Viernes, 8 Noviembre del 2019.
Una semana después...
No he vuelto a cruzarme con Thomas desde entonces, gracias a Dios y a todos mis ángeles.
Aunque de alguna extraña manera, lo siento cerca. Todo el tiempo... Incluso estando en el trabajo, lo siento cerca.
Quizás porque somos vecinos y vivimos en el mismo piso.
No sé, ya creo que hasta estoy delirando y alucinando. Pues hace dos noche me pareció verlo en el balcón privado de mi habitación, cosa que es imposible. Ya que el apartamento de sus abuelos está a dos del mío y, él tendría que pasar dichos dos balcones para llegar a mi.
Lo bueno, es que con tanto trabajo en el museo de arte, trato de no darle importancia a ese sentimiento a pesar de su persistencia.
Hace una semana celebraba mi nuevo ascenso y hoy, celebro que finalice uno de los trabajos más grandes e importantes y el que más tiempo me a tomado culminar.
Y será nada más y nada menos, que la nueva pintura principal que dará la bienvenida en la reapertura del museo a partir del lunes a todos los visitantes. Y con ello, mi tercera exposición en el museo más importante y simbólico de la ciudad.
Será una noche espectacular y emocionante, vendrán expertos de arte, periodistas y colegas pintores de todas las ciudades y estados del país.
Me emociona el hecho de que mi nombre como artista de obras de arte, se haga más sólido y obtenga el reconocimiento por el que tanto he luchado. Y ya no solo mi nombre, sino, mis obras... Mis preciadas pinturas.
Mis retratos, paisajes y bosquejos merecen ser reconocidos.
Salgo de mi edificio y bajando las escaleras veo a mi amigo Sebastián esperando por mi fuera de su auto al cruzar la calle. Y mientras espero que unos autos pasen para ir a su encuentro, veo como una motocicleta negra se aproxima y estaciona justo en la acera frente a mí edificio y en la cual estoy de pie mientras espero que cambie el semáforo.
El hombre que conducía la moto se baja primero y luego su acompañante, cuando este se gira hacia mí se quita el casco y al ver de quién se trata, mis piernas tiemblan como gelatina.
¿Es en serio?
Casi no puedo sostener mi propio peso y mi corazón... Me traiciona al saltar descontroladamente. ¡Pero que traicionero!
¿Cómo me hace eso? ¿Cómo puede saltar como loco al ver a Thomas?
Lo peor... Es que sin querer pero en el fondo queriendo, desvío la mirada hacia su acompañante y cuando este se quita el casco, su cabello cae en cascada revelando que en vez de 'este' se trata de 'esta' pues es una mujer. O mejor dicho, una chica, de su edad y muy linda, por cierto.
Tragando saliva con fuerza, mis ojos y los suyos vuelven a encontrarse después de una semana sin vernos.
Vaya, una semana. Cómo pasa el tiempo...
Una semana desde que sentí tal bajón y luego tal inesperado subidón que solo su cercanía me dió.
Hace mucho que no sentía algo parecido.
Aunque nunca, por un menor...
Impensable.
Ni en mis más remotos pensamientos.
O sueños...
Me aclaro la garganta y asiento con la cabeza en forma de saludo y dejo de mirarlo. Miro hacia la carretera y aprovecho que ya está despejada para cruzar.
Pero solo me basta dar un paso, cuando escucho mi nombre provenir de su linda voz.
¿Linda? ¿Dije linda?
Caray...
Me vuelvo para mirarlo y él se gira unos segundos para susurrarle algo a su acompañante y esta le sonríe para luego adentrarse al edificio y esperarlo en recepción, supongo.
— Hola, Lucey. Buenas noches...
— Buenas noches, Thomas.
— Me enteré de tu exposición el lunes. —Dice mientras acorta esa pequeña distancia que nos separa— Felicidades.
— Gracias... —Susurro en un hilo de voz y desvío la mirada hacia mi amigo quien observa sigilosamente a Thomas.
Ay mi Dios... La noche que me espera.
Nadie como él para conocerme en la actualidad.
Con una de mis manos le hago una señal de espera y este asiente con la cabeza y se adentra en su auto.
— ¿Vas con tu amigo a celebrar?
— Sí, y con otras dos amistades más.
— Parejas...
Trago saliva y alzando la mirada hacia él, frunzo los labios.
Que manera la suya de lanzar indirectas.
Y es aquí cuando me pregunto; ¿De cuando acá pasamos este nivel de confianza?
Apenas y nos saludábamos antes, las pocas veces que nos topamos en la recepción u ascensor.
Pero supongo que eso cambió, desde aquel viernes... Aunque no podría esperar menos después de tal atrevimiento de mi parte. Yo di el primer paso.
