Capítulo 2

Se podría decir que no hay mayor pecado que nacer siendo una mujer, en la actualidad no éramos más que objetos sin voz, los hombres nos podían golpear, hacer cosas totalmente inhumanas con nosotras, y nosotras solo podíamos estar calladas, con la mirada baja y topando nuestro rostro para evitar despertar “la lujuria” en los hombres.

El casarse se había vuelto algo tan poco romántico, tanto que solo conocías al que iba a ser tu marido cuando todo lo de la boda estaba listo.

Suponía que el idiota al cual mi padre me había vendido era algún millonario, bajo el pensamiento clasista, debía de estar feliz porque iba a tener un esposo millonario, pero no tenía más que asco. Dentro del lujoso auto, los dos gorilas me tenían sujetada de los brazos para que no me moviese ni un poco e intentar escapar.

Pero si escapaba, ¿para dónde carajos iría? En el fondo sabía que cualquier lugar era mejor que este.

Minutos después el auto se estacionó frente a una hermosa casa típica de la clase burguesa de este país, el primero en bajarse fue el idiota al cual mi padre me había vendido quien en todo el camino se había dedicado a beber alcohol.

—¿Vas a bajar por tu cuenta o prefieres que te obligue? —murmura con indiferencia.

—Tú no me mandas —le respondí entre dientes.

Él suelta una sonrisa falsa —, Agradece que ahora mismo estoy de buen humor si no, no dudaría ni dos veces en romperte la boca para que aprendas a respetar a tu prometido.

—Tú no eres mi prometido, ¡déjame en paz!

—Por si no te diste cuenta, el idiota de mi ahora suegro te vendió para saldar sus deudas —él se acerca a mí y toma mi brazo sacándome a la fuerza del auto haciéndome caer al suelo—, Eres perfecta para mí… te acostumbraras a mí.

Intente no vomitarme después de todo el asco que sentía.

—Déjenla dentro de la casa —le ordeno a sus gorilas quienes no dudaron ni un segundo en tomarme entre sus manos y llevarme al interior de la casa.

El interior de la casa era bellísimo, tenía un aire a las casas americanas, con paredes de color café oscuro marmoleadas, sillones de color azul oscuro, mesa de madera del mismo color de las escaleras que daban al segundo piso.

—Nací y crecí en los Estados Unidos hasta que nosotros tomamos Afganistán, por lo que quise traer algo de mi país —me explica como si a mí me importase su vida —, Tendrás una habitación completa para toda tu ropa y te encargaras de tus tareas como mujer a pesar de que vamos a tener empleadas domésticas.

Ruedo los ojos molesta.

—Sí que no te enseñaron modales.

—Todavía no es tarde para buscarte la esposa sumisa y perfecta que tanto quieres.

—Retírense —ordena a sus gorilas quienes obviamente obedecen—, Yo te quiero a ti, inmediatamente te vi mi polla brinco feliz —su rostro se acercó a mi cuello, ni siquiera tuve tiempo de retroceder porque su mano se posó en mi cintura—, Nos casaremos lo más pronto posible para que veas que respeto lo de “hasta el matrimonio”, pero te juro que cuando nos casemos no dormirás en toda la noche y no te dejaré caminar bien al día siguiente.

Trago saliva de forma pesada sin saber que decir, mis mejillas se sonrojan y empiezo a sentir pánico, no quería para nada casarme con él y mucho menos que él…

¿Me hiciera el amor?

Aunque eso no era amor, yo no lo amaba ni nunca lo llegaría a amar.

—Por si no sabes, me llamo Abdul Fihmad y tú próximamente vas a tener mi apellido —me quede en silencio—, Tengo algunas reglas,  si me obedeces te prometo una vida llena de lujos y sin golpes, así funciona esto… haz todo lo que te digo, no preguntes y todo estará bien.

Debía irme de allí…

—¿Dónde dormiré?

—Dormirás conmigo, ¿Dónde más? —me respondió en un tono obvio.

—¿Qué? Pero si no estamos casados…

—Eso es por ahora…

Muerdo mis labios molesta esperando que de milagro alguien me despertase de aquella pesadilla.

—Buenos días, señor Fihmad —hablo una chica detrás de nosotros.

—Sayuri, quiero que empieces los preparativos para mi fiesta de compromiso.

—Como usted ordene señor.

Aquella chica ni siquiera alzaba su cabeza a pesar de tener tapada toda la cara.

—Largo.

Ella salió de nuestras vistas casi corriendo.

—Es hora de la cena, quiero que cocines para mí —él se acerca a mí y sus manos casi se posan en mi rostro si no fuese porque retrocedí —, Tienes que acostumbrarte a mi tacto, voy a ser tu esposo te guste o no; ahora ve a hacer la cena antes de que me olvide de mis costumbres afganas y te termine follando contra el sofá.

