A la mañana siguiente, el edificio Cisneros se alzaba como un titán de vidrio y acero en medio del corazón de la ciudad. Bajo el sol tímido, sus ventanales reflejaban el cielo grisáceo, como si el coloso mismo se burlara del mundo desde las alturas. El tráfico rugía abajo como un océano de motores y bocinazos, pero en la entrada principal, todo era orden y sofisticación: un portero uniformado, el aroma discreto de flores frescas en los vestíbulos, y el constante murmullo de pasos apresurados sobre el mármol impecable.
Maritza ajustó la correa de su bolso en su hombro, vestida con un conjunto de pantalón y blusa recatada y unos tacones bajos. El cabello recogido en una coleta alta, dejando que sus rizos bailaran, dejaba su rostro limpio y severo al descubierto. Mientras caminaba hacia los elevadores, sintió cómo se le formaba un nudo tenso en el estómago, un presagio de lo que estaba por enfrentar.
El ascensor, al abrirse con un suave ding, reveló un interior reluciente de acero pulido y espejos biselados. El perfume del éxito flotaba en el aire: una mezcla embriagadora de cuero caro, colonia masculina y determinación corporativa. Maritza presionó el botón del último piso y, mientras el elevador ascendía en un zumbido casi imperceptible, se permitió un breve momento para cerrar los ojos y respirar hondo.
Cuando las puertas se abrieron, sus botas resonaron firmemente sobre el suelo de mármol blanco como una promesa. Allí, la esperaba una secretaria impecablemente vestida: falda lápiz, blusa de seda y una sonrisa diplomática congelada en el rostro.
-Por aquí, por favor -indicó con un gesto elegante.
Maritza la siguió a través de un pasillo silencioso, cuyas paredes estaban adornadas con cuadros abstractos en tonos sobrios de azul y gris, iluminados por discretas luces de acento. El aroma sutil a cedro, proveniente de algún difusor oculto, llenaba el ambiente, mezclándose con la electricidad estática de la expectativa.
La secretaria abrió una puerta doble de caoba pulida y la condujo a una sala privada.
-Espere aquí. El señor Cisneros la recibirá en unos minutos.
Maritza asintió con la cabeza, sus labios apretados en una línea fina, y se quedó de pie en el centro de la sala, escaneando el espacio. Muebles de cuero negro, minimalismo de lujo. Una cafetera de diseño sobre un mueble de nogal. Silencio absoluto, roto solo por el débil zumbido del aire acondicionado.
¿Qué demonios hago aquí?, pensó, apretando los puños a los costados.
No pasaron ni cinco minutos antes de que la puerta de caoba volviera a abrirse, esta vez de manera solemne, como si el mismísimo rey fuera a hacer su entrada.
Y lo vio.
Un hombre de cabello oscuro, ojos azules y gesto severo alzó la mirada. Tenía la espalda recta en su silla de ruedas, las manos apoyadas en los reposabrazos con una elegancia contenida. Su rostro era anguloso, sus cejas pobladas enmarcaban unos ojos que, incluso a la distancia, brillaban con intensidad cortante.
Alan Cisneros.
El aire pareció espesarse. Por un instante, Maritza sintió como si el tiempo mismo ralentizara su curso, atrapándola en un vórtice de reconocimiento y desafío. Era el hijo del reconocido Eduardo Cisneros, quien había quedado paralítico tras un atentado.
Él la reconoció al instante. Esa mujer. Esa doctora de mirada fría que había visto en la clínica. Era imposible olvidar esos ojos marrones, esa postura desafiante que parecía decir: no me das lástima, ni miedo.
El ceño de Alan se frunció apenas, una chispa de algo ¿interés? ¿Molestia? ¿Curiosidad? cruzó fugazmente su rostro antes de que volviera a endurecerse.
Maritza, sin esperar cortesías, habló con una voz firme que rasgó el silencio como una cuchilla:
-¿Me llamaron como fisioterapeuta o para un puesto de asistente? -preguntó, clavando sus ojos en los de Alan, sin una pizca de duda ni sumisión.
