Portada de la novela Humanamente tuya

Humanamente tuya

8.1 / 10.0
Selena busca el anonimato en la universidad para huir de su pasado, pero su vida cambia al conocer a los influyentes trillizos Blackwell. Aunque el Alfa de la manada descubre que ella es su pareja predestinada, decide rechazarla por su origen humano. Sin embargo, un brutal ataque obliga a una mordida de urgencia que libera el poder oculto de la joven. Entre rivalidades entre hermanos y dilemas, ella decidirá si perdona al Alfa o elige su propio destino.

Humanamente tuya Capítulo 1

La universidad tenía ese rumor constante que parecía tragarse a cualquiera que caminara con la cabeza baja. A Selena le gustaba porque todo ese ruido cubría sus silencios. Siempre elegía sentarse en la cuarta fila, junto a la ventana, con una libreta nueva, pero corriente de las que venden en el supermercado y un lápiz nuevo con la punta bien afilada. Pasar desapercibida era su pasión: ropa sencilla, cabello negro largo y recogido en una coleta que caía por su delgada espalda y una mirada que rara vez se cruzaba con otra.

Selena no tenía amistades en el campus, así que no recibía invitaciones a fiestas que se anunciaban a última hora por los chats, a lo que tampoco pertenecía.

Los estudiantes más populares eran los Blackwell, unos trillizos de piel blanca y ojos claros, hijos de una familia muy poderosa e influyente. 

Selena los conocía desde lejos y los evitaba, no le gustaban: el más guapo era Adrián, el que mandaba; Luciano, el más rebelde, cambiaba de novia cada dos meses, y Elías, el más amable. 

Aquella mañana del martes la clase de literatura olía a café y a tierra húmeda. Afuera llovía y los cristales de las ventanas estaban empañados. Selena copiaba las palabras del profesor cuando un murmullo más denso que los demás cruzó el aula. No tuvo que voltear para saber que los trillizos habían entrado. 

Selena siguió escribiendo sin mirarlos hasta que una carcajada helada la obligó a levantar la vista. Los vio de reojo, respiró profundo y volvió a la libreta.

-Señorita Valen -dijo el profesor-, ¿quiere leer su análisis?

Selena levantó la cabeza, sin estar preparada para hablar. Nunca lo estaba. Leyó en voz baja y clara. Mientras hablaba una sensación rara, eléctrica, le recorrió la nuca, como si la estuvieran observando con especial interés. No miró hacia atrás.

Cuando Selena acabó de leer, el profesor asintió con aprobación. Escuchó a otros estudiantes comentar a favor, pero más atrás hubo un susurro de hombres que no pudo descifrar. Al terminar la clase, guardó sus cosas de prisa para salir antes de que el pasillo se convirtiera en un desfile de egos. 

En el corredor había mucho ruido y Selena se pegó a la pared para dejar pasar a un grupo de chicas perfumadas que hablaban sobre una fiesta el viernes. No pudo evitar escuchar el comentario de una de ellas.

-Si los Blackwell no van, yo no voy.

La otra respondió:

-Ellos siempre van.

Selena bajó la cabeza y siguió el camino que llevaba a la biblioteca, su territorio. Se sentía cómoda entre las altas estanterías, el olor a tinta y las largas mesas donde no tenía que demostrar nada. Eligió un cubículo junto a una columna y sacó su libreta.

Abrió el portátil y conectó los audífonos sin ningún sonido solo para que nadie le intentara sacar conversación y empezó a escribir un ensayo. Cada tanto alguien pasaba y lo notaba porque la sombra que generaba cambiaba la luz sobre su teclado. 

-¿Está ocupado? -preguntó un hombre parado a su derecha

Selena no se había dado cuenta de que le hablaba a ella. Cuando levantó la vista era Elías con un cuaderno en la mano, un lápiz entre los dedos y su mirada azul hielo. No sonreía, pero tampoco se imponía ante ella.

-No -dijo ella, apartando la mochila-. Puedes sentarte.

Elías asintió y ocupó la silla de enfrente. Sin decir nada más. Sacó su cuaderno y comenzó a escribir algo inquieto, escribía, borraba, volvía a escribir. Mientras Selena intentaba concentrarse en su ensayo. Se mordió el labio y lo dejó, cambiando de tarea: revisar los apuntes para la siguiente clase.

-Me gustó tu intervención en clase -comentó Elías, rompiendo el silencio.

Selena parpadeó, sorprendida.

-Gracias -respondió en un tono apenas audible.

Elías rayaba la hoja en las esquinas.

El silencio entre ambos fue cómodo hasta que alguien colocó su mano en el respaldo de la silla de Elías. En ese momento el aire se tensó. Selena levantó la vista y se encontró con una sonrisa afilada. 

