Capítulo 2

La música la despertó. No sabía exactamente cuánto había dormido, gracias a la infusión que había tomado antes de acostarse, pero se sentía descansada y tranquila. Al levantarse de la cama, pensó que esa noche sería una buena noche. Siempre tenía un balde de agua en su habitación, que colocaba en un caldero junto a la chimenea para asearse al despertar. Soltó su largo cabello oscuro, se sentó frente al pequeño espejo de su escritorio y comenzó a peinarse. Ese día no se lo lavaría, ya que lo había hecho el día anterior.

Pensó en la paciente que había atendido y se sintió mal por ella. Muchas mujeres de buena cuna sufrían ese destino. Los matrimonios arreglados por los padres eran la principal causa de que tanto mujeres como hombres terminaran siendo adúlteros... aunque, por supuesto, los hombres lo pasaban mucho mejor que ellas.

Volvió a sujetarse el cabello con los palillos que usaba para sostener su rodete. Se levantó y vio que el agua ya estaba lista. Se quitó la ropa y comenzó a lavarse con un paño junto al fuego. Observó su habitación: era muchísimo más pequeña que la de la dama. No tenía lujos. Todo era de madera vieja, tan oscura por el paso del tiempo que parecía ennegrecida. Incluso su cama estaba sostenida por varios palos, aunque aún firmes. No había ostentación alguna, pero sí comodidad. Su pequeña biblioteca, a la derecha de la entrada, era lo más valioso que poseía.

Alguien golpeó la puerta y, antes de que pudiera decir algo, una persona entró sin golpear.

-¿Quieres que te lave la espalda? -preguntó con voz suave, acercándose a ella.

-¡María! Qué indecente -dijo, intentando mostrarse enojada, pero enseguida rió-. ¿Qué pasa?

-Te busca papá. Dice que tienes que encargarte de las cuentas -respondió mientras tomaba el paño que Sonya le tendía y se lo pasaba por la espalda.

-Lo sé, ya iba a hacerlo. Espero que esta vez no hayas metido la mano en la bolsa.

-¡Ey! Fue solo una vez, ¡hace años! Ya aprendí la lección.

Ambas se sonrieron al recordar. María era su prima y habían crecido juntas, aunque Sonya era mayor. El padre de María, Thomas, la había recibido después de que sus padres murieron. Pronto se convirtieron en mejores amigas, cómplices la una de la otra. Aunque crecieron en el burdel de Thomas, su vida no había sido trágica como muchos podrían imaginar. A diferencia de otros lugares, quienes trabajaban allí lo hacían por decisión propia y solo debían pagar un porcentaje de sus ganancias al dueño. Mientras no hubiera problemas, podían trabajar con tranquilidad y comodidad. Obviamente, como hija y sobrina del dueño, ellas jamás ejercieron como cortesanas o damas de compañía. Atendían como mozas, y cualquier hombre que entraba al lugar sabía perfectamente que no podía tocarlas ni pedirles nada más allá de que les llenaran la copa. Esa era la regla de oro.

-Llegaste tarde hoy. ¿Fue complicado?

-No, la verdad es que no. Estuve atendiendo a varios pacientes... ya sabes, lo usual -respondió con naturalidad, aunque sabía que mentía. Nunca daba detalles de ningún tipo; era real cuando decía que todo lo guardaba para sí.

-¿Qué fue lo más raro que atendiste?

-Mmm... una picadura de araña en el trasero de un señor. Ya supuraba...

-¡Ay! ¡Qué asco! -ambas rieron ante la reacción de María-. No sé cómo podés ver todo eso y luego comer un guisado.

-Mejor no hablemos de eso -respondió, volviendo a reír-. Volvé a ponerme esa crema en el tatuaje.

María se acercó al escritorio donde estaba el espejo y vio una caja encima.

-¿Qué hay ahí dentro? -preguntó, aunque no la tocó.

-Sorpresa... -respondió Sonya. En parte era cierto: aún no la había abierto-. Vamos, María, no tenemos todo el día.

