Pasaban los días con lentitud, y para Joel era aún increíble comprobar que no había tenido un sueño y que, en verdad, era Samuel Raine con el que compartía habitación. Por su parte, Samuel, hacía cada vez más enemigos con su actitud arrogante y su mirada altanera. Al final todos decidieron mejor ignorarlo y así él fue feliz por un tiempo.
Wilde le hablaba de vez en cuando, intrigado en saber la verdad de su estadía en aquel “resort”, pero no logró sacarle ni una palabra al odioso Samuel. A su vez, el joven de ojos de cielo, se sentía un tanto a gusto que Joel le tratara como lo hacía, aunque siempre le ignorara al final. Y una noche como tantas, la verdad llegó a sus oídos desde el exterior.
En las noticias de la televisión, anunciaron la llegada del nuevo heredero de la Corporación Raine. supieron entonces que ya la empresa no le pertenecía más al hombre que estaba ahí conviviendo con ellos, y que Samuel se convirtió en una persona demasiado normal y corriente, ya no tenía millones, ni razones para ser tan odioso y altivo. Solo Joel entendió que su altanería era por naturaleza, que ni a punto de morir su aire arrogante desaparecería. Y lo compadeció pues él sabía que la vida de Samuel no había sido un jardín de rosas, que su infancia la vivió en un orfanato, luego saltó a una mansión donde lo obligaron a aprender a odiar y que luego de eso, cuando ya la lección estaba aprendida, de nuevo lo despojaban de todo. Pensó que su vida y la de Samuel no eran tan diferentes y por primera vez en todo el tiempo que llevaba de conocerlo, quiso acercársele, quiso hablarle, quiso escuchar más el envolvente tono de su voz.
Ellos habían cursado parte de la primaria y la secundaria juntos, a diferencia de lo que muchos creían, Samuel fue enviado a una escuela pública, por deseo de sus padres adoptivos, sobretodo del hombre, que no lo vio como un hijo jamás. Solo lo recogió de ese sitio de niños abandonados, porque su esposa no pudo darle un heredero. No obstante, no se esperaba que ese niño al que creyó que le hacía un favor, terminara salvando sus empresas, convirtiéndose en uno de los CEO más jóvenes de la historia. Su increíble manera de analizar las cosas, les trajo más riqueza, de las que ahora, era una ironía no le tocara nada a él. Era un prodigio y a los 15 años, hizo su primer gran negocio, que no pudo firmar por sí mismo al ser menor de edad, y de eso se valió el horrible padre, para no dejar que viera ni un centavo de herencia.
Sin embargo, el señor Raine, no le atribuía ningún don, aunque supiera que su inteligencia era superior. Lo odiaba, porque su esposa amó mucho a ese niño, y lo culpaba por la muerte de esta, en un accidente, en el que en realidad nadie tuvo la culpa. El muchacho quedó con una cicatriz en la espalda, recordatorio eterno, del perder una madre postiza.
Pero el señor Peter Raine, había dejado un hijo, uno del que solo se supo de su existencia, cuando el rumor de su enfermedad incurable se hizo inocultable. Sabía que iba a morir y su poder quedaría en manos de Samuel, así que prefería que todos perdieran, antes que ver a su hijo adoptivo en la cabeza de la Corporación. Parecía entonces, que el afecto le estaba prohibido a Samuel Raine. Su apellido no le pudo ser legalmente retirado, pero sí, todos sus sueños a futuro.
—Vaya, así que se quedó pobre, pero ¿no crees que es raro que terminara en un lugar como este? Digo, es verdad que aún es menor, pero yo creo que muchas empresas querrían tenerlo, es un prodigio —comentó un joven amigo de Joel, quien también veía el noticiario.
—Creo que tienes razón, no lo había visto así, pareciera que al tenerlo aquí lo escondieran. Por cierto ¿sabes donde está? —preguntó el joven Wilde a su amigo.
—Pues a regañadientes hoy es su turno de sacar la basura y solo cuando un guardia lo obligó casi arrancándole el cuero cabelludo, él accedió. Será mejor que no se tarde he escuchado rumores por parte de la pandilla de Kyle...
—¿Qué tipo de rumores? —preguntó Joel algo asustado.
—Rumores como que tienen preparado algo muy grande para Samuel. Joel, tú sabes cómo son esos cerdos locos, será mejor que lo prevengas, ya que contigo es el único con el que parece congeniar.