Mis mejillas se tiñeron de rojo carmesí, este hombre era tan crudo con lo que decía que muchas veces me hacía tenerle miedo, no por su comportamiento sino por lo que salía de su boca.

Salgo corriendo hacia la entrada, abro la puerta lo más rápido que puedo y una vez se abre salgo corriendo como si de eso dependiese mi vida.

—¡Atrápenla! —escucho el grito de aquel idiota detrás de mí.

Ni siquiera me tomo el tiempo de mirar hacia atrás, simplemente corro por la que debía ser el barrio de la gente rica e importante de Afganistán. Corro hasta lo que parece ser una clase de matorral donde, tal vez por las sandalias de mala calidad logran ser a atravesadas por algo filoso, lo cual me hace gritar de dolor sin poder evitarlo.

Es allí cuando veo a uno de los gorilas mirándome fijamente.

—La he encontrado señor —habla a través de su teléfono—, Perfecto señor —aleja el teléfono de su oreja —, Te van a matar —murmura entre risitas.

En ese momento eso no me asustaba, estaba tan sumida en el dolor en mi pie que no podía pensar en otra cosa que quitar aquel dolor, siempre me había considerado una chica de mucha inteligencia emocional, pero no física, odiaba el dolor.

—Vaya, vaya, vaya —escucho la voz de Abdul acercarse donde estoy lentamente—, Ves… no puedes escapar de mí, levántala Dah.

Él lo hace, y en el intento gimo de dolor al apoyar mi pie.

Antes de que pudiese decir algo, la mano de Abdul impacta sobre mi mejilla dejándome momentáneamente aturdida.

Dah, el gorila me deja caer y siento que es el momento de mirar mis zapatos y me llevo la sorpresa de que lo que pise no era ni más ni menos que un vidrio, pero al ver la sangre me desmaye.

•••

—Muchísimas gracias doctor —escucho una voz mientras estoy medio dormida.

—No hay de que —la persona que le responde parecía ser una persona de edad—, Sigan mis recomendaciones y en poco tiempo estará mejor; espero que la próxima vez que venga sea porque Ala los bendijo con un hijo.

—Esperemos que sí.

En el momento en el que abro los ojos, mis ojos se pasean por toda la habitación, estoy acostada en una cama.

—No sabía que le tenías miedo a la sangre… ¿Cómo te sientes? —me pregunta.

Yo me quedo en silencio.

—Te colocaron sueros y te hicieron una suturas, por una semana y media no puedes apoyar el pie en el suelo.

—Ya veo.

—Eso te pasa por quererte hacer la graciosa y escapar, no importa donde estés o donde te ocultes, siempre te encontraré.

Aquello me hace temblar de miedo.

Este hombre está loco.

Capítulo 3

Estos últimos días habían sido toda una tortura, mientras mis días últimamente se resumían en estar en la cama mientras había una chica que Abdul había contratado para llevar todo esto de la fiesta de compromiso, para mí esto era una completa locura, deseaba con locura el poder liberarme de la locura que estaba viviendo.

Mi “nueva vida” se había convertido es dormir antes de que él llegase del lugar donde trabajaba, nunca había querido saber nada referente a él, y normalmente me despertaba cuando él se había ido.

Pero una vez paso algo muy extraño… una mañana entro a mi habitación a paso lento y silencioso, pero noté su presencia, mi cuerpo notaba su presencia con muchísimo miedo; él acarició mi rostro por algunos minutos y después se fue.

—¿Señorita Afsana? — escuché la voz de la chica que se encargaba de la decoración de aquella fiesta—, ¿me está escuchando?

—No, lo siento que decía.

—¿Me gustaría saber qué tipo de tul le gustaría para la decoración del lugar? —ella metió la mano en su bolso y saco unos retazos de tela —. Este es Tul liso, tul de dos o más cruzamientos, tul bordado sobre cruzamientos, tul con cruzamiento de punta de blonda, tul labrado, tul imitación de encaje de Bruselas. Todos estos son realmente hermosos.

A pesar de que me molestara aquella chica, quería ponerme en su lugar, ya que era el único trabajo que podíamos tener las mujeres con una buena paga que no fuese de costurera, ama de llaves, chica de limpieza y demás.

—¡Por Ala! —exclamo bastante molesta por su necesidad de querer que yo hiciese parte de esto de casarme, cuando eso no estaba en mis planes —, No me interesa ser partícipe de esa fiesta.

—Pero esa “fiesta” como dices, es tu fiesta —esta vez la persona que me respondió fue Abdul quien se encontraba parado en el marco de la puerta.

A pesar de que la mitad de las veces me intentara mostrar rebelde, el miedo todavía hacía que mi cuerpo temblara, pero mantuve mi mirada en sus ojos verdes.