El silencio que siguió fue denso, incómodo, cargado de electricidad estática.
Desde un rincón de la oficina, Marcos, apenas logró disimular una sonrisa tras su carpeta de cuero. Sus ojos chispeaban con un destello divertido.
Alan, lejos de molestarse de inmediato, dejó que una sonrisa ladeada y cínica curvara sus labios. Una sonrisa que no prometía nada bueno.
-¿Puedes explicar esto, Marcos? -preguntó con voz baja pero autoritaria, sin apartar la mirada de Maritza.
Marcos, sin perder la compostura, respondió:
-Fue la mejor de todos los candidatos. Se nota que es muy eficiente, y... -añadió en un tono más bajo, como si compartiera un secreto-... creo que no le teme a nada. Ni siquiera a ti.
Un murmullo de satisfacción cruzó los labios de Alan, aunque sus ojos seguían filosos como cuchillas.
-No me gusta repetirlo -dijo Alan, su voz reverberando en la estancia con la autoridad de quien está acostumbrado a ser obedecido-. Yo soy el jefe aquí. Y tú, desde hoy, obedeces órdenes, no serás ninguna fisioterapeuta.
Maritza dio un paso al frente. El sonido de sus botas resonó como un latigazo en el mármol. Sus ojos, de un verde intenso, centelleaban con un fuego indómito.
-Obedezco si me pagan, señor Cisneros -replicó sin pestañear-. No soy una mascota que mueve la cola por un silbido.
Alan ladeó ligeramente la cabeza, como un lobo curioso evaluando a un rival inesperado. No estaba acostumbrado a esa resistencia. Mucho menos de parte de una mujer que, en vez de mostrar compasión o deferencia, lo miraba directo a los ojos con un descaro feroz.
Dentro de él, algo primitivo se removió. Un cosquilleo incómodo y excitante al mismo tiempo.
-Perfecto -gruñó en tono bajo, casi un ronroneo amenazante-. Vamos a ver cuántas duras.
Maritza esbozó una media sonrisa desafiante, arqueando una ceja como si aceptara un reto que no la intimidaba en lo más mínimo.
-Lo mismo digo -disparó de vuelta.
Desde el rincón, Marcos carraspeó con fuerza para romper la tensión densa que vibraba entre ellos, como un cable de alta tensión a punto de chocar.
-Bien, bien... ahora que ya se conocen -intervino, fingiendo ligereza-, Maritza, tu primera tarea será organizar la agenda de Alan. Reuniones, citas, lo que necesite. -Y, bajando la voz en tono cómplice-: Sobrevivir también sería bueno.
Maritza soltó una risa seca, corta, que no llegó a sus ojos.
-Nadie sobrevive a mí -dijo, acomodándose la bolsa en el hombro con un movimiento brusco-. Así que quién debería estar preocupado, es mi jefe.
Alan giró lentamente la silla de ruedas hacia la ventana, ocultando las emociones que, contra su voluntad, le bailaban en el rostro. Afuera, la ciudad seguía su ritmo incansable, pero en esa oficina, el aire estaba cargado de algo nuevo. Algo peligroso.
Jamás pensé que volvería a verla, pensó, recordando vagamente la primera vez que esos ojos fríos se clavaron en los suyos mientras luchaba contra el dolor en una sala de rehabilitación.
-Entonces prepárate -dijo en voz baja, sin mirarla-. Esto será una guerra.
Maritza se volvió hacia la puerta, sus pasos firmes retumbando como tambores de guerra en el piso de mármol.
-Que gane el mejor -murmuró sin volverse, dejando que sus palabras quedaran flotando en el aire cargado de desafío.
Cuando la puerta se cerró tras ella, Marcos soltó una carcajada que no pudo contener.
Alan, todavía de espaldas, dejó escapar una sonrisa apenas perceptible.
"Esto se va a poner muy interesante", pensó Marcos, y no sabía cuánta razón tenía.