Raine, en la penumbra de la noche, desocupaba cestos de basura, murmurando por lo alto y repartiendo maldiciones a más no poder. Odiaba a todos en ese lugar, pero sabía que debía permanecer paciente, no tenía a dónde más ir, y cualquier movimiento en falso haría que lo alejaran para siempre de su hermanito menor, por el que suplicó piedad. Con el pequeño de 12 años cumplieron y lo enviaron a un internado, y para que eso siguiera sucediendo, debía aguantar en esa inmundicia de sitio. No obstante, el rostro de Joel vino a su memoria. Ese infierno se hacía más llevadero al sentirlo cerca, al escuchar su voz. Verlo dormir en las noches no era tan malo, y las sensaciones en su estómago, variaban sin que él mismo lo entendiera. Pensó incluso, que de salir de ahí, podría darle un trabajo a Wilde, así fuera de guardia de seguridad. Qué alto volaba Raine con sus aspiraciones al salir, y eso estaba muy bien.
Era claro que ignoraba que muchas empresas querían su presencia, deseaban que fuera el CEO, que con sus idea innovadoras los pusiera en la cima del mundo. Pero el plan para su vida, era aún más cruel que solo encerrarlo en ese reformatorio. Tomó una más de las canecas para vaciarla cuando escuchó pasos. Volteó a ver hacia el final del callejón en el que se encontraba y una mala sensación le recorrió la espalda cuando vio varios hombres que le observaban con caras de pocos amigos.
—Así que ahora eres como nosotros, miren niños, una señorita más que fastidiar.
—No me digas, viniste por tu postre hasta este tiradero de basura, come cuanto gustes no vendrán por ella hasta mañana —replicó Samuel, ya bastante contrariado.
—¿Muy gracioso verdad?, ya sabrás tu la delicia que es probar un poco de nosotros.
Mientras que Joel corría por pasillos, asustado de lo que ahora sabía y buscándolo muy afanado, los hombres rodearon a Samuel, pero este parecía presto a defenderse de lo que parecía una pelea. Quería mantenerse lo más sordo y lo más ciego posible a lo que en verdad podrían esos hombres. Uno de ellos tomó una vara de acero y Samuel levantó su brazo que seguramente quedaría fracturado con el tremendo golpe que recibió. Los segundos que Samuel se tomó para coger su propio brazo fueron aprovechados por el jefe de vándalos para tomarlo por la cintura y estrellar su cara en una pared. El hombre entonces borracho de locura, empezó a olfatear la cara del adolorido muchacho .
—Vamos, ahora grita y pide ayuda, no habrá quién te escuche. —Pero al contrario de lo que ese cerdo quería, Samuel sí luchaba pero no gritaba. El brazo le dolía horrores y solo pensaba en que terminarían partiéndoselo. Sin embargo, tuvo que olvidar su brazo, cuando sintió que sus muñecas eran atadas con un cinturón y luego era recargado contra una de las canecas.
—Bueno, ya tus brazos de señorita están atados. Te devolveré la exquisita patada que me diste…
Samuel estaba asqueado con las palabras de ese hombre pero no pudo evitar lo que se vendría, lo poco de dignidad que le quedaba se le estaba acabando. Las patadas se hacían más intensas, las risas más locas, pero en ningún momento dejaría de luchar, y mucho menos dejaría que hicieran con su cuerpo lo que les diera la gana.
—¡Ya déjenlo! —gritó Joel en la entrada del callejón de basura, viendo cómo Samuel era violentado.
—Ah, dejen que el mocoso también lo vea —gritó el grotesco líder. Tomaron a Joel por ambos brazos impidiendo que fuera en ayuda de Samuel. Entre tanto obligaron a Raine a ponerse de rodillas, era claro lo que se vendría. Mas Samuel, sacando fuerzas desde lo más hondo de su ser, logró soltarse del amarre, se levantó en un solo movimiento y lanzó una tremenda patada a la entrepierna del que parecía ser el líder de ese asco de grupo. Luego con la misma pierna enfurecida, pateó de nuevo otras entrepiernas, pero eran muchos, y ya no pudo con todos.
—¡Este maldito aprenderá a tenernos respeto! —gritó uno de los pandilleros, intentado salvar la dignidad de su líder que aún se retorcía de dolor. —¡Te va a doler siempre, estúpido!
