Afrenta al corazón
Eli se fue a dormir con el alivio en su corazón de saber que ese hombre con el que ahora estaba casada por obligación no había demostrado mayor interés en ella. Por un momento se sintió a punto de perder la cordura cuando él le hizo aquella propuesta descarada y grosera, pero por suerte para ella no fue más que eso, una simple propuesta sin asidero y con más mofa que seriedad. Eli se había ido entonces a su habitación y no pudo evitar que durante toda la noche su alma se refugiase en la comodidad del llanto para controlar el desaliento que le inundaba en esa vida suya, que era un mar de dolores acumulados. No solo era aquel matrimonio al que había tenido que acceder sin siquiera saber nada del hombre al que recibió como esposo y que ahora sabía que no era más que un vil patán; sino que se le sumaba todo ese acumulado de miseria y angustia que había vivido durante toda su vida, todas esas experiencias dolorosas con su propia familia que terminó desmoronada por culpa de los vicios de un padre y la falta de temple de una madre; Eli había sido una sobreviviente toda su vida y solo fue en Laura en quien pudo encontrar la fuerza para seguir creyendo en la humanidad. Laura fue mucho más que una hermana, fue su amiga y como tal estuvo a su lado en los momentos más crudos y difíciles de su vida.
Postrada sobre el camastro que tenía en la habitación que Maximiliano le había designado para ocupar mientras durase su farsa de matrimonio, Eli no pudo evitar ahondar en el recuerdo de ese pasado, sin poder soportar que su mente le recordase lo diferente que hubiese sido todo si Laura estuviese ahí.
―Si tan solo hubieses podido llamarme antes.
Eli siempre le reprochaba eso a la memoria de su difunta amiga y es que el dolor de saber que ella bien pudo haber hecho algo para evitar el terrible desenlace de su amiga, era algo que a ella siempre le robaba la paz y en momentos como ese, donde el desaliento de las desgracias de la vida dejaba a la vista la injusticia de todo, Eli no podía evitar recalar en la idea que le hacía creer que ellas dos no eran más que dos condenadas destinadas a sufrir y por cosas de la misma desgracia, Laura se le había adelantado. Ella quien le había salvado la vida no solo de manera metafórica, sino que realmente había tenido las agallas sé lanzarse delante de un camión para salvarla cuando estaba a punto de ser arrollada, se había convertido para Eli en esa brújula que marcaba su norte; una brújula que se fue de su lado el día que descubrió que el hombre al que había amado con toda su vida y por el cual había sido capaz de enfrentarse a su familia al punto de ser desterrada del seno familiar para siempre, le había engañado de manera descarada y vulgar durante más de dos años. La presión de aquella revelación fue demasiado difícil para Laura, quien ya arrastraba problemas de estabilidad emocional y depresión, por lo que las consecuencias de aquel descubrimiento resultaron atroces: un bote de pastillas sirvieron para acabar con su vida un día que el pequeño Ángel estaba en casa de Eli.
El desgraciado que ocasionó el desequilibrio mental que desembocó en la acción lapidaria, ni siquiera se presentó para el funeral y la familia de la mejor amiga de Eli ni de lejos intentó asistir al funeral; para ellos su hija había muerto desde que decidió a ese chico por encima de ellos. Por eso Eli se encontró sola y perdida en el rumbo de la vida, ahora que no tenía a Laura para sentirse con ese apoyo de siempre; ahora, en cambio, se encontraba ante las palabras que ahora tenían un sentido completo cuando recordó como Laura le hizo prometer que cuidaría a su hijo en caso de que ella no estuviese. Desde entonces el pequeño ángel que ahora le había pasado de su cumpleaños número seis, cuatro años ya de la muerte de Laura, ahora vivía con ella sin saber el triste desenlace de la vida de quien fue su madre biológica, pues Eli lo cobijó con total ahínco y desbordante amor, reconociéndolo legalmente como su hijo y educándolo como tal.
