Capítulo 3

Los jóvenes al fin ingresaron en la casona, estaban tan comprometidos en tranquilizarse el uno al otro, que no se percataron de la mirada curiosa de Horus, esa joven se le hacía conocida de alguna parte, aunque se le hacía imposible no saber a quién pertenecía tan bella figura, mientras que Geovanni que se encontraba en el otro extremo del jardín, no podía quitar sus ojos verdes con motas negras del redondo y bien formado trasero de la que parecía ser la novia de Pedro.

— Dulce. — la llamo Donato cuando los jóvenes habían llegado al segundo piso.

— Shhh tío, ¿ya hablaste con los demás? ¿nos ayudaran a jugarle una broma a mis examigos? Acabo de hablar con Ale y … Alma y no se dieron cuenta de quien soy, me presente como Selene. — su risa era burbujeante, algo que a Donato le encantaba, su sobrina había nacido con la inteligencia de su madre, Valentina Constantini, pero gracias a sus seis esposos, la joven no era tan estricta como Valentina, sabia cuando divertirse como la joven de 18 años que era, aunque llegado el caso, la frialdad y astucia de la reina de Chicago se reflejaba en ella… la princesa.

— Por supuesto que ya hablé con todos y por muy raro que me parezca están de acuerdo en ayudarlos a engañar a sus hijos, creo que se debe a que te han extrañado. — Dulce sonrió mostrando los dientes, por lo menos los adultos si la habían extrañado, quizás solo necesitaba convivir con todo una vez más, como cuando era una niña, para que todo sea como antes.

— Perfecto….

— Pero deberán compartir habitación y eso es lo que no me convence…

— ¿Por qué tío? — Donato le dio una mirada fugaz a Pedro, quien como siempre se encontraba detrás de Dulce, como si fuera una pared cubriendo a la joven de cualquier ataque sorpresa.

— Pedro, no te enojes, pero eres hombre… — Donato casi se atraganta con sus palabras, al ver como los ojos de Pedro se oscurecían.

— No temas tío, Pedro no te hará nada, solo está enojado por tu falta de confianza en él, ¿verdad? — Pedro asintió con la cabeza, decir que pocos tenían el privilegió de oír su voz, era quedarse corto, pero lo que más le sorprendió a Donato, fue ver como su sobrina conocía al moreno, con solo una mirada y sin palabras. — Tío, sé que estoy a tu cuidado, pero… él es Pedro. — dijo como si aquello explicar todo. — He dormido a su lado ciento de veces, es mi mejor amigo, créeme, así como mi madre y padres confían en él, así confió yo, con mi vida y alma. — Donato quedo en silencio, las palabras de su sobrina lo inquietaron, no por Pedro, sino por ella, no era el hecho de que pusiera su seguridad en manos de Pedro, era el saber que ella estaba dispuesta a ir al cielo o al infierno, si quien cuidara su alma fuera Pedro, ¿su mejor amigo? Se pregunto Donato, mas lo único que hizo fue asentir con su cabeza, dejando en claro de esa forma que podrían compartir habitación.

La joven no se sorprendió ante el lujo de cuarto, pero si se maravilló con la vista, estaba en Italia, en Sicilia, lugar donde habían nacido Greco Jonhson y Marco Constantini, sus bisabuelos, mismo lugar que una vez reinaron sus abuelos adoptivos, Antonella, Fiorella y Franco De Luca.

— ¿En qué piensas princesa? — giro encontrando a Pedro sin camiseta, se estaba preparando para un baño, ver su musculatura no lo sorprendía, tampoco la alteraba, ese efecto solo se lo provocaban sus tatuajes, uno en especial, sobre su corazón, rezaba la frase, PRINCESA.

— No puedo creer que aún no te cubras eso. — dijo la joven y señalo el corazón de Pedro. — ¿Cómo fue que te convencí de tatuarte mi apodo? Mejor aún ¿Por qué me hiciste caso? – indago al tiempo que negaba con la cabeza.

— Si mal no recuerdo, eras una princesa berrinchuda de 13 años, que estaba muy enojada, porque tus seis padres se habían tatuado el rostro de tu madre en sus espaldas, y tu… como eras la princesa querías que alguien se tatuara el tuyo, por suerte este humilde servidor te pudo convencer de solo tatuarme tu apodo. — Dulce rio, como foca, diría su madre, pero eran carcajadas que dejaban en claro la locura que cargaba la joven.

— Tú eras un hombre de 20 años, debiste de negarte. — Pedro solo levanto sus hombros, restando importancia, o quizás… ocultando algo.

— No trates de confundirme, ya no funciona, ¿en qué pensabas? — Dulce vio por el cristal una vez más, disfrutando de los viñedos.

