Capítulo 2

Las palabras de Leonid Volkov quedaron suspendidas en el aire helado del despacho, pesadas y definitivas como la caída de una guillotina.

«A ti. Quiero treinta días de tu vida».

Mia dejó de respirar. El silencio en la inmensa habitación de mármol y caoba se volvió absoluto, roto únicamente por el martilleo ensordecedor de su propio pulso en sus oídos. Sus ojos, muy abiertos por el terror y la incredulidad, buscaron algún rastro de burla en el rostro del jefe de la Bratva, alguna señal de que todo esto era una macabra prueba de lealtad para su hermano. Pero en el azul glacial de la mirada de Leonid no había humor, ni piedad, ni vacilación. Solo existía la oscura y absoluta certeza de un hombre que siempre obtenía exactamente lo que exigía.

El calor de los dedos de él, que aún sostenían su mandíbula con una firmeza inquebrantable, contrastaba con el frío paralizante que invadía el cuerpo de la joven.

-No puedes hablar en serio -susurró Mia, su voz temblando hasta el punto de casi romperse-. Esto no es la Edad Media. No puedes... no puedes comprar a una persona.

Leonid soltó su rostro con una lentitud deliberada, dejando que la yema de su pulgar rozara el labio inferior de ella en una caricia que pareció quemarle la piel. Retrocedió medio paso, la distancia justa para permitirle a Mia respirar, pero no la suficiente para que dejara de sentirse completamente acorralada por su imponente presencia.

-¿Comprar? -La voz de Leonid era un ronroneo bajo y peligroso-. No te estoy comprando, Míshka. Tu hermano ya te vendió en el momento en que decidió meter la mano en mis cuentas. Yo solo estoy formalizando la transferencia de bienes.

Con un movimiento fluido y carente de prisa, Leonid regresó detrás de su imponente escritorio de caoba. Abrió uno de los cajones con una llave dorada y extrajo una pesada carpeta de cuero negro. La arrojó sobre la superficie pulida. El impacto produjo un sonido seco que hizo saltar a Mia en su lugar.

-Acércate -ordenó él.

Mia dudó. Sus piernas se sentían como plomo, ancladas a las baldosas de mármol. El instinto de supervivencia le gritaba que diera media vuelta y corriera hacia los ascensores, pero la imagen mental del rostro ensangrentado de Julian parpadeó en su mente, anclándola a su condena. Tragó el nudo de lágrimas amargas que amenazaba con asfixiarla y obligó a sus pies a moverse hacia adelante, hasta quedar frente al escritorio.

Leonid abrió la carpeta. Dentro, iluminado por la luz tenue y sofisticada del despacho, descansaba un documento impreso en un papel grueso y amarillento. No era un borrador improvisado; era un contrato real, detallado, redactado con una precisión legal y perversa que helaba la sangre.

-Léelo -dijo Leonid, recostándose en su sillón de cuero y cruzando las manos sobre su regazo. Su postura era la de un rey observando a un prisionero suplicar por su vida-. O, si prefieres ahorrar tiempo, te resumiré las tres cláusulas principales que gobernarán tu existencia durante los próximos treinta días.

Mia bajó la mirada hacia las letras impresas. Su nombre completo, Mia Rossi, estaba mecanografiado en la primera línea. Él ya lo tenía preparado. Leonid Volkov había sabido que ella vendría a suplicar, y había orquestado cada segundo de este encuentro. La bilis le subió por la garganta ante la magnitud de la manipulación.

-Cláusula número uno: El Despojo -La voz de barítono de Leonid llenó el silencio, resonando en el pecho de Mia-. A partir del momento en que tu firma toque este papel, renuncias al derecho de cubrir tu propio cuerpo bajo tus propios términos.

Mia levantó la cabeza de golpe, con los ojos ardiendo de indignación y pánico.

-¿Qué significa eso?

-Significa exactamente lo que escuchas -respondió él, su mirada recorriendo el modesto y recatado abrigo de Mia con un desdén calculador-. Toda la ropa con la que entraste a este edificio será incinerada. Tu vestuario será provisto exclusivamente por mí. Consistirá únicamente en lo que me plazca verte usar, sea seda, encajes transparentes, o absolutamente nada. Si ordeno que camines por mis pasillos privados desnuda, lo harás con la cabeza en alto. Tu vergüenza ya no te pertenece.

Un rubor violento y caliente se apoderó de las mejillas de Mia. La imagen mental de estar completamente expuesta ante esos ojos fríos y calculadores la hizo cruzar los brazos sobre su pecho, un acto reflejo de protección que hizo que la comisura de los labios de Leonid se curvara ligeramente, complacido por su terror.

-Estás enfermo -escupió ella, el odio logrando atravesar momentáneamente el velo del miedo.