Porque la guerra apenas había comenzado.
El baño de mujeres en el último piso del edificio Cisneros era casi un santuario de mármol y cromo, diseñado para impresionar a cualquier visitante con su elegancia glacial. Lavabos de porcelana pulida, espejos de bordes dorados, el sutil aroma a jazmín y limpieza impecable flotando en el aire.
Maritza cerró la puerta tras de sí, apoyando la espalda en ella mientras soltaba un suspiro largo, arrastrado, como si intentara expulsar todo el estrés que se le había incrustado en los huesos desde que cruzó la entrada esa mañana.
Se acercó al lavabo y dejó el bolso sobre la encimera con un golpe seco. Se miró en el espejo: sus ojos marrones brillaban con una chispa burlona, sus labios curvados en una mueca de incredulidad.
-Vaya primer día, Maritza -murmuró, dejando escapar una risita que sonó como un pequeño estallido de ironía en medio de aquel templo del decoro.
Se mojó las manos y se salpicó ligeramente el rostro, como queriendo borrarse el cansancio y la absurda tensión que la rodeaba. Mientras secaba su rostro con una toalla de lino blanco, la puerta del baño se abrió y entró una mujer en traje de ejecutiva, moviéndose con esa mezcla de prisa y arrogancia que parecía ser el lenguaje oficial del edificio.
-¿Tú eres la nueva asistente del señor Cisneros, verdad? -preguntó la mujer sin rodeos, examinándola de pies a cabeza como si fuera un bicho raro expuesto en vitrina.
Maritza ladeó la cabeza, una sonrisa felina curvando sus labios.
-Depende de para qué me necesites -respondió con desenfado.
La mujer soltó una risa seca, casi incrédula, y negó con la cabeza.
-Ya corrieron a tres antes que tú. O se rendían o terminaban llorando en este mismo baño. -Le lanzó una mirada significativa-. Si necesitas desahogarte, aquí tienes el lugar.
Maritza soltó una carcajada genuina esta vez, baja, grave, que reverberó entre las paredes revestidas de mármol.
-¿Desahogarme? -repitió, arqueando una ceja-. Querida, yo soy la tormenta.
La ejecutiva la miró como si no supiera si aplaudirle o salir corriendo, y terminó saliendo del baño apresurada, dejando a Maritza sola nuevamente.
Maritza se apoyó en el borde del lavabo, sonriendo ante su reflejo. No estaba en una clínica, no tenía batas blancas ni camillas alrededor. Estaba en medio del coliseo corporativo, y aun así, los "pacientes" parecían encontrarla. La misma dinámica, diferente escenario.
Sacudió la cabeza lentamente, divertida.
-Definitivamente, soy muy buena en lo que hago -susurró, sonriendo de lado.
Guardó su pañuelo de mano, se enderezó, ajustó la coleta alta que mantenía sus rizos bajo control y, como quien se pone una armadura invisible, salió del baño con paso firme, lista para seguir conquistando o incendiando el edificio Cisneros.
Después de todo, si había algo que sabía hacer bien, era domar a los heridos... incluso si estos llevaban traje y corbata.
El reloj marcaba las once de la mañana, y la tensión ya era palpable en la oficina de Alan Cisneros.
El despacho, decorado en tonos grises y negros, respiraba lujo y poder. Un enorme ventanal mostraba la ciudad extendiéndose como un tablero de ajedrez bajo un cielo azul cortado por rascacielos. La luz del sol se filtraba en líneas doradas sobre el piso de mármol pulido, creando reflejos que parecían moverse al compás de la impaciencia contenida en el aire.
Alan estaba sentado detrás de su escritorio de madera oscura, recostado en su silla de ruedas como un rey vigilante. Sus dedos tamborileaban un ritmo impaciente sobre el apoyabrazos, sus ojos fríos clavados en la puerta.
Entonces, la puerta se abrió con un leve chirrido, y ella entró.
