Portada de la novela Juego de Ajedrez

Juego de Ajedrez

9.0 / 10.0
Dos prodigios del ajedrez permanecen prisioneros bajo la voluntad del siniestro señor Hamilton. Para recuperar su libertad, el captor les obliga a enfrentarse en un torneo implacable donde solo el ganador será liberado. En medio de esta lucha desesperada por la autonomía, nace entre ambos un profundo sentimiento que no estaba en sus planes. Ahora, deben elegir entre la victoria individual o el vínculo afectivo que pone en riesgo su única oportunidad de escape.

Juego de Ajedrez Capítulo 1

Introducción

¿La vida es cómo un juego de ajedrez? Yo digo que en parte no. No en esta sociedad herida, líquida. Dónde cada uno crea sus propias reglas para ganar, así eso signifique pisar a los demás. Dónde cada uno se toma la "libertad" de decidir qué está bien y qué está mal. Dónde los inocentes son lastimados, y a eso otros lo llaman ganar.

Pero hay algo seguro. El Rey y su Reina... La Dama y el peón... al final del juego todos son guardados en el mismo cajón.

Y así comienza nuestra historia...

La más reconocida campeona adolescente de ajedrez, una pequeña mujer delgada de cabello cobrizo, sentada frente a su contrincante. Alexandra se encuentra en Jaque Mate. Elizabeth Hamilton ha ganado el juego. Alexandra tiene 16 años, su reacción es llorar, está triste, ha perdido un premio de cien mil dólares.  No saldrá en las revistas y no le traerá buenas noticias a sus padres. Alexandra Burgoise ha quedado en segundo lugar. Elizabeth se muestra fría e indiferente ante su sufrimiento. Recuerda unas fuertes palabras, "el segundo en ganar es el primer perdedor". Todos le aplauden. Ella no sonríe. Tampoco llora. Y debería llorar de alegría como mucho. Pero las comisuras de sus labios no se elevan ni en lo más mínimo. Está totalmente inexpresiva. Gritan su nombre, "LIZZIE, LIZZIE, LIZZIE, LIZZIE", pero Elizabeth solo se retira de la mesa. Sabe que muchos han apostado por ella. Y ahora es hora de volver a casa.

En un auto con las ventanas hasta arriba, completamente negras, nadie puede verla en los asientos traseros. Va acompañada de Daniel, quién está a su lado tan rígido cómo una piedra. El auto va a una velocidad tan grande. Elizabeth piensa, imagina cómo sería poder abrir la puerta del auto y lanzarse, morir. Pero todo está protegido. Mira con rabia al hombre que conduce. Él puede verla por el retrovisor.

- Hija, anímate. Has vuelto a ganar. Más tarde voy a pedir donas rellenas con chocolate para los ganadores.

Elizabeth no responde.

- ¿Qué se dice? 

Elizabeth se enfada.

- Si esperas que vuelva a darte las gracias, puedes acelerar el auto para presionarme y que lo diga. No lo diré y los tres estaremos muertos.

Mala elección de palabras. Porque al llegar a la casa, en un lugar apartado de la ciudad, la descortesía le costó a Elizabeth dos bofetadas. Tres bofetadas. Diez bofetadas y todo esto sumado. Esa noche no hubo donas para Lizzie. Sabía dónde tenía que dormir, en el sub sótano oculto de la casa. Daniel preocupado por Lizzie, sabía que llevaba seis días sin comer, solo tomando bebidas energéticas. Hizo el método Koala. Se metió todo el pan en la boca, sin masticar y se fue a golpear al señor Hamilton, el cual lo mandó al sub sótano con el pan dentro de sus mejillas.

Fue hasta dónde Lizzie y le dio el pan, que si bien esto era algo asqueroso, los dos hacían lo posible por sobrevivir, a toda costa.

- El miércoles tienes otra competencia. Tienes que comer.- Susurró Daniel.

- Francamente, no quería llegar al miércoles.

- Pero tienes que sobrevivir. Tú misma lo dijiste, que harías lo posible por ganar este juego. ¿Lo olvidas?

Elizabeth guarda silencio. Se encuentra recostada en el suelo, apoyando sus hombros sobre una caja fuerte.

- Gracias por el pan. Realmente, ojalá no fuéramos rivales. En otras circunstancias podríamos haber sido buenos amigos.

