Arev, el dios del día y el sol, nació de una llamarada directa del astro rey. Su cabello brillaba con un dorado intenso, reflejando los rayos del sol que gobernaba. Sin embargo, su carácter era tan ardiente como su origen. Un ataque de ira lo llevó a crear cráteres repletos de fragmentos del sol, un recordatorio permanente de su poderío y su furia.
A pesar de su temperamento impulsivo, Arev se convirtió en un gobernante imparcial y justo. Su dominio sobre los cráteres le otorgó un reino único, un lugar bañado por la luz eterna del sol. A pesar de ser un dios de pocas palabras, su sabiduría era respetada por todos en Neblesia.
Arev prefería la soledad y la tranquilidad. Su naturaleza introvertida lo llevaba a alejarse de los conflictos y las intrigas que plagaban el reino de los dioses. Sin embargo, cuando su intervención era necesaria, su poderío solar era inigualable.
La presencia de Arev en Neblesia era un símbolo de poder y equilibrio. Su conexión con el sol le otorgaba un conocimiento profundo de los ciclos de la vida y la muerte. Su imparcialidad y sabiduría lo convertían en un referente para los demás dioses.
Phaxsi, la diosa de la noche y los océanos, nació de una parte de la luna que cayó a la tierra. Su cabello blanco y resplandeciente, adornado con pequeñas estrellas, reflejaba la luz de la luna que la había creado. En el centro de su frente brillaba un fragmento en forma de un cuarto de luna, un recordatorio permanente de su origen celestial. Sus ojos, al igual que los de los demás dioses, eran rojos, pero se diferenciaban por sus pupilas plateadas, que brillaban como estrellas en la noche.
Phaxsi era la más juguetona de todos los dioses. Su espíritu libre y aventurero la llevaba a explorar las profundidades de los océanos y a jugar entre las estrellas. Su risa contagiosa era un sonido familiar en Neblesia, donde los demás dioses la adoraban por su alegría y su entusiasmo por la vida.
A pesar de su naturaleza juguetona, Phaxsi era una gobernante responsable. Su dominio sobre la noche y los océanos le otorgaba el poder de controlar las mareas, las tormentas y las criaturas marinas. Su sabiduría y su conexión con la luna la convertían en una guía para los navegantes y los pescadores.
Phaxsi era un símbolo de misterio y belleza. Su conexión con la luna la dotaba de un aura de sabiduría y magia. Su espíritu juguetón y su amor por la aventura la convertían en una figura amada por todos en Neblesia.
Xarob, el dios del caos y la maldad, era una figura oscura y temida en el universo de Ezman. Su egocentrismo y astucia maquiavélica lo convertían en una amenaza constante para la armonía que los demás dioses se esforzaban por mantener.
Xarob fue el arquitecto de Neraka, el inframundo, un lugar lúgubre y lleno de sombras donde él reinaba como un monarca absoluto. Sus lacayos, los Besach o demonios, eran criaturas oscuras nacidas de los sentimientos negativos que los dioses no podían controlar. Estos seres terroríficos servían a Xarob en su afán por sembrar el caos y la destrucción en el Ezman.
Las acciones de Xarob lo convirtieron en un paria entre los dioses. Su desprecio por las reglas y su obsesión por el caos lo llevaron a ser desterrado a Neraka, donde debía permanecer confinado hasta el fin de los tiempos.
La historia de Xarob termina con su alma destruida, o al menos eso es lo que se cuenta. Sin embargo, la oscuridad siempre acecha en las sombras, y la posibilidad de que Xarob regrese para sembrar el caos en el Ezman sigue siendo una amenaza latente.
La creación del Ezman por parte de Zhyttya y Evig fue un acto de amor y de orden. Sin embargo, su relación trascendió los límites de la amistad y la colaboración, dando paso a un sentimiento nuevo para ellos: el khair, o amor. Esta unión, prohibida por las propias reglas que ellos mismos habían establecido, desencadenó una serie de eventos que cambiarían el destino del Ezman para siempre.
Vaktare, el dios del destino, se opuso rotundamente a la unión de Zhyttya y Evig. Su visión del futuro le mostraba que esta relación tendría consecuencias nefastas para el universo. Sin embargo, los demás dioses no escucharon sus advertencias, convencidos de que las visiones podían cambiar y que no siempre se cumplían al pie de la letra.
Ante la negativa de los demás dioses a acatar su consejo, Vaktare se vio obligado a desterrar a Zhyttya y Evig. Pero lo que nadie, ni siquiera los propios dioses desterrados, sabía, era que Zhyttya se encontraba encinta. Esta unión prohibida había dado vida a una nueva deidad: Terakhir, la diosa de la muerte.
