Los aplausos aún retumbaban en sus oídos cuando Mía sintió cómo el peso del vestido la encadenaba a esa mentira brillante. Era tan hermoso como una trampa: cada capa de encaje, cada perla cosida a mano, cada puntada estaba hecha para sostener una ilusión. Y ella era la pieza más frágil de todas.
Las luces del salón la cegaban por momentos. La enorme lámpara de araña derramaba destellos dorados sobre las mesas, las copas tintineaban, los invitados se apiñaban para admirar a la pareja perfecta. Todos reían, cuchicheaban, lanzaban miradas envidiosas. Nadie veía el leve temblor en los dedos de Mía, ni la gota de sudor que amenazaba con despegar la diminuta prótesis de silicona que llevaba pegada a la línea de la mandíbula. Una pieza tan pequeña, apenas un molde que afinaba el contorno de su mentón, que le estrechaba el rostro para convertirla en Lara Salazar.
Era su escudo y su condena: si la tocaban demasiado, si la besaban donde no debían, si sudaba demasiado... todo se vendría abajo.
-¿Lista? -la voz de Héctor llegó a su oído como un golpe seco.
Él estaba a su lado, imponente, con ese traje negro perfectamente entallado. Tenía la postura de alguien que controla una habitación entera con solo mover un dedo. Extendió su mano hacia ella, esperando que cumpliera su papel. Mía respiró hondo, ajustó el velo para cubrir la raíz de la peluca y colocó su mano sobre la de él.
La orquesta comenzó a tocar un vals solemne. Los acordes se elevaron hasta el techo abovedado, rebotaron en los muros de mármol y volvieron cargados de expectación. Era el momento que todos esperaban: la novia radiante, el esposo impecable, el primer baile que sellaba una unión bendecida por el dinero y las apariencias.
-No tiembles -murmuró Héctor mientras posaba su otra mano firme en la curva de su cintura. El calor de su palma atravesó capas de satén y encaje. -Pareces... nerviosa.
-Es la emoción -mintió ella, en un susurro que esperaba sonara convincente.
Héctor arqueó apenas una ceja. La giró con un movimiento preciso y elegante. Mía sintió cómo los focos seguían cada paso, cada pestañeo, cada grieta diminuta en su actuación. Por dentro, rogaba que la prótesis siguiera en su sitio. Que la línea que la convertía en Lara no se derritiera con el calor de los reflectores.
-Te ves... distinta -soltó él de pronto, tan bajo que la música casi devoró sus palabras.
Un frío le recorrió la espalda.
-¿Distinta? -repitió Mía, obligándose a sostener la sonrisa. El barniz de la máscara no debía cuartearse. -Debes estar cansado.
Héctor no respondió de inmediato. La música parecía ralentizarse mientras la giraba, la atraía de nuevo hacia su pecho. Su perfume -una mezcla de cedro, menta y algo oscuro- le mareaba la cabeza.
-Estás... más suave -murmuró, rozando su oído con los labios. -Lara nunca deja de morder.
Mía reprimió un escalofrío. No muerdas, no contestes, no te traiciones.
-Hoy es un día especial -improvisó, dibujando una sonrisa ensayada frente a los flashes que chisporroteaban a su alrededor-. Hoy soy toda dulzura.
Él soltó una risa breve, seca, que murió antes de llegarle a los ojos. Sus dedos se clavaron un poco más en su cintura, como recordándole quién tenía el control.
La orquesta subió el tono, obligándolos a girar una vez más. Cada paso era una trampa: si tropezaba, si el velo se desplazaba, si alguien la rozaba demasiado ... adiós a todo. Pensó en su hermana esperándola lejos, en el dinero prometido, en la promesa de volver a ser nadie. Solo dos días. Dos días más.
Cuando la música murió, los aplausos la sacudieron como una ola. Héctor la soltó despacio, sin dejar de mirarla. Ella intentó no parpadear demasiado rápido, no bajar la mirada. Lara no se doblega.
