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Estudios MediaStar, Madrid, seis meses antes
Marcos, mi representante, me hace una seña con la mano invitándome a pasar a una sala iluminada por varios focos y, rodeando mis hombros con camaradería, me suelta entusiasmado un consejo de último minuto:
—Deslúmbralos, Júnior, permite que la gente te conozca tal y cómo eres. Tu padre era bueno; quizás, el mejor, aunque su carácter un tanto peculiar, no lo dejaba conectar con sus fans. Tú tienes el don de la cercanía; a ti te amarán y te respetarán, si les das la oportunidad. —Está efusivo, sus intensos ojos azules brillan con fuerza, cree en lo que dice y lo cree de verdad. Quisiera compartir su optimismo, aunque mi perfil contenido me invita a ser prudente. Parece que lee la gran pregunta que hormiguea en la punta de mi lengua así que se apresura en calmarme mientras me da un abrazo rápido y me guiña el ojo—. Todo lo que tienes que hacer es ser tú mismo.
—No me gusta exponerme. —Gesticulo con las manos para dar más valor a mis inseguridades—. Las entrevistas en directo son un arma de doble filo; aparte, tú me conoces, sabes lo tímido que soy. Mi padre es carismático, divertido y tiene una respuesta ingeniosa para todo; en cambio, yo…
—Es indudable que Cristian es un personaje de diez, pero le falta calidez; su carrera tuvo luces y sombras por haberse mostrado distante y frío con sus seguidores. No tienes por qué ser como él, nadie espera que seas su copia. Hazme caso, muchacho, te conozco desde que eras un embrión, posees un corazón de oro y, eso, es lo que más aprecian las masas.
Lo dice con tanta elocuencia y entusiasmo que termino por creerle. Suspiro lentamente y aguanto paciente la palmadita consoladora que me da en la espalda y, aun cuando sigo teniendo ganas de lamentarme para toda la eternidad, guardo la compostura y asiento.
Marcos es, prácticamente, parte de mi familia, siendo el representante e íntimo confidente de mi padre, Cristian Cros, de toda la vida. Desde que tengo uso de razón ha sido una figura activa en mi vida y, tras convertirme en futbolista, ha tomado el mando de mis asuntos legales. Merece un voto de confianza y pienso dárselo. Si él cree que es bueno hacer una entrevista en directo antes de mi presentación oficial por el Real Madrid, pues así debe de ser. Me conoce bien y sabe que le haré caso.
Al momento, observo cómo una chica joven, vestida con un mono vaquero desgastado y una camiseta sin mangas, llama nuestra atención con un gesto. Nos acercamos a ella; con un apretón de manos se presenta como la ayudante de plató. Acto seguido, nos muestra el camino a seguir. Marcos, el muy cabrón, finaliza su tarea y se despide de mí, guiñándome, por enésima vez hoy, el ojo. No me queda más remedio que seguir los pasos de la joven, que me llevan al escenario televisivo destinado al encuentro.
Nada más llegar, soy recibido por la periodista encargada de entrevistarme. Intercambiamos un par de trivialidades para romper el hielo y conectar. Es una mujer de unos treinta años, bastante atractiva. Tiene una mirada avispada y su voz suena decidida al presentarse: «Ana Cantos, periodista deportiva». Me da la mano con firmeza intentando ganar mi confianza y espera paciente mis primeras palabras. Me siento raro porque intuyo que debe de saber más cosas sobre mí que yo mismo, pero de todos modos cumplo con el formalismo exigido. Mi voz suena algo forzada y tensa, aunque menos de lo que yo pensaba.
—Cristian Cros Júnior, futbolista del Real Madrid.
«A los periodistas hay que mantenerlos lejos de ti —es el gran lema de mi padre que, a lo largo de su carrera futbolística, ha tenido bastantes encontronazos con la prensa—, pero si no hay más remedio, atiéndelos lo mejor que puedas, porque entre una buena imagen y una pésima, hay una línea muy fina, que ellos pueden traspasar con mucha facilidad».
Ana me invita a sentarme en un sillón de cuero situado ante una mesita de cristal, un tanto incómoda, ya que no tiene la altura suficiente para apoyar las manos. Me siento, tratando de parecer relajado, aun cuando todos los nervios de mi cuerpo están en modo on. La anfitriona me sonríe con franqueza, mostrándome con un gesto que, en menos de un minuto, entraremos en directo. Se acaricia su larga melena de color castaño rojizo ofreciendo un talante tranquilo como si estuviera a punto de tomar un café con un amigo y no de iniciar una entrevista, retransmitida en prime time en una importante cadena nacional.
