Cecilia no se movió.
La orden de marcharse había quedado flotando en el aire viciado de la bodega, una sentencia definitiva lanzada por un hombre que parecía acostumbrado a que su palabra fuera el final de cualquier discusión. Pero Tomás Guerra no conocía a Cecilia. No sabía que su carrera se había construido sobre la base de decir "no" a hombres poderosos que creían saber más que ella sobre lo que tenían en la copa. No sabía que, bajo la seda de su blusa y la fragilidad aparente de su silueta, había una columna vertebral forjada en la disciplina de quien ha tenido que probar su valía mil veces.
Tomás ya le había dado la espalda, retomando su tarea inútil con la llave inglesa, golpeando un perno oxidado con una violencia que parecía más terapia que mecánica.
-El contrato de consultoría fue firmado por su abogado hace tres semanas, señor Guerra -dijo Cecilia. Su voz no tembló. Resonó limpia y fría contra las paredes de piedra-. Incluye una cláusula de penalización por cancelación anticipada que, a juzgar por el estado de sus techos, dudo que quiera pagar.
El ruido metálico cesó de golpe. El silencio regresó, más pesado que antes.
Tomás giró la cabeza lentamente, mirándola por encima del hombro. Sus ojos oscuros se entrecerraron, reevaluando la amenaza. Ya no veía a una turista perdida; veía a un problema burocrático.
-Mi abogado es un optimista -gruñó Tomás, girándose completamente y limpiándose las manos llenas de grasa en un trapo que colgaba de su cinturón-. Cree que esto se puede salvar. Yo soy realista.
-Usted no es realista -replicó ella, dando un paso hacia adelante, invadiendo la zona de confort que él había delimitado-. Es un hombre que ha dejado que la podredumbre noble se convierta en podredumbre gris. Hay una diferencia. Una se puede vinificar; la otra es basura.
Fue un golpe bajo, técnico y preciso. Vio cómo la mandíbula de Tomás se tensaba bajo la barba descuidada. Por un segundo, pensó que la echaría físicamente de allí. Pero él simplemente soltó un bufido de desdén.
-Haga lo que quiera -dijo, tirando el trapo sobre la mesa-. Pasee, mire, escriba su informe. Pero no espere que le sirva el té. Y no toque nada que parezca que se va a romper, lo cual incluye el noventa por ciento de este lugar.
Sin decir más, Tomás pasó por su lado como si ella fuera una columna más de la estructura, y salió hacia la luz cegadora de la tarde, dejándola sola en la penumbra.
Cecilia soltó el aire que había estado conteniendo. Sus manos, ahora sí, temblaban ligeramente. No por miedo, sino por la adrenalina del enfrentamiento. Miró a su alrededor. La bodega era un cementerio de intenciones. Tanques de acero inoxidable vacíos y sin brillo, mangueras enrolladas malamente en el suelo como serpientes muertas. Pero la estructura... la estructura tenía "huesos". Los arcos eran sólidos, la temperatura natural era buena. Había potencial, enterrado bajo capas de apatía.
Salió de la bodega, entrecerrando los ojos ante el sol de las tres de la tarde. El calor era sofocante, seco, implacable. Tomás había desaparecido, probablemente refugiado en la casa principal o en algún rincón del campo.
Cecilia caminó hacia su coche, abrió el maletero y sacó unas botas de trabajo que había comprado apresuradamente antes de salir de la ciudad. Se quitó los mocasines italianos allí mismo, sobre la grava, y se calzó las botas. Se sentían extrañas, pesadas y toscas, pero le daban una sensación de anclaje. Se quitó el blazer, quedando en una camisa blanca de lino, y se adentró en las hileras de vides.
El viñedo estaba sufriendo. Lo podía oír en el crujido de las hojas secas bajo sus pies. Caminó por el callejón central, tocando las plantas. La mayoría presentaba un estrés hídrico severo. Las hojas basales estaban amarillas, sacrificadas por la planta para intentar salvar los frutos.
Se detuvo frente a una cepa de Malbec. Los racimos eran pequeños, los granos irregulares. Arrancó una uva y se la llevó a la boca. La piel era gruesa, casi correosa, defensiva. Mordió. La acidez fue punzante, agresiva, pero debajo de eso... debajo de la falta de agua y el cuidado, había una concentración de fruta negra explosiva.
