El cielo esclareció enmarcado por un tono grisáceo que anunció un torrencial aguacero. El viento iracundo arremete con fuerza contra las ramas de los árboles, haciendo que no resistan y terminen rompiéndose. Sin embargo, contra todo pronóstico, Aleksandr se encuentra en el cementerio de Vagankovo, visitando los sepulcros de sus padres, que se sitúan entreverados con muchos otros. Las gotas de agua helada se deslizan por él, pero su mirada permanece fija en el suelo, como si la lluvia pudiese sacudir ese sentimiento de profunda amargura e injusticia que se había apoderado de sí mismo desde hace mucho tiempo.
Después de tanto tiempo, decidió armarse de valor para visitarlos, porque las emociones inoportunas no se lo permitían. Ya que cada vez que se acercaba al sitio, la dignidad que tenía lo hacía quedarse dentro del vehículo o en la entrada del cementerio, observando las lápidas y sepulcros, reconsiderando cuándo cambiaría de parecer. Sentía deshonra hacia su familia, se los imaginaba removiéndose dentro de las tumbas.
Pero hoy era el día, ya que la vida había cambiado desde entonces.
A pesar de eso, ha aprendido a transformar el dolor en un sentimiento impertérrito; aunque a veces es difícil cuán determinado se siente.
Aunque han transcurrido casi diez años desde aquel acontecimiento, todavía recuerda con similitud el sufrimiento, las perdidas y el vacío de aquellas muertes habían dejado en él, pues fue un suceso inesperado que dejó una cicatriz imborrable. Pero no estaba allí para lamentarse, sino para recuperar la poca paz que necesitaba.
Durante las gélidas noches, él se desvela evocando el sonido de los disparos, los gritos de exasperación y terror que no podían atravesar las paredes del sótano, la sangre emanada por los cuerpos inertes que teñían el suelo… se sentía como si estuviese viviendo dentro de una película de terror, en la que anhelaba deshacerse de todo lo que ha vivido, pero era imposible. No podía detener el cine que se desarrollaba en su mente, porque no tenía el control alguno sobre sus pensamientos.
Aquellas imágenes no dejaban de perseguirlo, pero disimulaba mostrando una fachada fría y apática, una máscara que no podía aguantar mucho más. Aunque al público podía engañarlos; sin embargo, él conocía la realidad de lo que ocultaba, algo que ni el mismo se creía.
Toma una profunda bocanada de aire, desterrando una alusión que le sabe desabrida.
Aquel día de frígido invierno, el chófer de la familia Dmitriev recorría las calles nevadas de Moscú. No obstante, ni su propia perspicacia se objetaba a creer que dentro de aquellos sarcófagos clausurados que tenía frente a él, yacían los cuerpos inertes de sus parientes. De repente, lo atenaza un suplicio que lo consterna por dentro, dejándole un dolor que no podía sanar nunca, llorando en una habitación llena de añoranza y tristezas. Era una gran fisura que no podía llenar con nada.
Pensó durante varias noches que no tenía sentido retornar a París en ese momento, el futuro de sus estudios en la universidad era lo de menos, lo único que deseaba era recuperar su estabilidad así como sanar sus heridas, sin importar comenzar desde cero. Sabía que sus padres estarían orgullosos que se convierta en un reconocido arquitecto, porque ellos sabían que en Moscú tenía un futuro estable y seguro; pero existían mejores oportunidades en Europa. Sin embargo, su mundo se tiñó de sangre, nubes grises y un montón de mierda.
Porque a veces no siempre se obtiene lo que quiere, y eso lo sabía él más que nunca. En esos momentos, sólo anhelaba que los años retrocedieran, que el tiempo se detuviera y que sus padres estuviesen de vuelta en casa. Algo que no ocurriría, ni tampoco podía hacer nada. Debía seguir adelante y enfrentar la triste realidad.
Se inclina hacia delante, pasando sus manos con una delicadeza casi materna, por encima de las lápidas cubiertas de hierba, que han crecido en los últimos días. También están las flores que se han ahogado por las torrenciales lluvias, las cuales Mila, su hermana compra cada vez que regresa de sus viajes de Italia. Ella los ha visitado de manera constante, e incluso le ha sugerido que la acompañe, pero siempre termina rechazando su propuesta, ofreciéndole excusas poco convivientes.