Maritza caminaba con paso firme, el eco de sus tacones resonando en el despacho como latidos de guerra. Llevaba una carpeta bajo el brazo, y su traje de pantalón resaltaba su figura esbelta, poderosa. Sus labios, de un tono rojo discreto, estaban apretados en una línea delgada; sus ojos brillaban con una determinación que parecía cortar el aire.
Alan la observó sin moverse, sus labios curvándose en una media sonrisa sardónica.
-Tarde -sentenció, su voz profunda y seca rompiendo el silencio.
Maritza no se detuvo. Se acercó al escritorio y dejó caer la carpeta con un golpe seco que hizo vibrar el portapapeles de cristal. El sonido resonó en el despacho como un disparo.
-Son las once en punto -dijo, señalando con un dedo elegante el reloj de pared-. Si va a inventar excusas para echarme, al menos esfuércese un poco más.
Alan arqueó una ceja, su diversión creciendo como una brasa lenta.
-Atrevida... -murmuró, su voz apenas un susurro lleno de amenaza y entretenimiento a partes iguales.
Maritza ladeó la cabeza, una ceja alzada en claro desafío, cruzándose de brazos con una lentitud casi insolente.
-¿Vamos a perder el tiempo midiéndonos el carácter o tiene una agenda que atender? -su voz era como un látigo de terciopelo.
Un silencio denso, cargado de electricidad, se extendió entre ellos. Se miraron como dos luchadores en el centro del ring, midiendo al oponente, esperando el primer movimiento.
Alan tomó la carpeta y la hojeó con deliberada lentitud, el roce de las hojas sonando exageradamente fuerte en la habitación silenciosa.
-Eres mal hablada -comentó sin levantar la vista-. Grosería en tus modales. Cero diplomacia.
Maritza soltó una carcajada breve, seca.
-¿Algo más? -preguntó, su sonrisa mordaz pintándole los labios-. ¿Quiere que lo anote en su lista de quejas imaginarias?
Alan dejó caer los papeles sobre el escritorio con un suspiro exasperado pero claramente fingido.
-Me importa un carajo si tienes modales -dijo, inclinándose ligeramente hacia adelante, su sombra alargándose sobre la mesa bajo la luz inclinada del sol-. Mientras seas eficiente.
Sus ojos, de un azul intenso y cortante como el hielo, se clavaron en los de ella.
-Pero aquí no se cuestiona a Alan Cisneros.
Maritza apoyó ambas manos sobre el escritorio, su perfume, una mezcla suave de almizcle y flores frescas, envolviendo a Alan por un segundo. Se inclinó, acercándose tanto que podía sentir el calor que irradiaba su cuerpo, desafiando la frialdad calculada del despacho.
-¿Sabe qué es lo mejor de trabajar como fisioterapeuta? -dijo con una sonrisa tranquila, como quien comparte un secreto peligroso-. Que aprendí a tratar a idiotas testarudos como usted.
Alan soltó una risa seca, ladeando la cabeza con esa gracia insolente que parecía natural en él.
-¿Y qué aprendiste? -su voz era baja, casi ronca.
Maritza le sostuvo la mirada sin parpadear.
-Que a veces hay que doblarles el orgullo... o romperlo.
El ambiente en la sala se tensó aún más, como si el oxígeno mismo dudara en fluir entre ellos. Los latidos de Alan se aceleraron imperceptiblemente, y su mandíbula se apretó con un leve tic.
Sus ojos bajaron, solo por un instante, a los labios de ella, a la curva de su cuello, a los pechos que se marcaban bajo la blusa entallada. Un segundo apenas... pero Maritza lo notó. Y sonrió para sí misma.
Alan golpeó el escritorio con los nudillos, rompiendo el momento cargado de electricidad.
-Bienvenida al infierno, Méndez -dijo con una sonrisa cínica.
-Encantada, Cisneros -replicó ella, su voz tan afilada como una daga envuelta en terciopelo.
Afuera, en el pasillo, Marcos pasaba casualmente cuando escuchó las voces alzadas, las risas cortantes, el golpe seco de una carpeta cerrándose.