-No estás muerta -susurró Cecilia, escupiendo las semillas en su mano-. Solo estás furiosa.
-Cuidado con las serpientes, señorita. Les gusta la sombra de las cepas viejas.
Cecilia dio un salto, girándose bruscamente.
Un hombre mayor, de piel curtida como el cuero viejo y con un sombrero de paja deshilachado, la observaba desde la hilera contigua. Se apoyaba en una pala con la tranquilidad de quien tiene todo el tiempo del mundo. Sus ojos, rodeados de una red infinita de arrugas, eran amables, contrastando radicalmente con la mirada de su patrón.
-Rogelio -se presentó el hombre, tocándose el borde del sombrero-. Soy el capataz. O lo que queda de uno. Usted debe ser la experta de la ciudad.
-Cecilia -corrigió ella, recuperando la compostura-. Y no soy de la ciudad, al menos no hoy. ¿Usted es el único que trabaja aquí?
Rogelio asintió, mirando el horizonte de viñas descuidadas con una mezcla de cariño y resignación.
-El patrón y yo. A veces vienen jornaleros por día si hay dinero, pero últimamente... -dejó la frase en el aire-. El dinero escasea tanto como la lluvia.
-El señor Guerra dice que el viñedo está muerto -dijo Cecilia, probando el terreno.
-El patrón dice muchas cosas desde que la señora Elena se fue -dijo Rogelio en voz baja, como si pronunciar ese nombre pudiera invocar una tormenta-. El dolor le ciega, señorita. Él ve muerte porque es lo único que lleva dentro. Pero la tierra... la tierra es terca. Como él.
Cecilia miró la uva que aún tenía en la mano.
-¿Dónde puedo quedarme? -preguntó, decidiendo ignorar por el momento la historia de Elena, aunque archivó el dato mentalmente-. No vi hoteles en los últimos cuarenta kilómetros y dudo que el señor Guerra me ofrezca la habitación de invitados.
Rogelio sonrió, mostrando unos dientes manchados de tabaco.
-La casa grande está cerrada para todos, incluso para él a veces. Pero está la "Casita de Piedra". Era la antigua casa de los guardeses, al final de la propiedad, cerca del arroyo seco. No es el Ritz, pero tiene techo y una cama.
-Me sirve -dijo Cecilia.
La "Casita de Piedra" era, siendo generosos, una ruina habitable. Una construcción pequeña de una sola habitación, con paredes de piedra gruesa y un techo de vigas de madera que olía a humo y lavanda seca. Había una cama de hierro con un colchón que parecía una loma geográfica, una mesa de pino y una pequeña cocina de gas.
Cecilia pasó las siguientes cuatro horas limpiando. Fue una limpieza furiosa, física. Barrió nidos de arañas, fregó el suelo de baldosas rojas hasta que el agua del cubo salió negra, y sacudió las sábanas viejas que encontró en un armario hasta que sus brazos dolieron.
No pensó en el vino. No pensó en su divorcio. No pensó en su reputación. Solo pensó en polvo y agua.
Cuando cayó la noche, el viñedo se transformó. El calor brutal del día se evaporó, dejando paso a un frío seco y penetrante que bajaba de las montañas. El silencio era absoluto, una manta pesada que cubría el valle.
Cecilia se sentó en el pequeño porche de la casita, envuelta en un chal, bebiendo una botella de agua tibia. No había comido nada desde el almuerzo ligero en la carretera, pero su estómago estaba cerrado. Miró hacia la casa principal, a unos quinientos metros de distancia. Solo había una luz encendida, en la planta baja. Una luz amarilla, solitaria, como un faro en un mar de oscuridad.
Se preguntó qué estaría haciendo Tomás Guerra. ¿Bebiendo? ¿Lamentándose? ¿O simplemente existiendo, esperando que el tiempo pasara lo suficientemente rápido para llevarse todo por delante?
El insomnio, su viejo compañero de cama, la empujó a caminar.