No había sido nada fácil criar a un niño como madre soltera en las condiciones que ella vivía: trabajos esporádicos y casi siempre mal remunerados, con una situación precaria en cuanto a vivienda y manutención, pero sobrada de valor y cariño. Eli había logrado darle al pequeño cuatro duros años repletos de atenciones y cuidados, pero sobre todo cuatro años donde aquella promesa a su amiga había quedado saldada. Pensando en todo esto, Eli se logró adentrar en el mundo de los sueños, pues la calma le visitó al ser capaz de recordar que si había aceptado aquella locura de ese matrimonio misterioso había sido justamente pensando en la vida de su hijo y en la promesa hecha a su amiga; por nada del mundo se permitiría Eli otra perdida como lo había experimentado con Laura, ahora sabía que las cosas no eran color de rosas, pero que por lo menos se podía luchar para darle el color más parecido.
Eli se despertó con el vestido de novia que Gena le había entregado: el negocio de Gena parecía estar relacionado con la moda, pues en aquel despacho abundaban los modelos y los maniquíes. Con la idea de visitar ese despacho esa misma mañana, Eli salió de la cama luego de haber cambiado su ropa por un conjunto mucho más sencillo que aquel vestido blanco que había llevado en la noche anterior. De Maximiliano no encontró ni rastro, por lo que pudo salir de aquel lugar sin ningún tipo de limitantes. Ni siquiera las personas del servicio de la casa se percataron de su ausencia.
Tomó un taxi y en unos quince minutos estaba ya tocando la puerta del despacho que coronaba un pequeño, pero lujoso, edificio de seis pisos. La puerta se abrió y Eli se encontró de frente con Gena quien la miraba con desdén.
―¡¿Qué demonios haces aquí?! ―fue lo primero que la mujer con la que había negociado todo aquello le dijo, apenas la vio aparecerse en el umbral de aquella puerta que daba al despacho.
Eli se contuvo para no reaccionar con furia, en cambio, simplemente dio un paso adelante y cerró la puerta de tras de sí. Con un gesto reposado en su rostro se preparó para iniciar su explicación de motivos.
―No tengo ni la menor idea de que se trata este embrollo en el que usted me metió ―Eli se preparó para pronunciar cada una de esas palabras en la justa entonación que necesitaba. Ella no buscaba la confrontación, pues no le convenía en su posición, pero sabía que debía hacer notar su posición y darse a respetar, pues las personas como Gena tenían por costumbre aprovecharse de personas como ella―… y no quiero hablar de eso ahora…
―Pero claro que yo si ―le respondió Gena con un notorio gesto de exasperación que hacía que las fosas nasales le retumbaran como insufladas por una reacción demoledora―… no puedo creer que hoy que deberías estar consumando tu matrimonio tú estés aquí frente a mí en lugar de estar en la cama de tu marido.
Eli se sintió con la libertad de sonreír por ese detalle como si lo que decía Gena era algo tan ridículo como para tomárselo en serio.
―Aún no entiendo cómo puede usted pensar que un matrimonio “real” pueda será algo que se negocie como un acuerdo cualquiera… pero si lo que le preocupa es eso, déjeme decirle que el tal Maximiliano está tan interesado en mí como lo estoy yo en él, gracias al cielo.
Gena se mostró confundida al escuchar que Eli le confesaba aquello. Ella parecía esperar otro tipo de respuesta, pero aun así siguió adelante con su instigación hacia Eli.
―No me interesa niña; el acuerdo fue que tú lo recibieras como esposo y nada más, si él te quiere para tenerte solo como un trofeo allá él, pero tú debes cumplirle, tenerlo contento y hacer que todo funcione a su gusto.
―Prácticamente, me está pidiendo que me convierta en su sumisa.
―No me importa como lo veas, lo único que me importa es que ese matrimonio no se deshaga… necesito que tú y él mantengan esa unión.
―¿Por qué? ―pregunto Eli con sus ojos de color radiante clavados en aquel gesto calculador de la bruja vestida a la moda que la miraba desde aquella silla de respaldo alto que se encontraba detrás del escritorio.
―No es tu problema… confórmate con saber que es eso lo que yo quiero y lo que necesito.