Los invitados se arremolinaron a su alrededor como abejas. Tías perfumadas de flores marchitas, primos ansiosos de fotos, políticos con sonrisas de mármol. Todos querían un fragmento de la novia perfecta. Mía cedía una mejilla, una sonrisa, un "gracias" calculado. Mientras, sentía la peluca tirar de su cuero cabelludo y el borde de la prótesis rozar la piel ya irritada.
En medio de ese torbellino, Héctor se perdió entre un par de socios, pero sus ojos la encontraron desde lejos. La observaba. Nunca dejaba de observarla. Como si oliera algo podrido tras el velo blanco.
Entonces, una copa de champán apareció entre sus manos. La burbuja perfecta. El mozo se inclinó, deseándole felicidad. Mía la sostuvo, insegura. El frío del cristal se clavó en su palma húmeda.
Héctor regresó. A un paso de distancia, levantó su propia copa y la chocó con la de ella. El sonido fue limpio, casi frágil.
-No bebas demasiado esta noche -dijo él, sin apartar la mirada.
Mía forzó una carcajada leve. El borde de la copa rozó sus labios, pero no bebió.
-No bebo -respondió, automática, sin pensar.
Un silencio seco, tan fino que casi dolía, se extendió entre ellos.
Héctor ladeó la cabeza. Sus ojos, tan oscuros como un pozo sin fondo, la taladraron.
-¿No bebes? -repitió, como quien confirma un rumor ridículo.
Fue entonces cuando Mía sintió que el suelo se abría bajo sus pies. En su mente, imágenes: Lara brindando en fiestas, sosteniendo copas de vino tinto, riendo con la copa a medio vaciar. Un fallo estúpido, uno que ninguna capa de silicona podía cubrir.
-No... mucho -corrigió ella, tragando saliva-. Hoy solo quiero recordarlo todo.
Héctor no respondió. Solo rozó el borde de su copa con la yema del dedo, como acariciando la idea de descubrir qué había detrás de su nueva esposa.
El brindis terminó sin que ella probara una gota. Cuando Héctor se alejó para saludar a un grupo de inversores, Mía sintió cómo la copa temblaba entre sus manos. Se giró, buscando un rincón donde respirar.
Se apoyó contra una columna, escondida del bullicio. Sentía la piel arder bajo la prótesis, la raíz de la peluca picarle detrás de la oreja. No podía rascarse. No podía beber. No podía tropezar.
Dos días. Solo dos.
Pero cuando levantó la vista, allí estaba él de nuevo. De pie, medio oculto tras la penumbra, observándola como un halcón paciente. La copa aún en la mano, los labios tensos en una sonrisa que no era una sonrisa.
Era la promesa de que, tarde o temprano, alguien pagaría por cada mentira.
La habitación del hotel parecía un santuario de lujo, pero para Mía era una celda disfrazada. Las cortinas de terciopelo burdeos apenas dejaban pasar la luz de la tarde, creando un juego de sombras que se deslizaban por las paredes tapizadas. El silencio era un manto pesado que amplificaba cada latido de su corazón y el roce constante del vestido contra su piel, sensible y tensa, era molesto.
El aire olía a jazmín y a madera vieja, un contraste extraño con la modernidad fría del mobiliario. Mía se dejó caer en el sillón frente al ventanal, observando sus dedos tamborileando nerviosos sobre el reposabrazos de cuero. Afuera, la ciudad vibraba con indiferencia, sus luces parpadeando como pequeñas estrellas sin alma, ajenas a las mentiras que se tejían dentro de ese cuarto.
El anillo que aún llevaba en el dedo brillaba tenuemente bajo la luz, una joya que no le pertenecía, símbolo de un pacto sellado con secretos y miedo. Cada vez que lo miraba, sentía una punzada de culpa y ansiedad, como si la piedra preciosa retuviera la esencia de la verdadera Lara Salazar y la mirara acusadora.
Flashback:
Lara apretó los puños, su rebeldía aún encendida como una llama que se negaba a apagarse. No quería rendirse, no quería esconderse detrás de una mentira, pero el peligro era real y latente, demasiado cerca para ignorarlo.