Tomó una linterna que había encontrado en la cocina y salió. La grava crujía bajo sus botas. La luna estaba en cuarto menguante, ofreciendo poca luz, por lo que las hileras de viñas parecían espectros retorcidos alzando sus brazos al cielo.
Sin un rumbo fijo, sus pies la llevaron de vuelta hacia la bodega grande. La estructura se alzaba imponente contra el cielo estrellado. Cecilia se detuvo. No tenía intención de entrar, pero algo llamó su atención.
Un zumbido.
Era un sonido bajo, constante, casi imperceptible si no se prestaba atención. Un zumbido eléctrico.
Cecilia frunció el ceño. Tomás le había dicho que la bodega estaba inoperativa, que las máquinas estaban paradas. "Muerto", había dicho.
Se acercó a la pared lateral de la bodega. El zumbido se hizo más claro. Sonaba como un compresor de aire acondicionado industrial, pero uno moderno, eficiente, no la maquinaria vieja que había visto antes.
Rodeó el edificio, guiada por la curiosidad y el sonido. En la parte trasera, oculta por unos arbustos de romero gigantescos que habían crecido salvajemente, encontró una puerta pequeña de metal. No era de madera vieja como las demás. Era una puerta de seguridad, moderna, con un panel digital apagado pero funcional.
El zumbido venía de detrás de esa puerta.
Cecilia acercó la mano al metal. Estaba frío. Helado. Mientras que el resto de la bodega conservaba el calor residual del día en sus piedras, esa puerta estaba refrigerada activamente.
Alguien estaba manteniendo algo a una temperatura muy específica ahí dentro.
Apagó su linterna instintivamente al escuchar el sonido de la grava siendo aplastada al otro lado del edificio. Pasos. Pesados y lentos.
Se agachó detrás de los arbustos de romero, el aroma intenso de la hierba llenando su nariz. Se asomó entre las ramas.
Tomás Guerra apareció doblando la esquina. Llevaba una linterna en una mano y un manojo de llaves en la otra. No parecía borracho ni desolado. Parecía alerta. Se detuvo frente a la puerta de metal, miró a su alrededor hacia la oscuridad del viñedo -su mirada pasó peligrosamente cerca de donde Cecilia se escondía- y luego insertó una llave física en la cerradura, ignorando el panel digital.
Abrió la puerta.
Una luz azulada, tenue y clínica, se derramó desde el interior hacia la noche. Cecilia contuvo la respiración. Antes de que Tomás entrara y cerrara la puerta tras de sí, ella pudo vislumbrar el interior por una fracción de segundo.
No había polvo allí. El suelo brillaba, impoluto. Y al fondo, alineadas como soldados en formación perfecta, había una sola fila de barricas. Pero no eran barricas normales. Eran barricas nuevas, de un roble tan claro que casi parecía blanco, marcadas con una tiza roja que brillaba bajo la luz artificial.
Tomás entró y la puerta se cerró con un clic hermético, tragándose el zumbido y la luz.
Cecilia se quedó sola en la oscuridad, con el corazón latiéndole en la garganta. Rogelio le había dicho que Tomás había dejado de producir, que vivía en el pasado. Tomás le había dicho que el viñedo estaba muerto.
Ambos mentían.
Allí dentro, en el secreto de la noche, Tomás Guerra estaba criando algo. Y a juzgar por el celo con el que lo escondía, era algo mucho más valioso, o peligroso, que un simple vino.
El amanecer en el Viñedo San Miguel no fue un despertar suave. Fue una invasión. El sol no salió tímidamente; estalló sobre la cordillera, inundando la "Casita de Piedra" con una luz blanca e implacable que se coló por las rendijas de las contraventanas de madera.
Cecilia abrió los ojos, sintiendo cada resorte del viejo colchón marcado en su espalda. Su cuerpo, acostumbrado a las sábanas de hilo egipcio y a colchones con memoria, protestaba en silencio. Se quedó unos segundos mirando las vigas del techo, desorientada, hasta que el olor a polvo y lavanda seca le devolvió la memoria.
No estaba en su ático. No tenía una reunión de directorio a las nueve. Tenía un misterio refrigerado a quinientos metros y un dueño hostil que probablemente esperaba que ella ya hubiera hecho las maletas.
