—¡Aah!
me sobresalte y me incorpore con cuidado en la cama mientras intentaba regularizar mi respiración.
Otra vez la misma pesadilla
Mire la hora en el reloj digital que colgaba de mi pared.
06:18 a.m.
Me levanté con cuidado y caminé hasta el baño de mi habitación.
Me desnude y me metí en la ducha, deje que el agua fría corriera con fuerza sobre mí.
Necesitaba despertar, aun sentía que estaba hundida en esos recuerdos.
Los golpes y los gritos aun eran tan vividos, el respirar aún se me dificultaba.
Me vestí lentamente y me miré en el espejo frente a mí.
Suspire al verme con el uniforme.
Odio esto
Se suponía que el único que debía asistir a la academia es mi hermano mayor, me parecía irrazonable que yo, con tan solo 17 años tuviera que asistir solo por los malditos caprichos de Deavid.
Prefiero seguir estudiando desde casa que tener que ver su maldita cara todos los días.
Según las reglas todos los herederos al trono entran a la academia al cumplir los veinte años. Realizan dos años de entrenamiento en los diferentes campos en los que desarrollan sus habilidades e intelecto, para finalmente estar capacitados para ascender al trono.
Yo no era una heredera, la única cosa que heredaría sería tener un esposo imbécil para toda mi vida.
No era mi obligación asistir a la academia, podía hacerlo si se me antojaba, pero no estaba obligada a ello.
El problema es que Deavid se había negada a asistir si yo no estaba.
Y yo que pensé que me liberaría de él por dos años.
Al final fue Edward quien movió sus hilos para que pudiera entrar, y ahora con 17 años sería la estudiante más joven de la academia.
Pero el problema es que ni si quiera recibiré clases adecuadas, si no que más bien me darán clases de etiqueta.
(***)
Mire al chico frente a mí, su alta estatura no me dejaba más opción que estirar mi cuello para observarlo más detenidamente.
Su cabello castaño brillaba bajo la luz del sol, sus profundos ojos negros estaban fijos sobre mí. Tenía una mandíbula bien marcada y varios lunares por alrededor del rostro
Suspire. Lo aceptaba, es un tipo guapo.
De pronto las imágenes del sueño de anoche se reprodujeron por mi mente.
Aparte rápidamente la vista.
Después de aquella ocasión, no importaba cuanto Deavid intentara mejorara la relación, yo ya no quería saber más de él, el miedo aún seguía arraigado en lo profundo de mi mente, me parecía casi imposible el superarlo.
Aquel día fui llevada rápidamente al hospital, fue el mismo Deavid quien bajo conmigo en sus brazos luego de recuperar la razón. Por suerte no me rompió ningún hueso y no fueron más que algunos hematomas en el cuerpo.
Deavid por otro lado fue sometido a algunas pruebas y lo diagnosticaron con trastorno explosivo intermitente, desde entonces ha estado tomado medicamentos, así como también asistiendo a psicoterapia, aunque esta última parecía no funcionar.
Aquel día, aunque no fue el primer episodio que tuvo, si fue el más fuerte hasta ese entonces. Por lo que me explico su madre, la raíz del problema surgió en sus clases, no me dio muchos detalles, pero estaba más que nada enfocado en una chica que al parecer le gustaba.
Después de ello empezó a tomar clases particulares, negándose volver a su antigua academia, finalmente se terminó aislando y con las únicas personas con las que estuvo dispuesto a hablar eran sus padres y yo.
Me pidió disculpas aquella vez, pero aun así la sensación de sus golpes era un recuerdo que seguramente me perseguirán de por vida.
—Vamos— me llamo y apunto en dirección al avión.
Su mirada fría era persistente, no me quedo más que volver a retomar mi caminata.
Había aprendido a soportarlo con los años y ahora con 17 años de vida, en los cuales 10 años pase junto a él, había logrado aceptar que él era mi destino.
Un destino realmente deprimente.
Deavid era un chico despiadado, frío, bastante solitaria y muy amargado.
Me senté junto a él y esperé pacientemente el despegue del avión.
—¿llevas todo? — pregunto a lo que asentí — bien, no quiero que después te vengas a quejar de que algo se te olvidó ¿entendido? — pregunto y yo volví a asentir.
Minutos después termino por caer dormido y yo lo mire detenidamente.
Su cabello castaño estaba desaliñado y su boca ligeramente entreabierta, y a pesar de que estaba dormido aún mantenía el ceño fruncido.
Bufe y me acomode en mi asiento, Deavid para mí era como un laberinto que soy incapaz de resolver, tiene demasiadas encrucijadas y siempre me pierdo en él.
Él, quien decía odiarme tanto, es la misma persona que se niega a estar separado de mí.
Para el yo fui su ruina, pero también su nuevo amanecer.
—Bienvenidos a la academia— una hermosa rubia nos recibió en la entrada del edificio.
Mire a mi alrededor sintiéndome curiosa, frente a mi había un edificio de tres pisos con muchos ventanales, era una construcción masiva de estilo moderno. Rodeando el edificio había una enorme zona verde con una gran variedad de árboles y flores.
Es bastante bonito.
— Tú debes ser Deavid...—escuche a la chica hablar, así que me voltea a mirarla. La rubia miraba a Deavid detenidamente mientras el rojo subía a sus mejillas.
