Estaba oscuro, la luz de la luna apenas entraba por las rendijas de las ventanas; iluminando por momentos aquel circulo de transmutación. El silencio reinaba en aquel cuarto, apenas desafiado por el correr de la sangre en las manos de aquella mujer. Su piel estaba expuesta, le había tomado tiempo desvestirse. Orgullo. Ese sentimiento que tanto carcome a los elfos al fin estaba mellando la voluntad de aquella mujer de orejas largas, pero no podía dudar, ya faltaba poco y deshacer ese sello le tomaría demasiado tiempo. Dudó. Por unos instantes dudó, pero se reafirmó a si misma tirando la daga a un lado y apretando los puños, si aquella leyenda era cierta o no, ella seria quien lo probaría. Cerro los ojos, momento en el que un cantico fue pronunciado:
—Y he aquí que salió otro caballo, rojo; y al que estaba sobre él se le dio el poder de quitar la paz de la tierra y de hacer que los hombres se corten la garganta entre ellos; y se le dio una gran espada.
La elfa no se movió, si aquella entidad había acudido entonces debería ser bastante certera, un fallo en esa situación seria fatal. Inmóvil olfateo el entorno encontrándose con un aroma repulsivo. Sus tripas se retorcieron, su boca comenzó a salivar, cayo de rodillas, aguantando con todas sus fuerzas para no vomitar. El hedor a muerte la había inundado. Sangre, oxido, humedad y carne podrida era el olor de aquel lugar.
—Apestas a muerte espectro —, comentó la elfa mientras se ponía en pie, mirando con recelo a aquella sombra.
—¿A qué más puede apestar la guerra?, elfa.
La sombra comenzó a avanzar buscando salir del circulo, solo llego al borde exterior. Una especie de barrera le cerró el paso, a pocos metros de la mujer.
—Hmh… Hacía tiempo no me daban una bienvenida tan… controlada… Un conjuro de convocación, tres ritos de inmovilización arcanos, cuatro maldiciones de embelesamiento, un hechizo de atadura… Unos veinticuatro hechizos aproximadamente.
—Haz hecho los deberes —comento la elfa mientras reposaba su mano derecha en su cadera mientras la izquierda colgaba del aire, relajada.
—¿Quién eres elfa? —pregunto curiosa la sombra.
—Sylvanas Cantosombrío, tu nueva señora —contesto arrogante, bajando la mirada mientras cerraba los ojos.
—Interesante, así que una pequeña elfa del bosque se cree el adalid del caos. No estaría mal ver de qué vas muchacha —comentó aquel ser mientras sonreía, clavando el dorado pálido de sus ojos en su invocadora.
—¿Qué estas insinuando fantasma? —respondió Sylvanas, devolviéndole la mirada mientras el verde de sus ojos brillaba por momentos.
—Que por ahora te seguiré el juego.
Diciendo esto el círculo de transmutación desapareció, la barrera se requebrajo y las sombras se disiparon, junto al hedor a muerte que emanaba de aquella entidad. Sylvanas solo sonrió a la figura frente a ella, deleitando sus ojos con el cuerpo desnudo aquel hombre, hasta que las sombras nuevamente le cubrieron, vistiéndolo con la misma armadura que la de los caballeros de Carthus. Sylvanas también se vistió: unos pantalones y botas altas ceñidos al cuerpo en conjunto con una coraza que apenas dejaba expuesta solo la parte superior de su busto hasta el cuello, dándole libertad a sus brazos protegidos en guanteletes y hombreras, contrastando ese pardo oscuro con el rubio de su larga cabellera y el grisáceo de su piel.
—Menos mal que os habéis aprendido a vestir… —comento desinteresado el caballero.
—¿Y tú piensas ir con eso?, serás el centro de atención en cualquier sitio.
—Créeme, preferirás mil veces que me tomen por un prisionero de guerra o un esclavo, antes que descubran tu carta del triunfo.
—Cierto, pero tampoco nos conviene que intenten cortarte la cabeza en cada poblado.
