Portada de la novela Infieles

Infieles

8.4 / 10.0
Un diseñador de élite y una dedicada enfermera se sumergen en un romance clandestino que ignora cualquier razón. Cada cruce accidental intensifica una tensión asfixiante; él ve su mundo tambalearse mientras ella queda cautivada por su magnetismo. Pese a que ambos tienen compromisos previos, la electricidad en sus ojos delata un deseo incontenible. Bajo la sombra del engaño, la pasión los empuja a arriesgarlo todo en una traición que parece inevitable.

Infieles Capítulo 1

Máximo

Esta es mi historia, una historia de mentiras donde todo siempre fue verdadero, menos las palabras, y por contradictorio que parezca, para mí las palabras sobraron siempre, las miradas contaban historias completas.

Salí a tomar el aire de la noche, la cubierta estaba sola, todos estaban adentro disfrutando de la melodiosa voz de una cantante de R&B famosa; no podía presenciar su espectáculo, salí con sigilo y me dejé hipnotizar por el negro que cubría el mar aún bajo la luna llena, a lo lejos donde ni mi vista ni las espectaculares luces del yate alcanzaban. Era un cielo estrellado, y aunque se celebraba una fiesta, curiosamente reinaba el silencio. Me encontraba disfrutando del olor del mar oscuro y la vista a ratos aterradora del mar nocturno cuando ella apareció, no era un rostro desconocido.

Caminó con torpeza levantando el sensual pero barato vestido azul rey que llevaba, demasiado escotado, demasiado ceñido para alguien de cuerpo voluptuoso, su cabello también fue barato intento de lucir elegante, suelto y ondulando a fuerza, pero se veía hermosa, la miré mientras se acercaba con pasos torpes, miraba fijamente el suelo para no tropezar entre sus tacones y el vestido, por lo que se tropezó conmigo, sonreí con malicia.

—¿Perdida?

Dio un respingo y abrió los ojos sobre mí con un gesto de sorpresa, palideció al instante.

—Lo siento, no. Solo quería salir de ese lugar tan pretencioso—dijo soltando un suspiro de alivio. Hizo un mohín y sacudió la cabeza.

Soltó su vestido y dejó caer sus brazos en señal de resignación, se llevó las manos a la cadera y me miró a los ojos con un gesto amable y casi infantil, como quien es descubierto escapando de su obligación. Tuve que pestañear varias veces para salir de concentración en la que sus gestos me sumieron.

—Coincido en que es pretencioso—admití. Ella abrió mucho los ojos, palideció.

—Lo siento, ¿Eres el dueño de la fiesta?—preguntó avergonzada.

—No.

—¡Qué alivio!—sonrió.

—Soy el agasajado—dije dedicándole una media sonrisa, me divirtió su despiste.

—¡Oh! Eres el hermano de Camilo, eres Máximo Rossi—dijo y se llevó las manos a la boca sorprendida. Reí ante su gesto.

—Sí, tú eres la hermana de la novia de mi hermanito Camilo ¿No?

—Lo siento, creo que si nos habían presentado—dijo mientras sus mejillas se ruborizaban y torcía la boca en una mueca ladeada.

—En casa con ropa más informal—recordé.

—No pretendía huir de tu fiesta—dijo con tono seguro sosteniéndome la mirada con una media sonrisa en sus labios.

—Tranquila, yo estoy huyendo de mi fiesta—reí.

—Es impresionante que te agasajen así, muy lindo gesto—dijo con expresión tonta, típico de quien no sabe que decir.

—Son pretenciosos, inútil el evento y han traído a una cantante que se negó a usar uno de mis diseños en una gala diciendo que mi casa de moda usaba piel de animales en extinción, en el momento que la presentaron salí del salón, será noticia mañana, no dejarán de notarlo.

—¿Aurora? Me cae mal, a ella no la soporto, siempre aboga supuestamente por causas que le interesan, me parece que todo es moda, no la compro, un día las ballenas y al día siguiente los niños con cáncer y parece falsa—comentó mirando el negro mar. Quede de costado mirando su perfil y me di cuenta del precioso rostro que tenía.

—Ahora me caes mejor tú—dije.

Reímos, admiré su rostro delicado, ojos marrón claro, cabello castaño claro, piel blanca, pechos generosos, caderas pronunciadas, inocencia en su rostro, pecado en su cuerpo. Atractiva.

—No recuerdo tu nombre—confesé.

Se giró a mirarme y me sonrió sincera, sus ojos brillaban y sus carnosos labios se veían sensuales, llevaba un brillo sobre ellos que simulaban que sus labios estaban húmedos, el efecto era distractor, prácticamente el resultado de su apariencia terminó siendo el de una prostituta o una stripper y no de las de alto presupuesto, pero el efecto habría sido el mismo, se veía muy sensual.

—Irene.