El aguacero comienza a intensificarse, mientras los truenos resuenan acompañados de relámpagos en el cielo oscuro, pero él no le presta la menor importancia. Su mejor amigo y mano derecha, Mikhail, permanece inmóvil cerca de él, atento ante cualquier eventualidad, pero respetando su espacio. Era un compañero de toda confianza, un aliado fiel y sin pretensiones. También un amigo como ningún otro, dispuesto a soportar silencios profundos y atesorar las palabras más significativas.
—No saben cuánto me duele haberlos perdido —murmura, levantando el mentón—. Ustedes no merecían este cruel desenlace. Ese maldito sólo desgració a nuestra familia, pero al menos lo he destruido.
«Se qué no ustedes no aprobarían lo que he hecho. Quizás están enfadados conmigo, y por mucho que debería estar arrepentido, no puedo permitir que la persona que causó todo esto siguiera en plena libertad, desgraciado vidas, de la misma manera en que cambió las nuestras.»
«Necesitaba hacer justicia por mis propios resarcimientos, dejándoles una clara advertencia de que nunca escaparán impune. Quiero que sepan que sus recuerdos me acompañarán siempre. Y hoy, en este momento en que he venido a hablar con ustedes, quiero dejarles en claro que los aprecio mucho, y espero que respeten las decisiones que he tomado.»
Sus pensamientos eran una mezcla oscura, marcados por un sentimiento encontrado de odio y venganza. Confiaba en sí mismo así como en su propia determinación y destreza.
Pavel Smirnov, era el hombre que se había dedicado a esparcir terror y dolor a otros. Fue la persona que nadie se atrevía a desafiarlo, pero alguien debía enfrentarse a él. Debía merecer un castigo cruel y despiadado, por lo que sus víctimas habían sufrido.
Desde ese día decidió tomar resarcimientos mediante sus propios méritos. Se propuso a memorizar sus confabulaciones a través de los años, hasta el día que lograra desvanecer su poder. Con el paso del tiempo, asumió una nueva identidad, lo cual usó como camuflaje, pretendiendo que era único sobreviviente de su familia. Durante años después, descubrió que su hermana Mila, había sido sobrevivido a la horda de los Smirnov, siendo rescatada por la policía. Eso fue la motivación para enfrentarse a Pavel, usando el mismo procedimiento que aplicó con sus padres; una muerte lenta y dolorosa.
Si bien todavía tiene algunos pendientes con Heather, la hija de Pavel. Ella prometió vengar la muerte de su padre, aunque ello implique asesinarlo en el proceso. Su anhelo por recuperar el poder, se ha convertido en su mayor motivación de su vida.
Ella ha sabido evadirlo y ocultarse por mucho tiempo, gracias a los contactos que han tenido como aliados para protegerla. Recuerda el día en que asesinó a su padre, percibiendo una mirada irascible e impotencia.
—Me vengaré de ti —susurró ella entre dientes—. Me has arrebatado lo más valioso que tenía. Pero cuando llegue el momento de mi venganza, no podrás hacer nada al respecto. —Su expresión en el rostro se endureció—. No eres digno de este puesto, porque vendrás a mí cuando tengas la soga al cuello, ya que eres un novato en este mundo que te has sumergido. No sabes lo que te espera…
Él sabía que las palabras de ella sólo la hacían vulnerables, porque tendrían gran peso para ella, pero ningún efecto sobre Aleksandr. Sin embargo, prefirió guardar silencio, no quería demostrarle en ese momento lo equivocada que estaba.
Mikhail se acerca cuando presiente que perderá la cordura.
—Debemos regresar a casa, sí sigues aquí podrías pescar un resfriado —comenta, tocándole el hombro—. Además, siento que la tormenta se intensificará en cualquier momento. Debemos encontrar a esa mujer, para que obtenga su castigo. Eres fuerte, sé que tomarás la decisión correcta, tienes mi apoyo incondicional.
Toma una profunda respiración, dándose cuenta de que es verdad, que tenía a su amigo apoyándolo en lo que fuese. Sin embargo, no eran argumento suficiente que le sirviera de consuelo. Su semblante se tornó impasible, inexpresivo y las esperanzas habían desaparecido.
—No podrá ocultarse toda la vida, estoy seguro que la encontraré —sentencia frente a él—. Le haré pagar todo el daño que ha causado.
La palabra “venganza” resonaba en sus pensamientos, como si se tratase de una melodía persistente, y cuyo eco nunca se acababa. Debía acabar con sus enemigos.