—No puedo hacer mucho por eso, a menos que quieras que vaya desnudo.
—Mejor cuida ese cuerpecito, me hará falta más adelante —comento Sylvanas mientras colocaba un carcaj a su espalda y tomaba su arco —, por ahora tendremos que ir así; necesitaras un nombre, no quiero ir dando rodeos en los poblados.
—Kaldar… —contesto, colocando su espadón en la espalda y la daga en su cinturón — ¿A dónde vamos entonces?
—Hacia el oeste, hasta la frontera con Argos —contesto Sylvanas, señalando las localizaciones según las mencionaba, en un viejo mapa colgado en la pared.
—Bien, entonces vámonos que hay bastante que caminar.
Kaldar no espero a Sylvanas, saliendo de la habitación con paso ligero. El exterior de la fortaleza hizo bajar la cabeza por un momento al caballero y casi como una plegaria llevar su puño izquierdo al pecho justo antes de que su compañera saliera. La caminata se les hizo eterna desde ese punto, no había nada para orientarse, solo las montañas de fondo y la fortaleza a sus espaldas que aun pareciendo cercana, ya hacía varias horas que la habían dejado atrás; el resto no era más que un extenso y árido yermo. A la llegada del alba, algunas construcciones estaban al alcance de sus ojos, Silva; el mayor centro de comercio en toda la comarca de Carthus y no era para menos, el bullicio interior opacaba el silencio del desierto con sus ofertas, apuestas o simplemente las risas de aquellos que se relajaban en el alcohol. Kaldar no tuvo mayores complicaciones al entrar, ver a alguien vestido como los caballeros lobo era algo habitual, por otro lado, Sylvanas levanto la capucha de su capote escondiendo sus orejas.
—¿Hacemos turismo, o hay algo aquí como para que tuviéramos que cambiar de rumbo? —pregunto Kaldar.
—Negocios, tengo unos asuntos pendientes.
—Disculpe, señor, señorita; bienvenidos a Oasis.
El recepcionista interrumpió a la pareja con un saludo amigable, señalando a su vez una mesa para dos cercana las ventanas.
—Gracias, pero.
—Arnor, ve a la mesa 4, la señorita tiene una cita fijada en el reservado —interrumpió uno de los meceros.
—Enseguida jefe.
A diferencia del exterior: una barra, varias mesas y una terraza; el reservado era poco más que un conjunto de mesas adornadas en telas color vino sin más luz que la de varios faroles luciérnaga adornados en vitrales rojos. Apartado y solitario un hombre esperaba a Sylvanas, tenía una sonrisa suave, como si supiera algo, su izquierda recaía en su pierna y su derecha sobre la mesa. Sylvanas no tardó mucho en reconocerlo y se sentó frente a él.
—¡Sylvanas, mi amiga!, ¿has conseguido lo que buscabas?
—Estoy en ello Rubik.
—Con esta son cuatro veces me dices lo mismo. Mírame cielo, ¿crees qué tengo cara de imbécil? —dijo mientras bajaba el pañuelo que cubría su rostro, destapando una cicatriz que lo atravesaba en diagonal, remarcando su piel morena —. Vamos mujer eres más lista, ¿Quién es ese, tu amante, con el que te estas gastando mi dinero? —pregunto entre risas —. Sabes que la última vez que vi a un gilipollas vestido así, lo volví un colador —, completo tras ponerse de pie, mirando con cierta sonrisa a Kaldar.
Un silbido recorrió la sala en unos segundos, deteniéndose al mismo tiempo que la daga se detenía a pocos centímetros de la carótida derecha de Rubik, mientras el mismo apuntaba una mini ballesta repetidora al vientre de Kaldar.
—Esto no es contigo, no me hagas hacer un escándalo, relájate.
Kaldar devolvió la daga a su sitio, mientras Rubik guardaba su ballesta.
—¿Podemos volver a lo que nos ocupa Rubik?
—Cierto, ¿por qué no volvemos a la parte en la que me pagas?
—¿A cuánto asciende?
—Quinientos mil más los intereses, un millón de monedas oro; para ser exacto.