Creo que no debí pedirle que me acompañara a la puerta de mi casa esa noche, ni mucho menos hacer menos su hombría por aún considerarlo un adolescente, cuando de solo verlo su adolescencia pasa desapercibida.
Oh, Dios. De solo recordar lo mucho que me costó dormir después...
Él tiene una apariencia muy varonil. Sobre todo, su presencia. Es imponente. Y su estatura ayuda en ello, al igual que su contextura física.
Jugar fútbol americano le hizo mucho bien, físicamente hablando.
Lo definido de sus brazos y la anchura de su pecho no pueden pasar desapercibidas a pesar de la chaqueta de mezclilla que ahora le cubre. Al contrario, esta lo hace notar mucho mas.
Soy una pecadora, no debería estar fijandome en su apariencia física.
¡Es un adolescente, Lucey!
Le puedes llevar fácilmente hasta diez años.
Ya ni siquiera recuerdo su edad, cuando le conocí, estaba a solo días de cumplir mis veintidós años. Y aunque él ya estaba alto en estatura, en edad aún era un niño, creo que tendría once o doce años. No recuerdo y, a estas alturas, está demás preguntar.
Su mirada recorre cada centímetro de mi cuerpo muy lentamente sin disimular y cuando llega al área de mi cuello, mi pecho se contrae. Siento como mi corazón se agita descontroladamente, mucho más cuando él se pasa la lengua por los labios.
— Te ves muy linda. —Apenas y le escucho decir— Que disfrutes tu noche.
— Gracias, igualmente. —Recalco, desviando la mirada hacia la chica que lo espera en recepción.
Iba a despedirme dándole un beso en la mejilla, pero a mitad de camino me di cuenta del error que estaba cometiendo y sonreí nerviosa.
— Lo siento. —Vuelvo a reír— No sé dónde tengo la cabeza. ¡Cuídate, adiós!
Salgo huyendo y cruzo la calle a toda prisa. Por suerte, está despejada.
Cuando me acerco al auto, mi amigo está por bajarse para abrirme la puerta, pero acelerada musito:
— No, no te bajes. Solo vámonos...
Ya dentro del auto, no puedo evitar mirar hacia la acera donde hace apenas unos segundos me encontraba y ver que Thomas aún sigue allí, con una gran sonrisa.
Puedo jurar por mi vida, que esa sonrisa burlona que predomina en su rostro, es por mi evidente huida a lo que estuve apunto de hacer y no hice.
¡Que estúpida!
Pero ¿En qué ando pensando? Por poco y le doy un beso en la mejilla, como si fuéramos los mejores amigos del mundo.
Thomas alza la mano, saludando a mi amigo y este le corresponde.
— ¡Qué esperas! —Chillo por lo bajo— Vamos, enciende el auto y acelera.
Sebastián suelta una risotada y al fin enciende el auto, cuando el motor ruge mi amigo acelera y por fin la vista de mi edificio y de un Thomas muy risueño, desaparecen.
Minutos después y, a solo tres calles para llegar a nuestro destino mientras esperamos que el semáforo cambie de color, a mi amigo se le ocurre preguntarme:
— ¿A qué le estás huyendo?
Dejo de mirar por la ventana y al encontrarme con su mirada, me sonrojo un poco.
— ¿De qué hablas? ¿Huir de qué?
— Sabes de lo que estoy hablando.
Niego con la cabeza y al bajar la mirada, le escucho decir:
— ¿Qué edad tiene?
— ¿A quién te refieres?
— Ay, por favor, Lucey. —Resopla— Conmigo no tienes que fingir. Vamos, no soy quien para juzgarte.
— ¿Pero de qué estás hablando?
Sebastián niega con la cabeza y ladeando una sonrisa, acelera de nuevo cuando el semáforo cambia a verde.
— Ví como se miraban —Le escucho decir y mis ojos se abren más de lo posible— Tú le gustas, ese chico babea por tí.
— ¿Qué...? —Pierdo la voz.
— Y a ti, también te gusta. —Dice mientras apaga el auto y se vuelve hacia a mi.
Cuando miro por la ventana, me percato de que ya hemos llegado a la casa de nuestra amiga Jessy y no puedo evitar sentirme acorralada.
— Ahora, la pregunta que me hago es... ¿Desde cuándo? Y ¿Por qué nunca me di cuenta? Tú y yo, casi siempre estamos juntos. ¿Esto es reciente o de esa noche...?
— No sé de qué estás hablando.
Me hago la desentendida y quitándome el cinturón de seguridad a toda prisa, intento bajar del auto, pero mi amigo Sebastián le pasa seguro a las cuatro puertas.
— ¡Thomas! —Espeto con fuerza, pues ahora me encuentro demasiado frustrada y al instante, cubro mis labios ante lo dicho.
