Me quedé quieta, sin mover un músculo mientras los siete pares de ojos me detallaban de pies a cabeza. Me sentí abrumada por la sorpresa. La imagen que había creado en mi mente de un hombre al que ayudaría con las tareas domésticas, se desvaneció ante la realidad de siete hombres de diversas edades y personalidades esperándome en el salón. Mi corazón latía acelerado y cerré mis manos en puños intentando controlar el miedo. Ellos se mantuvieron en silencio y yo me preparé para en cualquier momento llamar a Delle y pedirle que fuera por mí. Aquello no era parte del trato, se suponía que solo trabajaría para Austros.
¿Cómo iba a sobrevivir conviviendo con siete hombres?
Mi cuerpo comenzaba a traicionarme y un ligero temblor casi imperceptible subió por mi espalda hasta mi cabeza. Tomé una profunda respiración e intenté aparentar calma. Finalmente ellos terminaron de observarme y uno se puso de pie. Di un paso hacia atrás por reflejo cuando lo vi con intenciones de acercarse a mí.
Era enorme. El hombre más alto y fuerte que había visto alguna vez. Tenía el cabello castaño claro recogido en un moño. Al contrario de sus hermanos, él llevaba un traje menos formal y parecía totalmente agotado mientras caminaba hasta mi. Sus ojos fueron a los míos y bajé la cabeza al instante. Él también me intimidaba, aún más que su hermano. Tenía un aura de peligro alrededor que mandaba alertas claras de que su cercanía significaba problemas. No sabía que esperar de estos hombres y el miedo a que intentaran dañarme me impedía razonar con claridad.
-¿Por qué carajos trajiste una mujer a esta casa, hermano? -lo escuché preguntar con enojo.
-Necesitamos ayuda, esto parece un basurero -respondió Austros.
Sentí un toque frío en mi barbilla y acto seguido una mano alzó mi mentón, los ojos cafés de aquel hombre hicieron que sintiera una ola de frío en mi interior. Carecían de expresión alguna.
-¿Bianka, no? -cuestionó y asentí con nerviosismo-. ¿Eres capaz de hacerte cargo del desastre de estos?
No respondí. Ni siquiera yo sabía si era capaz de sobrevivir a ellos.
-Gerión -otro de los hermanos habló y él se giró al instante-. Estoy de acuerdo con Austros, necesitamos ayuda femenina.
Él asintió y volvió su mirada a mi, manteniendo su expresión de frialdad y su mano en mi barbilla. En cualquier momento mi corazón iba a sufrir un colapso y caería desmayada ante ellos.
-Bien, Bianka -liberó mi barbilla y se alejó un poco para mirarme-. Mi hermano pagó por tus servicios y sería injusto hacerle perder dinero. Serás nuestra empleada.
Me quedé en silencio y llevé mirada por un segundo hacia Austros que sonrió con suficiencia. Los demás se mantuvieron en silencio observándonos. Gerión volvió a hablar.
-Soy el hermano mayor, Gerión Snow. Bienvenida a nuestra casa.
Asentí sin pronunciar palabra alguna mientras tragué en seco intentando controlar los nervios. Todos siguieron con sus miradas fijas en mi y tuve la sensación de ir cayendo por un precipicio. Él comenzó a presentarlos y yo mantuve mi mirada baja, apenas atreviéndome a alzar los ojos para echar un vistazo a los rostros desconocidos que me rodeaban.
-Ya conoces a Austros -me señaló a su hermano-. Ellos son: Balios -señaló al que intervino a favor de Austros-. Caelus, Deimos, Elais, Felis y yo, Gerión.
Cada palabra resonó en mi mente y traté de memorizar los nombres y memorizar los pocos rasgos que podía observar en sus miradas furtivas. El sonido de mis propios latidos llenaba mis oídos mientras luchaba por controlar mi respiración y mantener una expresión serena.
Balios era de cabello rubio y ojos avellanados, parecía ser el más joven de todos. Caelus era muy parecido a Austros pero llevaba el cabello corto como un militar. Deimos tenía ojos color miel, cabello rubio y tatuajes en sus brazos. Elais tenía una sonrisa luminosa con ojos café brillantes y el cabello castaño. Felis llevaba el cabello negro y ojos oscuros.