—Muy bien, Kaldar, déjale tu armadura y tus armas.
Una fuerte carcajada salió de Rubik al ver a Kaldar dejar tanto sus armas como armadura a un lado, quedando completamente desnudo.
—Anda, esto sí que es nuevo; creo que pagas los intereses con esto.
—Espero sea suficiente por ahora.
—No, no lo es, por eso quiero que me esperes un rato aquí y aprovecha para hablar con tu marido, parece que tiene algo importante que decirte.
Rubik trono sus dedos, momento en el que las armas y armadura comenzaron a flotar, siguiéndole fuera de la habitación.
—Tienes alma de monarca Sylvanas —nombro Kaldar reposando su mano izquierda en el hombro de la elfa.
—¿Cómo debo de tomar eso?
—Por ahora como un halago, pero harías bien en recordar como caen los monarcas.
—¿Y por qué esa sonrisita fantasma, piensas reclamar tu armadura? ¿tengo que recordarte tu lugar perro?
Kaldar solo sonrió, alejándose de Sylvanas tras ver la puerta abrirse. Rubik parecía distinto, ya no vestía de tela, sino un amplio manto negro sobre un uniforme azulado del cual sobresalía un cetro ajustado al cinturón.
—Disculpen la tardanza, tuve que buscar algunas cosas.
—Bien, así terminaremos pronto, ¿Qué quieres?
—Nada importante, voy a acompañarlos.
Kaldar sonrió por unos instantes, mientras Sylvana luchaba por no perder la compostura.
—¿Qué pretendes?
—Por ahora solo cobrar lo que me debes y de paso me digas quien es este tipo.
—Él es mi familiar Rubik.
—Mentirosa. Esos tatuajes en rojo sangre son más viejos que los trolls, ¿quieres que me crea que una elfa sin conocimiento de magia ritual haya convocado algo así?
Kaldar sonrió una vez más, disfrutando aquella discusión.
—Eso depende de si quieres hacerlo o no, yo sé lo que hice; Kaldar es mi familiar —exclamó la elfa.
—Ya veo —respondió Rubik al ver la sonrisa de Kaldar dirigida a Sylvanas, como una serpiente mirando desde arriba —, más razones para ir contigo, ya va siendo hora de que digas que pretendes.
—Rubik, ¿estás seguro de que esto servirá? —pregunto Kaldar tras verse en un espejo.
—Venga hombre, ten más confianza, la moda no es lo mío, pero tengo buen gusto para los uniformes —respondió el mago, mientras acomodaba el salón —. Además, pediste algo ligero y eso es lo mejor que tengo; ahora solo relájate, la camiseta no tiene mangas como pediste, el pantalón y las grebas y botas son de hierro ligeros, los guanteletes tienen los dedos expuestos y el faldón está expuesto por delante para más movilidad.
—Y me imagino que el faldón es raído porque todas tus túnicas son así no?
—Vamos, que si no te gusta puedes volver a andar desnudo por la calle; tienes un cuerpo bastante desarrollado pese a ser delgado, supongo que los flacuchos también tienen su estilo.
—Y me lo dice el que es más flaco que su bastón, en fin, gracias por la ropa.
—Al final eres un trozo de pan.
Al salir, el dúo se encontró con Sylvanas, distanciada, centrada en un pequeño mapa vagamente marcado con las ciudades cercanas y los caminos principales a ellas, pese a esto, la elfa no tardo en voltearse suavemente, reposando su cuerpo en la mesa.
—Y bien querida, ¿decidiste que haremos primero? —preguntó Rubik, golpeando par de veces el suelo con su cetro.
—En parte, ¿cuánto oro tienen tus arcas?
—A penas la mitad de lo que necesitas.
—Entonces solo podremos comprar la taberna y la armería.
—Mas que suficiente por ahora, pero tendremos que conseguir oro —comento Kaldar, acercándose al mapa sobre la mesa.
—¿Qué sugieres? —interrogó Sylvanas.
—Que le hagamos una visita a las amazonas.