Eli bufo de la rabia que aquella forma insolente y grosera de hablar de Gena le hacía sentirse en disparidad de condiciones en esa conversación, por lo que sin quedarse en el margen ante ese ataque, Eli salió al ruedo planteado sus propios términos y condiciones, precisamente para las que había ido hasta ese lugar.
―Y lo que yo quiero y necesito es que usted cumpla su palabra y ayude a mi hijo… yo ya cumplí mi parte del trato… ahora usted debe cumplir la suya.
Gena se le quedó viendo, como si aquellas palabras de Eli no tuviesen sentido para ella. Gena era un despilfarro total de indolencia y desprecio cuando le dijo:
―Debes olvidarte de ese bastardo sin padre… es obvio que tú no esas entendiendo la oportunidad que yo te he dado muchachita: tú antes de conocerme estabas en ese hospital sufriendo por u escuincle que ni siquiera tienes seguridad de que pueda vivir y ahora yo te he llevado a estar casada con un hombre que aunque vago y sin metas, por lo menos es heredero de un negocio prometedor por lo que puede darte una vida muchísimo mejor de cualquiera que hubieses podido imaginar.
―¡¿Qué demonios está usted insinuando?! ―le reclamo Eli subiendo la voz al descubrir que las palabras de Gena tenían un fin catastrófico y demoledor.
―Que te olvides de ese niño… concéntrate en tu matrimonio. Haz feliz a Maximiliano, date cuenta de que la oportunidad de vida que tienes delante de ti es más grande de lo que te puedas imaginar… no desperdicies esta oportunidad que te he regalado muchachita.
Eli se contuvo de no abrir la boca en señal de sorpresa. Era realmente insólito que esa mujer dejara a la vista lo despiadado que era su corazón. Era increíblemente incuestionable que esa Gena era solamente una cara bonita, pero detrás de ese rostro existía un ser maligno y sin corazón; un ser capaz de proponerle a una madre el abandono de un hijo.
―Mire, señora, le aseguro que esta conversación es incómoda y me desagrada más a mí que a usted, por lo que si solo pretende decirme ese montón de estupideces como las que acaba de decir, es mejor que me avise de una buena vez y no me haga perder el tiempo: Si no está dispuesta a ayudarme con lo de mi hijo, dígamelo de una buena vez para acabar de perder el tiempo.
Eli habló con furiosa determinación. Ella había permanecido de pie frente al escritorio todo ese tiempo, pero al decir esto último afincó sus puños sobre la madera para darle realcé al tono de confrontación en sus palabras. Gena se le quedó viendo.
―¿has hablado con el médico? ―fue lo único que Gena dijo como respuesta.
―¿De qué habla? ¿Qué tendría que hablar con el médico?
Eli se confundió al escucharle decir aquello, por lo que tuvo que contener la rabia que había manifestado recién para dedicarse a preguntar con más dudas que certezas.
―Tu hijo solo me tiene a mí como única esperanza mujer… si te vuelves loca y abandonas nuestro acuerdo no habrá manera de que lo puedas salvar, así que si no quieres que pierda la cordura y sea yo quien eche al caño el acuerdo que tenemos, te recomiendo que salgas por esa puerta y regreses a la casa de tu marido ―Gena se puso de pie, pero sin expresar de ninguna manera una muestra de descontrol, ella era todo modales y estilo a pesar de que hablaba como el mismísimo demonio―… lo que haya que pagar lo pagaré cuando yo quiera y ahora por esta ridiculez de venir hasta mi despacho tendrás que esperar a que yo decidía el momento oportuno para hacerlo.
Eli se quedó fría al escuchar aquella amenaza velada. Era algo que no podía mantenerse oculto en su corazón ese cúmulo de rabia que estallaba en sus entrañas por aquella afrenta de la mujer que tenía frente a ella.
La decisión estaba más clara que nada: Tendría que mantener la calma para no acrecentar una enemistad con esa mujer de corazón impuro, pero no se quedaría de brazos cruzados: de alguna manera debía seguir buscando la salvación para su hijo.