Sonrió y negó con la cabeza, murmurando para sí:
-Durarán una semana... o se matan antes.
Y siguió su camino, con una risa divertida escapándosele.
Las horas siguientes fueron un caos velado, un ballet de órdenes, correos y reuniones.
Maritza se movía por la oficina como un huracán contenido. Organizaba, dirigía, resolvía problemas antes de que surgieran. Sus dedos volaban sobre el teclado, su voz firme resonaba en cada llamada. Cada correo que enviaba estaba impregnado de su estilo: directo, afilado, preciso.
Alan, mientras fingía revisar informes, no podía evitar mirarla de reojo. La irritación hervía bajo su piel. Le molestaba su insolencia. Su falta de reverencia. Y lo que era peor... le molestaba el cosquilleo incipiente en su estómago cada vez que ella alzaba la voz o le lanzaba una mirada desafiante.
Era una maldita distracción.
Una distracción con piernas largas, labios tentadores y una lengua endemoniadamente afilada.
Cuando la tarde comenzó a teñir de naranja los cristales del ventanal, Alan soltó el bolígrafo con un gesto seco y la llamó.
-Tú y yo vamos a poner reglas claras -dijo, su voz cortante como vidrio roto.
Maritza se acercó, se dejó caer en una silla frente a su escritorio sin esperar invitación, estirando las piernas como si estuviera en el salón de su casa.
Le sonrió, ladeando la cabeza.
-¿Cómo "no desafiar al rey inválido"? -preguntó, su tono inocente impregnado de veneno dulce.
Alan apretó los puños, sus nudillos blanqueando. El insulto, aunque velado, le ardió bajo la piel.
-No necesito tu lástima -espetó.
Maritza soltó un suspiro cansado, como si hablara con un niño difícil.
-No le estoy dando lástima -replicó, su voz bajando de tono, más seria, más cruda-. Pero si se va a comportar como un niño rico y berrinchudo, no cuente conmigo.
El silencio cayó como un manto pesado entre ellos.
Alan la miró, y por primera vez en mucho tiempo, no vio una subordinada, sino un igual.
Una tormenta atrapada en un cuerpo demasiado pequeño para contenerla.
Y entonces, sonrió.
No fue su sonrisa cínica habitual, sino algo genuino, breve, real. Un destello fugaz que le iluminó el rostro antes de desaparecer.
-¿Sabes qué, Maritza? -dijo con una voz más baja, más grave-. Quizá seas la primera persona honesta que he tenido cerca en mucho tiempo.
Maritza sonrió también, esta vez sin burla, su rostro relajándose.
-Acostúmbrese, Cisneros. Soy peor que un dolor de muelas.
Alan soltó una carcajada ronca, áspera, pero auténtica.
-Eso espero.
Mientras ella recogía sus cosas para marcharse, Alan la observó en silencio. Cada movimiento suyo, cada palabra, era como una nota en una melodía peligrosa que aún no terminaba de comprender.
Sabía que había cometido una locura al contratarla.
Pero en algún lugar muy profundo, una voz susurraba que esa locura podría salvarlo...
O destruirlo por completo.
Maritza llegó a su pequeño apartamento una hora después. Se quitó los zapatos de tacón y gimió de alivio al sentir el frío del suelo contra la planta de sus pies adoloridos.
El lugar olía a jazmín, su aroma favorito. Afuera, el cielo comenzaba a oscurecerse, tiñéndose de tonos índigo y violeta.
Se dejó caer sobre el sofá, dejando caer su bolso a un lado. Sus músculos gritaban de cansancio, pero su mente seguía vibrando con la intensidad del día.
Una sonrisa cansada curvó sus labios.
Sí, pensó mientras cerraba los ojos y dejaba que la brisa nocturna acariciara su rostro a través de la ventana entreabierta.
Su nuevo empleo iba a ser agotador, complicado, desafiante...
Pero, sin duda alguna, muy, muy divertido. Estaba lidiando con un paciente al que no estaba atendiendo.