Se levantó y se preparó con la eficiencia militar que regía su vida. Como no había agua caliente, se duchó con el chorro helado que salía de la tubería oxidada, jadeando mientras el agua fría despertaba cada terminación nerviosa de su piel. Se vistió con ropa de trabajo: pantalones de lona beige, una camisa de algodón grueso y las botas nuevas que ya empezaban a acumular una fina capa de polvo rojizo. Se recogió el cabello en una coleta tirante. No se maquilló, salvo por una capa de protector solar.
Al salir, el aire de la mañana era engañosamente fresco. Caminó hacia la casa principal. No había rastro de Tomás, pero la puerta de la bodega grande estaba abierta de par en par.
Cecilia entró, sus ojos buscando instintivamente la puerta de metal del fondo, oculta tras los arbustos. Desde su posición actual, era invisible. La bodega olía a café recién hecho, un aroma rico y oscuro que contrastaba con el olor a humedad del día anterior.
Tomás estaba allí, de pie junto a la mesa de trabajo, revisando unos papeles arrugados con el ceño fruncido. Tenía una taza de peltre en la mano y las mismas ojeras profundas. Al verla entrar, no hubo sorpresa en su rostro, solo una resignación cansada.
-Sigues aquí -dijo, sin levantar la vista del papel.
-El contrato es por tres meses, Tomás. Ya lo hablamos -respondió ella, acercándose a la mesa. Notó que ocultaba sutilmente el documento bajo una revista de maquinaria agrícola-. Buenos días.
Él gruñó algo ininteligible y tomó un sorbo de café.
-No tengo tiempo para visitas guiadas hoy, señorita Martínez. Tengo una bomba de riego que reparar en el sector norte y...
-No necesito una visita guiada -le interrumpió ella con calma-. Necesito una pala, un barreno para muestras de suelo y un mapa catastral de la propiedad.
Tomás levantó la vista lentamente. Por primera vez, hubo un destello de curiosidad genuina en sus ojos opacos, aunque rápidamente lo disfrazó de burla.
-¿Vas a hacer jardinería?
-Voy a hacer calicatas -dijo ella, usando el término técnico para los pozos de exploración de suelo-. Si voy a salvar este viñedo, necesito saber qué hay debajo. No me importa lo que dicen los papeles de hace veinte años. Necesito saber cómo está el suelo hoy. La compactación, la salinidad, la actividad microbiológica.
Tomás soltó una risa corta.
-El suelo es piedra y arcilla, Cecilia. Siempre lo ha sido. No necesitas romperte las uñas para saber eso.
-Déjeme preocuparme por mis uñas. ¿Dónde están las herramientas?
Tomás la sostuvo la mirada un momento más, evaluándola. Probablemente pensaba que duraría una hora bajo el sol antes de rendirse. Finalmente, señaló con la cabeza hacia un rincón oscuro de la bodega.
-Ahí está el equipo. El mapa está en la pared de la oficina, si es que las termitas no se lo han comido. Si te da una insolación, grita fuerte. Rogelio anda cerca. Yo estaré ocupado.
Tomás tomó su caja de herramientas y salió, dejándola sola. Cecilia esperó a que el sonido de sus pasos se desvaneciera antes de soltar el aire. Miró hacia el fondo de la bodega, hacia el secreto escondido. La tentación de ir e intentar abrir esa puerta era abrumadora, pero sabía que era estúpido. Estaba cerrada, y forzarla solo conseguiría que la echaran legalmente por allanamiento.
Necesitaba ganarse el derecho a estar allí. Y eso empezaba por la tierra.
Dos horas después, Cecilia se arrepentía de su bravuconería, aunque jamás lo admitiría en voz alta.
El sol del mediodía caía a plomo sobre el sector oeste del viñedo, una ladera inclinada donde las cepas viejas de Cabernet Sauvignon parecían esqueletos retorcidos. Cecilia estaba dentro de un agujero de un metro de profundidad que ella misma había cavado.
Le dolía todo. Las manos le ardían a pesar de los guantes, y sentía el sudor correr por su espalda como un río incesante. Pero tenía una misión.