Capítulo 2

POV: Alex

El piso veintiocho siempre ha sido demasiado luminoso para mi gusto.

Demasiados afiches motivacionales, demasiadas sonrisas entrenadas. Normalmente no vengo a Recursos Humanos en persona. Para eso tengo directores y correos con copia oculta.

Hoy es distinto.

Hoy el aire de la torre cambió.

Lo noté en cuanto crucé el lobby. Entre café, desinfectante y trajes caros, había algo más: un rastro cálido, nuevo, que no pertenecía a ningún empleado habitual. Lo seguí sin pensarlo. El instinto se adelantó al resto de mi cerebro.

Omega.

La palabra se clavó en lo más antiguo de mí, en un lugar que llevo años manteniendo bajo llave.

Podría haber ignorado el olor. Fingir que no lo reconocía. Pero cuando vi su nombre en la agenda del día —“Firma contrato, analista: Alma Trish”— supe que no lo haría.

 Por eso entré en la sala de Recursos Humanos en mitad de la firma.

Ahora, el contrato ya está guardado en la carpeta de Sofía y ella intenta llenar el aire con frases sobre credenciales y accesos, como si no hubiera sentido cómo la atmósfera cambió cuando Alma firmó.

Yo sí lo sentí.

Su olor se volvió más nítido en el momento exacto en que la tinta tocó el papel. Como si un vínculo que ninguno de los dos entiende hubiera dado un paso adelante.

—En unos minutos tu tarjeta estará activa y podrás subir a análisis de riesgo —dice Sofía—. Te van a encantar las vistas desde arriba.

Alma asiente, pero sus dedos aprietan el borde de la mesa. Está tensa, sobrecalentada, y finge que no lo nota. La ansiedad que mencionó no explica todo lo que percibo.

—No hace falta que espere aquí —digo—. La acompañaré yo.

Sofía parpadea.

—Señor Frederick, no es necesario. Puedo llamar a alguien del piso para que…

—No —la corto, tranquilo—. Quiero hablar con el director de análisis. Y ya que voy en esa dirección, sería ineficiente hacerla ir sola.

No doy lugar a discusión. Sofía asiente.

Me giro hacia Alma.

—¿Lista? —pregunto.

Sus ojos se elevan hacia los míos. Vacilan un segundo.

—Supongo que sí —responde.

No es la respuesta de alguien con opciones. Es la respuesta de quien entiende, incluso sin saberlo, que acaba de cruzar una línea.

Salimos al pasillo. El olor a desinfectante intenta competir con el suyo y pierde. Camino un paso por delante. Puedo sentirla detrás, como una corriente de calor.

Llegamos a los ascensores internos. Pulso el botón. Las puertas de metal reflejan nuestras siluetas.

—¿Siempre revisa personalmente los contratos de los nuevos analistas? —pregunta.

La mayoría se quedaría callada. Ella no.

—No —respondo—. Pero no todos los nuevos analistas llegan a proyectos que me interesan.

—Apenas firmé —dice—. Ni siquiera he visto mi escritorio.

—Eso puede cambiar rápido —replico.

 Las puertas se abren con un “ding”. Entro primero. Sostengo las puertas con la mano.

—Adelante, Alma.

Su nombre en mi boca tiene un peso distinto al del contrato. Ella lo nota. Lo veo en el leve cambio de su respiración cuando cruza el umbral y se sitúa a mi lado.

Las puertas se cierran. El ascensor arranca.

En el espacio cerrado, su olor me golpea sin filtros. Calor, algo dulce, nervios. Y debajo, el matiz inequívoco que llevo años sin permitir que importe.

Omega latente.

La miro de reojo. Mantiene la vista fija en el panel de números, como si pudiera escapar subiendo más rápido.

—No tienes que preocuparte por los exámenes —digo, rompiendo el silencio—. Nadie aquí te va a cuestionar por tener ansiedad.

—No es eso lo que me preocupa —responde, casi en un susurro.

—¿Entonces qué? —pregunto.

Tarda en contestar.

—No me gustan las cosas que no entiendo —admite—. Y tengo la sensación de que en este edificio hay muchas.

No puedo evitar una ligera sonrisa.

—En eso coincidimos.

Ella frunce el ceño, sorprendida.

El ascensor sigue subiendo. Siento cómo el calor en su cuerpo aumenta, cómo su pulso se acelera. Todavía no es peligroso, pero no va a tardar si la expongo a demasiados estímulos.