-Un placer conocerlos -logré decir sin tartamudear.
-Bienvenida, Bianka -dijo uno de ellos y al levantar la vista me encontré con el rostro agradable de Elais.
Gerión tomó una profunda respiración frente a mi, observó a sus hermanos y negó con la cabeza. Con grandes zancadas desapareció por la puerta dejándome sola con los seis hermanos restantes. Austros se puso de pie y caminó hasta mi.
-Bien, puedes respirar tranquila, ya has pasado lo peor -me dijo mientras rodeaba mis hombros con sus brazos.
Me alejé al instante de su tacto.
-Esto no era parte del trato, señor -le dije con voz temblorosa sacando la poca valentía que conservaba-. Se suponía que solo iba a ser su empleada.
Escuché las risas de sus hermanos y llevé mi mirada hasta ellos, el de los tatuajes: Deimos, me miró con una sonrisa.
-Ya aprenderá que Austros ama mentir, señorita White.
Regresé mi mirada y él rodó los ojos restándole importancia a las palabras de su hermano.
-Bien, hora del resumen -dijo Austros-. Gerión, es el hermano mayor, el amargado cómo pudiste notar y el jefe de la casa, lo que diga Gerión es la ley. Luego le sigue Deimos -el susodicho levantó la mano-.Se encarga de los asuntos legales de la familia, es él más inteligente de todos.
-Me siento halagado por tu descripción, hermano -añadió Deimos riendo.
Austros lo ignoró y siguió con su presentación.
-Luego estoy yo -pasó la mano por su cabello-. Como podrás observar, el más atractivo de los hermanos, Snow.
-Y también el más picaro, mentiroso y bromista -añadió el que reconocí como Caelus.
Me mantuve en silencio escuchando con atención las palabras de Austros mientras trataba de fijar los detalles de cada uno de ellos con la esperanza de que me sirvieran para poder llevar la fiesta en paz en el tiempo que trabajase allí.
-Luego le sigue Caelus -señaló al chico del corte militar que levantó su mano-. Es la mano derecha de Gerión, llegó hace un meses del ejército. Luego está Elais -el del cabello castaño alzó su mano-, que es el alma de la casa, le gusta mucho el arte, cada cuadro que hay por aquí fue obra suya. Felis, el de ojos grises como los míos, trabaja mano a mano junto a mi, y por último pero no menos importante Balios, nuestro hermano menor.
-¿De mi no dices nada? -preguntó él con enojo.
-Está enojado porque Gerión aún no lo deja entrar a los negocios -me susurró-. Eso sería todo, Caelus. ¿Puedes llevarla a su habitación?
El recién nombrado se puso de pie y caminó hasta mi. Sus ojos me escanearon de pies a cabeza -todos me llevaban varios centímetros de altura-. Me hizo una seña con la mano para lo que lo siguiera y caminé detrás suyo hacia una enorme escalera de piedra. En la planta de arriba habían varias puertas que imaginé eran sus habitaciones me llevó hasta el final donde había una puerta más pequeña que las anteriores.
-Esta es tu habitación -me anunció-. Mucha suerte.
Se dio la vuelta y me dejó sola. El enorme pasillo solo estaba iluminado por una pequeña luz tenúe. Lo observé alejarse y bajar las escaleras, entonces solté todo el aire que había estado conteniendo. Abrí la habitación y entré rápidamente cerrando detrás de mi. Me dejé caer al piso recargada de la puerta mientras sentía mi corazón latir angustiado.
«¿Qué estoy haciendo en este lugar?»
Miré la pequeña habitación con una cama individual y un pequeño closet. Yo ni siquiera había traído ropa. ¿Qué iba a ponerme? La angustia solo aumentaba con cada segundo que pasaba. Mis ojos se humedecieron y tomé grandes respiraciones porque el llanto no iba a resolver absolutamente nada en estas circunstancias. Debía enfretarme a esto, ser fuerte. Me puse de pie y sequé mis lágrimas, me recosté en la pequeña cama mientras observaba al techo, todo se encuentraba en silencio, poco a poco mis ojos se fueron agotando hasta que quedé sumida en un profundo sueño.
(...)
Gritos masculinos me despertaron de golpe. Los rayos del sol hicieron que cerrara mis ojos de inmediato.
«¿Dónde demonios estaba?»