—Entiendo perfectamente tu posición —exhorta, con determinación casi cálida—. Pero, ella es participe de sus propios juegos. En algún momento, se dará cuenta de que no podrá escapar de su destino, y esa será la oportunidad perfecta para el contraataque.
Lo observa de reojo, mostrando una expresión seria.
—No sabes cuanto he anhelado ese momento —habla, sonriendo con ironía—. Ella jamás se olvidará de mí. Soy su mayor obsesión. La imagino cuando está con él, piensa que soy yo. He dejado mi huella en su piel, una marca imborrable.
Mikhail lo conoce bien, y sabe que es capaz de sobrepasar sus propios límites, porque los que lo han traicionado, se deshace de ellos como le plazca.
Se levanta sin importarle una mierda lo empapado o sucio que luzca. Por un instante, creyó sentirse aliviado al visitar los sepulcros de sus padres, como una forma de desahogarse. Aunque de vez en cuando un sentimiento de venganza era demasiado fuerte.
Caminaron en dirección al estacionamiento. Mikhail le abre la puerta del vehículo, sacudiendo su cabello rubio cobrizo antes de embarcarse dentro. El rubio cierra la puerta con fuerza y camina a grandes zancadas para acomodarse en el volante. El aire caliente del auto se mezcla con el aroma del cuero mojado, invadiendo sus fosas nasales. A la misma vez que empieza a sentir la calidez de los asientos. Se sumerge en sus pensamientos visualizando la opacidad del camino mojado por la lluvia.
El timbre del teléfono hace que se sobresalte, dejando escapar una blasfemia. Buscando el celular en la guantera, mirándolo con recelo.
—Creí que jamás me contestarías el teléfono. —La voz de una mujer, le ensordece el tímpano—. Te he dejado varias mensajes, y llevo esperándote desde hace más de una hora. ¿Dónde estás? Tenemos que hablar seriamente.
—¿Qué novedades me tienes? —cuestiona con indiferencia.
—No puedo entrar en detalles por teléfono —murmura en un tono impaciente y nervioso—. Hablamos cuando llegues.
—De acuerdo, voy en camino —dice, colgando el teléfono.
Lo deja a oscuras. Tiene la sensación de que algo va muy mal. Su cerebro intenta procesar la información que acaba de recibir, y no le encuentra lógica plausible.
—¿Todo en orden? —pregunta Mikhail, arqueando una ceja.
—No lo sé. —Se encoge de hombros—. Debemos de llegar pronto a la mansión. —Siente un nudo en el estómago.
Mikhail solo asiente, pero no dice nada, mientras conduce en silencio.
El suculento aroma a pan recién horneado generó que Hayley se despertara de su insondable somnolencia. Ella abría lentamente sus párpados, esperando sentir una pizca de suplicio y molestias producidas por la falta de sueño durmiendo en un incómodo colchón dentro de la prisión. Sin embargo, evocó que se encuentra recostada en su habitación en la casa de la señora Jones, ubicada en Marilebone.
Se levanta, dándose un estirón, todavía asimilando que se trata de un ensueño y no algo realista; una simple mentira de que alguien estaba en prisión cumpliendo con la sentencia. ¿Sería realmente culpable esa persona? ¿O Kayden la había culpado deliberadamente por liberarla a ella?
No sabía con precisión, cuál sería el motivo; aunque ahora lo más significativo es que su vida retornaría a la normalidad.
Agarra su teléfono de la mesita de noche, a fin de ojear sobre algún comunicado referente a la prisión, con respecto a Sasha; no obstante todo parece indicar que está tras las rejas.
A pesar de ello, Hayley todavía se siente mortificada, al saber que aún existen personas en busca de venganza. Desde su salida de la prisión adquirió el hábito que durante todas las noches antes de acostarse, comprobar cada cerradura de ventanas y puertas sean seguras. Sabiendo que actúa de manera paranoica, pero con la certeza de que ese miedo se irá en un tiempo indefinido.
Guarda su teléfono dentro de su bolsillo, para luego bajar por las escaleras hasta la cocina.
Al llegar al recinto encuentra a su madrina preparando unos huevos revueltos. La señora Jones nota la presencia de la chica, dedicándole una afectuosa sonrisa.
—¡Buenos días, cariño! —la saluda, dándole un beso en la mejilla—. ¿Qué tal descansaste?
—Bastante bien —responde Hayley, dando un bostezo—, supongo que ocho años en prisión sufriendo de insomnio te estampa una cicatriz.
Nancy desiste un momento de cocinar, para envolver a Hayley en un acogedor abrazo.