Y los golpes iban y venían sobre el cuerpo inmaculado de Samuel, que no sabía ya, como protegerse. Lo único que pudo hacer con lo poco de conciencia que le quedaba, fue agarrarse su cabeza y encogerse todo lo que pudo. Veía y aún escuchaba a Joel suplicar y se preguntaba por qué. Siempre habían sido enemigos, al menos él lo era del chico rubio. Se sintió conmovido por su llanto, nadie había llorado por él, ni siquiera su madre falsa, a pesar de haberlo querido tanto. Y es que antes, no había motivos para que se derramara una lágrima por él.
—¡No por favor, déjenlo! —gritó Joel con todo lo que su voz le permitió, rogando con su ahogada voz, sollozando como un chiquillo. Samuel viró los ojos y lo vio llorando aún más fuerte por él. Joel lo miraba a los ojos con tristeza. Las gotitas de lluvia caían en su cuerpo, haciendo que se combinara con la sangre, y el hilillo de agua se mezclara con el carmesí que brotaba de casi todo su cuerpo, tomando camino directo a un desagüe, así como toda su vida.
—¡Por favor, ya fue suficiente, lo están matando, deténganse por Dios! —gritó aún más el jovencito rubio, que estiraba su manita como queriendo alcanzar la de Samuel —¡Ay, Samuel, Ay, Samuel! —se lamentaba por él. La lluvia comenzaba a arreciar, los hijos del demonio veían a Joel llorar y reían a carcajadas. El dolor que pudiera tener en ese momento Samuel se hizo tan profundo que hubo un momento en el que ya no sentía nada, solo un poco de compasión por Joel.
—¡Qué diablos está pasando ahí! —se escuchó que gritó uno de los guardias, mientras corría al encuentro de todos esos maleantes. Soltaron de golpe a Joel y salieron corriendo, como si de verdad pudieran escapar o esconderse en aquel sitio.
Joel cayó de rodillas, llorando a mares. Gateando, asustado, se acercó al muy roto muchacho, y no solo físicamente. Levantó su mano temblando y la posó sobre la cabeza de cabellos castaños, deseando limpiarle la lluvia cruel que le empapaba las heridas. No soportó verlo así y lo abrazó todo lo fuerte que pudo, intentando protegerlo. Samuel movió un poco sus ojos para ver a Joel, con la expresión de quienes ya no puede sentir. Los guardias que los habían dejado solos, con el propósito de atrapar a los miserables que gozaban del dolor ajeno, avisaron a la enfermería para que llevaran una camilla.
—No mereces esto, Samuel, lo siento por ser solo yo, por no poder protegerte… —y de nuevo, sin dejar de cubrirlo con su propio cuerpo, Joel se soltó en llanto.
—Llora, Wilde, llora mucho, hazlo por mí, llora por mí, ya que yo no puedo hacerlo —susurró apenas respirando el jovencito que un día lo tuvo todo, y ahora solo poseía huesos rotos. No obstante, ese abrazo cálido que lo estaba protegiendo de la lluvia, fue de las cosas más lindas que había sentido en su vida. Su mejilla golpeada rozaba con la de Joel y sentía sus lágrimas cálidas en su rostro. Era bello sentirse querido, amado, tal vez, antes de morir.
***
Fin capítulo 2
Corazones Corrompidos
«El pasado domingo tomó por sorpresa al mundo de las finanzas y del entretenimiento la noticia del matrimonio del joven magnate y presidente de la Corporación Raine; pero no es eso lo que tiene al público en estupor y con la pregunta en la boca, es el hecho que el empresario va a contraer nupcias con el también empresario Joel Wilde, dueño de la flotilla de aviones de carga CND Intercontinental. Hasta el momento llevaron su relación en absoluta discreción, para hacerla saber al mundo el día en que se comprometieron de manera oficial. Se dice entre sus allegados y conocidos, que su noviazgo tiene varios años de existencia y que hasta el momento no han sufrido altibajo alguno por eso han decidido unir sus vidas para siempre. Con esto el señor Raine ha acallado los rumores sobre su inclinación sexual y nos ha hecho saber que no solo está orgulloso de gustar de los hombres sino que se ha enamorado de uno y lo hará su pareja. Los prósperos y futuros esposos esperan realizar su unión en Estados Unidos. Esperamos con ansias ese momento y de antemano les deseamos los mejores éxitos en su vida juntos. Informó para ustedes...»
