La noticia corrió como pólvora por los canales internos de la policía. Un escándalo de bigamia involucrando a un oficial de una unidad especial no era algo que pudiera barrerse bajo la alfombra.
Tal como lo anticipé, Mateo regresó al pueblo.
Pero no vino solo.
Llegó en un vehículo oficial, mucho más rápido de lo que habría tardado en mi vida anterior. Con él venían Valeria y su hijo, Santiago.
Se instalaron en la casa de los padres de Mateo, justo al final de mi calle.
Valeria descendió del auto como una reina visitando a sus súbditos. Llevaba un vestido elegante, de tela fina, que contrastaba brutalmente con la ropa gastada de las mujeres del pueblo. Su cabello estaba perfectamente peinado y su maquillaje era impecable.
Comenzó a repartir dulces y pequeños juguetes a los niños del vecindario. Su sonrisa era dulce, compasiva, la viva imagen de la esposa de un héroe que regresaba a su humilde origen para compartir su fortuna.
"Mateo es un hombre tan bueno", la oí decir a una vecina. "Siempre pensando en su gente".
Los niños, con los bolsillos llenos de sus regalos, empezaron a mirar a mi hijo de otra manera.
Leo jugaba en nuestro pequeño patio de tierra cuando escuché los gritos.
"¡Bastardo! ¡Tu papá no te quiere!"
"¡El verdadero hijo es Santiago!"
Salí corriendo y vi a un grupo de niños rodeando a Leo. Él estaba en un rincón, con los ojos llenos de lágrimas, abrazando sus rodillas.
Los dispersé con una mirada furiosa y abracé a mi hijo.
"No les hagas caso, mi amor. Tú sabes quién eres".
Pero las palabras de los niños, como piedras, ya habían dejado sus marcas.
Al día siguiente, la confrontación se volvió inevitable.
Mateo apareció en mi puerta. Su rostro era una máscara de ira contenida.
"Sofía, ¿qué demonios hiciste? ¿Ir a la policía? ¡Estás tratando de arruinarme!"
"Solo estoy reclamando lo que es justo para mi hijo", respondí, manteniéndome firme en el umbral.
Detrás de él, vi a Valeria observando desde la distancia, con una expresión de delicada preocupación. Y a su lado, Santiago, un niño de la misma edad que Leo, pero con una mirada arrogante que no correspondía a sus años.
Santiago entró en mi patio como si fuera suyo. Vio al perro callejero que Leo había adoptado hacía unas semanas, un animal flaco y asustadizo al que llamábamos "Manchas".
Leo amaba a ese perro. Lo alimentaba con las sobras de nuestras humildes comidas y dormía a los pies de su cama.
Santiago, con una mueca de desprecio, se acercó al perro.
"Qué animal tan sucio".
Y sin más, le dio una patada brutal en el costado.
Manchas chilló, un sonido agudo y doloroso, y se retorció en el suelo antes de quedar inmólicamente quieto.
Leo gritó, un sonido desgarrador que me partió el alma. Corrió hacia su perro, intentando despertarlo, pero ya era tarde.
Las lágrimas corrían por su rostro. Se giró y señaló a Santiago.
"¡Tú lo mataste! ¡Lo mataste!"
Esperaba que Mateo, como oficial de policía, como hombre, como padre, hiciera lo correcto. Que reprendiera al niño cruel.
En cambio, se giró hacia mí.
"¡Es tu culpa, Sofía! ¿Cómo se te ocurre tener un animal sarnoso y sucio aquí? ¡Pudo haber mordido a Santiago! ¡Pudo haberle pegado una enfermedad!"
Luego, miró a Leo, que seguía llorando y acusando a Santiago.
"¡Cállate!", le gritó Mateo. "¡Deja de mentir! Eres un malcriado".
Y entonces, hizo lo impensable.
Levantó la mano y abofeteó a su propio hijo.
El sonido seco de la bofetada resonó en el patio. Leo cayó al suelo, más por la sorpresa que por la fuerza del golpe. Se llevó una mano a la mejilla, que empezaba a enrojecerse, y me miró con una expresión de incredulidad y dolor profundo.
En ese instante, la Sofía sumisa murió para siempre.
Me interpuse entre ellos, empujando a Mateo.
"¡Nunca más vuelvas a tocar a mi hijo!".