Los recuerdos del día anterior llegaron y sentí un peso enorme sobre mis hombros, ahora era la sirvienta de los hermanos Snow, no más Delle para mi durante un tiempo. Respiré con pesar y me levanté. Mientras más rápido comenzara mis labores, más rápido podría volver a esa pequeña habitación y alejarme de ellos.
Me acerqué al pequeño espejo y observé mi cabello totalmente desastroso. Había un cepillo de cabello y varias ligas para recogerlo. Lo peiné con cuidado y lo recogí en un pequeño moño. Mi rostro estaba pálido y sombras negras cubrían la zona debajo de mis ojos. Me sentía agotada, pero aún así debía salir ahí.
«Todo esto lo hago por ti, papá.»
Ví una puerta que no noté en la anoche entre tanto llanto, era un baño. Sonreí aliviada por no tener que salir aún. Me di un baño y me vestí con uno de los trajes de empleada que guardaba el closet de la habitación. Era un vestido negro, con mangas cortas y me llegaba hasta unos pocos centímetros por encima de la rodilla, también lo acompañaba un delantal blanco. Me observe nuevamente en el pequeño espejo, estaba lista.
Con pasos cautelosos abrí la puerta de la habitación y observé el pasillo. Estaba completamente vacío pero podía escuchar sus voces provenientes del salón de abajo aunque no logra distinguir que decían exactamente. Comencé a caminar con cautela, pero un grito escapó de mi boca cuando un mano me tomo del brazo y me adentró a una de las habitaciones.
El cabello gris de Deimos fue lo primero que observé, luego sus brazos cubiertos de tatuajes que me sostenían por los antebrazos en contra de la pared de la habitación. Su torso estaba completamente desnudo y podía ver todos sus músculos contraerse mientras me sostenía. Mi corazón comenzó a latir acelerado y tragué en seco antes de llevar mi mirada a sus ojos oscuros.
-Calma, Bianka -me pidió apenado-. Perdón por asustarte, solo soy yo.
«Claro, con eso tenía suficiente para intimidarme, con ser él.»
Asentí sin hablar, era como si la sola presencia de alguno de ellos fuera suficiente para intimidarme completamente al grado de no poder pronunciar palabra.
-Puedes hablar, no voy a comerte -me dijo riendo.
-Lo lamento, señor -le dije titubeando-. Creí que estaba con sus hermanos.
-Te necesito -expresó y finalmente me soltó haciendo que recuperara el aire.
-¿En qué puedo servirle? -pregunté.
Él se giró, sus ojos escanearon mi vestimenta y la sonrisa de amabilidad desapareció de su rostro para dar lugar a una expresión que no logré decifrar.
-¿Siempre eres así de obediente? -me preguntó.
-Intento mantener una buena relación, jefe –empleada -le expliqué-. ¿Qué necesita?
Asintió y levantó una camisa de color azul cielo que descansaba en su enorme cama. Ni siquiera me había percatado de lo inmensa que era su habitación. Con grandes ventanales que daban una vista hermosa del jardín. Miles de almohadas que estaban totalmente regadas por la habitación.
-¿Puedes plancharme esto? -me señaló su camisa-. Tengo una reunión en unas horas y es una desastre.
Asentí y me acerqué para tomar la camisa, pero me detuve cuando alguien se aclaró la garganta a nuestras espaldas. Me giré para encontrar al señor Gerión de pie en la puerta.
-Bianka -me saludó-. Estamos todos esperando por el desayuno.
«Joder, por supuesto. Cocinar.»
Me di una bofetada mental por olvidar eso. Pero en mi defensa, el desayuno no era una de mis tareas en el burdel, así que no estaba acostumbrada a tener que hacerlo. Miré a Deimos con la clara intención de hacerle ver que tenía cosas que hacer antes de planchar su camisa y él me dio un asentimiento. Pasé rápidamente por al lado de Gerión y corrí hacia las escaleras. Pero me detuve abruptamente en el salón donde los demás hermanos esperaban.
«¿Dónde es la cocina?»
-White -Austros me miró desde uno de los sillones-. ¿Qué haces ahí parada como zombie?
Todos dejaron de conversar y me observaron.
¿Es que no tienen nada mejor que hacer que observarme todo el tiempo?