Las luces de las cámaras fotográficas y de televisión, enfocaba la imagen algo soñolienta de Joel, quien ocultaba sus ojos tras unos lentes color púrpura, acentuando así el tono de su cabello. Sonreía por lo bajo, cosas como salir por televisión o hablar en público ahora lo apenaban muchísimo y prefería alejarse de todo eso.
—Demonios... —refunfuñaba Joel en su automóvil viendo la noticia en su móvil—, no sé por que le hago caso a Raine, odio salir en televisión. —Levantó su muñeca y vio su reloj. —Y para colmo llegaré tarde, hoy no será definitivamente mi día.
Iba muy retrasado para una cita importante en el futuro de su empresa. Había ganado una licitación y ahora se convertiría en el principal transportista de una compañía muy grande. Por alguna razón que desconocía hasta ese momento, el presidente y dueño de la compañía a la que había licitado, se había mostrado reacio a darle una entrevista personal y afinar a su parecer unas estipulaciones del contrato. Por fin entonces ese día tendría la cita con él y no podía desperdiciar la oportunidad no solo de conocerlo sino de librarse de hablar con su molesto representante legal.
Subió volando por el edificio ante la demora del ascensor, y llegó frente a la secretaria de presidencia, agotado, jadeante y un tanto sudoroso.
—¡Señor Wilde ha corrido usted un maratón! —dijo la amable joven riendo un poco.
—¡Santo Dios!, por poco y no llego. Espero que el señor River aún desee verme
—Ah, cuanto lo siento señor Wilde....
—¡No me diga! —interrumpió Joel a la mujer—, se ha ido otra vez.
—No, señor, iba a decir que siento las ocasiones en las que el señor River no ha podido atenderle pero creo se justificará al conocerlo, ahora por supuesto que le espera, puede usted seguir sin problema.
Joel hizo un ademán a la secretaria y entró al recinto del señor River. Escuchaba a lo lejos que este parecía mantener una conversación telefónica, y dio pasos cortos pues no deseaba interrumpirlo. La oficina iniciaba con una pequeña sala de juntas donde al final se apreciaba el cuarto de presidencia. A lo lejos, el joven Wilde vio que él en efecto hablaba por teléfono pero le daba totalmente la espalda con su dominante sillón. Entró por fin entonces el rubio al lugar sin hacer mucho ruido para no molestar. Colgó entonces el señor River pero un inquieto bolígrafo cayó al piso y se dispuso a recogerlo.
—Por favor, señor Wilde, tome asiento mientras yo busco mi bolígrafo. —Joel obedeció y se sentó con una sonrisa en su rostro.
—Señor River no sabe cuanto me alegra... —y se quedó sin habla, en el instante mismo en el que el hombre del sillón dio la vuelta y le vio a la cara. Joel no podía ni pestañear y lo peor de todo era que no parecía sentirse apenado por la forma en que lo veía. Y no era para menos, cualquiera en su sitio se hubiese sorprendido de esa manera al ver el rostro de un hombre cuya mayor parte del lado derecho estaba cubierto por lo que parecía una máscara de fino y brillante metal. Joel abría cada vez más los ojos hasta que por fin pareció reaccionar cuando el hombre viró su mirada.
—¿Le molesta, señor Wilde?, ahora entiende usted por que me veo tan reacio a recibir visitas, debe pensar que soy un excéntrico...
—Para nada, señor River, ¿es usted admirador del Fantasma de la ópera? —El hombre soltó una carcajada, que a lo oídos de Joel, fue más que adorable.
—No, señor Wilde, la verdad es que mi rostro tiene problemas. Problemas irremediables.
—Es una lástima, si se ve tan bello…
Joel no parecía medir sus palabras, que sorprendieron mucho al otro hombre. Pero no era para menos, jamás en su vida Joel Wilde había visto la belleza masculina como en ese sujeto. La máscara antes que quitarle atractivo le daba un toque de misterio absoluto que casi lo excitaba. El señor River no parecía tener más de treinta años, su cabello era castaño cenizo que caía alborotado sobre su frente acentuando más el brillo del metal. La máscara cubría la mitad de su frente desde la raíz del cabello hasta el inicio del tabique, de ahí bajaba haciendo una curva por debajo de su ojo cubriendo la mitad del pómulo y se precipitaba casi hasta la mandíbula cubriendo toda la zona izquierda hasta su oreja. La parte del ojo estaba descubierta y así el color lapislázuli de su mirada, era más incitante, provocadora.