—Lamento que hayas pasado por esa situación —susurra, recostándose en su hombro—. No sabes lo mucho que te extrañábamos.
—Discúlpame a mí por haberlas involucrados —exime, mientras toma algunas rebanadas de pan—, supongo que todavía sigues molesta—comenta, alejándose hacia la tostadora.
La madre de Mía suelta un largo suspiro.
—No, hija —responde, cruzándose de brazos—, pero prométeme que esto no se repetirá jamás. ¿Entendido?—la señora Jones agita la espátula—. No sabes lo que me costó convencer a tus padres, cambiando los hechos. Otra cosa, no más secretos entre nosotras.
—Sí madrina —musita Hayley.
Nancy le sirve una porción de comida a la chica, dejando el resto para ella, luego ambas se sientan a desayunar. Para ella los huevos resultaron esplendidos, porque estar consumiendo durante ocho años la horrenda refracción de la prisión no era algo saludable.
La señora Jones la mira con languidez.
—No pareces contenta.
—¡Por supuesto que lo estoy! —emite Hayley, forzando una sonrisa—. Solamente, es que… esto es ilógico. ¿Sabes? —acota, tomando un sorbo de jugo—. Aunque, no podemos bajar la guardia, porque sé que hay enemigos.
—¿Todavía sigues pensando en eso? —inquiere, degustando un bocado.
Hayley se limpia la boca con la servilleta.
—Tal vez —admite, bajando la mirada—. Tengo miedo de que nos hagan algo.
—No te preocupes —musita dulcemente—. Deja ese miedo en el pasado, disfruta cada momento de tú vida.
Luego de eso, su madrina se ilumina y saca su teléfono, tecleando algunas cosas en su pantalla.
—Y de hecho hoy tengo algunas buenas noticias para ti —aclara ella, con una sonrisa de satisfacción—. Logré comunicarme con tus padres y ellos están felices de que regreses a tú hogar—le muestra el mensaje—. Lo que significa que tú, mi querida niña, tienes que volver a casa con tú familia.
Su semblante cambia radicalmente cuando lee el mensaje que le envió su madre Rebecca, desde España, diciéndole que la apoyaba y que la extrañaba.
—¡Oh! —exclama Hayley, suspirando—. Estas sin son buenas noticias.
—Lo sé, querida —dice ella—. Ahora vivirás la vida a tú manera, sin que nadie te ponga pretextos. Tú nombre ha quedado limpio.
Hayley intenta sonreír, pero de repente siente una punzada. Recordando lo que le había dicho Kayden, el día del juicio.
Ella quería reestablecer su relación con él, había sido una larga espera y este era el momento idóneo para hacerlo.
La chica mira a su madrina, repentinamente decidida a aclarar las cosas con su novio.
—Tengo al importante que hacer —acota ella, levantándose de la mesa.
La señora Nancy la observa con suspicacia.
—¿Y piensas salir así? —pregunta ella, señalándola.
Hayley se percata de que aún lleva puesto su pijama, suelta una carcajada, le pide prestadas las llaves del auto a su madrina y luego sube a su habitación a cambiarse.
Hayley conduce hasta la casa de los Evans, la familia materna de Kayden. Esperaba llegar buenos términos con él. Sabía que debía de tomar una sabia decisión, y lo que menos quería es destrozarle el corazón, después de lo que había hecho por ella, de alguna manera tenía que devolverle el favor.
Minutos después…
Hayley se estaciona a pocos metros de la casa, sintiéndose ansiosa por aparecer sin avisar. Mientras hacia la entrada principal, recordando los maravillosos momentos que habían disfrutado hace ocho años atrás. Es extraño volver a ese lugar después de tanto tiempo, los mismos setos lucen igual que siempre, la misma fachada sólo que ahora está pintada en un color diferente, así como lo eran ellos actualmente.
Ella respira varias veces, pulsando el timbre, deseando en su mente que la madre o abuela de Kayden no le abriesen la puerta. Hayley está apenada, tal vez la señora Evans no quería verla ni pintura. El nerviosismo le invadía cada parte de su cuerpo. Luego, de un instante, la puerta se abre lentamente, dejando al ver un hombre que lleva puesta una chaqueta azul marino y su cabello rubio cenizo revuelto.
—Hola Kayden —saluda ella sonrojándose.
—¡Hayley! —exclama él, haciendo que sus ojos grises se tornen más brillantes—. Me alegra de verte—se dirige hacia la chica para besarla.