-¿Qué significa tu tatuaje? -quiso saber mientras le aplicaba la crema en la espalda. Observaba el dibujo: un árbol con raíces extendidas y entrelazadas, lleno de hojas en distintas direcciones. El árbol estaba rodeado por una gran gota de agua.

-Qué preguntonas estamos hoy, ¿eh? Pero te lo voy a decir: para mí, significa vida. Así de sencillo.

-¿No te dolió?

-Como no te imaginás. Pero es lindo, ¿no? Valió la pena -dijo, mientras se acercaba al espejo e intentaba observarlo lo mejor posible.

Sonya tenía varios tatuajes en su cuerpo. A ella le encantaban. Siempre los llevaba cubiertos por la ropa: tenía una rosa tatuada en el pecho, justo debajo de los senos; unos tatuajes gemelos bajo cada clavícula que asemejaban rayos en una noche de tormenta; y hasta una liga con un moño dibujado en el muslo izquierdo.

Los hombres que habían salido con ella se fascinaban al verlos, ya que era muy raro ver a una mujer tatuada. Se decía que solo los hombres se tatuaban, pues eran más resistentes al dolor, y que, por la delicada constitución femenina, las mujeres no lo soportaban. Pero ella misma había comprobado que eso era mentira: el dolor, en ese sentido, podía sentirse igual tanto en hombres como en mujeres, y la intensidad dependía mucho de la persona y no de su género. También de la zona elegida.

Se vistió con un vestido gris, ya algo viejo, aunque no harapiento. Mientras que los vestidos de las damas nobles se sujetaban con cuerdas en la espalda -indicando que eran vestidas por alguien más-, los de las mujeres plebeyas se ataban por delante. Otra diferencia era el color: las damas usaban colores vivos, mientras que una mujer de bajos recursos apenas podía permitirse tonos neutros y apagados. Aunque, en los burdeles, las mujeres solían buscar un vestido blanco y luego teñirlo con jugos de fruta para destacar entre las demás. El único momento en el que una plebeya podía permitirse un vestido costoso era el día de su boda.

María era una joven de veintidós años. Estaba comprometida con un guardia que trabajaba para una familia de título nobiliario, aunque no muy alto. Ambos estaban ahorrando para comprar el vestido "permitido", y no pensaban casarse hasta que ella tuviera el de sus sueños.

A diferencia de Sonya, María era delgada, de cabello rojizo, tez pálida y ojos increíblemente azules. Era preciosa. Su voz siempre sonaba melodiosa y dulce. En cambio, Sonya era más corpulenta, de cabello azabache, ojos marrones y una voz que, muchas veces, sonaba dura y fría. No tenía ni rasgos ni comportamientos románticos o soñadores como su prima.

Desde que vio la caja, Sonya había deseado que dentro estuviera lo que le faltaba a María para completar su vestido.

Cuando estuvo lista, salieron de la habitación directo al pequeño despacho del tío. Golpearon la puerta y entraron. Dentro había un hombre demasiado alto y fuerte para su edad, que conversaba con un guardia: el recaudador de impuestos de la corona.

-Buenas noches, señoritas -las saludó el guardia. Era el mismo de siempre. Su nombre era Patrick. Había mostrado interés en Sonya cuando la conoció, pero ella, sutilmente, le había dejado claro que no pensaba relacionarse íntimamente con ningún hombre.

Aunque era un hombre muy apuesto, con rizos dorados y ojos almendrados, de unos treinta años, ella sabía perfectamente que era un mujeriego empedernido, muy interesado también en las mujeres del burdel.

-Buenas noches, señor -respondieron ambas al unísono.

Se quedaron en un rincón, mientras los hombres pactaban el pago del mes. Aunque Sonya hacía las cuentas y armaba los pagos, era su tío quien los entregaba. Ella prefería mantener un perfil bajo, haciendo creer que no era más que una damisela que apenas sabía leer o escribir su nombre.

-Se dice que pronto aumentarán los costos, así que, por las dudas, les voy informando. El próximo pago, quizás, sea mayor...

-¿Cómo? ¿Aún no les basta todo lo que les damos? -protestó su tío.