-¿Interrumpimos su cita? -preguntó Luciano, apoyándose con ambas manos. Vestía una chaqueta abierta, su cabello estaba húmedo por la lluvia y el brillo en sus ojos estaba entre burla y curiosidad. 

-No -respondió Elías sin hacer ningún movimiento-. Si no te vas a sentar vete.

Luciano rió con suavidad y se acercó a Selena, inclinándose como si quisiera saber sus secretos.

-Yo no muerdo -dijo-. En cambio, él sí -y señaló con el mentón hacia atrás.

Selena no necesitó girarse para sentirlo, el tercero estaba allí y llenó el espacio sin decir nada. No necesitaba presentaciones, era el líder. Había una cualidad en el silencio de Adrián que hacía que los demás se enderezaran. La reacción inconsciente de Selena fue apretar los dedos contra el borde de la libreta.

-Es tarde -comentó Adrián, con voz baja y cálida.

-Para ti siempre es tarde o temprano -contestó Luciano a manera de broma.

Elías bajó la mirada y cerró el cuaderno en calma.

-Nos vemos luego -se despidió-. Selena. 

Cuando Elías dijo su nombre, ella se incomodó más que por la interrupción. No se lo había dicho, ni siquiera había hablado antes con él. Tal vez el profesor lo había pronunciado en voz alta durante la clase. Quizás. Los trillizos se fueron tan rápido como habían llegado y Selena se quedó superando la distracción.

Respiró hondo. Su corazón latía más rápido de lo normal, como si hubiera corrido. Le causó gracia su reacción ante la presencia de los chicos más populares. Cerró el portátil y se levantó para ir a su turno de trabajo en la cafetería del edificio de arquitectura. 

Había dejado de llover y el sol se veía tenue entre las nubes. El aroma a café y a pan tostado impregnaba la barra mientras se colgaba el delantal. El supervisor la recibió sin comentar más que un leve saludo y le entregó la bandeja de dulces. 

-Tenemos mucha gente -comentó-. Estate pendiente.

Selena sabía hacer eso, no se distraía ni siquiera con sus pensamientos, era muy buena en su trabajo.

Pasada media hora la puerta se abrió y entraron ellos. Elías entró primero y saludó con un gesto; Luciano le siguió jugando con las llaves y Adrián, al final, barriendo el lugar con la mirada que todos sintieron. 

-¿Qué desean tomar? -preguntó Selena, cuando los tuvo frente al mostrador.

Elías pidió té negro. Luciano un capuchino y Adrián, que no miraba el menú, levantó la vista en ese instante y por primera vez los ojos de Selena chocaron con los suyos.

Selena comparó el color de aquellos ojos con la miel y sintió ganas de tragar saliva. Una señal de alerta, de cuidado.

-Un café americano -pidió-. Sin azúcar.

Su tono de voz se registró en la memoria de Selena, quien se ocupó apretando el botón de la máquina mientras el líquido oscuro llenaba el vaso. Al colocar las tapas se concentró siguiendo la rutina de su trabajo y entregó los pedidos. 

-Por la sonrisa que me negaste -comentó Luciano dejando una propina muy alta para lo que se acostumbraba. 

Adrián le rozó los dedos al tomar su vaso, Selena retiró la mano por el chispazo: -Nos vemos.

Elías se limitó a decir:  -Gracias.

Cuando salieron, la cafetería recuperó su bullicio, como si el volumen hubiera bajado solo por la presencia de los tres. 

Selena respiró apoyando las palmas de las manos sobre el mostrador y recibió con una amplia sonrisa a la siguiente persona de la fila.

Esa noche, al volver a su dormitorio, la lluvia estaba de regreso. La ventana vibraba por el golpeteo del agua y Selena se dejó caer en su cama en la oscuridad. El silencio del cuarto compartido le dio espacio para pensar. Cerró los ojos y poco tiempo después dejó que el sueño la llevara. Soñó que estaba en el bosque.

El bosque era húmedo y estaba oscuro, el aire olía a tierra recién removida. Escuchó un aullido lejano sin poder determinar de qué dirección venía. Y a través de los árboles vio un brillo dorado apenas perceptible que se aproximaba a ella para luego desaparecer, sin tocarla.

Su corazón estaba acelerado cuando se despertó y tenía la sensación de que alguien la había mirado desde muy cerca. Puso su mano en el pecho y el latido de su corazón era más fuerte de lo normal.

Afuera, aún era de noche, y el campus dormía. En uno de los edificios, tres sombras atravesaban un pasillo vacío. Se escuchó una puerta cerrarse.

-Huele diferente -dijo uno de ellos.

-Siempre muerdes -comentó la otra voz entre risas.

No se escuchó nada de la tercera sombra.

Selena volvió a cerrar los ojos pensando en la fiesta del viernes y aunque no lo sabía, su mundo había comenzado a cambiar.

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