¡Pero que metida de pata tan pero tan profunda!
Quiero morir, es más, quiero desaparecer de toda la faz de la tierra.
— Así que, ahora me llamo Thomas... —El dice y suelta una carcajada.
— Oh, Dios, perdóname —Hago una mueca con los labios—. Rayos...
El sonido del seguro de las cuatro puertas del auto me hace dar un respingo al tomarme por sorpresa y veo como mi amigo se quita el cinturón de seguridad.
— Ay, mi querida Lucey —Le veo suspirar cuando se gira de nuevo hacia mi y con su mano acaricia mi mentón—. Si tan solo supieras mi verdadero pasado... ¿Recuerdas de la mujer que te hablé alguna vez cuando nos conocimos?
Asiento mientras percibo como mi vista se nubla de a poco. Me siento al descubierto y con los sentimientos al borde del abismo... No me entiendo, pero así me siento.
Con un pie más allá de la perdición que de la salvación.
— Bueno, es por ello que te digo que no soy quien para juzgarte —El baja la mirada al mismo tiempo que aleja su mano de mi mentón— Mira, para nosotros los hombres las mujeres jóvenes son una verdadera tentación. Hasta las adolescentes, pues ellas tienen ese no se qué, eso que nos hace recordar nuestros mejores tiempos. O mejor dicho, nos hacen sentir de cierta manera mucho más que vivos. Ellas gozan de una energía que las mujeres de nuestra edad, hoy en día ya casi no poseen. A excepción de ti, que brillas con luz propia de tanta energía que proyectas, a pesar de que te llevo algunos años.
Sonrío ante su comentario.
— A lo que voy con esto es que también hay hombres u adolescentes que ven en mujeres como tú, lo que no encuentran en mujeres de su edad.
— Pero, es que...
El me interrumpe.
— Cállate y escucha, que no soy serio todo el tiempo —Ambos sonreímos—. No culpo a Thomas de sentir cosas por ti, sin importar las que sean.
Suspiro ante lo que Sebastián a dicho, y el recuerdo de Thomas mirando hacia mi cuello mientras lame sus labios, me invade por completo y me eriza la piel.
Rayos, creo que si lo tuviera frente a mí ahora mismo, le brincaria encima y le daría un sonoro beso.
— ¡Pero es solo un adolescente! —Gimo frustrada ante mi pensamiento.
— ¿Y eso qué? Yo le veo unos diecisiete años o quizás más. Y a esa edad, los hombres ya tenemos muy claro cuando alguien nos gusta o no —Resopla—. Ya está algo grandecito como para decidir y, con ello dar el paso. Y se nota que él muere por darlo.
— ¡Pero yo no! Eso está mal, es ilegal.
— Ah, bueno, si a esa vamos... Por supuesto que no es correcto. —Suspira— Pero, ¿Qué no es correcto hoy en esta vida?
— ¡Podría ir a la cárcel!
— Solo si lo gritasen a los cuatro vientos, Lucey. Yo soy una tumba. ¿Quién más aparte de mí podría saberlo? A menos que se miren así en todas partes...
Ríe ante eso último y lo fulmino con la mirada.
— ¿Me estás insitando a que me acueste con un menor?
— No, por supuesto que no —Resopla burlón—. Solo intento hacer que te relajes y que con ello, sepas que no eres la única que a vivido algo parecido. Esto es algo normal y más habitual de lo que parece, Lucey. Aunque la sociedad trate de ocultarlo.
— ¿Cómo pudiste salir bien librado de algo así? Ella... Quiero decir ¿La haz vuelto a ver?
— No, nunca más volví a verla. Pero sé que está bien.
— Pero ¿Cómo?
— No me preguntes cómo —Sonríe—. Eso es un secreto, los hombres siempre sabemos qué hacer para saber de la mujer que un día amamos tanto.
Eso último me hace recordar las felicitaciones de Thomas por mi exposición. ¿Cómo se enteró? Obviamente por mí no fue y, hasta donde tengo entendido... Aún no sale en las noticias locales sino hasta el Lunes a primera hora.
— Entonces, pudiste salir bien librado de eso.
— Nunca pude salir, Lucey. Nunca se puede salir de algo así... Por algo sé que ella está bien y feliz, sin mí. Como debe ser.
La seriedad en su rostro ante eso último que dijo vuelve a nublar mi vista y un suspiro me abandona, solo una vez Sebastián me habló de ella y de eso hace cinco años, cuando apenas nos conocimos. Después de esa vez él nunca más volvió a tocar el tema hasta ahora. Eso me da a entender claramente lo mucho que esta mujer significa en su vida y de lo mucho que me quiere como para hablar de ella nuevamente, después de tanto tiempo.