Una luz roja parpadea un par de veces, indicativo de que las cámaras ya están emitiendo la señal. La reportera dobla los papeles que ha estado hojeando y, mirándome de frente, comienza el interrogatorio:
—Buenos días y bienvenido, señor Cros. Me gustaría comenzar esta entrevista agradeciendo su presencia en este plató. Sé que ha hecho un gran esfuerzo para atender a los medios y ofrecernos una cita en directo, a tan solo unas horas de su presentación en el Bernabéu.
Ante ese amable recibimiento, preparo mi perfil bueno, inspiro hondo y la premio con una de mis armas más letales: mi sonrisa.
—El placer es mío, encantado de estar aquí. Soy feliz de haber regresado a mis orígenes, gracias por invitarme.
Ana asiente con energía, complacida ante mi educada respuesta. Se cruza las piernas con gesto pausado y se muerde el labio inferior de forma disimulada, señal de que mi atractivo no le pasa desapercibido. Me molesta su interés personal, ya que doy y exijo profesionalidad en todo lo que hago.
—Su nombre es Cristian Cros Júnior; sin embrago, es conocido como Júnior. ¿Es algo que le molesta o, por el contrario, le hace sentirse único y especial?
Me apoyo sobre el respaldo de la silla en actitud relajada preparándome para contar la historia de mi nombre. No tenía previsto salirme de los cánones futbolísticos, pero la pregunta me agrada y, recordando los consejos de Marcos, decido abrir mi corazón.
—Es de todos sabido que mi nacimiento fue un tanto especial. —La mirada curiosa de la reportera brilla con codicia, sorprendida ante mi predisposición a contar cosas íntimas. Hago una pausa y tomo un sorbo de agua de un vaso que hay sobre la mesa. A continuación, intercambio una corta mirada con ella y continúo—. Hace poco más de veinte años, mi padre recurrió a la ciencia para tener un hijo. Contrató un vientre de alquiler y unos óvulos a la carta y, nueve meses más tarde, nací en una clínica de Kiev, siendo el hijo deseado de mi padre. Él decidió que nos llamásemos igual, aunque en la práctica resultó un tanto complicado, así que para poder diferenciarnos comenzó a llamarme Cristian Júnior y, con el paso del tiempo, me quedé simplemente en «Júnior». De niño, tuve algunos disgustos en el colegio, del tipo «Júnior significa algo pequeño y nunca crecerá», pero la entrada en mi vida de mi madre biológica, hizo que esas tonterías infantiles me afectasen lo menos posible.
Ana me observa asombrada, al parecer, le cuesta creer que el único hijo de una estrella de fútbol mundial haya sufrido acoso y burlas en su infancia. Es visible cómo su lado periodístico quisiera indagar en esa dirección, pero su parte humana se resiste, así que se limita a mirarme sorprendida al tiempo que me obsequia con una sonrisa cálida y comprensiva. Siento que debo añadir alguna chorrada para cerrar ese capítulo familiar, así que opto por seguir la línea de la verdad.
—Respondiendo a tu pregunta, asumo mi nombre con naturalidad, ni me siento único ni me displace. Es… parte de mí. Ser conocido como Júnior me aporta personalidad, permitiéndome separarme del gran mito que fue mi padre. No, definitivamente, Júnior no es tan malo, al fin y al cabo.
Mi timbre de voz suena algo divertido y, el pequeño hoyuelo que se forma en mi mejilla izquierda al sonreír, la deja embelesada. La reportera necesita un par de segundos para reconducir la entrevista; aunque, al ser una periodista experimentada, logra pasar con rapidez a la siguiente fase de su asalto.
—¡Qué tierno y original! Ya que ha mencionado sus interesantes orígenes, permítame hacer un breve resumen sobre ellos para que nuestros telespectadores más jóvenes recuerden su historia.
Acepto, un tanto arrepentido por mi momento de debilidad, aunque es tarde para lamentarme. Ella busca con la mirada la cámara más cercana y, tras localizarla, gira su rostro hacia ella.
