, de las sacerdotisas y de cualquier cosa menos de las lecciones que tenían que tomar.

Nimh le preguntó por su familia. Gwyneviere no hablaba mucho de sí misma, pero intentó contestar lo más educado que pudo.

—Mis padres también fallecieron. Vivíamos juntos en la casa donde vivo ahora.

Nimh la miró, en silencio, dándole espacio para que continúe hablando, y Gwyneviere se vio obligada a seguir. La niña era bastante curiosa. Gwyneviere suspiró.

—Mi padre falleció de unas fiebres, cuando yo era muy pequeña. Sufrió muchísimo. Era un hombre muy bondadoso y tierno. Y mi madre murió en batalla, hace unos siete años.

—Lo lamento.

—No tienes por qué. ¿Qué pasó con tu familia? —preguntó Gwyneviere, para no tener que hablar más de sí misma.

—Nunca conocí a ningún pariente mío. Desde que tengo uso de razón vivo con las sacerdotisas. Ellas me criaron y me dijeron que me encontraron cerca del Templo. Estaba sola. Me recogieron, preguntaron si alguien había perdido algún bebé, pero nadie me reclamó, por lo que me cuidaron.

—¿Y planeas convertirte en sacerdotisa? —preguntó Gwyneviere, burlona.

—¡No! Quiero ser hechicera —dijo Nimh frunciendo el ceño.

—Bien, me alegro, ya casi cumples dieciocho. Las sacerdotisas no se harán más cargo de ti.

Nimh asintió y ambas emprendieron el camino de regreso a la casa.

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