— No puedo creer que estoy en Italia, aquí no solo nacieron los abuelos de mi mamá, estas tierras fueron reinadas por los De Luca. — Pedro sabía que Dulce consideraba realmente sus padres a esos seis hombres, solo ellos, ya que su padre biológico… era mejor no nombrarlo. — El norte de Sicilia era manejado por el clan Berlusconi, el centro por el Rey Franco De Luca y sus dos esposas, Antonella y Fiorella, y el sur era de la sombra de Italia. — relato como si del mejor cuento se tratara, y quizás para la joven era así, ella había crecido escuchando historias de la mafia, de todo el mundo y estaba ansiosa porque alguna vez alguien contara su historia, cuando se haga un lugar en un mundo que desde siempre fue gobernados por hombres. — El tiempo de reinado de Franco estaba llegando a su fin, fue por eso que pensó en cederle su lugar a sus seis hijos, Leonzio, Lupo, Rocco, Ángelo, Salvatore y Ezzio, pero la sombra de Italia temía lo que estos seis nuevos reyes pudieran hacer, por lo que logro derrocar a Franco antes de que cediera su lugar, gracias a la ayuda de la mano diestra de Hades, el Ángel de la muerte dio su favor, y los reyes cayeron, dicen que fueron tiempos difíciles, se debatían en continuar en su amada Italia a riesgo de perder la vida o partir a buscar un nuevo lugar donde reinar, y fue allí, donde escucharon que Chicago era manejado por un solo clan, los Constantini, vieron una oportunidad de encontrar su nuevo sitio en el mundo, creyeron que sería fácil derrotarlos. — Dulce mostraba una amplia sonrisa, sus ojos brillaban, y sus manos divagaban gesticulando, mientras pedro, estaba estático a la orilla de la cama, viendo cada movimiento de su mejor amiga. — Se decían muchas cosas en aquel entonces, pocas podían confirmar, ya que todos les eran leal a los hermanos Constantini, pero llego un día, que al fin la vieron, Ezzio fue el primero en hallarla, una reina, una mujer que no solo los uniría para siempre y dejarían de ser un grupo de primos y hermanos, una mujer que los coronaria definitivamente, LA REINA DE CHICAGO, así la llamaron, sus largas piernas y mirada triste sedujeron sin querer al menor de todos los De Luca, luego, solo basto conque los demás la vieran para enloquecer por ella, a tal punto de dejar todo lo que les quedaba en sus manos, Valentina Constantini se adueñó de su dinero, poder y corazones, y a cambio, ella no solo les dio medio Chicago, también un par de gemelos, Marco y Greco, pero mejor que eso… la que más gano fue la hija de Valentina, la princesa no solo recupero a su madre, sino que ahora tenía seis padres, una enorme familia y el mejor amigo de todo el mundo. — termino de relatar al tiempo que se dejaba caer en las piernas de Pedro y este la tomaba de la cintura para que no cayera al piso. — Y ahora, estoy en Italia con él.

Pedro dejo ver su mejor sonrisa, él era su mejor amigo, mientras Dulce se permitió por un momento bajar la guardia, solo unos segundos dejo de recordar que ese hombre era su mejor amigo, y disfruto de cómo sus grandes manos se aferraban a su pequeña cintura.

Capítulo 4

Dulce termino de arreglarse, el día había sido un poco agotador no solo por el largo viaje, también fue el hecho de tomar una corta siesta al lado de su amigo pedro, si bien como le había informado a su tío Donato, no era la primera vez que dormiría en una misma cama con aquel hombre, sin embargo, algo en ella había cambiado, en sus sentimientos para ser más precisos, quizás se debía al hecho de que ya no era una niña, ya no lo veía como su protector, sino, como lo que era, un hombre, uno que era un deleite para sus ojos y por el cual sus manos picaban por el solo hecho de tocarlo.

— No, ¿en qué piensas Dulce? Dios, él es Pedro, tu amigo, tu mejor amigo… tu único amigo, no cruces esa línea, no lo hagas, porque sabes que te rechazara y ya no lo podrás ver más.

Se repitió frente al espejo la misma frase que se decía cada vez que su confundido corazón le pedía probar los labios de ese hombre con clara descendencia latina.

Decidió que ya era hora de bajar al salón, y no puedo evitar molestarse al descubrir que Pedro ya había bajado sin ella, se suponía que estaban interpretando a una pareja de novios, y aunque nunca había tenido uno, creía tener clara las normas de una relación, por lo menos sus padres siempre esperaban a su madre para ir a cualquier lado, también la ayudaban a cocinar y por supuesto a asesinar, pero claro, ellos eran seis personas que orbitaban al alrededor de una sola, la reina.

— Algún día, algún día seré como tu mamá.