—¿Lo cree usted señor Wilde? —interrumpió el hombre, la larga meditación que el de ojos castaños pareció tener en su rostro.
—Eh... este... perdóneme señor River ¡no sé que estaba pensando para decirle eso! Por favor, espero que no se sienta ofendido con lo que expresé... —le extendió la mano para saludarlo —buenos días, no sabe lo... lo... feliz que me encuentro con que me haya recibido por fin.
El rubio se sonrojó a más no poder, pareció entonces que volvió a ser el de siempre y solo hasta ese momento entendió el alcance de sus palabras, que salieron del estupor y el tanto de excitación que sintió al verlo. No era solo esa máscara, era todo él, sus manos grande y prolijas, sus hombros anchos, su cuello grueso, la profundidad de su voz, su pose de dueño del universo. Ahí deseó en el alma que el piso se abriera y se lo tragara al ser tan estúpidamente imprudente y evidente.
—Es un placer también para mí, señor Wilde. Sé que ha tenido altercados con mi representante legal por algunos porcentajes en los que no está de acuerdo.
—¿Eh? ¡Oh sí, eso! —La verdad Joel estaba demasiado absorto en el sujeto como para coordinar una cosa con otra. En realidad esperaba que el presidente de las industrias River, fuera un hombre viejo y muy molesto, nada lo tenía preparado para lo que vio. —Verá señor River, su representante no quiere ceder al aumento del 10% en los fletes. Los puntos de la licitación eran muy claros y usted ofrecía ese porcentaje, no entiendo por que negarse ahora.
Aquel de la máscara empezó a hablar, y Wilde solo podía ver aquellos labios moverse, a veces relamiéndose, otras, mordiéndose con suavidad. Se perdía en cada movimiento, en su dentadura perfecta, en la sutileza de su respiración. ¿Cómo se sentirían aquellos labios, sobre los suyos?, ¿cómo se sentiría que se ahogara un gemido del señor River en su garganta? Un carraspeo lo sacó del estupor en el estaba.
—Lo lamento señor Wilde, pero me molesta discutir esos asuntos en un lugar como este —Joel hizo un gesto de confusión al no entender sus palabras. —Quizás yo pueda ceder un poco más, e incluso usted, con esas rígida cifras, en medio de una cena. Lo invito esta noche, señor Wilde, si no le molesta por supuesto.
—¿Molestarme?, ¡no! para nada, será un gusto cenar y charlar con usted un poco... —el señor River se paró de su sillón y se dirigió a la ventana para correr la persiana, ahí pudo apreciar mucho más Joel, al esbelto hombre que caminaba entre un pantalón de lino negro que acentuaba su trasero, además de su casi metro ochenta y cinco de estatura.
—¿Le parece bien a las ocho?, le diré a mi secretaria que le dé la dirección.—Joel pareció meditar un instante a lo que el señor River agregó—: Si tiene algún inconveniente, puede llevar también a su prometido, no me molesta para nada.
Joel inclinó el rostro e hizo una pequeña mueca que el señor River no pudo ver, pero que significaba lo fastidioso que era el que todo el mundo supiese que se iba a casar con Raine.
—No, señor River, con gusto iré, me presentaré solo, es mi negocio... no de él.
El hombre sonrió y llamó a su secretaria para que a la salida le diera al joven de cabellos de sol el lugar del restaurante donde se verían esa noche. Se despidió no sin antes echar un último vistazo a ese rostro enigmático que le cautivaba.
Todo el día, lo único que Joel hizo fue rogar por que las horas pasaran deprisa para poder ir a verse con el señor River. Sabía muy internamente que lo que deseaba era sentirlo cerca y a pesar de todo no se sentía mal él mismo. Algo había en ese sujeto que lo atrapó en el instante mismo en que lo vio. Pensó entonces que su excentricidad era lo que había llamado su atención, y necesitaba comprobarlo esa misma noche. Se excusó con su prometido al no acompañarlo a cenar, pero le dijo que necesitaba cerrar ese negocio.
