El silencio entre ellos se volvió insoportable. Natalia sostuvo la mirada de Emiliano, negándose a ser la primera en apartar la vista. Durante años, se había acostumbrado a ser invisible en su vida, a fingir que su presencia no importaba. Pero ahora, cuando finalmente había tomado la decisión de marcharse, él se atrevía a detenerla.
-No puedes obligarme a quedarme -dijo ella, sintiendo cómo su propia voz se quebraba levemente al final de la frase.
Los labios de Emiliano se curvaron en una sonrisa carente de humor.
-¿No puedo? -susurró, con un tono tan peligroso que hizo que Natalia sintiera un escalofrío recorrer su piel.
Él no era un hombre que aceptara un no por respuesta.
Sin embargo, Natalia no estaba dispuesta a retroceder.
-Te casaste conmigo por conveniencia, y yo acepté porque en ese momento no tenía otra opción -sus palabras fueron un recordatorio tanto para él como para ella misma-. Pero ya no más, Emiliano. No soy parte de tu mundo. Nunca lo fui.
Los ojos de él se oscurecieron. Dio un paso más, acercándose lo suficiente como para que Natalia sintiera la calidez de su cuerpo irradiando contra el suyo.
-¿De verdad crees que es tan simple? -su voz era baja, peligrosa-. ¿Que puedes tomar tus cosas y salir de mi vida como si nada hubiera pasado?
Natalia respiró hondo, tratando de mantener la compostura.
-Eso es exactamente lo que creo.
Él exhaló con fuerza, pasándose una mano por el cabello, frustrado.
-No lo entiendes, Natalia. No puedo dejarte ir.
Las palabras flotaron en el aire entre ellos, pesadas y significativas.
-¿Por qué? -preguntó ella en un susurro-. ¿Porque te preocupa lo que dirán los medios? ¿Porque arruinaría tu imagen perfecta de CEO intocable?
Emiliano la miró con una intensidad que la hizo temblar.
-Porque eres mía.
Natalia sintió que el aire se le atascaba en la garganta. No por las palabras en sí, sino por la convicción con la que las había dicho.
-No soy una posesión, Emiliano -respondió, con más fuerza de la que realmente sentía-. No puedes simplemente decidir que me quedo aquí como si fuera parte de tus bienes.
Él apretó la mandíbula, mirándola como si quisiera decir algo más, pero al final se limitó a dar un paso atrás.
-No voy a permitir que te vayas -dijo al fin, con un tono que no dejaba espacio a discusión.
Natalia sintió cómo la desesperación la invadía.
-No puedes hacer esto.
Él la observó con una expresión impenetrable.
-Mírame intentarlo.
Natalia pasó el resto de la noche en vela, sentada en el borde de la cama mientras miraba las maletas que no pudo llevarse. En su interior, sabía que no sería tan fácil como solo salir por la puerta.
Emiliano tenía recursos, contactos y un poder que ella nunca podría igualar. Si él decía que no la dejaría ir, significaba que había pensado en cada posible escenario y tenía la manera de evitarlo.
No podía permitirse caer en la desesperación.
Al amanecer, decidió que si no podía huir, al menos no haría las cosas fáciles para él.
Se levantó, se duchó y se vistió con calma, como si nada hubiera pasado. Si Emiliano quería jugar a ese juego, entonces ella encontraría la forma de cambiar las reglas.
Cuando bajó a la sala, lo encontró sentado en el sofá, con una taza de café en una mano y el teléfono en la otra. No parecía haber dormido mucho. Sus ojos estaban ligeramente enrojecidos, pero su postura seguía siendo la de un hombre acostumbrado a tener el control.
-Buenos días -dijo él, con una voz tranquila pero calculadora.
Natalia no respondió de inmediato. En su mente, evaluaba sus opciones.
-No pensé que seguirías aquí -comentó finalmente, tomando asiento en uno de los sillones.
Emiliano dejó el teléfono sobre la mesa y se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en sus rodillas.
-Te dije que no iba a dejarte ir.
Natalia cruzó los brazos.
-Entonces dime, ¿qué se supone que debo hacer? ¿Quedarme aquí como una prisionera mientras anuncias tu compromiso con Luciana Lombardi?
Él frunció el ceño.
-No hay compromiso con Luciana.
-¿Y debo creerte?
Su mirada se endureció.
-Nunca te he mentido, Natalia.
Ella soltó una risa amarga.
-No, solo omites las cosas hasta que me entero por los periódicos.
Él suspiró, pasándose una mano por la mandíbula.
-Sé que no tengo derecho a pedirte que confíes en mí. Pero las cosas no son como crees.
Natalia lo miró fijamente, intentando descifrar qué había detrás de sus palabras.
-Entonces dímelo. Explícame por qué debería quedarme.
Emiliano la observó por unos segundos antes de levantarse y caminar hacia la ventana. Se quedó allí, con las manos en los bolsillos y la mirada fija en la ciudad.
-Porque lo que hay entre nosotros no ha terminado -dijo finalmente.
El corazón de Natalia se detuvo por un momento.
-¿Y qué es lo que hay entre nosotros, Emiliano?
Él giró apenas el rostro, lo suficiente para que ella pudiera ver la sombra de algo que se asemejaba a vulnerabilidad en su expresión.
-Tú dime.