-¿Dónde es la cocina? -le pregunté.
-Sigue derecho por ese pasillo, al final -me respondió el más joven, Balios.
Me di la vuelta dispuesta a cumplir con mi primera tarea, pero alguien me detuvo tómandome por el brazo.
-Vamos -me dijo Elais, el hermano de cabello castaño, enganchando mi brazo al suyo-. Sé de cocina, voy a darte una mano, si no quieres que estos te destruyan por dejarlos pasar hambre.
Su sonrisa logró contagiarme y ambos caminamos hacia la cocina.
«Espero que mi primer día no sea un desastre.»
Cuando puse un pie en la cocina las manos comenzaron a temblarme y me detuve en la puerta. El lugar estaba lleno de fragancias reconfortantes, pero para mí, también estaba cargada de expectativas y ansiedad. Fue entonces cuando Elais pasó por mi lado con una sonrisa cálida, se adentró en la cocina y luego se giró hacia mí. Sus ojos ambles reflejaban comprensión y empatía mientras me observaba.
-No te preocupes -me dijo-. En aquella libreta están anotadas todas las preferencias de mis hermanos, ya tendrás tiempo de leerlas, por ahora voy a echarte una mano con el desayuno.
Observé la pequeña libreta que descansaba encima de una enorme nevera y solté un suspiro de resignación. Tenía mucho que aprender.
-Gerión solo come dos huevos hervidos y tres tostadas con un vaso de café -comenzó a explicarme mientras se colocaba un delantal de color negro para proteger su ropa-. Austros suele tomar solo un vaso de leche y salir como alma que lleva el diablo, pero hoy dijo que iba a descansar, así que podemos prepararle unas tostadas y huevos como a Gerión. Deimos solo desayuna frutas, las cortas en pequeños trozos y las pones en una cacerola -mientras hablaba se acercó a la nevera, sacó cuatro huevos y un estuche enorme de leche-. Caelus, el ex militar solo toma café. Felis y Balios suelen comer cosas dulces, así que es bueno que tengas guardadas algunas tartas en la nevera y lo acompañan de jugos frutales y yo, suelo comer galletas con mantequilla de maní.
Sus ojos se posaron en mí al terminar de hablar e intenté esbozar una sonrisa, pero solo le mostré una mueca tonta. Estaba asustada, como iba a recordar esos detalles, aquello era solo el desayuno, aún quedaban el almuerzo y la cena. Sin hablar de sus habitaciones, la limpieza, iba a terminar agotada todos los días.
-Sé que es difícil -Elais leyó mis pensamientos-. Pero estoy seguro de que serás capaz y cuentas con mi ayuda Bianka.
-Haré mi mejor intento -le respondí y caminé hasta la enorme isla donde ya había colocado los huevos y la leche.
-Excelente -puso una mano en mi hombro-. Yo me encargo de Gerión y Austros. Corta las frutas para Deimos y saca dos pedazos de la tarta de manzana que hay en la nevera para Felis y Balios.
La presencia tranquila y alentadora de Elais me ayudó a calmarme. Sus consejos prácticos y palabras amigables me dieron un poco de confianza y juntos, logramos preparar una deliciosa y abundante comida para todos. A medida que el aroma tentador del desayuno inundaba la cocina comencé a sentirme más segura de mi papel como empleada de esta casa.
«Tal vez puedas lograrlo, Bianka.»
Cuando todo estuvo listo y servido en la isla de la cocina, Elais se marchó hacia el comedor y yo llené el carrito con toda ella. Caminé con pasos cortos mientras lo empujaba hacia el comedor donde ya todos los hermanos se encontraban sentados. Los siete pares de ojos a los que debía acostumbrarme en lo adelante, se posaron en mi. Tragué en seco sintiendo como mis pulsaciones se aceleraban. Detuve el carrito con el desayuno, ellos estaban sentados en silencio. Gerión encabezaba la mesa con una expresión seria y Elais me sonreía instándome a servir, Austros y Felis cuchicheaban por lo bajo.
-Puedes servir, Bianka -me ordenó Gerión y le di un asentimiento.