-Cláusula número dos: Disponibilidad Absoluta -continuó Leonid, ignorando su insulto con la tranquilidad de quien no le teme a un insecto-. Durante las setecientas veinte horas que durará tu estancia, mi tiempo es tu única religión. No tienes horarios de sueño, no tienes privacidad, no tienes voluntad. Si me despierto a las tres de la madrugada con la necesidad de sentir tu boca, tu única respuesta será arrodillarte. Si estoy en medio de una reunión de negocios en este mismo despacho y deseo que estés debajo de mi escritorio en absoluto silencio, obedecerás.

Leonid se inclinó hacia adelante, apoyando los antebrazos sobre la mesa. La distancia entre ellos volvió a acortarse, y la intensidad letal de su aura pareció devorar el oxígeno.

-Y la cláusula tres -susurró él, bajando el tono de voz hasta convertirlo en una promesa oscura e íntima-. La regla del espejo.

-No... -jadeó Mia, sacudiendo la cabeza lentamente, las lágrimas finalmente desbordando y trazando caminos calientes por sus mejillas.

-En mi mundo, la desobediencia se castiga con sangre -explicó Leonid, poniéndose de pie de nuevo. Rodeó el escritorio lentamente, sus pasos silenciosos acechándola-. Pero en mi casa, tus faltas se castigarán de una forma mucho más profunda. No voy a golpearte, Mia. Voy a sobreestimularte. Si me desafías, te ataré y te llevaré al borde del clímax una y otra vez, utilizando hielo, cuero o mis propias manos, y te negaré el alivio hasta que llores suplicando que te deje terminar.

Se detuvo justo detrás de ella. Mia sintió el calor inmenso de su pecho contra su espalda, aunque él no llegó a tocarla. La proximidad la hizo temblar de pies a cabeza. Un escalofrío que no era solo terror, sino una respuesta biológica traicionera, recorrió su columna vertebral. Su cuerpo, sin su permiso, reconoció al depredador alfa y respondió con una sensibilidad exacerbada.

-Y cuando lo haga -susurró Leonid al oído de ella, su aliento acariciando el lóbulo de su oreja-, habrá un espejo frente a ti. Para que no puedas cerrar los ojos. Para que tengas que mirar tu propio rostro descompuesto por el deseo y asimiles que, por mucho que me odies en tu mente, tu cuerpo será mi esclavo más fiel.

El silencio volvió a caer sobre ellos, espeso, cargado de una tensión eléctrica y enferma.

Leonid regresó a su silla, sacó una estilográfica de oro del bolsillo interior de su saco y la dejó sobre el documento. La pluma metálica tintineó contra la madera.

-Tienes dos opciones, Mia -La frialdad absoluta regresó a su rostro, cerrando la puerta a cualquier atisbo de humanidad-. Toma la pluma, firma la última página y acepta tus treinta días en el infierno. O date la vuelta, toma el ascensor, y te garantizo que antes de que llegues a la planta baja, uno de mis hombres le enviará a tu querido hermano un mensaje directo al cerebro en forma de bala.

El mundo entero pareció reducirse a ese pedazo de papel amarillento y a la pluma de oro.

Mia respiró entrecortadamente. Cerró los ojos, intentando visualizar una salida, una estrategia, un rescate. Pero no había nada. No había caballeros de armadura brillante en su mundo. Solo existía la mafia, la deuda y este monstruo de traje gris que la miraba como si ya hubiera devorado su alma.

«Perdóname, mamá. Perdóname», pensó Mia.

Lentamente, con las manos temblando tan violentamente que apenas podía coordinar sus movimientos, extendió el brazo. Sus dedos rozaron el metal frío de la estilográfica. Pesaba muchísimo, más que cualquier objeto que hubiera levantado en su vida, porque contenía el peso de su propia libertad.

Agarró la pluma. Abrió la carpeta hasta la última página, donde una línea negra esperaba su rendición.

No volvió a mirar a Leonid Volkov. Sabía que, si miraba esos ojos azules de nuevo, se desmayaría de terror. Presionó la punta de oro contra el papel, la tinta negra fluyendo como la sangre que estaba evitando derramar, y trazó su nombre.

Mia Rossi.

Cuando levantó la pluma, el sonido de la respiración de Leonid pareció cambiar en el ambiente. Un cambio imperceptible, pero definitivo. La tensión en el aire no desapareció, sino que se transmutó, volviéndose más densa, más oscura, más hambrienta.

Leonid tomó la carpeta y la cerró con un chasquido.

-Excelente decisión -dijo él, su voz vibrando con una satisfacción depredadora-. El contrato está sellado.

Presionó un botón en el intercomunicador de su escritorio.

-Tráiganlo -ordenó en ruso al aparato. Luego, levantó la mirada hacia Mia, y una sonrisa letal se dibujó en sus labios-. El tiempo empieza a correr, Míshka. Bienvenida a tu jaula.

