Capítulo 3

Mi mente retrocedió en el tiempo, a los días en que el amor no era una mentira.

Recordé los años de sacrificio, el apoyo incondicional que le había dado a Mateo mientras él, el ambicioso estudiante de origen humilde, luchaba por abrirse paso. Ahora, en la cima de su éxito, un éxito construido sobre los cimientos que yo le había proporcionado en secreto, me menospreciaba. Me veía como una carga, una ama de casa sin valor.

La injusticia era un nudo en mi garganta.

A la mañana siguiente, Mateo regresó como si nada hubiera pasado. Intentó abrazarme, su aliento apestando a alcohol y a culpa.

"Sofía, lo de anoche fue un error," dijo, su voz falsamente suave. "Estaba estresado. Sé que quieres un bebé, y he estado pensando... ¿qué tal si adoptamos un perro? Un cachorro podría alegrar la casa."

Un perro. Me ofrecía un perro como sustituto del hijo que me había negado durante años. La repulsión me recorrió.

Lo aparté. "No me toques."

Mi mano rozó su chaqueta, y el olor de ella, el perfume floral de Loewe, seguía allí, impregnado en la tela. Era un recordatorio nauseabundo de su traición. La presencia de Isabel estaba por todas partes, como un fantasma burlón en mi propia casa.

"¿Qué te pasa ahora?" preguntó, su paciencia agotándose.

"La pulsera," dije, mi voz plana. "La pulsera de diamantes de Suárez que le regalaste. ¿Cuánto costó?"

Él se puso a la defensiva. "¿Y eso qué importa? ¿Por qué siempre te fijas en esas cosas?"

"Porque para mi aniversario, no recibí nada. Ni una flor. Ni una palabra de amor. Pero tu asistente recibe una joya de miles de euros." La humillación era tan intensa que apenas podía respirar.

"¡Deja de espiarme! ¿No confías en mí?" gritó, invirtiendo la culpa como siempre hacía. "¿Qué clase de matrimonio es este sin confianza?"

"¿Confianza?" repetí, incrédula. "¿Me pides confianza después de acostarte con otra mujer?"

"¡Isabel es leal! ¡Ha estado a mi lado en cada reunión, en cada viaje de negocios! ¡Se lo ha ganado! ¡Es una recompensa por su dedicación!" justificó él, su lógica retorcida.

El dolor era agudo, físico. "Doce años, Mateo. He estado contigo durante doce años. Ella lleva en tu empresa menos de uno."

Acorralado, recurrió a la crueldad. "¡Exacto! Doce años en los que te has convertido en una aburrida ama de casa. Isabel es joven, vibrante, ambiciosa. Tú... tú solo eres un mueble más en esta casa."

Sus palabras me golpearon, pero una extraña calma se apoderó de mí. Comprendí que él nunca entendería la profundidad de mi dolor, porque nunca había entendido la profundidad de mi amor.

Recordé un día soleado en los viñedos de mi familia, mucho antes de que él supiera quién era yo. Éramos jóvenes, y él me hizo un anillo con un sarmiento de vid, prometiéndome un amor eterno. Ahora, esa promesa era ceniza.

Su teléfono volvió a sonar. Era Isabel, de nuevo.

Su rostro se suavizó al instante. "Hola, cariño... Sí, estoy en casa... No, no te preocupes, todo está bien."

Colgó y se giró hacia mí, su expresión dura de nuevo. "Tengo que irme."

Se fue, dejándome una vez más por ella.

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