—Ya estoy cansado de que no pongas de tu parte y que evites mi presencia, soy tu prometido, no me puedes evitar —continúo diciendo —, Más bien agradece que estoy de buen humor y que sería mal visto que te viesen con un moretón en la cara, pero recuerda que hay lugares donde no necesariamente se tienen que ver.

Aquello hizo que me aterrorizara, este hombre tenía la gran habilidad de mirarte y hacerte sentir como que estabas muerto en vida y bajo miles de metros de profundidad.

—Buenos días, señor, vengo a arreglar a la señorita —se escucha que habla una voz detrás de él, por su parte, él rueda los ojos molesto y retrocede dándole espacio a aquella chica a la cual no le podía detallar el rostro a causa de la tela sobre negra sobre este.

—Te quiero lista a tiempo —espeta —, lo mejor es que no me hagas enojar, ¿entendiste?

Sin esperar respuesta Abdul sale de la habitación y aquella chica entra a la habitación segundos después.

—Buenos —Ada, la chica que se encargaba de organizar todo este circo de la fiesta de compromiso se levantó de la silla donde se encontraba sentada —, Espero que te guste mi trabajo esta noche.

—Espero que sí, buena jornada —me despedí.

—¡Buena jornada! —nos devolvió la despedida para después salir de la habitación.

Cuando la puerta se cerró, mi vista se concentró en la de la chica que todos estos días se estaba encargando de cuidarme al no poder usar mis tobillos.

—Buen día, señorita, ¿lista para organizarse?

Me encojo de hombros en respuesta sentándome en la cama para después sentir como aquella chica me quitaba el hijab y mi largo cabello negro caía por mi espalda.

—Tienes un hermoso cabello negro, parece la oscuridad, hacen un hermoso contraste con tus hermosos color miel y tu piel aceitunada —ella empieza a cepillar mi cabello.

Cuando por fin salgo de mis pensamientos, evitando vivir la realidad vuelvo a mirar mi reflejo en el espejo y me veo con el cabello peinado, aunque lo decoran unas margaritas y las ondas que se hacen naturalmente.

Far, la chica que me estaba ayudando, me ayudo a vestirme con un vestido rojo de mangas largas y decoraciones doradas, de la zona del cuello y las mangas caía una clase de cola hasta el suelo.

—¡Se ve hermosísima señorita! —Far se aleja de mí para empezar a detallarme— Es momento de que se ponga su hijab y vaya al lugar de su gran fiesta. Usted debe de estar muy feliz de tener un esposo tan millonario y poderoso, mis padres me casaron con un afgano de nuestro barrio, pero siempre tuve las ganas de casarme con alguien poderoso y vivir en la burguesía, vestir un hermoso vestido y telas de alta costura.

—El dinero no siempre es felicidad Far, ¿acaso me veo feliz? —ella me mira fijamente, y es en ese momento donde entiende que esto no era lo que yo quería.

—Lo mejor que puedes hacer es empezar a amar al señor Abdul, si no todo este tiempo para ti será toda una tortura —Far toma mi mano— A pesar de que muchas veces me queje de mi esposo y me gustaría ser aquellas mujeres con las cuales iba a limpiarles su casa que pasaban por encima de todos, no hay nada mejor que llegar a casa y ver los ojos llenos de amor de mi esposo.

—Yo nunca tendré eso Far, lo odio, pero odio más a mi padre por haberme vendido.

—Así es la realidad actual Afsana, las mujeres valemos lo mismo que valdría un jarrón de la peor calidad, es mejor que te conviertas en la mujer sumisa, o si no, la próxima vez que tus padres te van a volver a ver será cuando no estés más en este mundo.

Aquello hacer que mi piel se erice y no pueda casi que respirar.

—Bueno, es mejor que te ayude a bajar a la plata principal antes de que el señor venga.

Me levanto lentamente de la cama, mi pie había sanado y a pesar de que desea a seguir lastimada para siempre, esa no era la realidad.

Cuando llegamos al primer piso, lo veo frente a la ventana con su celular en su oreja.

Su vestido blanco, de tela bastante cara y su kufiya de color rojo del mismo color de mi vestido adorna su cabeza.

Él empieza a acercarse a mí, mientras yo retrocedo un poco casi sin poder evitarlo, mi rostro se enrojece y mi respiración se entrecorta. Su mano acaricia mi cabello con suma suavidad, de cierto modo aquel acto me hacía sentir tan expuesta.

Todo el mundo se aparta, observando con una expresión de felicidad falsa, mi corazón late contra mi caja torácica y mi pecho se encoge.

—Te ves bellísima, no puedo esperar a estar casado para que seas legalmente mía.

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