Era su sueño, desde siempre, ver a su madre la llenaba de orgullo, y su corazón se llenaba de regocijo cuando sus padres le decían que era el calco de Valentina, no solo por lo físico, sino por su astucia y por supuesto su gusto por la moda, como ahora, que lucía un vestido negro, que le llegaba dos dedos sobre la rodilla y que gracias a sus tacones daba la sensación de tener piernas largas, aunque la realidad era otra, ya que había heredero la altura de su padre biológico, algo que la molestaba y odiaba que se lo recordaran, Dulce De Luca no soportaba que le hiciera saber que tan “pequeña” era, porque al decirlo, solo podía recordar que el maldito de Gael había contaminado la genética perfecta de su madre.

— Benedetti siano i miei occhi per avermi permesso di vedere tanta belleza. — italiano, por supuesto sabía lo que significaba, pero no podía creer de quien provenía tales palabras.

— Hola, disculpa, pero no sé qué dijiste. — se podría decir que Dulce era una experta en el engaño y la manipulación, era su don, por decirlo de alguna manera, por supuesto que sabía lo que Giovanni le había dicho, mas no lo creía, ese joven la había molestado desde siempre, tonto Koala, era lo que siempre le decía, no podía creer que ahora le estuviera coqueteando.

— Dije, benditos sean mis ojos por permitirme ver tal belleza. — Dulce lo vio con curiosidad, tratando de saber si la está cortejando o solo la había descubierto y quería burlarse de ella.

— En esa caso, benditos sean los míos, por permitirme ver los tuyos, son… raros. — dio un paso más cerca de Gio, sus ojos verdes con motas negras siempre le habían gustado, ahora, no solo tenía ojos únicos, él también era un joven a quien admirar, sin desperdicio alguno.

— Mis ojos no son raros… son únicos Dulce princesa. — ronroneo y Dulce dio un paso atrás, ¿la había descubierto?

— ¿Cómo me llamaste? — cuestiono sorprendida.

— Perdón, pero no se tu nombre aun, solo como Pedro te llama, vi sus redes sociales y en todas ellas te llama Dulce princesa. — solo entonces la joven se relajó, aun podía divertirse sé dijo.

— ¿Sabes que soy su novia y aun así coquetes conmigo? eres un cattivo ragazzo. — dijo al tiempo que una sonrisa sugerente aparecía en sus labios, inquietando aún más a Giovanni, si el trasero de la joven lo había llevado a buscarla entre los pasillos de la inmensa casona, su rostro lo había cautivado por completo, esa joven frente a él era como un veneno, mientras más la observaba más la deseaba, aun sabiendo que sería la causante de su muerte, pues ya una vez había probado la furia de Pedro y eso que solo eran niños, no quería imaginar lo que su primo le haría si osara a probar la boca de su novia.

— ¿No que no sabes italiano? — indago al recordar que lo llamo niño malo.

— Solo algunas palabras ya sabes, lo básico que te enseñan en el instituto. — los ojos de Giovanni se abrieron con espanto.

— ¿Instituto? ¿Cuántos años tienes?

— Tranquilo, soy mayor, acabo de cumplir 18 años.

— No pensé que a Pedro le gustarán tan jóvenes. — Dulce bufo y giro sus ojos.

— Tu eres solo cuatro años mayor que yo. — rebatió y Giovanni la vio con curiosidad.

— ¿Y tú como lo sabes? — Dulce quería golpearse por ser tan impulsiva, casi queda descubierta, pero sabia pensar rápido, por lo que respondió.

— Pedro me hablo de ti.

— No sé qué es más raro, que Pedro hable o que diga algo de mí. — rebatió con burla, activando esa fibra sensible de la joven.

— Pedro habla solo conmigo y sus padres. — dijo quizás más enojada que lo que quería, pero era una rección casi inconsciente, cada vez que alguien mencionaba lo poco dado a hablar del joven. — Y si, habla de ti, me dijo que eres un estúpido, que de niño te divertías molestando a una niña que solo quería ser tu amiga. — había dolor en cada palabra, dolor que Giovanni paso por alto al perderse en sus ojos, almendras, brillantes, con miles de secretos, de esa castaña.

— Sí, ese soy yo, que te puedo decir, lo has dicho tú, soy un niño malo, además esa niña era insoportable, siempre hablaba tanto, creo que por eso Pedro la defendía, uno es casi mudo y la otra una koala charlatana. — Giovanni sin ser consiente se puso él solo la soga al cuello, soga que Dulce pensaba apretar, quien dijo has el amor y no la guerra, no sabía que duele más un corazón roto que un disparo en dicho lugar, ya que, con el disparo, al menos mueres en segundos, pero un corazón roto te hace sangrar por años.

— ¿Y qué tan malo eres? — dijo mientras coloco sus delgadas manos en la solapa del saco del rubio.