— Entonces jamás quiero vivir algo así —Susurro y lo abrazo con fuerza—. Perder a Johan a sido más que suficiente para mí. No podría pasar por lo mismo de nuevo y peor, correr el riesgo de ir a prisión por amor o placer.
— De alguna manera, mi hermosa Lucey Jane, todos vamos a prisión por amor.
Alejo mi rostro de su pecho y al mirarlo a los ojos, vuelvo a suspirar.
— Te puedo jurar que no estoy enamorada y que nada a pasado entre él y yo, a penas y nos saludabamos cuando nos veíamos en los pasillos. Pero...
Sebastián sonríe con cierta ternura mientras aprieta su mano en hombro.
— ¿Pero?
— No sé... Esa noche, es que esa noche cuando caminé junto a él hasta la puerta de mi casa, sentí un escalofrío, de esos que erizan la piel de punta a punta. De esos que aceleran el corazón y te hacen pensar que saldrá disparado del pecho. Todo fue tan repentino, como un huracán... Tan fuerte, persistente y dominante.
— ¿Te besó?
— ¡No! —Gimo y golpeo su hombro con la palma de mi mano— Dios, no.
— Se nota que hubiras querido que lo hiciera.
— ¡Sebastián! No me estás ayudando.
Su risa tan bonita me hace sentir menos frustrada.
— Al contrario, quiero ayudarte, sé por lo que estás pasando. Lo vivo aún en carne propia aunque ella ya no esté conmigo. Solo trato de aligerar la situación, no quiero verte mal por algo que a mí entender, no ha comenzado.
— ¡Ni va a comenzar! Te lo aseguro, eso no va a pasar.
— Yo que tú no diría que de esa agua no beberas. Porque luego te cae todo el balde, y en charola de plata.
— Te odio.
— ¡Jah! Me amas.
— También, ambas a la vez. —Me río y el también lo hace, aunque no por mucho— Si tan solo supieras... De solo recordar lo que le dije esa noche. ¿Puedes creer que prácticamente le hice saber que dudaba de su hombría por ser aún un adolescente?
— Puff, no inventes, Lucey.
Sebastián se cubre el rostro mientras niega con la cabeza.
— ¡Ya lo sé! Eso fue muy bajo.
— Me sorprende que aún te dirija la palabra. Eso corrobora lo que digo, tú le gustas. Porque si yo fuese él, creeme, no te hablaría jamás. O tal vez... También esperaría el momento perfecto para hacerte saber el mero macho que soy. (Palabras sabias de nuestro amigo Alberto, eh.)
Suelto una carcajada y a continuación, ambos salimos del auto. Cuando Sebastián llega a mi lado, lo abrazo de nuevo y suspirando musito:
— Esto es tan extraño... Esa noche recuerdo que lloraba por el casamiento de Johan, al saber que no estaré en el día más importante de su vida. Y luego, solo minutos después, suspiraba por otro hombre. En este caso, un adolescente.
— Que perturbador... —Dice en tono burlón.
— ¡Sebas! —Chillo contra su pecho.
El toma distancia y sus manos acobijan mis hombros.
— Es que solo mírate, eres hermosa, la amiga más bella, bondadosa y sexy que he tenido jamás y con la cual, cualquier hombre daría lo que sea con tal de llevarte a la cama, pero veme aquí, yo que ni sueño en tener relaciones contigo, y créeme que eso ya dice mucho. —Ríe— Tengo que aconsejarte sobre amor y conquistas. ¡Merezco un premio Nobel...! Así será lo mucho que te quiero, no solo como amiga sino como persona, como para no querer conquistarte.
Un puchero me abandona ante sus hermosas palabras y sus peculiares bromas y lo abrazo con fuerza.
— ¡Por fin llegaron!
La voz de Jessy hace que nos separemos y que nuestro abrazo finalice.
— ¿Trajiste el vino? —Ella le pregunta a Sebastián después de saludarme.
— Sí, está en la maletera. Entren, ya las sigo con el vino.
Ambas asentimos con las cabeza y Jessy toma de mi mano para luego abrazarme y adentrarnos a su linda casa.
02:00 AM.
— ¿Y si te gustó la comida?
— Sí, estuvo deliciosa —Le sonrío—. Sobre todo el postre.
— Amé ese dulce de leche también.
Me encuentro de camino a mi casa, Frank, el hermano de Jessy, se ofreció a traerme ya que mi amigo Sebastián, se emborracho a más no poder tomando vino con el papá de mi amiga y así no iba a exponerlo a conducir, obviamente. Sería un peligro andante para la sociedad y para nosotros mismos.