Mi parte racional hace un cálculo: joven, sin antecedentes de clan, con un diagnóstico de ansiedad que cubrirá cualquier síntoma extraño los primeros meses. Vulnerable.

Mi parte alfa da una respuesta mucho más simple: mía.

Ignoro esa voz.

—En análisis de riesgo —digo— verás números que otros prefieren fingir que no existen. Si algo no te cuadra, no lo ignores.

—¿Incluso si a alguien importante no le gusta? —pregunta.

Me mira, por primera vez, directamente. Hay miedo, sí, pero también curiosidad.

—Sobre todo entonces —respondo.

El “ding” anuncia nuestra llegada. Las puertas se abren.

El olor a café recalentado invade el ascensor. Salgo primero. Alma camina a mi lado esta vez, no detrás.

Las miradas se vuelven hacia nosotros. El murmullo baja. Ver al dueño de la torre aparecer en tu piso con una empleada nueva no es algo que pase todos los días.

Localizo a Fernandez en su oficina de vidrio. Golpeo el marco con los nudillos.

—Buenos días —digo cuando abre.

—S-señor Frederick —balbucea—. No sabía que…

—Esta es Alma Trish —lo interrumpo—. Nueva analista. Desde hoy quiero que se enfoque en un proyecto específico: Sonata.

Veo cómo el nombre del proyecto y el de ella se cruzan en la mente de Fernandez. No comprende la mitad de lo que implica, pero entiende suficiente: esto no es rutina.

—Por supuesto —dice—. Bienvenida, señorita Trish.

—Quiero que sus informes lleguen a mi bandeja —añado—. Sin filtros.

Fernandez traga saliva.

—Entendido.

Me aparto un paso. Siento que Alma me mira un instante antes de obligarse a mirar la oficina, los monitores, cualquier cosa menos a mí.

Mientras vuelvo al ascensor, una certeza se instala, pesada, en el centro de mi pecho:

Acabo de poner a mi omega en medio del sistema que mejor manejo.

Si algo sale mal, no será por lo que ella vea.

Será por lo que otros estén dispuestos a hacer cuando descubran lo que es.

Capítulo 3

POV: Alma

En cuanto la puerta de vidrio se cerró detrás de Alex Frederick, el aire del piso cambió.

Teclas más ruidosas, sillas moviéndose, una risa exagerada al fondo.

Yo seguía de pie junto a la oficina de Fernandez, con la credencial colgando del cuello.

—Bueno —dijo él, ajustándose las gafas—. Empecemos.

—Este es análisis de riesgo —anunció—. Datos financieros, operacionales y, a veces, cosas que nadie quiere mirar. Por ahora, tú solo vas a observar.

“Por ahora”. Dos palabras que podían significar todo y nada.

Asentí.

Lo seguí por un pasillo de cubículos, monitores dobles y tazas con café a medio terminar. El zumbido de las máquinas se mezclaba con susurros que se cortaban apenas nos acercábamos.

Sabían quién era él. Todavía no sabían quién era yo.

—Éste será tu puesto —dijo, deteniéndose ante un cubículo vacío.

Una silla, dos pantallas, un teclado, un mouse, una planta pequeña. En el borde del monitor, un post-it amarillo: “RESPIRA”.

Sentí la ironía en el pecho.

—Tendrás acceso a bases históricas para empezar —explicó Fernandez—. Mañana vemos si te sumamos a proyectos activos. No quiero quemar a nadie el primer día.

“Menos a alguien que el jefe máximo decidió traer personalmente”, pensé.

—Cualquier duda, me preguntas a mí —añadió—. Y no muevas nada sin guardar una copia. Si algo se rompe, quiero saber cómo era antes.

Asentí otra vez.

—Instálate —concluyó, y se alejó hacia su oficina de vidrio.

Me senté. El asiento estaba frío. Yo no.

La cercanía de Alex había dejado una huella dentro de mi piel que no se apagaba. Calor pegado a la nuca, pecho apretado.

“Ansiedad”, me repetí. “Conoces esto. Respira.”

Me incliné para encender el computador.

—Consejo gratis: si el señor Frederick te trajo personalmente y sigues respirando, ya empezaste mejor que la mayoría.

La voz me hizo levantar la cabeza.

Una chica se asomaba por encima del panel del cubículo contiguo, medio subida en su silla giratoria. Cabello castaño en un moño desordenado, audífonos colgando del cuello y una sonrisa ladeada.