Con cuidado de no tropezar con mis propios pies me acerqué a cada uno y deposité sus platos al frente. Deimos me dio un asentimiento cuando observó su plato con frutas perfectamente cortadas. Una vez todo estuvo listo, comenzaron a comer en silencio. Me quedé de pie, en una esquina esperando alguna opinión de ellos sobre mi trabajo, pero solo comían sin expresión alguna. En el burdel solíamos platicar durante las comidas sobre cómo había ido el día de las chicas o Delle nos contaba algunas de sus aventuras con mi padre. Los hermanos Snow, por el contrario ni siquiera se miraban entre ellos mientras devoraban el desayuno.
El primero en ponerse de pie fue Balios, ninguno se percató de su acción o lo despidió, solo se puso de pie y desapareció por el pasillo que llevaba a la salida. Detrás salieron Austros y Felis, que volvieron a cuchichear entre ellos mientras caminaban. Cuando Caelus se levantó, el y Gerión se dieron una mirada que solo ellos entendieron y lugo él también se marchó. Solo quedaban Deimos, Elais y Gerión. Los dos primeros se pusieron de pie y me dieron un ligero asentimiento casi imperceptible.
Gerión terminó su desayuno y se recostó en su silla con la mirada fija en la mesa. Sus ojos estaban concentrados en el enorme adorno con frutas artificiales que descansaba en la mesa. Me hubiese gustado que pensaba, que tema hacía que su mente estuviese tan concentrada. Estuvo asi por lo menos diez minutos y luego se aclaró la garganta y se puso de pie.
-Gracias por el desayuno -me dijo-. Todos regresamos en la noche, debes tener la casa limpia y arreglada para entonces.
-Como ordene, señor -respondí.
-Tienes una visita esperándote en el jardín -me anunció.
Mis ojos se iluminaron al pensar que Delle seguro había ido a visitarme. Corrí hacia la salida tan rápido como pude. Los rayos del sol de la mañana calentaron mi pálida piel. El jardín de los señores estaba repleto de árboles gigantes y muchas flores. Pensé que una buena idea terminar mi trabajo pronto para poder recorrer la casa. Cuando finalmente llegué a la entrada, la decepción se dibujo en mi rostro. No era Delle, ni tampoco ninguna de las chicas del brudel. Era un hombre, cuyo rostro no había visto jamás en mi vida. Me acerqué con cautela.
-¿Bianka White? -me preguntó.
-Si -respondí en alerta-. ¿Usted quién es?
El señor rondaba los cincuenta y tantos años y me tendió su mano a modo de saludo con una sonrisa. No parecía alguien malvado.
-Soy Fred Whinst -se presentó-. Uno de los abogados de su padre.
¿Abogado?
La sorpresa me llegó enseguida. Hasta donde sabía mi padre solo tenía un abogado, el que se había reunido conmigo y con Delle para explicarnos los acuerdos del testamento de papá. Desconocía la existencia de cualquier otro.
-Perdone, señor Whinst -le dije con educación-. Pero mi padre solo tenía un abogado.
El señor me miró con preocupación. Luego me tomo por el hombro sin antes mirar haca todos lados y me adentro un poco más hacia el jardín.
-Señorita White -su voz sonaba angustiada-. Está usted en peligro.
Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo al escuchar sus palabras y me alejé de su agarre en mi hombro.
-Su padre dejó todo su dinero en sus manos -me explica.
¿Dinero? Mi padre solo tenía en su posesión el burdel que maneja Delle, no era un hombre adinerado, este hombre quiere gastarme alguna broma.
-¿Quién es usted? -le grito ya cansada de la situación-. No se que pretende pero no tengo dinero para darle, solo soy una empleada en este lugar.
El señor pasó una mano por su cabello desesperado por mi actitud.
-Bianka, no solo soy abogado de tu padre, también soy tu padrino, solo quiero ayudarte.
Era absurdo, no tenía a nadie más en mi vida aparte de mi madrastra, cuando mi padre murió fuimos las únicas en su entierro. Tampoco recordaba haber visto a aquel hombre.
-Márchese -le pedí alejándome.
-Voy a irme -me dijo-. Sé que es mucha información de repente, pero debes cuidarte, ella no es la persona que crees.
-¡Márchese por favor!
El hombre comenzó a caminar hacia la salida del jardín. Me quedé ahí observándolo hasta que salió por el inmenso portón de la entrada.
¿Quién era ese hombre y por qué me había advertido sobre Delle?