Sonrío al ver mi edificio, debo admitir que la zona residencial donde vivo es una de las más lindas de la ciudad de Portland, y aunque mi edificio es el más antiguo de la comunidad, es muy elegante, seguro y vintage, cosa que me hizo amarlo desde el primer momento en que lo ví. Porque no lo cambiaría por nada.
Bajo del auto después de que Frank me abre la puerta y juntos caminamos hacia la entrada del imponente y antiguo edificio.
— ¿Te puedo acompañar hasta la puerta de tú casa? —Le escucho decir y me giro para verlo.
— No es necesario, ya hiciste mucho con traerme.
— No me molesta. —Susurra con ternura.
No conozco mucho a Frank, por desgracia, no hemos tenido tiempo suficiente para compartir juntos, nuestros trabajos lo hacen complicado, sobre todo el suyo. Ya que él es agente de bienes raíces, pero en Los Ángeles. Y solo viene a Portland de visita tres veces al año.
De igual manera, a pesar del poco tiempo que hemos compartido, eso no hace que desconfíe de él, es un buen hombre, muy trabajador y sociable. Además, proviene de una familia buena y ejemplar. Y eso ya lo hace suficiente como para no desconfiar.
Así que, ante su lindo gesto, asiento con la cabeza.
Cuando el ascensor se detiene en mi piso y las puertas de este se abren, ambos nos disponemos a salir. Pero mi cuerpo se congela, al ver a la persona que aparece frente a mí.
— Thomas... —Susurro en un hilo de voz.
La seriedad en su mirada me reseca los labios al instante. Sobre todo, al verlo desviar la mirada hacia Frank, quien ya se encuentra fuera del ascensor y a mi espera.
— ¿Te divertiste? —Susurra cuando pasa a mi costado y luego más atrás le sigue la chica con la cual le ví llegar hace unas horas atrás.
Me apresuro a salir del ascensor cuando ambos se adentran en este, pero antes de que las puertas se cierren, me giro hacia él y frunzo el ceño. Haciéndole notar que no me gustó para nada su comentario.
Pero, su mirada seria y llena de reproche, es lo último que veo.
— ¡Idiota! —Espeto mi pensamiento en voz alta, creyendo que él escucharía.
Aunque, lo dudo.
En cambio, quien sí escuchó lo que dije fue mi acompañante.
— ¿Todo bien?
Me giro hacia Frank y este me mira con los ojos en blanco.
— ¿Se conocen? —Pregunta.
— Ehh... Sí, bueno —Río nerviosa ante mi imprudencia— Somos vecinos.
— Ahhh, claro. —El sonríe como si nada y comienza a caminar cuando yo lo hago.
— Gracias por traerme, también por acompañarme hasta la puerta de mi casa.
— De nada, ha sido todo un placer. Me encantó verte de nuevo.
— A mi también. —Le sonrío de vuelta.
— Estaré unos días más en la ciudad ¿Podría llamarte para invitarte a cenar o pasear? Vi que hay nuevos lugares que aún no tengo el placer de conocer y me gustaría... No sé, que me acompañaras.
— Oh... —Suelto un suspiro, tratando de recuperarme con lo sucedido hace tan solo un minuto— Sí claro, sería un placer. Ya tienes mi número, llama cuando gustes y nos ponemos de acuerdo.
— Excelente, que descanses.
— Buenas noches.
Frank se acerca para darme un casto beso en la mejilla y con ello un fuerte abrazo, el cual le correspondo. Cuando lo veo pulsar el botón del ascensor, busco la llave de mi casa y al encontrarla abro la puerta.
Pero cuando estoy a punto de cerrarla, las puertas del ascensor se abren y Thomas sale de este. Frank le da el permiso correspondiente, a lo que Thomas agradece de mala gana y sigue su camino.
Cuando las puertas del ascensor vuelven a cerrarse, suspiro y agradezco que Frank se haya ido en paz y que no le haya respondido la grosería a Thomas.
Voy a cerrar la puerta de mi casa por completo y justo en ese momento, la mano de Thomas contra mi puerta impide que la cierre.
Su mirada se apodera por completo de la mía y un gemido por la impresión tan repentina me abandona.
— ¡Oh, por Dios! —Chillo— Que susto, Thomas.
—¿A quién le dijiste idiota? —Dice tajante y palidezco.
Pensé que no me había escuchado...
—A nadie.
Él asiente y luego de analizarme con la mirada, espeta:
— El hombre que acaba de irse... ¿Quién es?
— ¿Qué te pasa? —Chillo— Eso no es de tú incumbencia.
— ¿A no? —Arquea una de sus hermosas cejas y empujando la puerta lentamente, se adentra a mi casa— Estoy... Sabes, me estoy volviendo loco con todo esto, Lucey.