-Sucede que hay rumores de que una guerra se acerca, y el rey quiere estar preparado. Si se desata un conflicto con el Norte, ¿qué prefiere? ¿Que vengan directamente a quitarle todo, o que el arca esté llena y le pidan que done lo que pueda? A veces, lo mejor es ajustarse antes de tiempo.

Sonya lo escuchaba atentamente, y coincidía con el guardia. Ella había estado en una de esas confrontaciones, cuando vivía más cerca del Oeste. Aunque aquella guerra duró apenas un mes, fue lo suficientemente devastadora como para causar inestabilidad en todos los pueblos.

Sus padres murieron en esa guerra, y aunque era solo una niña, recordaba perfectamente cómo los invadieron. Recordaba cómo mataron a su madre frente a sus ojos, después de que cinco monstruos la violaran y ella sin poder hacer nada ya que su madre la había escondido detrás de una pared falsa. Se estremeció al recordarlo, pero no dijo nada.

-Si eso llega a pasar, pueden acudir a mí. Yo los protegeré -dijo el guardia, mirando a Sonya. Ella le devolvió una media sonrisa y asintió, sin decir palabra.

-Señoritas. Señor. Que tengan buenas noches -dijo, y se retiró.

Vieron cómo se marchaba el hombre y, entonces, se sentaron frente a su tío.

-¿Realmente puede haber otra guerra? -preguntó María, preocupada.

-Es incierto. El nuevo rey genera ciertas dudas sobre su liderazgo; apenas se sabe algo de él. Supongo que los reinos enemigos pensarán que será sencillo invadir si el trono está ocupado por un inexperto -explicó Thomas, guardando la boleta de pago firmada por el guardia-. De todas formas, si llegase a pasar, estamos más cerca del castillo que otros pueblos. Seríamos los últimos en ser atacados. Nadie se arriesgaría a lanzar un ataque directo al castillo.

-Pero si saben que puede haber un ataque, ¿no lo harían de raíz, como en la última guerra? -cuestionó María. Temía por su prometido, Eric. Aunque nunca había sido convocado al frente, vivía con el temor de que ese día llegara.

-No lo sabremos hasta que ocurra algo. La última guerra fue hace cinco meses. Apenas nos estamos recuperando. Por suerte, fue lejos del Prado Real, pero no sabemos cuándo ni dónde puede estallar la próxima -respondió Thomas, entregándole el libro de cuentas a Sonya-. Debemos estar atentos a cómo se desenvuelve el nuevo rey.

Capítulo 3

-La vida de un rey no es fácil, hijo mío. Ahora tienes una gran responsabilidad. Sé siempre diplomático y aprende a escuchar, y a elegir los buenos consejos que tu gente te dé -le dijo su padre, Eduard, mientras colocaba la corona sobre la cabeza de su hijo William, el flamante rey. El ritual de la coronación se había llevado a cabo hacía meses, sin embargo, el ritual de las mañanas de su padre le estaba agotando, le ponía más peso a sus responsabilidades.

-Lo sé, padre. Sin embargo, ¿realmente cree que estoy listo? -preguntó William con dudas.

Ambos se miraron. El padre hizo un gesto con la mano, y los ayudantes de cámara y otros sirvientes presentes salieron de la habitación. Ese día era la primera reunión que tendría con el viejo consejo, y su padre había querido desayunar con él para prevenirlo. No había tenido tiempo a causa de que debió manejar las consecuencias de la última guerra con demasiada urgencia, a penas tenía algo de respiro para esas reuniones.

-Hijo, jamás muestres dudas frente a los demás. El más mínimo comentario en tu contra, dicho por ti mismo, puede volverte tu propio enemigo. Todos los reyes tenemos nuestras inseguridades, pero sabemos expresarlas ante la persona adecuada. Y sí, hijo mío, sé que estás listo para asumir el cargo que te entrego. Eres un buen estratega; sabrás resolver cualquier conflicto que se te presente -lo tranquilizó Eduard.

William desvió la mirada por un momento, luego volvió a mirar a su padre a los ojos y asintió. El exrey le apretó los hombros con afecto y luego se dirigió hacia la mesa donde los esperaba un abundante desayuno. William tomó su lugar en la cabecera, mientras su padre se sentaba a su derecha.