Ella lo abraza cálidamente.
—Lo siento tanto, Kayden —se disculpa, colocando sus manos en los pómulos de él.
—¿Por qué te disculpas? —inquiere, sonriendo—. Eso me corresponde a mí, esto lo debí de hacer hace años atrás, no estos momentos—la toma por la cintura—. Quizás, no hubiese cumplido esa injusta condena, manchando tu nombre.
—No es necesario que te disculpes —expone ella, besándolo en la mejilla—, sé que estabas esperando el momento indicado para realizar el contraataque. Estoy agradecida de que me hayas liberado de ese infierno.
El ruso la toma por las manos, apretándoselas.
—Tengo algo importante que decirte —le susurra—. Anoche tuve una larga plática con Mía.
—¿Qué hiciste qué? —exclama la chica, expandiendo los ojos.
—Hayley, escúchame. No tiene caso que sigamos ocultando nuestros sentimientos —especifica él, mirándola directo a los ojos—. Necesitaba aclararle la situación entre nosotros.
—No debiste de hacer eso, sin consultármelo —le reprocha ella, alejándose del chico.
—Lo sé, pero no quería que Mía malinterpretará las cosas —señala, mirándola desconcertado—. He esperado ansiosamente mucho tiempo para estar a tu lado—se acerca a ella, tomando su barbilla—. No sabes lo mucho que me he culpado todo este tiempo, por no tenerte cerca, mi amor.
Una lágrima rueda por la mejilla de ella.
—Te amo Kayden —susurra ella, sollozando en sus brazos.
—También te amo, Hayley Fernández —musita él, oliendo sus cabellos—. Quisiera que empezáramos una nueva vida, dejando atrás todo aquello que nos aqueja—especifica, imaginándose el escenario perfecto—. Podíamos vivir en algún lugar alejado, en donde reine la paz y la armonía.
Hayley suelta una carcajada, por la forma en que Kayden se expresa detallando sus vidas perfecta.
—Me encantaría empezar una nueva etapa contigo —concreta la chica—, ya estoy harta de que siempre se las ingenien para arrebatarnos la felicidad y las personas importantes en nuestras vidas.
—Estoy de acuerdo contigo —reafirma él, besándola suavemente.
Jamás se había imaginado, que Kayden era el típico chico misterioso, adinerado e irritable por la cual la mayoría de las chicas suspiraban, se fijaría en ella. Pero, su suerte fue la contraria, y en ese momento se encuentran juntos después de tantos años. Hayley recordó lo que le había mostrado su madrina.
—Tengo algo que decirte —comenta la chica, soltando un suspiro.
—Al fin nos encontramos, traidor —pronuncia la voz de un hombre, parado en la entrada apuntándolos con un arma.
Varios hombres lo acompañan, también armados.
—¿Quién demonios eres tú? ¿Y qué haces en mi casa? —espeta el rubio, mirándolos enfadado.
—Tienes una deuda pendiente conmigo —responde, acercándose a ellos—, así que gozaré verte morir, imbécil.
—¡No tengo idea de qué me hablas! —sisea Kayden, frunciendo el ceño—. Pero déjame decirte que no les tengo miedo—expresa, sacando una pistola de su pretina.
El hombre suelta una carcajada, sacudiendo la cabeza.
—¿Crees que me asustas porque seas un Smirnov? —lo reta, fulminándolo con la mirada—. Por cierto, esa linda zorra que tienes a tu lado, es hermosa. De seguro al jefe le gustará—señala a Hayley.
—¡No te permitiré que te acerques a ella! —se altera el rubio—. Resolvamos este asunto entre hombres.
—¿Estás seguro, Smirnov? —lo desafía, sin apartar la mirada de la chica—, en ese caso lo haremos a tu manera.
El hombre apunta a Kayden, haciéndole señas a uno de los matones para que le dispare a Hayley. La persona asiente con la cabeza, cumpliendo su orden. Le propina un disparo a la chica, cayendo inmediatamente malherida al suelo.
—¡Kayden! —exclama, retorciéndose de dolor.
—¡Me las pagarás, maldito bastardo! —grita Kayden, asesinando a varios de los hombres.
Sin embargo, uno le propina un disparo en la frente, causándole la muerte instantánea.
—Eres hombre muerto Smirnov —le susurra, al mismo tiempo que atiza varios disparos más—. Y tú querida, morirás desangrada. Nadie vendrá por ti.