Natalia sintió una mezcla de rabia y desesperación. Durante cinco años, lo único que había querido era que él la viera, que reconociera lo que realmente significaba para él. Pero ahora que estaba lista para irse, él le lanzaba frases ambiguas que la hacían dudar.
-No juegues conmigo -susurró.
Emiliano se volvió por completo, acercándose a ella con pasos decididos. Cuando estuvo frente a ella, se inclinó ligeramente, obligándola a mirarlo a los ojos.
-Nunca he jugado contigo.
Natalia abrió la boca para responder, pero él la interrumpió.
-Si realmente quieres irte, entonces demuéstramelo. Empaca de nuevo tus maletas y cruza esa puerta. Pero si te detienes aunque sea un segundo, si dudas... entonces me quedaré con esa respuesta.
Natalia sintió un nudo en la garganta. Emiliano sabía exactamente lo que estaba haciendo. Le estaba poniendo una prueba que sabía que ella no estaba lista para superar.
Porque, aunque no quería admitirlo, parte de ella no quería irse.
Y él lo sabía.
Maldita sea.
Él lo sabía.
Natalia no respondió. Se quedó quieta, con las manos temblando sobre su regazo, odiando la forma en que Emiliano la miraba, como si ya supiera cuál sería su respuesta antes incluso de que ella la dijera.
La odiaba. La odiaba porque él tenía razón.
No podía moverse.
No podía levantarse, tomar su maleta y marcharse como si todo lo que había vivido con él no significara nada. Como si sus sentimientos fueran tan simples de enterrar.
Pero tampoco podía quedarse y permitir que él dictara cada aspecto de su vida, que la retuviera en esta jaula de oro donde su existencia solo importaba cuando él decidía mirarla.
Emiliano suspiró, rompiendo el silencio.
-Sabía que no te irías.
Natalia sintió cómo su cuerpo se tensaba.
-No te confundas -dijo en voz baja, sin molestarse en ocultar la furia en sus palabras-. No me quedo porque quiera. Me quedo porque no tengo opción.
Él alzó una ceja, como si encontrara su respuesta entretenida.
-Siempre tienes opción, Natalia.
Ella apretó los puños.
-No cuando usas tu poder para asegurarte de que no tenga a dónde ir.
Emiliano la miró con una intensidad peligrosa.
-Si realmente quisieras irte, lo harías. Lo que te detiene no soy yo.
Natalia sintió un ardor en los ojos, pero se negó a ceder.
-Tienes razón -dijo con voz fría-. No eres tú. Soy yo. Soy yo, porque fui lo suficientemente estúpida como para enamorarme de un hombre que nunca me miró dos veces.
Las palabras eran un golpe directo, y por primera vez, Emiliano no tuvo una respuesta inmediata. Sus ojos se oscurecieron, y su expresión se endureció de una manera que Natalia no había visto antes.
-¿Eso crees? -murmuró.
Natalia se obligó a mantener la barbilla en alto.
-Eso sé.
El silencio que se instaló entre ellos era denso, cargado de emociones contenidas, de verdades que ninguno estaba listo para enfrentar.
Pero Natalia ya no quería más juegos.
-Quiero el divorcio -dijo con firmeza.
Emiliano entrecerró los ojos.
-No lo tendrás.
-No puedes obligarme a seguir casada contigo.
Él inclinó ligeramente la cabeza.
-¿Quieres apostar?
Su arrogancia la hizo hervir de rabia.
-¿Qué ganas con esto? -preguntó con frustración-. ¡Tienes a todo el mundo a tus pies! ¡Puedes estar con quien quieras! ¿Por qué te empeñas en mantener un matrimonio que nunca significó nada para ti?
Emiliano la observó en silencio por varios segundos.
Cuando finalmente habló, su voz fue baja y letal.
-Porque nunca te di permiso para irte.
Natalia sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
-No eres mi dueño, Emiliano.
Él sonrió, pero no era una sonrisa amable.
-No, pero soy tu esposo.
-Un esposo en papel -escupió ella-. Nada más.
Emiliano inclinó la cabeza, como si estuviera considerando sus palabras.
-Si eso es lo que crees, entonces quizá debería recordarte lo que realmente somos.
Antes de que Natalia pudiera reaccionar, Emiliano acortó la distancia entre ellos y la atrapó entre su cuerpo y la pared. Su proximidad la dejó sin aliento.
Sus ojos ardían con una intensidad que la hizo estremecerse.
-Demuéstrame que no sientes nada, Natalia -susurró-. Mírame a los ojos y dime que nunca significó nada para ti.
Natalia abrió la boca para hablar, pero ninguna palabra salió. Porque mentir nunca había sido su fuerte.
Porque Emiliano estaba demasiado cerca.
Porque su piel hormigueaba con el simple hecho de tenerlo así de cerca.
Y porque, por más que quisiera negarlo, aún lo amaba.
Él notó su debilidad.
Y sonrió.
-Eso pensé -murmuró.
Natalia cerró los ojos con fuerza, maldiciéndose a sí misma por no ser lo suficientemente fuerte.
Pero cuando los abrió de nuevo, su determinación regresó.
Lo empujó con ambas manos y tomó una profunda bocanada de aire.
-No voy a jugar a tus juegos, Emiliano. No más.
Él la observó con calma, como si midiera cada una de sus reacciones.
-Demuéstramelo, entonces.
Natalia no respondió. Simplemente giró sobre sus talones y salió de la habitación.
Pero esta vez, no iba a huir.
Esta vez, iba a luchar.