—¿Por qué debería pedirles ayuda a unas putas? —preguntó una vez más la elfa, resistiendo como más podía el impulso de clavarle allí mismo una de sus flechas a Kaldar.
—Has tocado vena sensible cerebrito, a ver si tu señora no me vuela por los aires la casa —comento Rubik con una sonrisa de oreja a oreja, sentándose en una banqueta cercana a la puerta, dejando descansar su báculo en el hombro izquierdo.
—Sylvanas, soy consciente de los conflictos que arrastran los tuyos, pero a veces tendrás que tragarte el orgullo si quieres avanzar. Rubik, ¿puedes encargarte de la compra de las instalaciones?
—Dalo por hecho, luego me contareis que tal os fue, por ahora… —paro un momento para salvar dirigiendo sus dedos índices hacia la puerta — me encargo de los negocios.
Nada más salir los ojos de Rubik brillaron en verde, sonrió. Para cuando se dio cuenta ya estaba a las puertas del Consejo de Silva, mirando indiferente los glifos que cubrían ambas mitades de la puerta: el derecho tenía forma de árbol, pero uno marchito e hinchado, hueco con raíces que se extendían hasta la división de las puertas y ramas muertas y podridas que llegaban a la parte superior; el izquierdo era de la misma forma un árbol, pero al contrario que su gemelo este era frondoso y rebosante de vida. Ante ellos Rubik golpeo dos veces el suelo con su báculo, instante en el que un hermoso verde esmeralda emano del árbol que rebosaba de vida mientras que un profundo y opaco verde oscuro emanaba de su gemelo. Lentamente el fulgor se expandió a ambos lados del portón mientras se abría. En su interior un gran salón esperaba a Rubik. El hechicero avanzo con cautela, observando a las cuatro gigantescas estatuas que se erguían en el salón a modo de cruz. Una vez en medio, sus ojos volvieron a brillar.
—¿Vas a dar la cara, anciano, no tienes nada que decirle a tu antiguo discípulo?
—Esa época quedo atrás ladrón, abandona este lugar —, el eco de aquella voz se dispersó en el salón, calmado y distante cual marea de costa.
—Ya decía yo que estos diez años te habían vuelto aburrido.
—No hay razón para mostrar respeto ante alguien que abandono sus principios, hechicero.
—¿Me estas comparando con un hechicero? —comento entre risas —, creo que la edad te está afectando, Archibald.
—Eres un estúpido Rubik, robaste mis pergaminos, bañaste tú espíritu en el vacío abisal, mataste a los archimagos de Marduk solo para absorber su esencia ¿Qué otras locuras piensas cometer?
—¿Locuras, eso no es lo que hacemos los humanos, matarnos por poder?
—Estás loco.
El estruendo fue enorme. La realidad misma se requebrajo al compás de cristales rotos, mientras cuatro rayos de energía vinculaban a Rubik a las estatuas. Rubik rio, su mana lo rodeo en una espesa aura segundos antes del impacto, manteniendo a raya aquella cadena relámpagos.
—¿Loco?, maestro usted no sabe lo que es eso.
—¿De qué estás hablando mocoso?
La presión aumentaba, los cuatro relámpagos se hacían más grandes a cada segundo al mismo tiempo que comenzaban a enlazarse en un anillo alrededor de Rubik consumiendo lentamente la barrera. Incluso así la sonrisa del mago no desaparecía, solo crecía cada vez más, sus ojos se iluminaron en el verde fulgor abisal poco antes de que la barrera cediera, fue entonces cuando Archibald entendió las últimas palabras de Rubik:
—¿Te he contado cual es la definición de locura?
Las arenas se alzaron, un enorme temblor azoto la tierra y los vientos arremetieron como un huracán haciendo que una colosal tormenta de arena azolara el yermo mientras que un pilar de luz abría los cielos sobre la ciudad bañándola en un horrible resplandor verde.