— ¿Qué...? —Pierdo la voz ante su cercanía— ¡Thomas, aléjate! Debes irte, sal de mi casa.
— ¡No! —Gruñe— No me voy. ¿Y sabes por qué?
Niego con la cabeza, al mismo tiempo que siento como mi vista se nubla y toda mi piel se eriza.
Oh, rayos, aquí vamos de nuevo. Ese sentimiento descontrolado...
— Porque muy, pero muy en el fondo de tú ser. ¡Mueres porque yo esté justo aquí! —Dice y marca una línea con la punta de su zapato y con ello cierra la puerta de golpe.
Un respingo me abandona nuevamente ante esa última acción y me hago pequeña, mi corazón se acelera y no puedo evitar sentirme acorralada en mi propia morada por la mayor y más grande tentación de toda mi existencia.
— ¿Dime qué está mal, Lucey...? Dime que está mal ante el hecho de que esté justamente aquí, donde solo quiero estar y donde tú quieres que yo esté.
— Está mal... ¡Claro que estás mal! —Musito en un hilo de voz, arrastrando las palabras, sacándolas ajuro de mi sistema— Debes irte.
— Si dices eso una vez más... Sí, me iré, lo juro, pero directo a tú boca.
Mis labios se abren al instante, al quedar sin aliento por lo que él a dicho.
¡Es un atrevido!
Pero un atrevido que me a vuelto loca de la noche a la mañana.
Y sin poder evitarlo cierro los ojos, ladeo la cabeza hacia un lado y con ello mi cabello, despejando mi cuello y dejándolo al descubierto. Mi piel se eriza por completo y mi pecho se contra al igual que mi espalda me insita a arquearla hacia adelante. Y lo hago, sin resentimiento, sin importar nada.
Lo hago.
Pues este sentimiento es más que alucinante, esta sensación es más fuerte que yo.
Con mis ojos aún cerrados y tan apretados como para hasta sentir dolor, siento como una lágrima vaga de ellos a mis mejillas y mordiendo mi labio inferior y, sintiendo ese cosquilleo en mi estómago, susurro:
— Vete, por favor.
— ¡Que conste que te lo advertí!
Gimo cuando siento sus manos rodear mi cuello y jalar de mi cabello hacia atrás para segundos después, besar y mordisquear mi cuello con loco desenfreno.
— Thomas... —Gruño suavemente contra su hombro, al mismo tiempo que aferró mis manos a su amplio pecho instandolo para que no se detenga.
Cosa que por suerte, no está en sus planes hacer.
Y con sus labios, hace un camino de besos hasta llegar a mis labios y dejar su huella con un sonoro beso, para luego susurrar contra ellos:
— ¿Estoy mal, Lucey? —Roza su boca contra la mía, provocandome— ¿Estoy mal por sentir que enloquezco desde esa noche? ¿Estoy mal por caer ante tú provocación? Tú me provocaste Lucey, dudaste de mi hombría por ser un adolescente —Con su lengua él roza mis labios ahora entreabiertos, deseosos—. Pero déjame decirte algo y algo muy breve... Este adolescente, puede hacerte sentir mucho más de lo que un hombre de tú edad jamás podrá lograr. ¿Y sabes por qué? Porque es a mí a quien deseas locamente, porque es a mí a quien quieres tener. Y porque lo prohibido, siempre. Siempre será tentativo, mi Lucy.
Él se aleja abruptamente de mi lado y sin decir más, huye de mi casa cerrando la puerta con todas sus fuerzas a su paso.
Debilitada, hasta más no poder, caigo de rodillas al suelo al no poder sostenerme por mis propios medios, ya que mis piernas tiemblan como gelatina y, segundos después, un llanto arrasador se apodera de todo mi ser.
— Oh, Dios... ¡Qué es esto! —Gimo entrecortada mientras lloro desconsolada.
Él sintió lo mismo que sentí esa noche, no estoy loca. Nada de lo que estaba pasando en mi vida en ese momento influyó a la conexión abismal que sentí por él. Nada. Nada más que la realidad.
Me gusta Thomas, un adolescente del cual podría ser su hermana mayor.
Pero no lo soy...
Y me gusta, me gusta mucho un adolescente.
No inventes. ¿Qué voy hacer si me tiene en sus manos? Me trae igual de loca que las abejas por su miel.
Señor Dios, apiadate de mí. Te lo suplico, no quiero pecar con un menor. No quiero ir a la cárcel por caer en tentación.
Me acuesto de plano en el suelo y segundos después, siento humeda mis partes íntimas.
Rayos... Solo un beso suyo en mi cuello bastó para hacerme lubricar.
******
11:30 AM
Despierto y me doy cuenta que mi cama está hecha un caos... Los rayos del sol me hacen cerrar los ojos y una mueca en los labios me abandona. Suelto un suspiro cuando el sonido del tiembre me recuerda la causa por la cual me he despertado aún cuando muero de sueño.