Una sensación extraña mezclada con angustia comenzó a afligirme. Mi padre no mantenía secretos conmigo, era imposible que tuviese otros negocios y me lo ocultase. En su testamento el abogado leyó muy claro como dejaba todo a manos de Delle y la orden estricta de mantenerme bajo su cuidado. Sacudí mi cabeza y decidí dejar a un lado lo que acababa de pasar. Tenía un día cargado por delante.
Entré a la enorme casa lista para iniciar con el día. Recogí la mesa y llevé todos los platos y vasos sucios a la cocina, los lave y me comí una de las manzanas que había en el frutero, no solía comer mucho en las mañanas. Una vez lavado todo, organicé las cosas en la cocina para que me fuese más fácil saber el lugar de cada una. Sacudí las estanterías de la vajilla y abri los enormes ventanales dejando entrar la cálida luz del sol.
Agarré un paño viejo y sacudí todos los muebles, mesas y lámparas de la casa. En ese sitio había polvo desde la primea generación de personas que vivieron, tuve que amarrar otro trapo que cubriese mi boa para evitar los estornudos. Una vez el polvo estuvo fuera, agarré un balde con agua y la regadora y limpie todo el primer piso. En el segundo las dos primeras habitaciones estaban completamente ordenadas y limpias, una de ellas era la de Deimos y por la decoración tan conservadora de la otra podría apostar a que le pertenecía a Gerión. De ahí en más, todas eran desastrosas: almohadones regados por el suelo, ropa tirada en cada rincón. Estos chicos no sabían la definición de orden.
Cuando terminé el trabajo la noche había caído, pero todo estaba perfectamente ordenado, limpio y la cena servida en el comedor. Me sentía totalmente exhausta y agotada. Mis manos estaban entumecidas y los ojos me pesaban. Me senté en el inmenso sillón del salón a esperar a los hermanos, pero era tanto el cansancio que mis ojos se cerraron.
(...)
Desperté por unos ruidos extraños. Ya no estaba en el sillón, sino en mi cama. Mi pequeña habitación estaba totalmente a oscuras y me puse de pie con cuidado, encendí la luz y observé el hermoso cielo estrellado a través de la ventana. Aquel extraño ruido seguía escuchándose. Me acerqué a la puerta y la abrí con cuidado.
¿Cómo había llegado a la habitación?
Alguno de ellos debió haberme subido, mi rostro se calentó de la vergüenza, seguro me encontraron dormida en el sillón.
En silencio y tratando de no hacer ruido caminé a través del pasillo oscuro siguiendo aquel ruido. A medida que me acercaba se iba volviendo más claro. Era la voz de una mujer. Cuando estuve cerca a la tercera puerta, me detuve abruptamente.
-¡Oh, dios, si, Autros! -gimió una voz femenina.
-Mierda -susurré por lo bajo.
«Vamos, Bianka, date la vuelta ahora mismo y vuelve a tu cama.»
Mis malditos pies se movieron por si solos. Y me acerqué más a la habitación. La puerta estaba abierta.
«No, esto no está bien.»
Giré dispuesta a marcharme, pero entonces escuché su voz.
-¿Te gusta, maldita perra? -preguntó Austro con una voz ronca que mando escalofríos directos a mi coño-. ¿Te gusta sentir mi polla?
Me recargué de la pared con la respiración agitada y observé a través de la rendija de la puerta abierta. Austros estaba totalmente desnudo apoyado de rodillas en la cama y una chica de cabello rojo apoyada en manos y pies mientras él la penetraba una y otra vez. Sus movimientos eran bruscos mientras una de sus manostomaba a la chica por la garganta y ella gemía de placer.
El corazón me latía a toda prisa y el calor se había apoderado de todo mi cuerpo. Estaba excitada, muy excitada y mi maldita cabeza me envió imágenes mías en esa cama mientras el metía su polla una y otra vez en mi coño. Solté un gruñido frustación, estaba cansada de tener que darme placer por mi misma.
¿Por qué no podía tener una puta vida normal como las demás personas?
Miré a ambos lados del pasillo para percatarme de que no hubiese nadie y bajé mis bragas con cuidado. Acaricié mi coño con uno de mis dedos y aguaté par evitar soltar un gemido y ser descubierta.