Kaldar fue el primero en despertar. Desorientado logro levantarse, estaba bañado en arena, sus músculos aun adormecidos le hicieron tropezar un par de veces. Tras apoyarse sobre la pared rocosa hecho la vista a sus alrededores, encontrándose en unas catacumbas llenas de glifos y escrituras humanas, muchas ilegibles por el paso del tiempo otras poco entendibles para la mayoría de lenguas, cosa que sorprendió a Kaldar; pocos eran los dialectos que no entendía, uno moderno no lo tomaría de sorpresa, pero el desconocer uno así le hizo, sin darse cuenta desenfundar sus armas: sables cortos de hoja ancha, de hierro negro salpicadas en rojo. Avanzo con cautela a través de los estrechos pasillos, evitando movimientos bruscos. El aire no parecía fluir, apenas se olía la roca entre la arena y sin más sonido que el de sus pasos Kaldar recorrió molesto aquel laberinto, frustrándose cada vez que encontraba un callejón sin salida en aquella red. Sylvanas tampoco lo tenía fácil, había perdido sus flechas y su arco se dañó al caer —, uno o dos disparos —, se dijo mientras lo recogía. Las arenas volvieron a removerse abriendo un pequeño pasillo entre Sylvanas y un salón más amplio que la celda de arena y piedra donde estaba. Sin muchas opciones la joven arquera miro a través de la gruta. Sintiendo como una suave brisa le bañaba el rostro, comenzó a avanzar por ese lugar. Al otro lado, dos bifurcaciones la esperaban. Un siseo acompaño sus pasos mientras avanzaba, encontrando su fuente una vez llagado al salón, una cobra camuflada entre las arenas, preparada y a la espera de su próxima presa. Sylvanas detuvo sus pasos en el instante en el que hizo contacto visual, la cobra se enrollo cual espiral, marcando territorio a pocos metros de la arquera.
La primera advertencia vino de la cobra, lanzándose a por las piernas de Sylvanas fallando por pocos milímetros, aunque no le importaba, para un animal es común el mantener a raya a posibles depredadores. Sylvanas no se movió de su sitio, respiro profundo y apunto su arco al animal, la cobra se enrollo en nuevamente tras ver aguja de energía que hacía de flecha en el arco. Fue una muerte rápida, la cabeza empalada de la serpiente se retorció unos segundos en la aguja, al mismo tiempo que un látigo de acero enrolló el brazo izquierdo de Sylvanas —. ¡Que cojones! —. Sylvanas no pudo reaccionar, en unos instantes el látigo desplego una red de hojas curvas en todo su contorno, destrozando el brazalete de la elfa a una velocidad pasmosa antes de retirarse ágil y veloz por la ruta derecha, segundos antes de que el choque de aceros en lo profundo anunciara el conflicto. La danza parecía eterna, los sables de Kaldar chocaban una y otra vez con la cadena de aquel humanoide quien de apoco ganaba terreno. Entonces la sangre goteo, una flecha de energía atravesó el cráneo del humanoide —, tardaste —dijo Kaldar mientras deshacía sus armas en una niebla rojiza.
—Tuve algunos problemas menores —contesto Sylvanas al arrojar su arco roto, antes de tomar el que Kaldar le lanzaba con desgana —, sigamos.
Las catacumbas le parecieron eternas, giros, esquinas, derrumbes; casi como un laberinto gigante. Las horas pasaron mientras avanzaban, poco más habían encontrado, algunas salas vacías llenas de arena, otras pequeñas y vacías, o eso pensaron en un comienzo. A cada sala que entraban, la luz desaparecía lentamente incluso cuando tomaban escaleras hacia arriba, la luz parecía volverse un lejano recuerdo, cada vez se hundían más en la oscuridad y casi sin darse cuenta cayeron al suelo. Al despertar estaban en la superficie, a pocos pasos de su destino. Ambos se miraron confundidos, sus recuerdos eran nulos después de ser alcanzados por la tormenta —, ¿magia residual? —pregunto Sylvanas, al darse cuenta de que tanto su arco como sus flechas estaban intactos. Kaldar no respondió, solo miro indiferente al desierto y comenzó a caminar.