—Y dime Joel, ¿es el anciano que te imaginabas? —preguntó Raine al otro lado del teléfono.
—Pues algo así. Sus cabellos son cenizos. Lamento no acompañarte esta noche, pero te prometo que mañana saldremos, ¿de acuerdo?
—Si no hay más remedio... llámame cuando regreses.
Entonces el lugar y la hora llegaron por fin. Desde hacía años, Joel no se sentía tan nervioso y feliz por algo que no sabía como terminaría. Su vida estuvo llena de altibajos que en verdad se le disolvieron en la mente sin poder ubicarlos con la precisión que deseaba. Desde hacía años, no sentía como dentro de él se despertaba esa especie de instinto que lo hacía sentirse libre y refrescante.
El sitio según sabía era muy lujoso, así que procuró vestirse lo mejor posible, sin llegar a ser demasiado formal. Con una camisa de cuello alto color gris un pantalón negro y un prominente gabán del mismo color se dirigió rumbo a lo desconocido, rumbo a un éxtasis mental. Cuando llegó, se dio cuenta que el lugar estaba cerrado y pensó que había llegado demasiado temprano o que sencillamente lo habían timado. No sucedió nada de lo que creía pues un hombre lo saludó y lo dirigió dentro del restaurante que se encontraba por completo desocupado. En una mesa casi al fondo adornada por una vela, lo esperaba el señor River quien no se había cambiado de ropa y se excusó de esto diciendo que no tuvo mayor tiempo.
—No se preocupe —respondió sonriendo el joven Wilde—. Pero me preguntaba por qué el lugar está vacío.
—Señor Wilde, sabrá usted que muy, pero muy pocas personas me han visto en público y no deseaba que la atención estuviera en mi rostro toda la noche. Por eso reservé todo el lugar para estar solo con usted.
—Vaya, creo que tiene usted razón.
Hablaron en un inicio, trivialidades. Cosas de negocios que a ninguno importaban, mientras tomaban el aperitivo y luego cenaban. A Joel se le olvidó por completo que estaba en ese lugar para concluir los términos de un contrato y nada más. Pero no se podía concentrar en otra cosa que no fuera el magnetismo salvaje de ese hombre que le miraba con su ojo descubierto, con cierta intriga que lo mataba y que estaba por volverlo loco. Supo entonces, que su interior, el que creyó marchito, renacía con el vaivén de los labios de ese hombre.
—Y dígame, señor Wilde, ¿hace cuanto es usted pareja del señor Raine?
Estaba entonces la obligada pregunta para poder clarificar el terreno. Joel se mostró distante al responder que varios años. Seco y sin mayores aclaraciones siguió comiendo, entonces River, entendió que responder no era para su acompañante algo agradable.
—¿Le gustan los juegos de mesa, señor Wilde?
—¡Por supuesto! A veces en el reformatorio en el que estuve, el tiempo lo pasábamos en juegos de ajedrez y damas. Otras pocas en cartas, me gustaban, y alguien, me enseñó a jugarlos muy bien. —La sonrisa propia de los buenos recuerdos, llegó a los labios de Joel. River lo notó y sonrió también.
—¿Le gustaría tener un juego de cartas conmigo, señor Wilde? —La pregunta sacó de su lugar a Joel quien sonrió complacido
—Bien, le advierto señor River, que soy muy bueno.
—Lo recordaré señor Wilde. Pero hagamos esto más interesante. Apostemos algo. Si usted gana haré lo que usted me pida, y si yo ganó, hará lo que yo desee. Por supuesto que esto incluye nuestro contrato.
Joel entonces arqueó una ceja y sonrió. Sabía que tenía muchas posibilidades de ganar así que lo que pediría sería no remover ese 10% por el que estaba peleando. Supuso que si él ganaba pediría lo mismo a su favor, así que pensando en el futuro de su empresa se dispuso a luchar. Pero su excitada imaginación pensaba otra cosa. Si ganaba, hipotéticamente, le pediría al señor River que se quitara la ropa y que se acostara en la mesa totalmente desnudo, y ver cada centímetro de su cuerpo al descubierto. Joel lo imaginaba así, y solo hasta que sintió que venía una erección y que el señor River ya había hecho una jugada, fue que pudo reaccionar.
***
Fin Capítulo 3