Me arrastro por la cama al mismo tiempo que me libero de las sábanas y bostezo.
— ¡YA VOY! —Grito desde mi habitación aunque dudo que me hayan escuchado.
Con la mirada busco mi bata para cubrir mi casi desnudez, pues lo único que cubre mi parte íntima es una tanga sumamente pequeña. Cuando la consigo, me coloco la bata rápidamente y a continuación, camino de prisa aún soñolienta hasta la sala.
— ¿Quién toca? —Susurro sin obtener respuesta a cambio.
Pero cuando abro la puerta para ver quién toca a esta hora, me llevo la sorpresa de que no hay nadie más que una pequeña caja en el suelo.
Azomo la cabeza para ver hacia el pasillo, pero está despejado, no hay nadie merodeando. Lo que quiere decir que sí escucharon mi grito.
Me agacho con cuidado y sigilosamente, tomo la caja entre mis manos, luego cierro la puerta y me adentro de nuevo a mi casa.
Con lentitud camino de regreso a mi habitación y al sentarme en la cama, observo la pequeña caja con cautela.
No tiene identificación. No hay nota.
— ¿Qué esto? —Muerdo mi labio inferior mientras me decido en abrirla— ¿Quién podría haberla enviado?
No miento, cuando les digo que he durado más de diez minutos debatiendo en si abrirla o devolverla a la puerta.
Aunque eso último sería ridículo, ya que obviamente es para mí, pues tocaron el timbre con mucha insistencia y, quién sabe por cuánto tiempo.
Oh, Dios mío ¿Es posible que sea de él?
No me sorprendería si así fuese después de lo de anoche, pero... ¿Atreverse a tanto a sabiendas de que alguien puede verlo y que con ello, meterme en problemas?
Bueno, mejor no exagero.
No creo que él sea tan tonto como para permitir que alguien lo vea, por algo tocó el timbre y dejo la cajita en el suelo frente a la puerta. O quizás le pagó a algún mensajero, ¡Vamos! Es Thomas, el rey de la inteligencia.
Suspirando, dejo de pensar y me propongo a abrir la caja, pero en el proceso mis manos comienzan a temblar guiadas por los nervios de lo que podría ser.
Cuando termino de romper el envoltorio, una linda cajita de madera oscura, hace brillar mis ojos.
Sonrío y, con uno de mis dedos acaricio la superficie. Es tan delicada y refinada... Está tan bien pintada y tallada.
Con mucho cuidado procedo a abrirla y me llevo la sorpresa de mi vida.
— ¡Oh, por Dios! —Cubro mi boca con una de mis manos mientras que con la otra tomo el pequeño cartón en el cual, está retratado mi rostro.
Las líneas son hermosas, cada detalle, el sombreado.... El retrato es perfecto.
Mi corazón salta acelerado, casi al borde del colapso. Una lágrima me abandona y, no puedo evitar pensar que soy tan llorona y sensible como siempre cuando de romance se trata.
Me quedo observando el pequeño pero hermoso retrato por unos segundos más y cuando vuelvo a bajar la mirada hacia la cajita para ver si hay algo más en su interior, un corazón de cristal me saluda con su hermoso brillo gracias a los rayos de sol que se filtran entre las cortinas de las ventanas de mi habitación.
Y, bajo el corazón de cristal, observo un puñadito de notas. Haciendo un lado el hermoso corazón, cuento cuántas notas son y procedo a leerlas. Ahora más que nunca la curiosidad se apodera de todo mi sistema ya no hay reversa, debo confirmar el remitente.
Son un total de cinco notitas.
Y estaban muy bien ocultas bajo el collar con el dije en forma de corazón de cristal.
"Cuando te conocí aquella tarde, los rayos del sol ante mis ojos te hicieron brillar más que un diamante. Mi corazón se elevó y se hizo más grande cuando hiciste del momento más intenso de mi vida, al postrar tu mirada en la mía y sonreír como si toda mi vida solo hubiera estado destinada para conocerte."
Un pequeño sollozo me abandona al confirmar de quién podía ser este detalle.
"Me acostumbré a verte cada tarde tomando una linda taza de café, junto a la mujer que creí amar más que a nadie en el planeta, antes de saber que serías tú la mujer a quien amaría la vida entera. Me acostumbré a verte cada día, a no cruzar una palabra contigo. Sí, me adapté tanto a tenerte en mi vida de alguna manera, que cuando te alejaste, cuando no volviste más a casa, te llevaste parte de mi corazón contigo."
Cierro los ojos y dejo la nota sobre la cama, a mi costado y temblorosa, procedo a leer la siguiente.