Capítulo 3

La tinta negra sobre el papel grueso parecía palpitar, como si hubiese absorbido el pulso errático y desesperado de Mia. Mia Rossi. Su nombre. Su condena. Las letras se difuminaron ligeramente bajo el rastro de una lágrima solitaria que no pudo contener y que cayó justo sobre el trazo final de la «i».

Leonid observó la gota de agua salada manchar el documento con una fascinación oscura. No se movió para consolarla; en su mundo, el miedo no era algo que se mitigara, era algo que se consumía. Con una lentitud exasperante, deslizó la carpeta hacia sí mismo, cerrándola con un chasquido sordo que resonó en el despacho como el cierre de un ataúd.

El eco de la orden que él había dado por el intercomunicador -«Tráiganlo»- aún flotaba en el aire gélido, mezclándose con el aroma a cedro y poder absoluto. Mia retrocedió un paso, alejándose del escritorio como si la madera estuviera al rojo vivo. Sus rodillas temblaban con tal violencia que tuvo que clavar las uñas en las palmas de sus manos para mantenerse en pie.

No tuvo que esperar mucho.

El pesado repiqueteo de pasos arrastrados resonó en el pasillo exterior. Las monumentales puertas de roble oscuro se abrieron de golpe, empujadas por los mismos dos mastodontes trajeados que la habían escoltado a ella minutos antes. Entre ellos, sostenido casi en el aire por los brazos, colgaba la figura rota de un hombre.

-¡Julian! -El grito desgarrador brotó del fondo de la garganta de Mia.

Se abalanzó hacia adelante, olvidando por un instante dónde estaba y con quién estaba. Los guardias soltaron a su hermano, dejándolo caer como un saco de escombros sobre el inmaculado mármol negro. Mia cayó de rodillas a su lado, ignorando el dolor del impacto contra la piedra fría.

El aspecto de Julian era una pesadilla viviente. El rostro que una vez había sido apuesto y arrogante estaba ahora hinchado y deformado por los golpes. Su labio inferior estaba partido, manchando de rojo oscuro la barbilla y el cuello de su camisa, que alguna vez había sido blanca y ahora era un mapa de sangre seca y sudor rancio. Tenía un ojo completamente cerrado por un hematoma violáceo y respiraba con un silbido húmedo que delataba, al menos, un par de costillas rotas.

Apestaba a miedo, a cobre y a encierro.

-Julian... por Dios, mírame -sollozó Mia, acunando el rostro de su hermano con manos temblorosas. Sus dedos se mancharon de su sangre-. Estoy aquí. Ya pasó.

Julian tosió, escupiendo un coágulo rojo sobre el mármol, y parpadeó con su único ojo útil. Su mirada, nublada por el dolor y la desorientación, tardó unos segundos en enfocar el rostro de su hermana. Cuando lo hizo, un pánico renovado, mucho más profundo que el dolor físico, distorsionó sus facciones.

-¿Mia? -jadeó él, su voz era un crujido áspero-. No... ¿qué haces tú aquí? ¡Vete! ¡Tienes que irte de aquí!

Julian intentó empujarla con brazos débiles, mirando con terror puro por encima del hombro de la joven, hacia la figura inmóvil que observaba la escena desde la sombra de su escritorio. Leonid Volkov los miraba con la misma expresión de desinterés con la que uno miraría a dos insectos debatiéndose en el suelo. No había placer sádico en su rostro; solo una frialdad absoluta, lo que lo hacía mil veces más aterrador.

-Ya no importa, Julian -susurró ella, intentando forzar una sonrisa valiente que se rompió antes de formarse. Acarició el cabello apelmazado de su hermano-. Vas a irte. Ellos te van a dejar salir ahora. Estás libre.

Julian se paralizó. Su respiración sibilante se detuvo por un segundo mientras su cerebro procesaba las palabras de su hermana menor. Sus ojos bajaron de su rostro empapado en lágrimas hacia el inmenso despacho, y finalmente se clavaron en la inmaculada figura del líder de la Bratva.

-No... -El susurro de Julian fue un gemido ahogado-. Mia, ¿qué hiciste? ¿Qué le prometiste?

-He saldado tu deuda -La voz que respondió no fue la de Mia, sino la de Leonid.

El barítono del ruso cortó el aire como un cuchillo de carnicero. Se alejó del escritorio con pasos silenciosos y felinos. Sus zapatos de diseñador no hacían ruido contra el mármol, pero su presencia pesaba como toneladas de acero. Se detuvo a un metro de ellos. Desde esa perspectiva, arrodillada en el suelo con la sangre de su hermano en las manos, Mia se sintió más pequeña e insignificante que nunca.

Leonid miró a Julian con una repulsión gélida.