—Júnior tiene nacionalidad española, aunque ha vivido desde que era un niño en Inglaterra. Fue concebido por gestación subrogada y criado hasta los cinco años por su padre, el famoso futbolista Cristian Cros, con la ayuda de la madre natural y de su abuela paterna, María. Cuando tuvo edad para comprender las cosas, Júnior comenzó a interesarse por su origen mostrando el deseo de conocer a su madre biológica por lo que su padre movió cielo y tierra para encontrarla. Minerva Martín, resultó ser la afortunada donante de los óvulos utilizados para su concepción, una mujer muy especial, médico pediatra de tan solo veinticinco años.
Me siento cada vez más incómodo al tener que presenciar ese resumen sobre mi familia y mi nacimiento. Mi historia es de dominio público, lo sé, pero mi padre nunca habló abiertamente de ello. Ana percibe mi malestar y decide poner punto y final, no antes de sacar a relucir el final feliz de mis progenitores.
—¡Qué historia más romántica tuvieron sus padres! Se conocieron por ser los padres biológicos del mismo niño y acabaron enamorándose y casándose. —Suspira de forma teatral y lanza una mirada cargada de felicidad a la cámara.
—Así es —freno su entusiasmo con sequedad para abandonar, de una vez por todas, el pantano de mi familia. Cambio mi postura corporal ofreciendo un perfil serio y distante. Mi estrategia funciona, puesto que la reportera consulta su reloj y se dirige al tema de interés futbolístico.
—Dentro de dos horas será presentado de forma oficial ante miles de aficionados como delantero del Real Madrid. ¿Qué siente al saber que formará parte del mismo club que le dio a su padre la gloria y tantos títulos valiosos? Dos generaciones y un mismo destino.
Es una pregunta sencilla y, al mismo tiempo, difícil de contestar. Ordeno con rapidez algunas ideas en mi mente; aunque, finalmente, dejo mis emociones fluir.
—Siento un enorme respeto; ser el hijo de una gran estrella mundial, como lo fue mi padre, me carga de una enorme responsabilidad. —Me vengo arriba poseído por una buena dosis de optimismo. Noto el pulso acelerarse en mis venas y la adrenalina recorrer mi sangre. No pretendo engañar a nadie, ser jugador del Real Madrid es mi sueño desde niño y así deseo trasmitírselo a la gente—. Como es lógico, los aficionados esperan mi mejor versión y no quiero, ni puedo, defraudarlos. Formar parte de la plantilla blanca me llena de felicidad y orgullo; el Real Madrid es el mejor club del mundo, deseo poner mi granito de arena para hacer historia, traer títulos y alegría a nuestros seguidores.
El entusiasmo comienza a bullir en mi interior y decido culminar mi presentación con una nota divertida:
—Y, por supuesto, vender muchas camisetas —añado con una sonrisa de complicidad.
Puedo ver en los ojos chispeantes de la periodista que mi discurso posee los ingredientes necesarios para llegar al corazón de los telespectadores.
Me crezco ante la grandeza del momento, aunque todavía me cueste asimilar el hecho que me encuentre en la cima del deporte rey. Juego al fútbol desde que tengo uso de razón y di mis primeros pasos en un club infantil de Valencia. Poco después, me mudé con mis padres a Londres y me incorporé en el equipo benjamín del Chelsea, uno de los últimos destinos de mi padre. A los dieciséis años, los clubes europeos comenzaron a mostrar interés por mí y acepté la mejor oferta, que vino del Manchester United, donde hice seis buenas temporadas. Antes de finalizar mi contrato, recibí una propuesta inmejorable del Real Madrid. He firmado con ellos por ocho temporadas y, faltan tan solo unas horas para que luzca el número 9 en el dorsal de la camiseta blanca. Me encuentro en mi mejor momento futbolístico y espero afirmarme y consolidarme como una de las promesas del deporte rey actual. Y todos estos sueños se plasmaron antes de que cumplir los 23 años. Estoy orgulloso de mí mismo y, aun cuando hay voces malintencionadas que afirman que me encuentro en la cima por ser el hijo de mi padre, debo decirles que tuve que esforzarme el doble para destacar, porque no se me exigía ser bueno, se me exigía ser el mejor, precisamente por ser hijo de quién era.
Seguimos hablando de fútbol, metas y proyectos. Antes de terminar, los realizadores me dedican un bonito vídeo montaje con mis mejores jugadas y, para qué mentir, ¡me encanta!
Salgo del plató, animado y me dejo conducir al estadio donde seré presentado ante los aficionados blancos, que, según me informan, han llenado las gradas del Bernabéu, a la espera de ver a la nueva estrella.