-Debes alimentarte bien para afrontar el día de hoy. Tienes una reunión con el consejo, mi antiguo consejo. Ellos te presentarán la lista de los nuevos postulantes; elige sabiamente. Sé un rey justo. No elijas por favoritismos, sino por lo que el reino necesita -continuó Eduard-. Sé que decidí abdicar antes de mi muerte, pero lo hice para asegurar tu lugar en el trono. Muchos miembros del consejo y del tribunal apoyaban la idea de que tu primo, Antonio, fuera quien me sucediera. Un político, evidentemente. Pero yo jamás estuve de acuerdo. Sé que te puse en una posición difícil al obligarte a ser soldado, en lugar de prepararte tras un escritorio como hicieron los reyes anteriores. Lo lamento, William. Pensé que estarías ahí un tiempo y luego volverías, cuando terminaras de conocer la realidad que hay detrás de una corona. No pensé que te quedarías tantos años.

-No tiene por qué disculparse. Entiendo que un rey no puede mandar a cualquier hombre a luchar en su nombre. Un rey necesita hombres de confianza. Y estoy orgulloso del puesto que tuve. Aprendí mucho más allí que encerrado entre estos muros.

Eduard lo observó. La primera vez que fue a la guerra tenía apenas diecisiete años, aún era un niño. Pero salió victorioso, aunque con una gran cicatriz en el pecho, resultado de haber salvado a sus soldados de una trampa enemiga. Esa experiencia lo había hecho sentirse culpable, y decidió entonces mantener a su hijo lejos del campo de batalla. Sin embargo, William mostró una valentía inquebrantable al desobedecer la orden real. Finalmente, Eduard le permitió elegir su camino. Ahora aquel niño tenía treinta y cinco años, una sólida carrera militar, muchas cicatrices en el cuerpo... y en el alma. ¡Cuántas cosas habría sufrido en silencio para no preocuparlo! Era evidente que se había ganado el trono con creces. Aunque todavía le faltaba dominar la política.

-Sé que no me lo pondrán fácil, aunque usted se los pida. Pero mejor así; podré demostrar mi valía -dijo William mientras bebía su té.

-Recuerda siempre, hijo mío, que habrá veces en que deberás dejarte persuadir. No puedes ir en contra de todo, solo cuando sea necesario. Jamás olvides ser un rey justo -le dijo con serenidad-. Antonio intentará entrar al consejo, de alguna u otra forma. Tomó recientemente el lugar de su padre fallecido. Pero mi consejo es que no lo permitas. Tenerlo solo te traerá complicaciones. Su meta es dejarte en ridículo. No quiero que manche tu imagen. Deja que se encargue de los asuntos de su familia y, si puedes, mándalo al extranjero como embajador. Sé que es hijo de mi hermana, pero nunca estuve de acuerdo con la forma en que lo educaron. Su ambición y egoísmo exceden los límites de un hombre honesto.

William asintió, y justo en ese momento, la conversación fue interrumpida.

-Mi señor, el consejo ya se encuentra en la sala principal -anunció Mario, su escudero y ayudante de cámara de toda la vida.

Ambos tenían la misma edad, aunque Mario había participado en la guerra antes que William, por lo que tenía más experiencia y había sido un excelente maestro. Se conocieron en una de las tantas batallas donde un reino enemigo trataba constantemente de invadirlos. Ellos pertenecían al reino del Este, próspero gracias a sus pozos de agua dulce, la pesca y sus tratos comerciales. Era un reino fuerte, con muchos soldados y hombres robustos, por lo que solían salir victoriosos.

William se levantó, hizo una breve reverencia de respeto a su padre y salió de la habitación. El castillo era inmenso, pero gran parte estaba cerrada e inhabilitada, ya que no vivía mucha gente en él. Estaban preparados para recibir visitantes, pero en realidad solo lo habitaban unas pocas personas: la familia real, compuesta por William, su padre Eduard, su primo Antonio, la esposa de este, Estefanía, y su hijo Alonzo, además de su prima Evangelina, quien siempre lo rondaba. El resto eran sirvientes.

