POV Amelia Ávila:
El lujoso cuero del asiento del coche se sentía extraño bajo mi piel mientras mi chofer, un hombre estoico que Benedicto había enviado, recorría las familiares calles de Polanco en la Ciudad de México. Mi mente repetía las palabras displicentes de Gabe, su traición casual. El recuerdo era un dolor sordo, un latido constante detrás de mis ojos. Pero bajo el dolor, una nueva emoción echaba raíces: una resolución de hielo.
Había pasado el vuelo practicando mi compostura. Cada respiración era un esfuerzo consciente para evitar que mi voz temblara, para alisar las líneas de dolor de mi rostro. Tenía que parecer distante, inquebrantable. Esto ya no se trataba de él. Se trataba de mí.
Cuando el coche se detuvo frente al familiar edificio de AG Diseños, mi estómago se revolvió. Nuestro edificio. Mi edificio, tanto como el suyo. El nombre, "Ávila-Gabe Diseños", brillaba en neón sobre la entrada, un cruel recordatorio de las vidas entrelazadas que habíamos construido. Empujé la pesada puerta de cristal, el zumbido familiar de la oficina un eco distante.
La recepcionista, una joven llamada Brenda, levantó la vista, con los ojos muy abiertos por la sorpresa.
—¿Licenciada Ávila? Regresó antes.
Ofrecí una sonrisa tensa y educada.
—Solo unas cosas que aclarar, Brenda.
Mi voz era uniforme, no delataba nada.
Caminé directamente a la oficina de Gabe, el centro de nuestro universo compartido. La puerta estaba entreabierta. Una ola de nerviosismo, o quizás de asco, me invadió. La empujé para abrirla del todo.
La escena en el interior era exactamente como la había imaginado: Gabe, recostado en su costosa silla ergonómica, con una expresión de suficiencia en el rostro. Y allí, posada en el borde de su escritorio, estaba Cortney. Su cabello rubio, usualmente peinado meticulosamente, estaba ligeramente despeinado, sus mejillas sonrojadas. Sostenía un documento blanco e impecable, agitándolo juguetonamente. Entrecerré los ojos. Sin duda era el acta de matrimonio.
La mirada de Cortney se encontró con la mía. Sus ojos, usualmente grandes e inocentes, ahora tenían un destello de triunfo, una satisfacción engreída que me heló la sangre. No se inmutó. En cambio, una sonrisa lenta y depredadora se extendió por su rostro.
—¡Amelia! —canturreó Cortney, su voz empalagosamente dulce. Prácticamente saltó hacia mí, extendiendo el papel—. ¡Mira! ¡Gabe y yo nos casamos! ¿No es maravilloso?
Enfatizó la palabra "casamos" con una dulzura venenosa, sus ojos desafiándome a reaccionar.
Gabe, sobresaltado por el movimiento repentino de Cortney, levantó la vista. Sus ojos, usualmente tan seguros, brillaron con algo parecido al pánico. Mi aparición repentina claramente lo había tomado por sorpresa. Tragó saliva, su fachada cuidadosamente construida resquebrajándose momentáneamente. Pero tan rápido como apareció, el pánico se desvaneció, reemplazado por su arrogancia habitual, teñida de molestia.
—¿Amelia? ¿Qué haces aquí?
Su tono era cortante, impaciente, como si yo fuera una distracción inoportuna. Ni siquiera se molestó en ocultar la irritación en su voz.
—Pensé que te tomarías unos días extra.
Una risa amarga burbujeó en mi garganta. Qué descaro. Se había casado casualmente con otra persona y luego esperaba que yo me hubiera ido, fuera de su vista, fuera de su mente. La ironía era un puñetazo en el estómago. Siete años. Siete años de mi vida, mi talento, mi lealtad inquebrantable.
Cerré los ojos por una fracción de segundo, respirando profundamente, tratando de calmar la tormenta que rugía dentro de mí. Pensé en la prestigiosa beca del Tec de Monterrey que había rechazado para ayudarlo a construir esta firma. Pensé en las innumerables noches en vela, los sacrificios, las veces que había puesto sus sueños por encima de los míos. "AG Diseños". Ávila-Gabe. Mi apellido, la mitad de la marca. Mi visión, la mitad de los cimientos.
Me había prometido el mundo. Un futuro compartido, una familia, un hogar lleno de risas y amor. Me había prometido una boda grandiosa, una celebración de nuestra unión, un futuro juntos. Cada promesa, cada sueño compartido, ahora se sentía como una broma cruel.