«Júnior, ¡ese eres tú!», aplaude mi voz interior extasiada.
«Júnior, ¡ese soy yo!», admito cohibido y, por primera vez en mucho tiempo, me concedo el lujo de sentirme orgulloso del hombre en el que me he convertido.
3
Prisión de Soto del Real, el mismo día
La ventana estrecha, custodiada por varios barrotes de hierro, da a un patio cerrado que no permite la entrada de la luz solar. En consecuencia, la sala de visitas del centro penitenciario ofrece un aspecto lóbrego y huele a humedad. Sigo los pasos del agente de seguridad arrastrando mi evidente cojera, recuerdo de mis años pasados entre rejas. Hace tiempo que cumplí mi condena, nueve años ya, para ser exactos; sin embargo, alguna que otra vez me paso para ver a Xia, mi íntimo amigo, lo único bueno de mis ocho años de encierro. Me siento en la silla y, mientras espero paciente la llegada de mi excompañero de celda, me asaltan los recuerdos y no puedo evitar ponerme de mal humor.
«No debí haber venido», me reprendo para mis adentros, pero justo entonces, Xia hace su aparición y me sonríe desde la distancia. Se acerca con paso lento, típico de los presos que llevan muchos años encerrados y, su rostro, normalmente inexpresivo, da señales de alegría ante mi presencia. Lleva quince años viviendo entre rejas y yo soy el único ser humano que se digna a visitarlo puesto que es chino y no tiene familia en España. De todos modos, aun cuando la hubiera tenido, el secuestro y el posterior asesinado que cometió no lo ayudarían a ser el santo devoto de nadie. A ojos ajenos, puede pasar por un individuo repugnante, frío y despiadado; pero nadie conoce las razones que lo han llevado a ser quien es. Ambos nos parecemos bastante, somos dos hombres solitarios que, simplemente, han tenido mala suerte en la vida. No creo en la teoría que defiende que los seres humanos son buenos o malos; en mi opinión, todos tenemos pequeñas partes de las dos caras y las desarrollamos en función de las circunstancias vividas. Nadie sueña de pequeño con convertirse en asesino ni se prepara, física y emocionalmente, para serlo algún día. Yo no llegué a matar, aunque sí estuve muy cerca. Todos los recuerdos de mis años pasados en la misma celda con Xia me emocionan y me sermoneo para mis adentros por haberme olvidado de él.
—Juan, pensaba que ya no vendrías —me dice a modo de saludo y no le culpo por su reproche velado. Sé de buena tinta que es un hombre parco, de pocas palabras, que procura ir directo al grano. Además, no le falta razón, cada vez que vuelvo a pisar la cárcel me prometo que será la última.
—No me gusta este agujero, espero que lo entiendas —me sincero, puesto que la amistad entre el chino y yo tiene sus pilares en la franqueza. Nuestra conexión surgió del silencio, de verdades soltadas a la cara sin ninguna medida de protección. O dicho de otro modo, ninguno de los dos tuvo ningún reparo en mostrarle al otro sus verdaderos pensamientos.
—A pesar de eso, estás aquí. —Xia entrecierra los ojos, ya de por sí pequeños, formando dos líneas delgadas, un tanto amenazantes. Es su manera de preguntarme el motivo de mi visita tras ocho largos meses de ausencia. A modo de respuesta, busco en el interior del bolsillo de mi abrigo y saco una invitación de papel que desdoblo con cuidado y se la doy. El guardia de seguridad se acerca unos pasos y, tras echar un vistazo, accede a que mi amigo se quede la nota.
—Gran presentación del futbolista Júnior en el estadio de Bernabéu. Grada VIP —lee mi amigo en voz alta al tiempo que me mira desconcertado y me devuelve la invitación—. ¿Quién leches es Júnior? —pregunta, finalmente, con la sombra de la curiosidad dibujada en su rostro.
Me tomo un tiempo antes de contestar. Es una pregunta difícil porque Júnior provocó, desde antes de nacer, mi mayor desgracia. Es el principio del mal que ha llevado mi vida al abismo. Y cuando mi mente daba las primeras señales de querer olvidarse de él, acude a mi terreno para desterrar el hacha de guerra.
—Júnior es el hombre que ha robado mi vida —resumo lo mejor que puedo el significado de su nombre. Noto cómo los músculos de mi cara se tensan y la rabia me invade expandiéndose por mi cuerpo.