-Tu vida no valía los dos millones que me robaste, basura -dijo Leonid, cada palabra destilando un desprecio letal-. Iba a despellejarte vivo esta noche y enviar tus restos a los buitres del puerto. Pero resulta que tu hermana posee un activo que me interesa mucho más que tu miserable existencia.

Julian intentó levantarse, la furia de la humillación inyectando una última y patética chispa de adrenalina en su cuerpo destrozado.

-¡Hijo de perra! -escupió el hombre, logrando ponerse sobre una rodilla y alzando un puño-. ¡No la toques! ¡Te mataré si le pones una mano enci...!

Antes de que Mia pudiera gritar, antes de que Julian pudiera siquiera equilibrarse, Leonid se movió. Fue una ráfaga de violencia pura y elegante. El jefe de la Bratva no utilizó los puños. Simplemente levantó una pierna y conectó una patada brutal, fría y calculada, directamente en el pecho de Julian.

El crujido de las costillas resonó en todo el despacho. Julian salió despedido hacia atrás, deslizándose por el mármol hasta chocar contra las pesadas puertas. Quedó tendido en el suelo, tosiendo sangre, incapaz de respirar.

-¡No! -gritó Mia, intentando correr hacia él, pero una mano gigantesca y firme atrapó su brazo izquierdo.

El agarre de Leonid era como un grillete de acero fundido. La detuvo en seco, tirando de ella hacia atrás hasta que la espalda de Mia chocó contra el pecho sólido y cálido del ruso. Ella forcejeó, pateando y sollozando, pero él ni siquiera se inmutó ante sus esfuerzos. La inmovilizó con una facilidad que la hizo sentir humillada.

-Levántenlo -ordenó Leonid a sus hombres, sin soltar a la chica que se retorcía contra él-. Sáquenlo de mi vista. Tírenlo en un callejón cualquiera.

Los dos mastodontes agarraron a Julian por las axilas, levantándolo en vilo. Julian apenas estaba consciente, sus ojos rodando hacia atrás, pero logró enfocar a Mia por última vez.

-Julian, escúchame -gritó Mia, dejando de forcejear. Las lágrimas corrían libres por su rostro, pero su voz adquirió una fuerza desesperada-. ¡No vuelvas! ¡Prométeme que no intentarás buscarme! ¡Vete lejos, huye! ¡Si vuelves, todo esto no habrá servido de nada!

Su hermano intentó balbucear su nombre, pero los guardias ya lo estaban arrastrando hacia el pasillo oscuro.

Leonid, aún sosteniéndola, levantó la barbilla ligeramente y asintió a los hombres.

Los guardias dieron un paso atrás, llevando a Julian consigo, y agarraron los enormes tiradores de bronce. Las puertas de roble macizo comenzaron a cerrarse lentamente, reduciendo el campo de visión de Mia a una franja cada vez más estrecha del rostro ensangrentado de su hermano.

Bam.

El impacto de las puertas al cerrarse sonó como el disparo de un cañón en el estómago de Mia. El eco rebotó contra los altos techos, contra los ventanales y contra las paredes llenas de libros, hasta extinguirse en un silencio absoluto y asfixiante.

Se habían cerrado. Estaban cerradas.

Julian se había ido. Y ella estaba sola.

Completamente sola.

De repente, la inmensidad del despacho pareció encogerse. El oxígeno se volvió escaso. Mia se quedó inmóvil, mirando la madera lisa de las puertas, esperando estúpidamente que se volvieran a abrir, que alguien entrara riendo y dijera que todo era una broma de mal gusto. Pero lo único real era la mano que aún sostenía su brazo, quemando su piel a través de la tela del abrigo.

Leonid no la soltó. Por el contrario, deslizó su otra mano por la cintura de Mia, atrayéndola aún más contra su cuerpo. La diferencia de tamaño era abrumadora. Mia podía sentir el latido rítmico y tranquilo del corazón del monstruo contra sus omóplatos, una calma que resultaba infinitamente más aterradora que la ira.

-Se acabó el tiempo de llorar por los muertos, Míshka -susurró él, bajando el rostro hasta enterrarlo en el hueco del cuello de ella. Inspiró profundamente, como si estuviera memorizando su aroma de terror y vainilla-. El contrato ha comenzado.

Mia cerró los ojos, un gemido de derrota escapando de sus labios temblorosos.

Con un movimiento brusco pero preciso, Leonid la hizo girar sobre sus talones. Mia quedó frente a frente con él, atrapada entre su cuerpo y la inmensidad de la jaula de cristal en la que se acababa de encerrar. Sus ojos azules brillaban con una intensidad oscura, desprovistos de su característica frialdad; ahora, estaban encendidos con el fuego de la posesión.

-Cláusula número uno -recordó Leonid, su voz vibrando con una autoridad que no admitía réplica. Llevó sus manos a las solapas del modesto abrigo negro de Mia-. El despojo. Quítate esto. Ahora.

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