- Pues por ahora somos hermanos. Hasta que uno de los dos gane y sea libre.

- Duerme.

- Sueña bonito, Lizzie.

Lizzie se echó sobre un cartón y durmió. En sus sueños podía recordar quién había sido una vez...

Anya Ramirez, tenía cinco años de edad y todavía no sabía hablar. Era 1945. Sus padres estaban divorciados. Su madre, Saoirse (cuyo nombre se pronuncia Sorscha) estaba profundamente deprimida. Había tomado muchas pastillas una mañana de lunes, cuándo iba a llevar a su hija con un especialista. Anya era completamente muda. Su madre estaba muy dopada por la medicación, no sabía por dónde conducía, no veía nada. En un estacionamiento hizo una parada y durmió. Durmió profundamente. Horas y horas. No sabía que un hombre la vigilaba desde hacía ya rato. Se estacionó a su lado con su camioneta, tocó la corneta, se bajó del auto, tocó el vidrio de la señora Saoirse. Pero no respondía. El hombre vio a la pequeña niña de cabellos castaños, y piel pálida cómo el papel. Le pareció hermosa. No dudó en tocar el vidrio de la pequeña, quien bajó la ventana. Él le preguntó su nombre. Ella no respondió. Él abre la puerta y se lleva a la niña a su camioneta, quien llora, pero su madre no puede escucharla.

Anya fue llevada hasta un centro dónde varios niños estaban siendo evaluados. Era cómo una sala de juegos de kinder. Había juguetes, maquillaje para niñas, pero a Anya le llamó la atención una caja que contenía un tablero de cuadros, piezas de caballos, peones, damas... Era cómo el ajedrez que jugaba con su padre. Se puso a ordenar las piezas sobre el tablero. El hombre que se la había llevado tenía contactos con clientes, unos estaban interesados en los órganos de los niños, otros querían esclavos. Había llegado otro niño de siete años que se puso a jugar contra Anya. El tipo en cuestión (pues no se merece otra forma de llamarlo) era un obsesionado con el ajedrez. Era el señor Hamilton. Frustrado porque lo eliminaron de los campeonatos, vetado por drogarse para jugar. El señor Hamilton creyó ver una nueva luz. Si estos niños eran tan talentosos cómo él lo percibía, podría revivir (a través de ellos) sus momentos de victoria, entrenarlos para ganar millones y millones de dólares. Ya todo estaba planeado. Esos dos pequeños no morirían descuartizados (no por ahora), si las cosas iban bien, serían sus jugadores de ajedrez. Los bautizó Elizabeth y Daniel Hamilton. Creó documentos falsos. Y se fue hasta una isla cerca de Estados Unidos, en un hogar acomodado. Se fue mudando de sitio a sitio según fuera conveniente. 

Lizzie aprendió inglés, cuándo se suponía que debía haber hablado primero español. Pero lastimosamente, no se sabía ni su nombre verdadero. Estaban obligados a llamar papá al señor Hamilton. Al principio ellos cedían en todo sin el menor reproche. Estaban acostumbrados a hacer todos los quehaceres de la casa y no hablar con nadie que no fuera miembro de la familia Hamilton.

El año 1950, Lizzie tenía 10 años. Daniel 12. Ya estaban cansados. Ganaban sus primeros campeonatos infantiles de ajedrez. Entrenaban horas y horas. Le pidieron al señor Hamilton poder irse de la casa. Daniel estaba muy decidido a independizarse con doce años. El señor Hamilton sonrió y les propuso un nuevo juego:

- Estas son las reglas. 1, El que intente escapar se va a quedar conmigo por siempre. Número 2, tienen que acumular la mayor cantidad de dinero posible en los juegos de ajedrez. Y solo ajedrez, no se vale dinero de vender chicles. Así que esfuércense. 3, cuándo todos tengan la mayoría de edad, es decir, Lizzie dieciocho y Daniel veinte, el que haya recolectado más dinero para esa fecha, gana su libertad. El otro se queda.

Y desde allí, los dos compitieron y compitieron con las ansias de ser libres.

1955, Elizabeth ya era la más reconocida campeona adolescente de ajedrez, una pequeña mujer delgada de cabello cobrizo teñido. Quince años. 

Daniel, de diecisiete, era el segundo mejor jugador adolescente. Cada noche recuerda unas fuertes palabras del señor Hamilton, "el segundo en ganar es el primer perdedor".

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