La desaparición de Xarob, el Dios del Caos, dejó un vacío en el Inframundo, un vacío que desestabilizó el equilibrio de este reino. Sin la presencia de Xarob, las fuerzas del caos se desataron, creando una atmósfera de incertidumbre y peligro.
Las circunstancias que rodearon la desaparición de Xarob siguieron siendo un misterio. Algunos creían que fue derrotado en una batalla épica, mientras que otros especulaban que simplemente se retiró del Inframundo, buscando refugio en un plano de existencia más remoto.
La ausencia de Xarob tuvo un impacto significativo en el Inframundo. Las almas que habitaban este reino se encontraban ahora en un estado de constante peligro, ya que las fuerzas del caos amenazaban con consumirlas.
De la inestabilidad y desorden un nuevo dios emergió de las llamas del inframundo. Su nombre era Kieran, y su misión era castigar a los pecadores en Neraka, convirtiéndose así en el nuevo rey de este reino infernal.
Kieran se distinguía por su cabello largo y negro con detalles rojos, y vestía una túnica totalmente negra. Siempre lo acompañaba Harkan, un demonio con forma de lobo.
A pesar de su naturaleza oscura, Kieran era un dios pacífico, aunque rígido e inquebrantable en cuanto a sus castigos. En poco tiempo se convirtió en una de las deidades más temidas y respetadas.
Durante siglos, muchos creyeron que la maldad en el Ezman era obra de Kieran. Sin embargo, la realidad era que la maldad era una parte innata de cada ser viviente. El odio, el rencor y demás sentimientos oscuros ya existían mucho antes de la creación de Kieran, emanando de las mentes más perversas.
A pesar de su naturaleza oscura y su dominio sobre el Inframundo, Kieran no encontraba placer en la destrucción entre los humanos. Su esencia, aunque poderosa y caótica, no se alimentaba de la desgracia ajena. Los humanos, según el mandato de Evig, poseían la libertad de elegir su propio camino, sin la intervención de ninguna deidad, ni siquiera de aquellas que gobernaban los reinos más allá de la vida.
Kieran, atado por este mandato, observaba con ojos impasibles el devenir de la humanidad. Las guerras, las pestilencias, las tragedias que manchaban la historia de los humanos no eran de su incumbencia. No podía, ni quería, interferir en su destino.
Sin embargo, su mirada no era indiferente. Las almas que descendían al Inframundo, aquellas que habían sucumbido en la violencia o la crueldad, despertaban en él una mezcla de emociones: tristeza, desolación y un leve rastro de ira hacia los vivos que habían provocado su caída.
A pesar de su naturaleza, Kieran era consciente del valor de la vida, incluso en su forma más imperfecta y caótica. La libertad de los humanos, aunque a veces los llevara por senderos oscuros, era un principio fundamental del orden cósmico.
Arev y Phaxsi, la unión del sol y la luna, engendraron a una diosa llamada Eklips. Su apariencia era una mezcla de sus padres: cabello dorado con mechones blancos, ojos rojos que a veces se tornaban plateados, y en su frente llevaba un símbolo que combinaba el sol y un cuarto de luna.
Poco se sabe sobre Eklips. Algunos dicen que fue desterrada por sus padres, mientras que otros creen que vive entre los humanos para ser protegida de las fuerzas malignas que la acechaban constantemente. Al igual que la hija de Zhyttya y Evig, Eklips era una entidad que no debía existir, según algunos.
Numerosos mitos rodeaban su existencia, pero solo sus padres conocían la verdad sobre Eklips.
En un destierro forzado, Evig y Zhyttya, dos seres de poder divino, se vieron obligados a huir a un páramo árido y desolado. Allí, en la soledad de la desolación, encontraron refugio y la oportunidad de forjar un nuevo destino.
Con su poder divino, Evig y Zhyttya transformaron la tierra baldía en un reino próspero llamado Ravekeen. Este oasis celestial se llenó de majestuosos árboles, una gran variedad de animales y una vibrante vida natural.
Sin imaginarlo, este pequeño refugio que habían creado para descansar se convertiría en el lugar de origen de una poderosa dinastía. Ravekeen prosperó bajo el liderazgo de Evig y Zhyttya, convirtiéndose en un faro de esperanza en un mundo sumido en la oscuridad.
La dinastía de Ravekeen, nacida de la unión de lo divino y lo terrenal, heredó el poder transformador de sus ancestros. Los reyes y reinas de Ravekeen gobernaron con sabiduría y compasión, guiando a su pueblo hacia un futuro brillante.