Su credencial decía: Mila Morales.

—Hola —atiné a decir—. Todavía no decido si eso me tranquiliza o me asusta.

—Un poco de las dos cosas es lo sano —respondió, tendiéndome la mano por encima del borde—. Mila. Esclava corporativa, calculadora humana, dramática a tiempo parcial.

Apreté su mano. Era cálida, firme.

—Alma —me presenté—. Nueva, ligeramente perdida y con manual de instrucciones incompleto.

—Para eso estoy yo —sonrió—. Fernandez hace la parte seria. Yo te explico dónde está el café decente y qué impresora se come documentos.

—¿Siempre es así cuando aparece él? —pregunté, sin nombrarlo.

Mila torció la boca.

—¿“Él” versión jefe máximo con mirada de rayos X? —precisó—. Sí. Aunque lo tuyo fue nuevo. Nunca lo había visto traer a nadie personalmente.

—Seguro solo pasaba por aquí —intenté.

Me miró como si acabara de decir que la lluvia sube.

—Claro. Y yo soy dueña de la torre —bufó—. Si quieres sobrevivir aquí, asume algo: ese hombre no hace nada por casualidad.

El computador terminó de encender. El logo de la empresa dio paso a un escritorio lleno de accesos directos.

—¿Te activaron el usuario? —preguntó Mila—. ¿Te dejaron algo ya?

—Históricos, por ahora —respondí—. Hoy solo observo.

—Versión amable de “te estamos probando” —asintió—. A algunos nos enterraron meses en archivo muerto. A ti ya te ficharon desde arriba.

Señaló la pantalla con la barbilla.

—Regla uno del piso: nunca te quedes solo con el resumen. Si algo no te cuadra, revisa la base. Regla dos: si ves algo muy raro, no lo comentes en voz alta. Toma notas, guarda copias, respira.

—¿Hay regla tres? —pregunté.

—Sí —dijo—. Si el señor Frederick te pide algo directo, respira dos veces antes de contestar una.

Me pasé una mano por la nuca. El calor seguía ahí.

—¿Siempre te duele la cabeza cuando él aparece? —solté.

Mila se sorprendió.

—¿Cómo sabes que me dolía? —frunció el ceño.

—Te tocaste la sien cuando entró a la oficina de Fernandez —dije—. Y ahora tienes la misma cara.

Llevó la mano a la frente, casi por reflejo.

—Genial, soy transparente —suspiró—. Sí, me pasa seguido. No solo con él, pero aquí es más fuerte. Es como si el aire se pusiera más denso y mi cerebro dijera “hasta aquí llegué”.

—Pensé que era solo cosa mía —confesé—. En el ascensor me faltaba el aire. Y en Recursos Humanos, cuando entró, sentí que la sala se encogía.

—Entonces no estoy loca del todo —murmuró—. Bien. Si nos desmayamos, será en equipo.

Fernandez apareció al borde de mi cubículo.

—Trish —dijo—. Tu acceso a las bases históricas está listo. Empieza con los registros del último año. Quiero ver cómo lees patrones. Nada de conclusiones hoy, solo observaciones.

—Entendido —respondí.

—Si algo no te calza, apúntalo —añadió—. El “por qué” viene después.

Se fue sin mirar a Mila.

Abrí la carpeta de históricos que Fernandez había mencionado. Columnas, fechas, códigos de proyecto. El idioma que, en teoría, sí sabía hablar.

El calor bajo la piel seguía ahí, pero los números me dieron una calma rara. Orden. Patrones. Algo que podía controlar, a diferencia de mi reacción cuando cierto jefe se acercaba demasiado.

—Otra cosa —dijo Mila, como quien recuerda algo tarde—. Si algún día te dan un proyecto grande, de esos con nombre de perfume caro… guarda siempre una copia extra. A veces las cosas desaparecen.

—¿Desaparecen? —repetí.

—Archivos, comentarios, notas —enumeró—. No digo que sea a propósito… pero tampoco digo que no.

Tomé mentalmente nota: copias.

Abrí el primer archivo. Mientras las filas se llenaban en la pantalla, tuve una sensación extraña: como si no fuera la única mirando esos datos.

Como si, en algún piso más arriba, alguien ya estuviera esperando ver qué era lo que yo iba a encontrar.

O lo que iba a decidir ignorar.

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