—¡Irene! Ya recuerdo, Camilo y Ada me pidieron conseguir una invitación extra para ti porque estabas deprimida, algo así dijeron o eso entendí.

—No, mi novio es chef en un crucero y partió esta semana, me propuso matrimonio el sábado y debió irse el domingo, así que ellos pensaron que me deprimiría, son unos lindos, pero la verdad estoy acostumbrada.

—¿Y te trajeron a un yate?

Ella rio sin contenerse con las manos aferradas a la baranda, su cuerpo convulsionaba por las risas haciendo que sus pechos se mostraran sinuosos en el escote, no pensé que fuera consciente del efecto que causaba, tuve que hacer sendos esfuerzos para mantener la vista sobre su cara. También encontraba distractor ese gesto que hacía de arrugar la nariz y alzar los hombros al mismo tiempo, porque lejos de afearla la hacía ver más auténtica.

—Sí, se disculparon mil veces cuando supieron, les dije que no importaba que así me imaginaba como estaría Doménico en el crucero.

—Felicidades por tu compromiso ¿Cuánto tiempo de novios tienen?

—Tres años—respondió pensativa, sonrió débilmente.

—Buen tiempo, espero que les vaya bien en su matrimonio.

—Gracias ¿Cuánto tiempo de casado tienes tú?—preguntó señalándome con el dedo. Sonreí.

—Siete años. Solo fuimos novios por seis meses.

—Es bastante—sonrió—, que bien, prácticamente se casaron sin conocerse.

—Más bien al conocernos.

Sonaron unos tacones pisando detrás, pasos firmes, elegantes y decididos, los de mi mujer. Me giré, sonrió al verme negando con un gesto.

—Aquí estás, no puedes huir de tu propia fiesta—dijo fingiendo que me regañaba, se colgó de mi brazo y miró a Irene.

—¡Ey! Irene, ¿Cómo estás? ¿Todo bien? —preguntó sonriente.

—Delfina hola, me escapé de la fiesta un rato, me atrapó el agasajado.

—Ya veo—sonrió Delfina y se giró para verme—, vamos adentro Máximo, la gente está hablando del desplante que le hiciste a Aurora.

Irene y yo intercambiamos miradas y sonreímos. Asentí y me giré con mi mujer colgada del brazo, no le dediqué una segunda mirada a Irene, aunque quería hacerlo.

—Ya entro yo, esperaré un poco más acá—comentó ella.

—¡Oh! Pronto será la celebración del cumpleaños número treinta y uno de Máximo, te prometo que no será en un barco—rio Delfina y seguimos.

Mi mujer resultó ser experta y perfecta para ocuparse de todos asuntos públicos de mi persona: vivía fascinada por las fiestas, reuniones, y eventos, era la más entregada durante la presentación de mis colecciones, los desfiles eran su pasión; por lo que me acompañaba siempre a todos lados, así la conocí, yo recién comenzaba a hacerme un nombre en el mundo de la moda, trabajaba como asesor de estilo para las fotografías editoriales de una revista de moda y ella entró como pasante.

Durante su primer día debió asistir a las modelos de una sesión de fotos en la que yo era quien las vestía; yo tenía veinticuatro y ella veintiún años desde que nos vimos coqueteamos pero no hablamos más que de trabajo, ese día más tarde hubo una fiesta y ahí estaba ella, a la semana estaba viviendo en mi departamento y a los seis meses nos estábamos casando.

Esa noche la estaba disfrutando Delfina más que yo. Salvo mi encuentro con Irene no hubo mayor cosa memorable o que me hiciera sentir vivo. Valoré mi encuentro con Irene de esa forma porque fue revelador, la había visto, pero no la había visto realmente, y nada tenía que ver su atuendo barato y vulgar, era como reía y se comportaba de forma natural, autentica, también la hallé atractiva, eso sí lo había notado.

No sentí vergüenza por a dónde iban mis pensamientos mientras entraba con mi mujer al salón principal, me provocaba ver desnuda a Irene, su cuerpo esbelto y curvilíneo no pasaba desapercibido, su piel hermosa, así como su rostro, con labios sensuales que provocaban pensamientos sucios, los cuales no me alteraban los nervios porque era solo la apreciación de una mujer que exudaba sensualidad, no era como si le fuera infiel a mi mujer, no quería ir a encerrarla en el baño y tomarla con crudeza desde atrás, no, esos eran pensamientos que pasaban por mi cabeza, no tenía la mínima intención de ejecutarlos.

Mientras sucedieran en mi cabeza todo estaba bien, no había problema. No me negaba a fantasear con una mujer que me produjera ese efecto, no era la primera, no sería la última, aunque no era frecuente que apareciera una mujer distinta a mi mujer, que me hiciera dedicarle un momento en mis perversos pensamientos. Me divertía que fuera la cuñada de mi hermano porque la vería con frecuencia.

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