Mi mano buscó en mi bolso. Saqué la pequeña caja de terciopelo que contenía las argollas personalizadas. Los ojos de Gabe, fijos en Cortney momentos antes, ahora se abrieron con confusión, luego con alarma.
—¿Qué es eso? —preguntó, un toque de inquietud finalmente colándose en su voz.
Abrí la caja. Las argollas entrelazadas brillaron bajo las luces de la oficina, un símbolo crudo de un amor que había creído inquebrantable.
—Esto —dije, mi voz clara y firme—, se suponía que era nuestro futuro.
Extendí la caja, ofreciéndosela, no con una oferta de amor, sino con un acto de ruptura.
—Considéralas devueltas.
Gabe miró las argollas, luego a mí, con el ceño fruncido por la incredulidad.
—Amelia, ¿qué mosca te picó?
Miró a Cortney, luego de nuevo a mí, un destello de sospecha en sus ojos.
—¿De verdad vas a hacer una escena por una apuesta estúpida?
Cortney, siempre la oportunista, se acercó a Gabe, colocando una mano en su brazo. Me pestañeó, una mirada calculada de preocupación en su rostro.
—Amelia, querida, no seas tonta. Solo fue un poco de diversión. Gabe te ama, por supuesto.
Sus palabras eran sacarina, cargadas de triunfo.
La miré a ella, luego de nuevo a Gabe. Su rostro era una máscara de molestia, no de arrepentimiento. Mi amor no era "tonto". Mis siete años no eran "diversión". La profundidad de su desprecio, la crueldad casual de su desdén, lo cristalizó todo. La pequeña chispa de desafío de la noche anterior ahora rugía en un infierno abrasador.
Mis dedos fueron a mi celular. Tecleé rápidamente, sin apartar la vista de Gabe. Redacté un correo electrónico corto y conciso. "A quien corresponda en AG Diseños", comencé, "Por favor, acepten este correo como mi renuncia formal a mi puesto de Arquitecta en Jefe y Cofundadora, con efecto inmediato". Adjunté una carta más detallada, ya preparada. Con un toque final y decisivo, lo envié.
Los ojos de Gabe, atraídos por la pantalla, me vieron enviar el correo. Su mandíbula cayó.
—Amelia, ¿qué has hecho?
Su voz era baja, peligrosa.
Un dolor agudo, casi físico, me atravesó el pecho. No por amor, no por tristeza, sino por la ruptura brutal de algo que había sido mi mundo entero. AG Diseños. Era más que una empresa; era la manifestación física de mis sueños, mi trabajo duro, mi propia identidad. Había vertido mi alma en cada plano, cada presentación a clientes, cada noche en vela. Recordé los días incipientes, el departamento apretado que usábamos como oficina, la esperanza desesperada en nuestros ojos. Recordé cuando Gabe estaba deprimido, cuando pensó que lo había perdido todo, y fui yo quien lo sacó adelante, quien creyó en nosotros. Me había prometido un futuro, y yo lo había construido con él, ladrillo a ladrillo doloroso.
Ahora, en el precipicio de nuestro mayor éxito, con una oferta pública inicial en el horizonte, lo había cambiado todo por una "apuesta estúpida" y una becaria. Mi apellido, Ávila, grabado para siempre en el orgulloso título de la empresa, era ahora un monumento a su traición. La ironía era un sabor amargo en mi boca.
—Me he liberado, Gabe —dije, mi voz apenas un susurro, pero resonaba con una fuerza recién descubierta—. Y a partir de este momento, tú y yo no somos más que extraños.
Me di la vuelta, dejando la caja de terciopelo y las argollas en el escritorio de Gabe como una reliquia olvidada. El dolor era inmenso, un dolor sordo que amenazaba con consumirme. Pero era un dolor que yo había elegido. Un dolor que forjaría un nuevo camino.
POV Amelia Ávila:
Cortney Sims. El nombre ahora sabía a ceniza en mi boca. Cuando se unió por primera vez a AG Diseños como becaria de Gabe, parecía bastante inofensiva. Joven, entusiasta, con ojos grandes e inocentes que ocultaban a la víbora que llevaba dentro. No le había prestado atención, demasiado segura en mi relación de siete años con Gabe, demasiado ocupada construyendo nuestro imperio. Creía que nuestro amor era una fortaleza impenetrable, un vínculo forjado en sueños compartidos e innumerables sacrificios. Qué tonta había sido. El amor, como todo lo demás, está sujeto a la entropía. Se deteriora si no se nutre, si se da por sentado. Y Gabe, mi Gabe, lo había dado todo por sentado.
Recordaba los primeros días, cuando él trabajaba hasta tarde, consumido por su pasión por la arquitectura. A menudo le preparaba la cena, algo simple pero nutritivo, y luego se la llevaba a la oficina. Era mi pequeña forma de nutrir no solo a él, sino a nosotros.