Xia se rasca la barbilla, al parecer no sabe qué decir. Nos quedamos enmudecidos un buen rato y, justo cuando pienso en levantarme para marcharme, me toca las manos con timidez y me da un suave apretón. Es la mayor muestra de apoyo que es capaz de ofrecerme y, viniendo de parte de un hombre frío y reservado como él, significa un mundo. Me emociono tanto que siento la garganta agarrotada y las lágrimas a punto de inundar mis ojos.
—¿Tienes un plan? —me pregunta con sencillez, una vez hemos superado nuestro relámpago de afecto.
—No lo tengo —reconozco con amargura—. Quiero infligirle un daño, pero no uno físico, sino emocional, uno que lo derrumbe, que destroce su reputación y, de paso, que lleve a sus padres por la calle de la amargura. Necesito un plan magistral, algo realmente bueno.
—Entonces piensa con calma. Sigue sus pasos, todo el mundo tiene un talón de Aquiles en algún lado, busca el de Júnior y cuando lo encuentres, ataca sin piedad —me aconseja el chino con voz pausada.
Suspiro y cierro los ojos complacido ante los ánimos recibidos. Mi excompañero de celda se preocupa por mí, es un buen amigo.
—He comenzado a investigarlo en la sombra, dentro de poco cumple veintitrés años. Es un joven bastante aburrido y formal. Por ahora no hay nada interesante: es sano, deportista, no se droga, no tiene novia ni mujeres para pasar el rato, no bebe ni tiene adicciones de ningún tipo. Demasiado limpio para el siglo en el que vivimos.
—No te desanimes, nadie expone las miserias de su vida y, menos, la gente pública. Sigue buscando, es sabido que los que menos aparentan más mierda ocultan bajo el brazo. —El guardia de seguridad se acerca, indicando con un gesto que los diez minutos de visita han llegado a su fin. Xia no discute la orden, simplemente se levanta de la silla y se marcha sin despedirse.
Salgo de la prisión, pensativo. Por un lado, estoy entusiasmado, mi amigo, aun cuando no ha dicho ni ha hecho gran cosa, me ha insuflado la energía necesaria para seguir adelante con mi plan. Muchos otros en su lugar me hubieran soltado trivialidades del tipo: «el chaval no tiene ninguna culpa, olvídalo y sigue lo que te queda de vida en paz».
Pero Xia es un camarada leal y su mente retorcida ha comprendido enseguida mi necesidad de venganza. Aquellos a los que se les arrebata los sueños, comprenden de un modo asombroso el deseo de desquite personal. No todo es blanco y negro en la vida, hay matices que a la mayoría de los mortales les pasan inadvertidos.
Mientras conduzco por la autopista en dirección al Bernabéu, bajo la ventanilla y dejo que el aire fresco me azote la cara. Me encuentro revigorizado por dentro, como si hubiese despertado de un largo sueño. Un coche me adelanta por la derecha y el conductor, un chico joven de unos veinte años, me saca el dedo corazón y me hace unos gestos despreciables con la cara. No me rebajo a su altura y paso de él, demasiado absorto en mis pensamientos.
Llego al estadio bastante malhumorado puesto que las calles están atiborradas de gente y, el centro de Madrid, prácticamente cortado. Y todo para que el insufrible «hijo de papá» tenga su momento de gloria. Me abro paso como puedo, la cojera que arrastro me obliga a avanzar con lentitud. Fantaseo con la idea de que en alguna parte de las gradas estén presentes sus padres. Y, sobre todo, quiero que esté ella. Minerva. La mujer que nunca pude olvidar.
Cierro los ojos con dolor al recordarla. La sigo en las redes sociales y sé casi todo sobre su vida, pero llevo dieciséis años sin verla en persona. Tras convertirse en la esposa de Cros, se volvió del todo inaccesible y, aun cuando busqué durante años la manera de acercarme a ella, no fui capaz de encontrarla.
Hasta ahora. La llegada de su adorado hijo biológico a Madrid lo ha cambiado todo. Ha abierto las puertas de par en par invitándome de forma tácita a retomar mi plan. Estoy preparado para luchar. Daré pasos pequeños pero efectivos. Con estos alentadores pensamientos rondándome por la cabeza, saco del interior de mi bolsillo la carísima entrada VIP que adquirí hace unos días y la contemplo absorto en mis pensamientos. La imagen de Minerva vuelve a colarse en mi mente.
«Es una traidora, no debería importarte».