Deavid gruño molesto y me miro detenidamente como si esperara una reacción de mi parte, levanté ambos hombros y sonreí divertida. Él suspiro y volvió a mirar a la rubia.
—No me van las rubias— Deavid le respondió cortante— prefiero las castañas—sentí su mirada en mi dirección, pero preferí hacer caso omiso de ella.
—Oh...—el rojo en las mejillas de la chica se intensifico, parecía bastante avergonzada— Tú debes ser Emma ¿Cierto? —Esta vez hablo en mi dirección.
—Mi prometida—La voz de Deavid retumbo en la estancia, todos los ojos que nos observaban curiosos se apartaron de inmediato.
Negue con la cabeza. Esto era demasiado bochornoso.
—…mi nombre es Valentina y seré su guía durante su estadía— la chica parecía bastante incomoda, pero aun así sonreía.
Le dedique una pequeña sonrisa. Yo era quien mejor comprendía lo tenso que se volvía el ambiente al estar en parecencia de Deavid.
Desde que éramos pequeños él se aislaba del resto, era callado y cortante con los demás, en realidad pocas veces lo había visto hablando con más personas además de su familia y de mí.
Luego de lo ocurrido en nuestra niñez, hubo un cambio rotundo en la personalidad de Deavid, en los primeros meses de terapia se aisló de todo el mundo, no asistió más a su escuela, inclusive parecía no estar comiendo ni durmiendo adecuadamente.
Tomo bastante tiempo volver a reconectarlo con los demás, las únicas veces que salía de su habitación eran cuando iba de visita. En un principio, lo único que hacía era mirarme y romper a llorar pidiéndome perdón, pero con el tiempo empezó a mejorar y mantener conversaciones más duraderas conmigo.
Con el pasar del tiempo volvió a conectarse más con su familia y recobrar de cierta forma la normalidad en su vida. Volvió a tomar clases, pero esta vez con un tutor privado y solo salía de su castillo cuando era de suma importancia, o cuando me iba a visitar. Si se topaba con personas, que no fueran de su círculo cercano, se volvía muy huraño y el ambiente se volvía instantáneamente incómodo y tenso.
—Hay que avanzar— la mano de Deavid toco con delicadeza de mi cintura despertándome de mis pensamientos.
Me aparté con cuidado de su toque y seguí a Valentina.
— ¿Tu falda no es un poco corta?
Hablo en un tono molesto, sentí escalofríos cuando se acercó demasiado. Se veía bastante irritado.
—Deavid...— le di una ligera advertencia con la mirada y seguí avanzando.
La falda me llegaba prácticamente a la rodilla.
El gruño bajo y tomo de mi cintura acercándome a su cuerpo. Suspire y lo ignore.
—Esta es la oficina, espérenme un poco—Valentina se acercó a hablarle a la señora que estaba en el escritorio— Hola, Ani necesito los horarios y numero de casilleros de los alumnos Deavid y Emma Leick— hablo con una gran sonrisa.
Mi ceño se frunció al escuchar. Leick es el apellido de Deavid, al parecer mi apellido perdía completa importancia para la institución, era algo de lo que ya estaba al tanto, pero de todas formas no dejaba de molestarme.
(***)
—Aquí tienes— Deavid dejo frente a mí una bandeja con comida.
—Supongo que gracias... —Lo mire molesta— Aunque era algo que podía hacer por mi cuenta.
—De nada. —Se sentó frente a mí, parecía no tener ganas de comer, solo me miraba en silencio.
Si sus intenciones de traerme comido fueran realmente por caballerosidad, estaría más que agradecida, pero en realidad no eran más que celos.
En la fila para recoger la comida había varios chicos, chicos que nos miraron al entrar a la cafetería, era obvio que al ser nuevos las personas nos mirarían curiosos, pero Deavid parecía no entender aquello y se sentía amenazado ante cualquier mirada.
— ¿Me prestarías tu horario?
Lo mire extrañada ¿Para qué lo quería?
—Está en mi bolsa— respondí extrañada, Deavid la tomo y comenzó a rebuscar entre mis cosas.
Al encontrarla empezó a estudiarla con el ceño fruncido.
—Solo coincidimos en las clases de historia y baile—parecía enojado.
—Tenemos clases distintas, recuerda que tu viniste a aprender como ser un rey y yo a como soportarte por el resto de mi vida—dije burlona a lo que el gruño.
—Pensé que ya te habías echo a la idea de lo nuestro— parecía aún más molesto.
—Prácticamente estoy obligada así que. ¿Qué más podría hacer? —respondí resignada.
—Si hablaras con tus padres ellos lo aceptarían...— posiciono su codo sobre la mesa y apoyo su mentón sobre su mano—pero tu fachada de hija perfecta se desmoronaría ¿Cierto?
Su sonrisa burlona no hacía más que hervir mi sangre, sus palabras habían tocado un punto sensible en mí, el temor a decepcionar a mis padres y ver la desilusión en sus rostros siempre habían sido mis mayores miedos.
—Si este compromiso se terminara ¿Estarías dispuesto a dejarme ir? —cruce mis brazos y lo mire fijamente.
—Buena jugada cariño— en su rostro aprecio una media sonrisa— ambos sabemos que eso jamás sucederá.