La fiesta de celebración en el paddock era un torbellino de ruido, luces y sonrisas falsas. Me movía entre la gente como un fantasma, mi propia sonrisa pegada a la cara. Todos querían felicitarme, decirme lo afortunada que era. Asentía, daba las gracias, pero mis oídos apenas registraban las palabras. Mi mente estaba en un solo lugar: en el mensaje que ardía en mi bolsillo. Me sentía sucia, humillada. Quería gritar, romper algo, huir de allí. Pero me quedé, interpretando mi papel.
La siguiente carrera era una de exhibición, un duelo amistoso contra su mayor rival, Enzo. No había puntos en juego, solo el orgullo. La multitud estaba eufórica. Mateo tomó la delantera desde el principio, su conducción era agresiva y precisa. Dominaba la pista, dejando a Enzo muy atrás. Parecía que iba a ser otra victoria fácil, otra demostración de su poder.
Pero en la última vuelta, sucedió algo extraño. En la curva final, la más fácil, Mateo redujo la velocidad inexplicablemente. Su auto pareció dudar, casi patinar. Enzo, sorprendido, aprovechó la oportunidad y lo rebasó justo en la línea de meta. Un silencio atónito recorrió a la multitud, seguido de un murmullo de confusión.
Yo sabía la verdad. No fue un error. Lo hizo a propósito. Mis ojos buscaron instintivamente en la sección VIP del equipo de Enzo. Y allí estaba ella. Isabella. De pie, con una sonrisa triunfante, aplaudiendo a Enzo. El regalo de Mateo para ella. Una victoria pública. Una humillación pública para mí.
Mi teléfono vibró de nuevo. Era ella. "Gracias por el regalo. A Enzo le encantó. Y a mí también."
Casi al instante, mi teléfono sonó. Era Mateo. Contesté, mi mano temblando.
"Mi amor," su voz sonaba genuinamente arrepentida, una actuación magistral. "Perdóname, no sé qué pasó. Perdí el control por un segundo. Estás bien? No te decepcioné, verdad?"
"No te preocupes, cariño," respondí, mi voz un susurro helado. "Es solo una carrera. Te veo en la fiesta." Colgué antes de que pudiera decir algo más.
No pude soportarlo más. Me disculpé con una excusa vaga y corrí al baño. En el momento en que la puerta se cerró detrás de mí, me derrumbé. Me deslicé por la pared hasta el suelo, abrazando mis rodillas, y las lágrimas que había estado conteniendo finalmente brotaron. Sollozos silenciosos y desgarradores sacudieron mi cuerpo. El dolor era físico, una presión en mi pecho que me impedía respirar. ¿Cómo podía ser tan cruel? ¿Cómo podía humillarme de esa manera frente a todo el mundo?
Después de unos minutos, me obligué a calmarme. Me lavé la cara con agua fría, me retoqué el maquillaje y salí, con la máscara de la esposa perfecta firmemente en su lugar. Nadie debía saber.
Pero la tortura no había terminado. Mientras volvía a la fiesta, mi teléfono volvió a vibrar. Una notificación de Instagram. Era una cuenta privada que había descubierto, la de ella. Isabella. Había publicado una nueva foto. Era ella y Enzo, besándose apasionadamente, con el trofeo de la carrera de exhibición entre ellos. El pie de foto decía: "Celebrando una victoria bien merecida. Algunas personas simplemente saben cómo hacer feliz a una chica." La ubicación estaba etiquetada: el hotel más lujoso de la ciudad. El mismo donde Mateo me había dicho que tenía una "reunión de patrocinadores" más tarde.
Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. La evidencia estaba ahí, descarada, pública.
Esa noche, cuando Mateo llegó a casa, traía flores y una expresión de remordimiento ensayada. "Ximena, mi vida, lo siento mucho por lo de hoy. Fui un idiota."
Me entregó las flores. Las tomé, sintiendo el frío de los pétalos contra mi piel. No dije nada.
Él se acercó, tratando de abrazarme. "Sé que estás decepcionada, pero déjame compensártelo. Sabes que haría cualquier cosa por ti." Su voz se suavizó, volviéndose manipuladora. "¿Recuerdas el incendio? Te saqué de las llamas. Siempre te protegeré."
Usaba nuestro pasado, nuestros momentos más sagrados, como un arma para controlarme. Para hacerme sentir culpable por dudar de él.
Me aparté de su toque. La sola idea de que su piel rozara la mía me revolvía el estómago. "¿Estás cansado?" le pregunté, mi voz plana, sin emoción.
"Agotado," dijo él, fingiendo un bostezo. "Tantas reuniones después de la carrera. Los patrocinadores son implacables."
Mentiroso.
Me di la vuelta y caminé hacia la cocina. "Entonces deberías descansar."
Lo escuché suspirar detrás de mí. "No estés así, Ximena. Te amo. Eres la única para mí."
Sus palabras, que una vez fueron mi refugio, ahora sonaban huecas, vacías. Me detuve en el umbral de la cocina, dándole la espalda. Miré mis manos, que temblaban ligeramente. El amor que sentía por él, un fuego que había ardido tan intensamente, se estaba convirtiendo en cenizas frías.
Él intentó acercarse de nuevo, puso una mano en mi hombro. El contacto fue como una descarga eléctrica. Me aparté bruscamente, como si me quemara.
"No me toques," siseé, la voz temblorosa de rabia y asco.
Me miró, sorprendido por mi reacción. "¿Qué te pasa?"
"Nada," mentí. "Solo estoy cansada."
Se acercó e intentó besarme. Giré la cabeza, y sus labios aterrizaron en mi mejilla. La sensación fue tan repugnante que tuve que reprimir una arcada. Corrí al baño y me lavé la cara y la boca con furia, frotando mi piel como si pudiera borrar su toque, su mentira, su traición. Me miré en el espejo, a la mujer con los ojos rojos y la expresión rota. No me reconocía.