William no estaba comprometido aún, por lo que no tenía una familia propia.

Caminó por varios corredores hasta llegar a la sala de juntas. Los guardias le abrieron paso, y los hombres presentes se pusieron de pie e hicieron una reverencia mientras él avanzaba por el centro hasta ocupar su asiento, una especie de trono de oro cubierto por una tela aterciopelada azul, el color real.

-Buenos días, Consejo. Damos inicio a la audiencia -dijo con voz calma pero firme.

Desde niño había asistido a esas reuniones como oyente, sentado junto a su primo, sin decir palabra hasta que los venían a buscar para almorzar. Conocía bien los protocolos, los temas importantes a tratar y cómo debía actuar un rey. En esas juntas solo participaban los miembros masculinos de mayor edad de las casas más ricas. Había diez hombres: cinco a la izquierda y cinco a la derecha, ordenados según su rango e importancia. Todos ayudaban a la corona con recursos y dinero, por lo que era fundamental escucharlos.

-El tema a tratar hoy es la formación del nuevo consejo. Sabemos que los aquí presentes somos parte de las diez familias, pero algunos no tenemos hijos varones ni sobrinos que puedan heredar nuestra posición. Así que, considerando que hay nuevos señores con riquezas y recursos que pueden aportar al reino, presentamos una lista de quince candidatos: nuevos señores y herederos de los presentes -comenzó el señor Grinpot, el hombre más rico y vocero real-. A continuación, mencionaré sus nombres y atributos...

Eran quince hombres, de los cuales solo debía elegir diez. William supo entonces que la mañana sería larga.

-El primero es Frederick Grinpot -"Claro, al ser el más rico, empieza por su casa", pensó el rey-. Tiene cuarenta años, experiencia en política y finanzas, un patrimonio de más de tres millones de monedas, y una herencia futura de más de diez millones, además del título de duque que obtendrá tras la muerte de su padre -"¿Un futuro duque y solo ha generado tres millones por su cuenta? Poca riqueza para tanto nombre", pensó William, aunque no dijo nada.

Grinpot siguió describiendo los atributos: conocimiento financiero, posibilidad de incrementar las arcas reales, etc. William miró al tesorero real, Alexander, quien también parecía dudoso. Luego hablaría con él en privado.

Los candidatos continuaban: hombres entre cuarenta y cincuenta años, con patrimonios diversos y recursos como caballos, azúcar o minas.

-El último es Sebastián Sanderson, de treinta años. Su familia siempre fue acomodada, pero su fortuna ha crecido gracias a unas minas de carbón recién descubiertas en sus tierras. Actualmente posee más de siete millones de monedas. No tiene experiencia política ni título nobiliario, aunque, si demuestra ser capaz, podría concedérsele uno -concluyó Grinpot, mirando al rey.

Su secretario personal le entregó la lista con todos los postulantes. William sabía que al menos cinco debían ser aceptados por herencia, pero quería ser un rey sabio y justo, como le aconsejaba su padre. Al final del día, sus decisiones serían ley y debían ser aceptadas. Entre los nombres, vio el de su primo. Su padre tenía razón: intentaría entrar al consejo. La relación entre ambos era nula. Apenas se dirigían la palabra en reuniones familiares. No lo conocía bien, pero sabía que era el favorito de muchos, sin entender por qué.

-Bien, al finalizar la semana, haré conocer mi decisión -informó, una vez que todos hubieron presentado su sugerencia. Aunque, obviamente, hablaron solo de sus familias y de por qué debían ser elegidos-. Si no hay nada más que decir, me retiro.

Todos los presentes se levantaron e hicieron la reverencia al mismo tiempo. William salió de la sala acompañado de Mario. Una vez que las puertas se cerraron y estuvo fuera de la vista de cualquiera que no fuera su acompañante, tuvo que apoyarse contra una pared, pues comenzaba a sentirse muy mal otra vez, su vista se volvió borrosa y el dolor en el pecho lo estaba descomponiendo nuevamente.

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