Damián me arrastró de vuelta a la mansión sin decir una palabra. La fuerza con la que me sujetaba el brazo me dejó un moretón que florecía en tonos morados y azules. Cuando llegamos, me empujó dentro de mi habitación, un anexo lujoso pero aislado de la casa principal.
"No salgas de aquí hasta que yo te lo diga", ordenó, su voz era un látigo.
Cerró la puerta con un portazo que hizo temblar las paredes. Me deslicé por la puerta hasta el suelo, el dolor en el brazo era agudo, pero el dolor en mi alma era un abismo sin fondo. Intenté llamar a la puerta, pedir un poco de hielo, pero nadie respondió. Los sirvientes tenían órdenes claras de ignorarme. Estaba sola, prisionera en una jaula de oro, con mi dolor como única compañía. El agotamiento emocional y el dolor físico se fusionaron, y la oscuridad me reclamó.
Desperté horas después, desorientada y con la boca seca. La luz del sol se filtraba por las cortinas gruesas. Me levanté con dificultad y cojeando, me asomé por la ventana. La escena que vi me partió el corazón en dos, a pesar de que ya lo esperaba.
En el jardín, Damián estaba sentado junto a Sofía en una banca. Ella se quejaba de un ligero dolor de cabeza, probablemente por el champán de la noche anterior. Él la escuchaba con una ternura infinita, acariciando su sien con la punta de sus dedos, como si fuera la cosa más frágil y preciosa del mundo. Le hablaba en susurros, su rostro lleno de una preocupación que yo jamás había recibido de él, ni siquiera cuando me desmayé de agotamiento después de un ensayo de dieciséis horas.
Pude oír fragmentos de su conversación. "No fue nada, Sofi", le decía Damián, restando importancia a su millonaria donación. "Mi familia tenía algo de dinero extra y el teatro lo necesitaba. No tienes que agradecerme". Mentía para no abrumarla, para que su regalo pareciera un gesto casual y no el acto de devoción monumental que realmente era.
Entonces Sofía, con su timing perfecto, mencionó mi nombre. "¿Y Elian? Parecía molesta anoche. Y Damián, la sujetabas con mucha fuerza. ¿Está bien?" Su voz era pura miel envenenada, una falsa preocupación diseñada para pintarme como un problema.
La respuesta de Damián fue un golpe directo a mi pecho. Se rio, un sonido seco y despectivo. "Olvídala. Siempre está haciendo drama para llamar la atención. Seguramente está durmiendo la mona".
Me aparté de la ventana, sintiendo náuseas. Cada palabra, cada gesto, era una confirmación. Yo era una molestia. Un drama. Un cero a la izquierda en su ecuación de amor perfecto. Me miré en el espejo. Vi a una extraña con los ojos hinchados y un moretón feo en el brazo. La Elian que lo amaba incondicionalmente, la que justificaba su frialdad y esperaba sus migajas de atención, había muerto anoche en el suelo de ese teatro. La que quedaba era una mujer que había visto la cruda verdad de su papel en este guion. Y ya no estaba dispuesta a interpretarlo.
Mi amor por él, que antes era un océano, ahora era un desierto. Había dado todo, mi cuerpo, mi alma, mi carrera, mi lealtad, y a cambio recibí desprecio. La balanza era tan desigual que era ridícula. Ya no más.
Mi reflexión fue interrumpida por un nuevo acto en el jardín. Sofía mencionó con un puchero que se le antojaba un pastel de una pastelería exclusiva al otro lado de la ciudad. Sin dudarlo un segundo, Damián sacó su teléfono. "No te muevas, mandaré a alguien ahora mismo. Lo tendrás aquí en menos de una hora".
Cualquier capricho de ella era una orden para él. Cualquier necesidad mía era un drama. La claridad era tan dolorosa como liberadora.
Más tarde, él entró a mi habitación sin tocar. No me miró el brazo herido. No preguntó cómo estaba. "¿Ya se te pasó el berrinche?", preguntó, su voz cargada de fastidio.
"Sí", respondí, mi voz era un témpano de hielo. "Se me pasó".
Él frunció el ceño, desconcertado por mi calma. Esperaba lágrimas, acusaciones. "Bien. Porque no tengo tiempo para tus niñerías".
"Lo sé. Tienes cosas más importantes que hacer", dije, mirando hacia la ventana, hacia el jardín donde él había estado con Sofía.
Hubo un largo silencio. La desconexión entre nosotros era un cañón vasto e insalvable. Él no entendía mi cambio, y a mí ya no me importaba que lo entendiera.
"Como sea", dijo finalmente, incómodo. Se dio la vuelta para irse.
"Damián", lo llamé.
Él se detuvo en la puerta, sin voltear.
"Se acabó", dije en voz baja, pero con una firmeza que lo hizo tensarse. "Lo que sea que fuera esto, se acabó".
No respondió. Simplemente salió y cerró la puerta detrás de él. No con un portazo, esta vez. Con un clic suave y definitivo. El sonido de un punto final. Y por primera vez en mucho tiempo, respiré. Un suspiro tembloroso, cargado de dolor, pero también de una extraña y frágil libertad. Sabía que el camino para salir de aquí sería difícil, pero ya había dado el primer paso. Había aceptado el final. Ahora solo tenía que caminar hacia la salida.