"Lloré durante noches, sin comprender aún el porqué de tú partida y del porqué me dolía tanto, por supuesto... Como todo adolescente en pleno crecimiento, no entendía en ese momento lo que implica crecer y tener responsabilidades. Ahora lo hago, pues también las tengo. Aunque no lo creas."
No puedo evitar reír ante eso último y sorbo mi nariz al mismo tiempo que me limpio las lágrimas.
"Con el tiempo, intenté conformarme a no verte. A que ya no estarías tan cerca de mí como antes. Comprendí, que si mi destino era tenerte de alguna manera u otra, tarde o temprano sucedería. Pero la ansiedad crecía con el pasar del tiempo, me carcomía por dentro y sentía que estaba muriendo lento. Se volvió torturante, doloroso. Extrañaba llegar a casa y verte en la sala tomando café, extrañaba escuchar los matices de tu voz, extraba escuchar tu sonrisa, total, extraba verte, sentirte cerca. Así que con el tiempo, y sin planear demasiado, comencé a observarte de lejos cuando tenía la oportunidad y eso aminoró un poco mi sufrimiento."
Suelto un suspiro muy pesado y cierro los ojos, recordando todas la veces que de alguna manera u otra me sentí tan observada. De las veces que me lo tope en recepción y en el ascensor.
El siempre estuvo cerca.
Siempre.
De alguna manera, Thomas siempre estuvo cerca de mí y yo no lo noté, no lo suficiente.
¿Debería sentir miedo? No, eso es lo que menos siento.
No tengo miedo de su confesión, él nunca me a hecho daño y, si a estado observandome no lo culpo, si todo lo que dice es cierto, sus sentimientos hacia mi persona son puros.Y no habría porqué tener miedo ante algo tan puro.
Porque a pesar de sentirme observada algunas ocasiones, nunca fue para tanto, nunca me sentí incómoda. Ni privada de mi espacio.
Dejo la nota junto a la otra y volviendo a suspirar, leo la siguiente.
"Aprendí a amarte en silencio y a distancia. Aprendí a controlar lo que me avecinaba cada día, a tolerar tanta cercanía pero al mismo tiempo, tanta lejanía. Hasta esa noche, donde dudaste de mis capacidades... Tal cosa debería haberme enojado, pero al contrario, me hiciste la noche al darme cuenta de lo poco que me habías notado. Estaba intentando salir adelante hasta esa noche, donde pude sentirte entre mis brazos por primera vez, donde pude sentirte tan cerca de mi alma, de todo mi ser y mí coraza se vino abajo. Entonces, de inmediato supe que ya no podría estar más sin ti y que ya no importaba todo lo que había hecho para olvidarte o intentar superar tú partida de mi vida. Pero, a pesar de lo que siento, sé que aún no es tiempo y aunque para mí cada día la espera se hace eterna. Sin importar lo que venga, quiero que sepas mis grandes sentimientos y que siempre estaré contigo. Porque sé que tarde o temprano, tú destino está conmigo"
— Oh, Thomas...
Una lágrima me abandona y, dejando las notas sobre la cama, aferro el corazón de cristal en una de mis manos. Lo llevo a mi pecho y allí lo dejo, apretado contra mi piel.
Caray... Como me han dolido sus palabras. Él ha estado enamorado de mí gran parte su vida. Toda su adolescencia, en realidad.
Recuerdo a la perfección ese día que lo conocí. Sus ojos tan verdes y hermosos también brillaban con los rayos del sol. Sus mejillas enrojecidas al él notar mi presencia me llenaron de tanta ternura que no pude evitar sonreírle.
Siempre fue un joven tierno y dulce. Callado y distante, muy centrado en sus estudios. La señora Blanch se encargó de hacérmelo saber cada día, ella haciendo notar lo orgullosa que siempre ha estado de su único nieto.
Antes de recostarme en la cama, ajusto la fina cadena de plata que trae el corazón de cristal al rededor de mi cuello, y sonrío cuando lo veo contrastar con mi pálida piel.
¡Necesito un leve bronceado!
Sonrío ante el pensamiento y después de guardar las notitas y el pequeño retrato de mi rostro en la caja de madera, procedo a dejarla sobre mi mesita de noche y me vuelvo para por fin acostarme.
Estoy cansada y ésto, emocionalmente, me ha dejado agotada.
Siento en mi corazón que de alguna manera me gustaría agradecerle a Thomas, pero no sé cómo. También me gustaría hablar con él, pero tampoco sé cómo hacerlo ni mucho menos cómo iniciar tal conversación.
Tengo mucho que pensar y ante ello, no hay nada mejor que relajar la mente y el cuerpo.
Y para eso, dormir es la mejor solución.