Al día siguiente, Sofía regresó a la casa que compartía con Alejandro. Doña Elena le había dicho por teléfono que actuara con normalidad hasta que ella pudiera intervenir. Cada paso dentro de la mansión se sentía pesado, cargado con el peso de la traición.
Al entrar en la suite principal, un olor desconocido flotaba en el aire. No era el perfume de lavanda que ella usaba para la ropa de cama, sino una fragancia dulce y empalagosa. Sobre la mesita de noche, junto a la cama que nunca había compartido con su esposo, había una copa de vino con una mancha de lápiz labial rojo brillante en el borde. Era el color que siempre usaba Regina.
La evidencia de la infidelidad estaba ahí, descarada y arrogante.
Alejandro salió del vestidor, una sonrisa extraña en su rostro. Era una sonrisa que nunca le había dirigido a ella, una mezcla de anticipación y crueldad.
"Sofía, querida," dijo, su tono falsamente amable. "Qué bueno que llegaste. Tengo una sorpresa para ti."
Ella lo miró, sus ojos vacíos de la esperanza que una vez albergaron. Ahora solo veía al monstruo que se escondía detrás de la máscara de hombre de negocios.
"No quiero tus sorpresas, Alejandro."
Su sonrisa se desvaneció, reemplazada por su habitual frialdad. Se acercó a ella, su mirada recorriéndola con desdén.
"No te estoy preguntando. Esta noche es importante."
Sin previo aviso, la agarró del brazo y la arrastró hacia el baño. La fuerza de su agarre era brutal. Con un movimiento rápido, rasgó el sencillo vestido que llevaba puesto, dejándola solo en su ropa interior.
"¡Alejandro, qué haces!" gritó ella, intentando cubrirse.
Él ignoró sus protestas y le arrojó una delgada bata de seda blanca.
"Ponte esto. Y no salgas de aquí hasta que yo te lo diga."
Cerró la puerta con llave, dejándola sola en el lujoso baño de mármol. El pánico comenzó a apoderarse de ella. Se acercó a la ventana, una pequeña abertura que daba a un balcón lateral.
Lo que vio la heló hasta los huesos. En el balcón de la propiedad vecina, un grupo de mujeres de la alta sociedad, amigas de Regina, estaban sentadas con copas de champán. Una de ellas sostenía un par de binoculares y apuntaba directamente hacia su ventana. Regina estaba a su lado, riendo a carcajadas.
"¿La ven?" escuchó la voz de Regina, llevada por el viento. "Es como un animalito asustado en una jaula. Alejandro dice que es la pieza central de la noche."
La humillación era total. No solo la subastaban, la exhibían como un trofeo antes del evento. Era un espectáculo para el deleite de sus enemigos.
Se alejó de la ventana, temblando de rabia e impotencia. Se acurrucó en un rincón del frío suelo de mármol, abrazándose a sí misma. Las voces de Alejandro y Regina llegaron a través de la puerta cerrada. No intentaban ser discretos.
"¿Crees que ya se dio cuenta?" era la voz de Regina, llena de burla.
"Claro que sí," respondió Alejandro. "Pero no puede hacer nada. Es mi esposa. Es mi propiedad. Y esta noche, su virginidad hará que todos en México hablen de nosotros. El precio ya está por las nubes."
Se escuchó el sonido de un beso, seguido de una risa compartida. El sonido atravesó a Sofía, un recordatorio brutal de su posición. Era un objeto, una mercancía cuyo único valor residía en una pureza que su propio esposo despreciaba pero estaba dispuesto a vender.
Después de lo que pareció una eternidad, la llave giró en la cerradura. Alejandro entró, su rostro de nuevo con una máscara de falsa preocupación.
"¿Estás bien, Sofía? Pareces pálida."
La ironía de sus palabras era tan cruel que ella solo pudo mirarlo con odio silencioso.
Él dejó una tableta en el lavabo. "Para que te entretengas. Puedes seguir el progreso de la subasta. Ya superó los dos millones de pesos. Deberías sentirte halagada."
Se fue, cerrando la puerta con llave de nuevo. Sofía se acercó a la tableta. Con dedos temblorosos, actualizó la página de la subasta. El número en la pantalla confirmaba las palabras de Alejandro. La puja más alta era ahora de dos millones quinientos mil pesos.
Su vida, su dignidad, su cuerpo... todo tenía un precio, y la élite de México estaba compitiendo por comprarla.