Dios, necesito una polla, no un puto dedo.
Mis ojos se humedecieron por la maldita impotencia mientras escuchaba los gemidos de Austros y la chica de fondo. Quería llorar, el cúmulo de situaciones llegó de repente, solo quería arrastrarme hasta el piso, abrazarme a mi misma y llorar hasta que no me quedasen lágrimas.
-¿Bianka? -una voz susurrando mi nombre se escuchó en la oscuridad.
Me quedé quieta e inmóvil. Deimos estaba parado frente a mi con una expresión de sopresa en su rostro. Me había descubierto, mi jefe me había encontrado en el pasillo con las bragas en los muslo y masturbándome mientras escuchaba a su hermano follarse a una mujer. Esta era la peor vergüenza del maldito mundo. Las manos comenzaron a temblarme mientras observaba el rostro inexpresivo de Deimos.
-Yo -susurré por lo bajo-, lo sien...
Él se acercó con rapidez y me tomó por los hombros alejandóme de la puerta. Mi rostro debía de haber estado más rojo que la sangre. Sus brazo cubiertos de tatuajes tomaron los míos y una lágrima rodó por mis ojos.
-Señor, lo siento.
Su dedo índice cubrió mis labios y me atreví a observar sus ojos oscuros. Tenía una expresión diferente.
-Bianka -me dijo y un escalofrío recorrió mi columna vertebral-. Yo puedo ayudarte.
Una de sus manos descendió y se coló por debajo de mi vestido. Me tensé.
¿Qué estaba haciendo?
Uno de sus dedos acarició lentamente mi coño y me retorcí del placer.
-Joder, estás muy mojada, Bianka -pegó su cuerpo al mío y su calor se mezcló con mi piel.
Las sensaciones comenzaron a abrurmarme cuando su lengua comenzó a juguetear con mi oreja y sentí la dureza de su entrepierna pegarse a mi cuerpo.
-¿Estás tan necesitada que tienes que masturbarte mientras escuchas a mi hermano follarse a otra? -me preguntó mientras seguía torturándome con sus caricias lentas.
Su lengua seguía acariciando mi oreja y mi respiración se volvió un desastre mientras intentaba moverme para que acelerara sus caricias. Pegó mas su cuerpo a mi, acorralándome contra la pared. Su mano dejó de sujetar mi brazo y atrapó uno de mis senos.
-Si mis hermanos se enteran de esto me matan, será nuestro oscuro secreto, Bianka ¿De acuerdo? -me pidió y solo pude asentir.
Las caricias cesaron y adentró dos de sus dedos en mi vagina.
-Jo...-su mano cubrió mi boca evitando que gritara.
Sus movimientos eran rápidos, exquisitos y yo me estaba derritiendo contra su cuerpo mientras mis fluidos empapaban sus manos. Se sentía jodidamente bien su toque, su cuerpo pegado al mío, el calor de su boca en mi oreja. Deimos sabía perfectamente lo que hacía y estaba volviéndome totalmente loca cada vez que sus dedos salían y entraban en mi coño. Éramos un desastre de gemidos bajos. Su estrepierna se rozaba una y otra vez contra mí en busca de alivio.
-Voy a usar tu cuerpo cada vez que quiera. Estás tan apretada que estoy muriendo por meter mi polla en tu coño.
No hablé, estaba sumida en un torbellino de sensaciones que jamás había experimentado, aquello era totalmente diferente a tocarme yo misma. Me agarré de su camisa cuando no podía contenerme más, el apretó su agarré en mi boca y yo me dejé llevar por el mejor orgasmo que había tenido de mi vida.
Los ruidos en la habitación de Austros nos avisaron que se disponían a salir y nos separamos con rapidez. Observé la mano de Deimos totalmente mojada por mi fluidos y él me mostró una sonrisa.
-Tranquila, ha sido un placer, ve a tu habitación.
Asentí sin decir palabra con la vergüenza cubriendo mi rostro, subí mis bragas y corrí hacía mi habitación. Cerré la puerta detrás de mi y me senté en el suelo sintiendo los latidos acelerados de mi corazón.
Esa noche soñé que un hombre me daba la mejor noche de mi vida, pero cada vez que veía su rostro, veía uno diferente. Veía los rostros de los hermanos Snow.