Capítulo 3

La fiesta continuó, pero para mí, la música se había convertido en ruido.

El amigo borracho de Máximo, animado por el alcohol, seguía contando historias del pasado.

"¡Y la vez que le llenó el coche de rosas a Sofía! ¡Casi mil rosas rojas! Dijo que cada una era un día que la había amado en secreto" .

Los invitados reían, pero yo sentí un frío glacial recorrer mi cuerpo.

Máximo me había regalado mil rosas rojas en nuestro primer aniversario. Me había contado la misma historia.

Cada palabra del borracho era una confirmación de mis peores sospechas.

"Le escribió poemas, le dedicó canciones…" , continuó, sin darse cuenta del daño que estaba haciendo. "Era el Romeo de la universidad" .

Yo conocía esos poemas. Los tenía guardados en una caja, creyendo que eran míos, escritos para mí.

Me di cuenta de que toda mi historia de amor, cada gesto romántico, cada palabra dulce, había sido un guion reciclado.

Yo era la sustituta. La actriz secundaria en una obra que no era la mía.

El shock inicial dio paso a un dolor profundo. Me sentí como un objeto, intercambiable, una farsa.

El recuerdo de nuestros inicios, que antes atesoraba, ahora me quemaba.

Recordé cómo Máximo apareció en mi vida, justo cuando mi carrera como restauradora de arte empezaba a despegar en el Museo del Prado.

Parecía tan sincero, tan atento. Me convenció de que su amor era lo más importante, de que juntos construiríamos un futuro.

Sacrifiqué mi carrera, mi pasión. Mis padres invirtieron todos sus ahorros en su incipiente bodega. Todo por un amor que resultó ser una mentira.

Él solo me buscó después de que Sofía lo rechazara para casarse con su hermano.

Fui el premio de consolación. Un segundo plato.

La humillación era tan intensa que sentí náuseas.

Con una excusa, me retiré de la fiesta y subí a nuestra habitación. Necesitaba estar sola, procesar la magnitud del engaño.

Pero al abrir la puerta, me encontré con la escena que destrozaría cualquier resto de esperanza.

Máximo y Sofía estaban en el balcón. Él la tenía acorralada contra la pared, besándola con una desesperación que nunca me había mostrado a mí.

La copa de vino que sostenía se me resbaló de las manos, rompiéndose en mil pedazos en el suelo.

El ruido los sobresaltó.

Se separaron bruscamente, como dos adolescentes culpables.

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