— Tendrías que averiguarlo…

Capítulo 5

— Selena, mi nombre es Selena. — respondió dejando que su aliento a fresa chocara con el rostro del italiano, eso tendría que haber encendido las alarmas en Gio, ¿Qué mujer lava sus dientes con pasta de fresa? ¿no es lo que usan los niños? Pero en lugar de provocar inquietud, solo le provoco una erección que se le marco en el pantalón de diseñador. — Mmm, tienes buen gusto para la moda. — continuo Dulce, al verlo tragar grueso por el solo hecho de tenerla a centímetros de su rostro, pero también apreciando la calidad de la tela entre sus dedos.

— Debo, me acabo de recibir de diseñador…

— ¿Eres gay? — pregunto con asombro dando un paso atrás de la sorpresa.

— No, rayos ¿Por qué todos piensan eso? ¿Es tan raro que a un hetero le guste la moda? — tenía razón y ella no podía negarlo.

— Lo siento, ahora si me disculpas, buscare a mi novio. — giro dejando a Giovanni deleitarse con su redondo trasero y como este se mecía de un lado al otro.

La sonrisa de Dulce parecía un sol, saber que podía inquietar a Giovanni de esa forma le gustaba, estaba pensando cual sería la mejor forma de decirle que ella era ese tonto koala que tanto le molestaba, de algo estaba segura, tendría su móvil listo para capturar el rostro de sorpresa del italiano. Aun perdida en su mente, comenzó a bajar las escaleras, cuando vio a un hombre de pie en mitad de camino, con sus ojos color cielo clavados en ella, su tez era bronceada, no tanta como la de Pedro, pero no había duda que en él también había descendencia latina, un moreno de ojos celestes y cabello castaño, con una pequeña y bien cuidada barba, un hombre que la última vez que lo vio tenía 17 años y que fue el responsable no solo de perder a sus amigos, de que su madre y tío se distanciaran por varios años, también de ese accidente que la dejo con secuelas de por vida.

— Horus. — dijo al llegar al mismo escalón donde el hombre aún se mantenía estático, apreciándola de pies a cabeza.

— ¿Pedro te hablo de mí? — fue lo que obtuvo de respuesta, además de una mirada que casi la desnudaba.

— Se supone, me trajo a conocer a su familia. — rebatió con sarcasmo. — Por cierto, sé que te odia y no te soporta, con permiso. — no, no quería saber nada con él, ni siquiera verlo, ya que su mano picaba por buscar un arma y volarle la cabeza.

— Espera. — dijo el castaño tomando su muñeca, para que se detuviera, no podía creer que tan parecida era esa joven a Valentina Constantini, solo sus ojos eran diferentes. — ¿Quién eres? — indago buscando un nombre, un indicio, algo que le asegurara que la culpa que ha sentido desde los 17 años, no lo hubiera vuelto loco.

— Selena, la novia de Pedro. — rebatió zafándose del agarre, con demasiada fuerza, algo que la hizo caer hacia atrás, por suerte, Horus era rápido, tanto como para tomar su cintura y pegarle a él.

— Es peligroso deambular por esta casa sola, estas rodeada de asesinos y mafiosos, supongo que Pedro te lo advirtió al traerte… si fueras mía, no te dejaría sola. — podía sentir el calor del mayor traspasar su ropa, aunque más la inquieto la humedad que se filtraba entre sus piernas al escuchar la voz seductora de Horus sobre su oído.

— ¿Y quién dijo que no me gusta el peligro? — Horus podía ver en esos ojos almendras que la joven no hablaba por hablar, ese brillo altanero y desafiante solo lo había visto en una persona, Valentina Constantini.

— ¿Quiénes son tus padres? — dijo mientras la liberaba, no estaba acostumbrado a no saber algo, él era Horus Bach, ante la ley era el hijo de Lucero Bach y Eros Zabet, futuro heredero de la familia más poderosa del continente americano y quizás del mundo entero. Pero más lo inquietaba el hecho de que estaba tratando de seducir a una mujer que acababa de conocer, algo que nunca le sucedió, jamás alguien había despertado su interés a tal punto, más teniendo en cuanta que era la novia de su primo, uno que no le hablaba y que mucho menos lo veía, como había dicho la joven Pedro lo odiaba.

— ¿Eres un clasista de mierda? ¿temes que Pedro traiga a tu familia alguien que no esté a su nivel?

— Eso lo puedo deducir por tu ropa pequeña, tienes dinero y de sobra. — dijo viendo que las joyas de la joven a pesar de ser pocas eran de la producción exclusiva de Diamnons, compañía que manejaba su padre Eros Zabet.

— En esa caso… deberás tratarme dulcemente si quieres saber más de mí, tendrás que tomarte el tiempo y la dedicación de pulirme como a una joya, sé que sabes hacerlo, desnuda mi alma y sabrás mis secretos. — Dulce sonrió con malicia, nunca creyó que podría provocar a un hombre de 30 años, pero lo podía ver en los ojos de Horus, lo había hechizado.

La Dulce princesa

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