Es la eterna lucha que se da en mi interior con respecto a Minerva. Soy consciente que, en vez de sentir por ella esa mezcla de «amor rencor» que me quema por dentro, debería odiarla y detestarla.
«Lo intentaste, pero ha salido mal».
Cierto, lo hice, aunque en ningún momento, he logrado que me fuera indiferente. Es como una cruz que llevo sobre mis espaldas sabiendo que nunca me liberaré de su peso. Una cruz pesada. Mi cruz.
Antes de sentarme en el lugar asignado saco de mi bandolera una gorra oscura y me la coloco sobre la cabeza. Estoy bastante envejecido para mis cincuenta y nueve años y el paso por la cárcel me dejó una mejilla rajada y un par de arrugas muy marcadas en la frente. No creo que ella fuese capaz de reconocerme si me tuviera delante pero, ante la duda, prefiero tomar medidas de protección. Estoy tenso y el ruido que hacen dos niños sentados en los brazos de sus padres, en la fila de delante, me saca de mis casillas. Me pregunto por qué la gente tiene la necesidad de llevar a críos tan pequeños a ese tipo de eventos cuando, de todos modos, no se enteran de nada.
«Para molestar a los demás», me respondo malhumorado. Me giro y le pongo mala cara al hombre que no se digna en soltar ni una pequeña disculpa.
De pronto, la ruidosa música cesa y el presentador del evento hace su aparición en el medio del campo, subido a un escenario improvisado, sobre el cual se posan multitud de focos.
—Queridos madridistas, ha llegado el momento que todos estábamos esperando con ilusión. Hoy es un día histórico porque hemos conseguido que un hijo de esta casa vuelva a su hogar. Tengo el enorme placer de presentaros a la futura estrella blanca —el tono de su voz sube en intensidad y dice extasiado—: Con todos nosotros… ¡Júnior!
Los focos se mueven a lo ancho de todo el estadio hasta que localizan una figura vestida con la equipación blanca, luciendo el número 9 en el dorso.
Y lo que a continuación ocurre hace que me quede sobrecogido.
Los noventa mil aficionados gritan su nombre y el eco de sus voces elevan la palabra Júnior hasta el cielo. Es una locura colectiva, un recibimiento cargado de amor y buenas vibraciones. Los simpatizantes del club blanco lo aman y eso hace que mi odio hacia su persona crezca a pasos agigantados.
Sube al escenario y los reflectores se posan en él. Lo observo con gesto crítico, y desde mi lugar privilegiado, veo que tiene una figura envidiable, es alto y atlético como su padre. Levanta las manos en alto y saluda de buen agrado a la gente. Los monitores instalados en el estadio muestran un primer plano de su cara y me tomo mi tiempo para analizarlo. Se le ve nervioso, hasta un tanto tímido y eso hace que piense en Minerva. Ha heredado de ella su mirada melancólica y su humildad.
«Es listo como ella, tiene ese algo que atrae».
No alardea ni saca pecho como hacía su padre en sus días de gloria, sino que se mantiene con los pies en la tierra, dejando a las masas sacar sus propias conclusiones.
Y las masas son fáciles de influenciar porque enloquecen cuando la nueva estrella hace su primer saludo poniendo la mano a la altura del corazón.
«¡Júnior corazón, serás nuestro campeón! », es el grito que se propaga con la velocidad de un rayo entre los aficionados y, en pocos segundos, las masas claman ese eslogan con las manos puestas en el pecho.
Un llamativo color escarlata se apodera de mis ojos, el color del enfado y la venganza. Ojalá se pareciese a su padre y fuese un estúpido engreído. No soporto admitir que, a costa de mi sufrimiento, los Cros solo hayan obtenido ganancias. Me han robado a Minerva. Esa evidencia me obliga a respirar con dificultad y me levanto de mi asiento, ajeno a los protestas de las personas a las que estoy molestando con mi precipitada retirada. Me niego a presenciar más aquello porque comprendo que Júnior ha obtenido en su debut los dos valores más preciados a los que puede aspirar un ser humano: reconocimiento y admiración.
Me veo a mí mismo muy pequeño e insignificante en comparación con él y la tarea que tengo por delante se me antoja gigantesca. Me pregunto, un tanto abatido, de qué manera lograré derruir su gran mito.
«El talón de Aquiles», retumba en mis oídos el sabio consejo de Xia. ¿Dónde demonios lo tendrá?
Con esa pregunta flotando en mi mente abandono el estadio y me dirijo hacia mi casa.