Una noche, hace unos seis meses, el recuerdo era una herida fresca, el aroma de la pasta enfriándose aún vívido. Había llegado al edificio de AG Diseños, las luces de la ciudad comenzando a brillar a mi alrededor. Mi corazón estaba ligero. Le llevaba a Gabe su lasaña favorita. Al acercarme a su oficina, una risa suave y melódica se filtró desde detrás de la puerta ligeramente entreabierta. La risa de Cortney. Era ligera, etérea, absolutamente encantadora.
Mi sonrisa, ya en su lugar para Gabe, vaciló. Me detuve, una extraña premonición retorciéndose en mis entrañas. ¿Qué era tan gracioso? Empujé la puerta solo una rendija.
La vista que me recibió me congeló en el sitio. Cortney estaba sentada en el borde del escritorio de Gabe, con un pequeño recipiente de comida para llevar en la mano. Sostenía un tenedor, dándole de comer juguetonamente a Gabe un trozo de sushi. Él se reclinó, sus ojos brillando, aceptando el bocado con una sonrisa que nunca antes le había visto. No era solo una sonrisa; era una mirada llena de una ternura, una suavidad profunda que hizo que mi estómago se contrajera. Una ternura que reservaba para mí, pensé. Pero no. Se la estaba dando a ella.
Mi mundo se inclinó. La lasaña en mis manos de repente se sintió pesada, fría. Mi corazón se contrajo, un dolor agudo y abrasador. Me quedé allí, clavada en el suelo, viéndolo devorar el sushi, viéndolo mirarla con esa expresión. Un grito silencioso me desgarró, pero ningún sonido escapó de mis labios.
Cerré la puerta en silencio, mis manos temblando tan violentamente que casi se me cae la comida. Me alejé, la lasaña enfriándose con cada paso, al igual que mi corazón. Me quedé afuera bajo la lluvia torrencial, la comida olvidada, su calor filtrándose en el recipiente de cartón, enfriándose, enfriándose, enfriándose.
Más tarde esa noche, volví. La lluvia había cesado. Entré en su oficina, los restos de la comida de Cortney todavía en su escritorio.
—¿Amelia? ¿Qué pasa? —preguntó Gabe, fingiendo preocupación, su voz teñida de molestia—. Estás empapada. ¿Olvidaste tu paraguas otra vez? A veces eres tan torpe.
No preguntó por qué volví. No preguntó si había visto algo. Solo se quejó.
—Sabes, Amelia, a veces eres un poco… encimosa —dijo, frotándose las sienes—. Necesito espacio para trabajar. Tienes que entender eso.
Encimosa. La palabra resonó en mi corazón vacío.
Después de eso, las pequeñas traiciones comenzaron a acumularse. Pequeñas cosas. Cortney ofreciéndose a quedarse hasta tarde con él, "para ayudar". Gabe siempre aceptando. Cortney sugiriendo ideas de diseño que yo había propuesto meses atrás, pero ahora, viniendo de ella, eran "brillantes". Gabe ignorando mis sutiles advertencias sobre la ambición de Cortney, su falta de límites. Incluso asignó una parte significativa de nuestro presupuesto de marketing a una frívola campaña en redes sociales que Cortney había diseñado, una campaña que al final arrojó resultados mínimos, solo porque ella "tenía una gran visión".
Traté de ignorarlo. Traté de convencerme de que Gabe solo estaba ocupado, que estaba ciego a sus manipulaciones. Pero una sospecha corrosiva comenzó a devorarme. Una noche, incapaz de soportarlo más, lo confronté, su oficina todavía oliendo débilmente a su perfume barato.
—Gabe —dije, mi voz temblando a pesar de mis mejores esfuerzos por mantenerla firme—. ¿Estás enamorado de Cortney?
Golpeó la mano sobre el escritorio, el ruido repentino me hizo saltar.
—¿Qué clase de pregunta ridícula es esa, Amelia? —espetó, su rostro contorsionado por la ira—. ¿Estás loca? ¿Por qué siempre estás tan paranoica?
No titubeó. Ni siquiera parpadeó. Sus ojos, usualmente tan expresivos, estaban fríos, duros y desprovistos de culpa. Solo impaciencia. Solo molestia. Me hizo sentir como si yo fuera el problema, como si yo fuera la loca. Me quedé allí, sin palabras, la acusación pesando en el aire, sofocándome. El hombre que amaba, el hombre al que le había dado todo, se había convertido en un extraño. Un extraño cruel e indiferente.