-No hay otra opción -dijo con voz áspera, mientras sus ojos oscuros buscaban en los de Mía una chispa de esperanza-. Solo dos días. La boda y la luna de miel. Después de eso, todo volverá a la normalidad.
Mía asintió, comprendiendo el peso que llevaba esa decisión. No era solo un trabajo, era la última carta que Lara podía jugar para salvar lo que amaba.
-Lo haremos bien -susurró Mía-. Juntas.
Pero en el fondo, Lara odiaba cada segundo de esa mentira que se avecinaba.
La puerta se abrió suavemente y una brisa fresca coló su aroma por el cuarto, mezclándose con el sudor frío que le humedecía la nuca a Mía. Héctor había salido a atender una llamada urgente, uno de esos malos hábitos que tenía desde siempre y que a Lara le hacía hervir la sangre. Él no podía desconectarse del trabajo, ni por un instante, ni siquiera en la luna de miel. Pero Mía, con su paciencia y comprensión, lo aceptaba sin reproches, o al menos eso fingía.
Ella se levantó, sus pasos apenas hacían ruido en la alfombra aterciopelada. Se acercó al ventanal, apoyó las manos contra el vidrio frío y miró la ciudad que se extendía hasta el horizonte, un mar de luces y sombras. Se preguntó cuánto tiempo más podría sostener aquella mentira, cuánto más soportaría el peso de una vida ajena.
Flashback:
Lara no recordaba exactamente cuándo comenzó a desvanecerse. Tal vez fue esa noche en la que Héctor la miró con ojos que ya no la veían, o el día en que recibió el ultimátum, una llamada cargada de amenazas que apretaba como un lazo invisible en torno a su cuello.
"Si quieres salvar lo que queda de tu vida, confía en mí", había dicho la voz al otro lado del teléfono, fría y calculadora.
Mía Castellanos no era solo una actriz cualquiera; era su último recurso, la única salida que podía comprar tiempo y esperanza.
En la habitación, Mía sentía la irritación creciente bajo la prótesis de silicona. El adhesivo comenzaba a ceder con el calor y el sudor, y cada movimiento la hacía consciente del peligro latente. Era como llevar una máscara de cristal, preciosa pero frágil, que podría romperse con el roce más leve.
Se llevó una mano al rostro, tocando el borde donde la prótesis terminaba y su piel real comenzaba. El roce áspero le provocó un escalofrío. Sabía que, en cualquier momento, ese velo podría caer.
La puerta se abrió y Héctor entró, con esa sombra de sonrisa que no alcanzaba a sus ojos. Se movía con la seguridad de quien domina el mundo, pero había en él una tensión invisible, una sospecha que no podía ocultar.
-¿Te encuentras bien? -preguntó, pero la frase sonó más como una prueba que una verdadera preocupación.
Mía forzó una sonrisa y asintió. -Perfectamente. Solo cansada de tanto protocolo.
Él no parecía convencido, pero no insistió. Se acercó, apoyó una mano firme en su cintura y le susurró al oído:
-Recuerda que hoy la perfección no es opcional.
Flashback:
La noche antes de firmar el contrato, Lara lloró por primera vez en meses. No por miedo, sino por rabia, por la humillación de tener que ceder su propia vida.
-Prométeme que nadie sufrirá por esto -susurró, con la voz rota, mientras sus manos temblaban en las de Mía.
La actriz la miró con ternura y determinación. -Te lo prometo. No dejaré que esta mentira destruya más de lo que ya lo ha hecho.
Pero ambas sabían que el precio sería alto y que las heridas no cerrarían fácilmente.
En la penumbra de la habitación, Mía se miró en el espejo grande y antiguo que colgaba de la pared. La mujer que reflejaba no era ella, ni tampoco Lara. Era un híbrido, una amalgama rota de dos vidas que nunca podrían fusionarse por completo.
Sintió la mirada invisible de Héctor clavada en ella, un halcón paciente que esperaba el más mínimo desliz para atacar. Y mientras la ciudad seguía su curso indiferente, la mentira continuaba tejiéndose con cada suspiro, cada gesto ensayado, cada palabra medida.